Musk anuncia el fin de la economía tal y como la conocemos: “Nos golpeará como un tsunami supersónico”
La advertencia no viene de un economista heterodoxo, sino del empresario más expuesto a la ola tecnológica que se aproxima.
Elon Musk sostiene que la combinación de IA y robótica está a punto de romper las bases mismas de la economía: la escasez, el coste del trabajo, el sentido del dinero. «Nos golpeará como un tsunami supersónico», resume, en una frase que condensa tanto fascinación como pánico.
En su escenario, la producción se dispara a ritmos de dos dígitos, los precios se desploman y las métricas clásicas —PIB, inflación, productividad— dejan de describir la realidad.
Los gobiernos reaccionan con el manual de siempre: imprimir dinero, dar estímulos, sostener el consumo… pero frente a una abundancia casi ilimitada, esas herramientas no funcionan o generan distorsiones nuevas. No sería una crisis como las anteriores, sino algo más radical: no evolución, sino reemplazo.
El día que Musk declaró “rota” la economía
Lo que Musk plantea no es una simple advertencia sobre la destrucción de empleo o la disrupción sectorial. Es un cuestionamiento frontal al marco conceptual con el que economistas, bancos centrales y gobiernos han interpretado la realidad durante más de un siglo.
En su diagnóstico, la IA generativa y la robótica avanzada empujan la productividad a tasas de 15%-20% anual en sectores enteros: fábricas automatizadas, logística sin conductores, programación asistida, servicios digitales gestionados por agentes autónomos. No se trata de un “empujón” puntual, sino de una curva exponencial.
“La producción crece exponencialmente. La oferta monetaria crece linealmente”, insiste. Ahí está el choque: un lado de la ecuación se dispara; el otro, incluso si se acelera, nunca lo alcanza.
El resultado que anticipa Musk no es inflación, sino lo contrario: deflación estructural, no por colapso de demanda, sino por una oferta que se multiplica casi sin coste. El sistema contable en el que nos movemos —PIB, IPC, tipos de interés— está calibrado para gestionar escasez relativa, no abundancia radical.
De la escasez a la abundancia: el marco que salta por los aires
Toda la teoría económica clásica —desde Adam Smith hasta los modelos DSGE que usan los bancos centrales— parte de tres supuestos: trabajo limitado, capital limitado y recursos limitados. Los precios, los salarios, los tipos de interés… todo se construye sobre esa base.
La tesis de Musk es que la IA tumba, uno a uno, esos pilares.
Si una fábrica puede duplicar su producción con el mismo número de trabajadores gracias a robots y algoritmos, el trabajo deja de ser el factor escaso.
Si un software de diseño genera en segundos lo que antes requería equipos de ingenieros durante meses, el capital humano se vuelve casi infinito.
Si las cadenas productivas se optimizan hasta reducir desperdicios y tiempos muertos en un 80%-90%, la propia noción de “capacidad instalada” se diluye.
En ese contexto, hablar de productividad marginal decreciente —el corazón de muchos modelos— empieza a sonar a arqueología. La IA no añade un poco de eficiencia; borra el límite anterior y fija uno nuevo mucho más alto.
Deflación por exceso, no por derrumbe
Las crisis históricas de deflación —años 30, Japón tras los 90— han tenido siempre un patrón: la demanda se hunde, la inversión se congela, el crédito se seca y los precios caen porque nadie compra. Es un síntoma de enfermedad.
Lo que Musk describe es otra cosa: una deflación que no nace del miedo, sino de la abundancia material. La IA elimina errores, despilfarro y coste laboral de cada fase de producción. El coste marginal de fabricar un coche, un microchip o un servicio digital se acerca a cero, mientras la calidad y la velocidad mejoran.
“Los precios se desploman con fuerza”, pronostica. No por falta de compradores, sino porque la oferta puede seguir creciendo aunque la demanda se mantenga constante.
En términos numéricos, el escenario sería paradójico: PIB nominal creciendo al 1%-2%, pero volumen físico de bienes y servicios aumentando un 20%-30%. La estadística estándar lo llamaría “estancamiento”; el ciudadano, sin embargo, vería más productos, mejores y más baratos.
Lo inquietante es que los modelos de riesgo financiero, de deuda y de política fiscal asumen justo lo contrario: que una caída de precios sostenida es siempre signo de depresión. ¿Qué pasa cuando esa señal deja de ser fiable?
El PIB como indicador zombi
Musk va más lejos: “Las métricas del PIB ya no tienen sentido”. Dicho de otro modo: el indicador fetiche de gobiernos y organismos internacionales se convertiría en un espejo deformante.
“Las métricas del PIB ya no tienen sentido”
Si una IA realiza el trabajo de mil analistas, mil diseñadores o mil gestores, el coste contable de esos servicios se desploma. El resultado puede ser un PIB que crece poco, o incluso cae, mientras la capacidad real de la economía se dispara. Hoy ya vemos algo parecido en el sector digital: plataformas que ofrecen servicios gratuitos o casi gratuitos al usuario, difícilmente capturables en las cuentas nacionales.
En una economía donde los bienes digitales, los modelos de IA y los robots realizan una parte creciente del trabajo, el PIB se vuelve ciego a una fracción cada vez mayor de valor. Podemos imaginar, por ejemplo, una caída del PIB per cápita del 3%-4% en un año en el que la disponibilidad de servicios gratuitos, personalizados y de altísima calidad se multiplica.
El diagnóstico es incómodo: no es que la economía “vaya mal”, es que medimos otra cosa. Y seguir usando el mismo termómetro para un paciente distinto conduce a decisiones erróneas.
Bancos centrales con herramientas diseñadas para otro mundo
Ante cualquier shock, el reflejo de la política económica ha sido siempre el mismo: ajustar el precio del dinero. Tipos a la baja si la economía se enfría; a la alta si se recalienta.
En el mundo que describe Musk, la herramienta pierde filo. Si los precios caen porque la IA hunde los costes, subir tipos no encarece la producción; solo castiga la inversión y el crédito. Si los gobiernos responden con estímulos masivos —cheques, gasto público, rebajas fiscales—, se encuentran con que la liquidez adicional no consigue empujar al alza los precios, porque la oferta sigue corriendo por delante.
Nos situamos, así, en un escenario en el que la curva clásica —más dinero, más inflación— se aplana o incluso se invierte. La “ola de producción” supera siempre la respuesta política, como sugiere Musk.
El riesgo es doble: por un lado, que los bancos centrales queden reducidos a meros espectadores, incapaces de anclar expectativas. Por otro, que la tentación sea acudir a medidas extremas —control directo de precios, impuestos punitivos a la automatización, prohibiciones tecnológicas— con consecuencias imprevisibles para la innovación.
Empleo, salarios y una clase media en la cuerda floja
Detrás de la abstracción macroeconómica, hay vidas concretas. Si la IA y la robótica eliminan costos laborales, ¿qué ocurre con los trabajadores?
En el relato de Musk, no hay transición suave: “No evolución. Reemplazo”. Los empleos no se transforman lentamente; desaparecen. Un modelo de lenguaje puede sustituir a decenas de redactores; un sistema de visión artificial, a cientos de inspectores; un enjambre de robots, a toda una plantilla de almacén.
En un horizonte de una década, no es descabellado imaginar que 20%-30% de las tareas rutinarias estén plenamente automatizadas en economías avanzadas. La cuestión es si se generan nuevos roles a la misma velocidad, con salarios equivalentes y exigencias de formación alcanzables para la mayoría.
Si los precios caen, pero también los ingresos de quienes no logren reciclarse, el resultado puede ser una sociedad partida en dos: una minoría que controla, diseña o posee los sistemas de IA; una mayoría que consume barato, pero tiene poca capacidad de negociación y depende de transferencias públicas.
La paradoja: abundancia material, pero inseguridad vital. Un cóctel explosivo en términos políticos.
El nuevo poder: sistemas, datos y modelos, no dinero
En un mundo donde el coste de producir se acerca a cero, el eje del poder se desplaza. “El dinero pasa a un segundo plano cuando desaparecen los costos de producción”, apunta el texto.
¿Qué vale ser dueño de capital financiero si cualquiera puede producir casi cualquier cosa con costes marginales mínimos? El recurso escaso pasa a ser otro: los sistemas de IA, los datos de entrenamiento, la infraestructura computacional, la energía barata y estable.
Quien controle esas palancas —grandes corporaciones tecnológicas, Estados con capacidad para construir nubes soberanas, consorcios que dominen minerales críticos— tendrá una ventaja difícil de compensar con política monetaria o fiscal.
Los bancos, tal y como hoy los entendemos, perderían centralidad. Los bancos centrales, también. El núcleo del sistema se desplazaría hacia plataformas tecnológicas cuasi-monopólicas, capaces de generar producción ilimitada y de fijar las nuevas “reglas del juego” de acceso y uso.
En términos democráticos, el desafío es evidente: ¿cómo se regula un poder económico que ya no descansa en fábricas visibles, sino en modelos opacos y redes neuronales alojadas en servidores lejanos?
Ante el “tsunami supersónico” de Musk
Para España, la reflexión no es académica. Un tejido productivo donde más del 70% del empleo se concentra en servicios, comercio, hostelería y administración pública es particularmente vulnerable a una ola de automatización rápida.
Sectores enteros —atención al cliente, banca minorista, seguros, retail, logística urbana— pueden ver cómo un 30%-40% de sus tareas se automatizan en pocos años. Al mismo tiempo, la capacidad de nuestro sistema educativo y de formación profesional para reconvertir a millones de trabajadores hacia oficios ligados a la IA, la robótica o el mantenimiento de sistemas es, hoy por hoy, muy limitada.
El mensaje de Musk, llevado a nuestro contexto, es un aviso doble:
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La política económica española sigue pensada para gestionar ciclos de escasez, no tsunamis de abundancia deflacionaria.
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La política industrial y educativa llega tarde a la carrera por controlar los sistemas que generarán esa producción ilimitada.
En su predicción, la discusión no será si el PIB crece un 1% o un 2%, sino quién controla las máquinas que producen, quién diseña los algoritmos que deciden y qué lugar ocupa una economía media como la española en ese nuevo mapa.