Akiya

Akiya, casas por 4.000$… y nadie puja: el desplome inmobiliario que revela la desaparición del comprador japonés

La realidad tras las Akiya: el colapso que pone nueve millones de casas en el mercado

El diagnóstico de la crisis habitacional inversa en Japón: un parque inmobiliario abandonado que representa el 13,8% del total nacional

Japón registra ya más de nueve millones de viviendas abandonadas, lo que supone casi el 14% de su parque inmobiliario total. Esta cifra, que no deja de crecer, es el síntoma definitivo de un colapso demográfico que está vaciando el archipiélago a una velocidad que la economía nipona es incapaz de digerir. Lo que para muchos inversores internacionales parece una oportunidad de oro, con activos disponibles por apenas 4.000 dólares, es en realidad —como destaca el experto Quique Pesetas (@Letscookvlc)— el diagnóstico de una nación que se encoge. Este cementerio de ladrillo y madera desafía las leyes tradicionales del mercado y sitúa al Gobierno de Tokio ante un laberinto de difícil solución, donde la oferta sepulta a una demanda inexistente.

El origen de la ineficiencia demográfica

El fenómeno de las viviendas vacías, conocidas en Japón como Akiya (空き家), no es un accidente estocástico del mercado, sino el resultado de una tormenta demográfica perfecta. El país se enfrenta a un envejecimiento brutal combinado con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo desarrollado. Este hecho revela una fractura generacional profunda: mientras las personas mayores fallecen en las zonas rurales y costeras, los jóvenes huyen hacia las megaciudades de Tokio, Osaka y Nagoya en busca de oportunidades laborales y un estilo de vida cosmopolita.

La consecuencia es clara: el interior de Japón se está convirtiendo en un erial de infraestructuras sin habitantes. El diagnóstico es inequívoco, ya que el desequilibrio entre la oferta y la demanda ha alcanzado un punto de no retorno en prefecturas alejadas de los centros financieros. No estamos ante una crisis de precios al uso, sino ante la desaparición física del comprador nacional, lo que ha forzado a los municipios a registrar estas propiedades en los llamados "Bancos de Akiya" para intentar darles una salida comercial antes de que la ruina estructural las haga irrecuperables.

¿Chollo o ruina?

La viralización de contenidos en redes sociales ha puesto el foco en estas propiedades, pero el análisis arroja una sombra de cautela necesaria sobre la euforia compradora. Muchos creen que Japón está regalando viviendas, pero la realidad económica subyacente es mucho más compleja. Estas casas son el resultado de herederos que viven en grandes ciudades y que perciben el inmueble no como un activo, sino como una carga fiscal y de mantenimiento inasumible.

«Las Akiya son el resultado directo de un problema estructural: mantener la casa cuesta dinero, demolerla es caro y reformarla es prohibitivo para muchos herederos», señala Pesetas en su análisis. Este hecho revela un fallo sistémico en la transferencia de riqueza. Ante los costes asociados, muchos propietarios optan por dejar la casa cerrada y en el limbo legal. Con el tiempo, el clima húmedo de Japón degrada la estructura, convirtiendo el inmueble en una amenaza para la seguridad pública. La paradoja es total: en un mundo que sufre por la escasez de vivienda, Japón tiene millones de metros cuadrados que nadie desea ocupar debido a la asfixia que supone su mantenimiento.

 

La trampa del precio: barato de compra ≠ barato total

Cuando la competencia desaparece, el valor de los activos se desploma de forma vertical. Las noticias sobre casas vendidas por el precio de un reloj de gama media han dado la vuelta al mundo, pero ocultan una realidad económica más sombría. La caída de precios no responde a una oferta de "regalo", sino a la ausencia absoluta de puja. En las zonas rurales extremas, el stock es tan elevado que las propiedades han perdido su función tradicional como reserva de valor.

Este hecho revela que la inversión inmobiliaria en Japón requiere hoy un nivel de sofisticación muy superior al de décadas pasadas. El contraste con el mercado de Tokio, donde los precios siguen al alza impulsados por el capital extranjero, resulta demoledor. El diagnóstico para el inversor es que el bajo precio de adquisición no garantiza la rentabilidad. Un activo adquirido por 4.000 o 10.000 dólares esconde a menudo necesidades de reforma estructural que superan con creces el valor de mercado esperado en una zona que, demográficamente, tiene los días contados. Quien no investiga el estado estructural y la normativa local, está comprando un pasivo, no un activo.

El diagnóstico de una nación en retirada

La proliferación de las Akiya es el resultado de una «tormenta perfecta» demográfica. Japón posee una de las poblaciones más envejecidas del planeta y una tasa de fertilidad que se mantiene estancada en el 1,2, muy por debajo del nivel de reemplazo. Este hecho revela un desequilibrio generacional insalvable: mientras los propietarios fallecen en las zonas rurales y costeras, los jóvenes migran masivamente hacia los centros financieros de Tokio, Osaka y Nagoya. El diagnóstico es inequívoco: el interior de Japón se está vaciando, y con él, el mercado inmobiliario rural ha entrado en una fase de rendimientos negativos donde la oferta supera a la demanda en ratios de 10 a 1.

La consecuencia es la creación de los llamados «Bancos de Akiya» municipales, plataformas donde los gobiernos locales intentan, a menudo sin éxito, regalar o vender por precios simbólicos estas propiedades para evitar la degradación de sus comunidades. Sin embargo, el contraste con las ciudades globales es absoluto. Mientras en Tokio el suelo sigue siendo un activo escaso y costoso, en provincias como Chiba o Nagano, el ladrillo ha dejado de ser una inversión para convertirse en una carga hereditaria de la que las familias intentan desprenderse a cualquier precio.

La losa fiscal y el origen de la ineficiencia

¿Por qué los dueños no demuelen estas casas si no valen nada? La respuesta se encuentra en una distorsión del sistema impositivo japonés. La ley nipona ofrece una reducción de hasta el 80% en el impuesto sobre la propiedad si el terreno contiene una estructura residencial, incluso si esta se encuentra en ruinas. Este hecho revela una ineficiencia legislativa flagrante: para un propietario es mucho más barato mantener una casa podrida en pie que demolerla y pagar el impuesto íntegro por un solar vacío. El diagnóstico de los expertos en urbanismo es que esta normativa ha incentivado el abandono masivo de millones de unidades.

Lo más grave es que demoler una vivienda en Japón suele costar entre 10.000 y 30.000 dólares debido a las estrictas normativas de reciclaje de materiales. Para un heredero que vive en un apartamento de 20 metros cuadrados en Tokio, gastar sus ahorros en limpiar un terreno que no podrá vender es una decisión financiera irracional. La consecuencia es clara: el paisaje rural japonés se ha llenado de «casas fantasma» que el clima húmedo devora rápidamente, convirtiéndolas en focos de plagas y riesgos de incendio.

March 19, 2024, Tokyo, Japan: A Japanese flag is seen at the Bank of Japan (BOJ) in downtown Tokyo. On Tuesday, the Bank of Japan ended its unorthodox monetary easing efforts. In its first rate increase since 2007, the BOJ recommended a range of zero percent and 0.1 percent for short-term interest rates.,Image: 858058347, License: Rights-managed, Restrictions: , Model Release: no, Credit line: Rodrigo Reyes Marin / Zuma Press / ContactoPhoto

La trampa del precio: barato de compra no es barato total

La viralización de Akiyas por 4.000 o 10.000 dólares ha atraído a miles de inversores extranjeros, pero el diagnóstico económico riguroso revela una realidad mucho más costosa. Quique Pesetas (@Letscookvlc) y otros analistas del sector advierten que el precio de adquisición es solo el billete de entrada a un pozo de gastos. Muchas de estas propiedades han estado cerradas durante décadas, lo que implica problemas estructurales severos, desde termitas hasta la obsolescencia de las instalaciones de fontanería y electricidad.

Este hecho revela un «coste de oportunidad» negativo. Reformar una Akiya para que sea habitable bajo los estándares modernos puede suponer una inversión adicional de 50.000 a 100.000 dólares. Si a esto le sumamos que el activo está situado en una zona con servicios menguantes —donde el centro de salud más cercano o la estación de tren han cerrado—, el valor real del inmueble tiende a cero. La consecuencia para el inversor desprevenido es la adquisición de un pasivo financiero imposible de revender, atrapado en una zona con una pirámide poblacional invertida.

Inversión extranjera: propiedad sin residencia

Una de las particularidades que hace de Japón un mercado atractivo es su política de cielos abiertos para la propiedad. A diferencia de otros países asiáticos, Japón permite que un extranjero compre tierra y casa de forma directa. No obstante, existe un diagnóstico erróneo que los analistas deben clarificar: ser dueño de una casa no otorga el derecho a vivir en ella. No existe una «visa dorada» por inversión inmobiliaria en el archipiélago.

Este hecho revela una desconexión entre la necesidad de repoblar el territorio y la política migratoria del Gobierno central. Mientras los municipios claman por nuevos residentes, el Ministerio de Justicia mantiene criterios estrictos para los visados de larga duración. La consecuencia es que muchos compradores extranjeros terminan utilizando estas viviendas solo como casas de vacaciones, lo que no resuelve el problema de la desvitalización económica de los pueblos. El mercado inmobiliario nipón está desajustado: tiene el espacio y el capital, pero carece de la flexibilidad legal para integrar a la nueva población que podría salvar el entorno rural.

El escenario 2033: hacia los 20 millones de casas vacías

Las proyecciones para la próxima década son demoledoras. Los informes del Instituto de Investigación Nomura sugieren que para el año 2033, el número de viviendas vacías en Japón podría escalar hasta los 21,5 millones, afectando a casi un tercio del parque residencial total. Este hecho revela que no estamos ante un fenómeno pasajero, sino ante una mutación permanente del mercado. El efecto dominó es inevitable: cuantas más casas quedan vacías, menos impuestos se recaudan, los servicios públicos se deterioran y el éxodo de los últimos residentes se acelera.