Muere Scott Adams, creador de Dilbert, a los 68 años

Por Art of Charm - Scott Adams | Master Persuader - The Art of Charm Podcast Episode 605, CC BY 3.0
El dibujante convirtió la oficina en un género y terminó devorado por la polarización: Trump le despide como “un tipo fantástico”.

La muerte de Scott Adams cierra una paradoja moderna: el autor que mejor retrató la asfixia corporativa acabó atrapado en la asfixia política. El creador de Dilbert ha fallecido a los 68 años tras una batalla contra un cáncer de próstata avanzado, según comunicó su exesposa, Shelly Miles, en un directo ligado a su programa/podcast.

El anuncio llega apenas horas después de que Donald Trump le rindiera homenaje en Truth Social, compartiendo una fotografía de ambos en el Despacho Oval y definiéndole como un “fantástico tipo” que le apoyó “cuando no era popular”. Un gesto calculado y, al mismo tiempo, revelador: Adams fue, durante años, una pieza cultural; en la última etapa, un símbolo de bando.

La trayectoria que va del éxito masivo en miles de periódicos a la expulsión de la prensa en 2023, y de ahí a un adiós en hospicio a comienzos de enero de 2026, dibuja un mapa nítido de cómo la reputación se construye y se derrumba en ciclos cada vez más cortos.

Trump

Un final anunciado: cáncer metastásico y cuidados paliativos

Adams había hecho público en mayo de 2025 que padecía un cáncer de próstata que se había extendido a los huesos. Con el paso de los meses, la enfermedad limitó drásticamente su movilidad y le obligó a narrar —casi en tiempo real— el deterioro, entre actualizaciones médicas y reflexiones personales. Llegó a relatar que estaba bajo cuidados paliativos en casa, con atención de enfermería y apoyo familiar en una fase de rápido declive.

La confirmación del fallecimiento se produjo el 13 de enero de 2026 en una retransmisión en la que Shelly Miles leyó parte de un mensaje final fechado el 1 de enero. En ese texto, Adams afirmaba estar “en pleno uso de sus facultades” y explicaba su conversión al cristianismo como una decisión de “riesgo-recompensa”. Lo más significativo no es el giro espiritual, sino el formato: el adiós ya no se produce en un obituario clásico, sino en el ecosistema de creadores, directos y redes donde Adams había reconstruido su audiencia tras el veto en la prensa tradicional.

Dilbert: el cómic que convirtió la oficina en una caricatura universal

Dilbert nació en 1989 y se convirtió en un fenómeno de los años noventa porque logró algo raro: hacer comedia sin necesidad de un villano concreto. El villano era el sistema —reuniones vacías, jerarquías absurdas, métricas sin sentido—. Y por eso funcionó en empresas, consultoras y administraciones por igual. En su momento de mayor expansión, la tira llegó a aparecer en alrededor de 2.000 periódicos.

El éxito, sin embargo, no fue sólo cuantitativo. Adams captó una verdad económica: la productividad no cae sólo por falta de talento, sino por incentivos mal diseñados. Ese enfoque conectaba con la época de la globalización corporativa, cuando la “cultura de empresa” se volvió un lenguaje propio. Dilbert era un termómetro del capitalismo de oficina y, a la vez, un manual de supervivencia emocional para millones de trabajadores.

Lo más grave es que esa misma capacidad para “leer” el clima social alimentó su mutación posterior: del humor sobre la empresa al comentario permanente sobre la política, con una audiencia que ya no buscaba sátira, sino confirmación.

2023: la caída en la prensa y el efecto dominó reputacional

La fractura llegó en 2023, cuando numerosos periódicos dejaron de publicar la tira tras unas declaraciones polémicas de Adams en un formato de podcast/vídeo. La industria reaccionó con rapidez: donde antes había sindicación y acuerdos estables, apareció el miedo a asociar marca y contenido. En términos de negocio mediático, fue una decisión fría: evitar boicots, bajas de suscriptores y desgaste reputacional.

Adams argumentó después que se trataba de una exageración sacada de contexto y llegó a insinuar que era víctima de una cultura “woke”. Pero el mecanismo ya estaba activado: cuando un producto cultural depende de intermediarios (periódicos locales, cadenas de distribución, anunciantes), la tolerancia al riesgo se reduce a cero. El contraste con otras épocas resulta demoledor: antes un autor podía sobrevivir a una polémica; hoy una polémica puede vaciar de golpe el canal de distribución.

En privado, quienes trabajaron en prensa local admitían una idea sencilla: el coste de mantener a Adams superaba el beneficio de publicarlo. Y así, el creador del empleado más famoso del mundo se quedó, de facto, sin oficina.

Dilbert

Trump y la política como refugio: del humor al alineamiento

En el último tramo, Adams fue descrito con frecuencia como un comentarista conservador y un simpatizante de Trump, algo que el propio expresidente ha recordado en su despedida pública. El homenaje funciona también como señalización: Trump no solo lamenta la muerte, también reivindica el tipo de lealtad que Adams representaba —apoyo temprano, cuando “no era popular”—.

La consecuencia es clara: Adams pasó a ser leído menos como autor y más como “actor” del conflicto cultural estadounidense. Ese cambio tiene implicaciones económicas: la audiencia se vuelve intensa pero más pequeña; la monetización depende de nichos; el prestigio se reemplaza por fidelidad. Es el mismo tránsito que han vivido otros creadores caídos en desgracia en medios tradicionales y resucitados en plataformas alternativas: menos alcance, más militancia, más dependencia de la polémica para sostener atención.

Incluso en su muerte, una parte del relato queda colonizada por el debate político, no por su obra. La figura pública termina imponiéndose al artesano.

El negocio de la sindicación y la fragilidad del “éxito para siempre”

Dilbert fue un producto perfecto para el viejo modelo: una tira diaria, adaptable, exportable, con valor para periódicos de tamaño medio que necesitaban entretenimiento barato y reconocible. Ese sistema, ya debilitado por la crisis de la prensa, quedó aún más expuesto con el caso Adams: un creador puede ser rentable durante décadas y, aun así, desaparecer del escaparate en cuestión de días.

En términos de industria cultural, su historia deja tres lecciones. Primera: la sindicación se sostiene por reputación y estabilidad; sin eso, se rompe. Segunda: la audiencia digital no sustituye exactamente a la del papel; la reemplaza con otras reglas (suscripción directa, donaciones, “economía del creador”). Tercera: la polarización acelera el ciclo de vida de una marca personal, elevándola o destruyéndola con una velocidad desconocida hace 20 años.

Y, sin embargo, Adams ya había logrado lo que pocos: colocar un personaje ficticio en el vocabulario real del trabajo moderno. Eso no lo borra ninguna polémica.

Tras su muerte, es previsible que se abra una doble vía. Por un lado, reediciones y relecturas de Dilbert como documento cultural de los noventa y de la era corporativa previa a la pandemia. Por otro, una discusión incómoda —y probablemente inevitable— sobre si su obra puede separarse de sus declaraciones. Para editoriales y hemerotecas, el dilema no es filosófico, sino práctico: cómo explotar un catálogo potencialmente rentable sin reabrir una crisis de marca.

La solución suele ser gradual: empaquetar la obra con contexto, añadir prólogos críticos, y reducir la explotación comercial más agresiva. En otras palabras, convertir lo que fue entretenimiento en material de archivo. Adams muere en el año en que el creador ya no necesita un periódico para hablarle al mundo, pero también en el año en que el mundo exige más que nunca que cada palabra tenga consecuencias. Esa es, quizá, su viñeta final.