Las baterías de bolsillo ya causan dos incidentes aéreos por semana
Una batería externa comenzó a arder sobre el regazo de una pasajera. Las llamas le alcanzaron los brazos y las piernas.
El avión declaró la emergencia y regresó inmediatamente al aeropuerto. No había explosivos, combustible ni un fallo en los motores.
El peligro estaba dentro de un dispositivo utilizado cada día por millones de personas.
Un incendio en el regazo
Ocurrió el 22 de febrero de 2026 en el vuelo 2117 de Alaska Airlines, operado por Horizon Air entre Wichita y Seattle. Una pasajera estaba cargando su teléfono con una batería externa cuando ambos dispositivos comenzaron a arder sobre sus piernas.
El fuego provocó quemaduras, llenó parcialmente de humo la cabina y obligó al Embraer 175 a regresar a Wichita. Tres personas fueron atendidas por los servicios de emergencia y una de ellas tuvo que ser trasladada al hospital. La tripulación introdujo después los dispositivos dañados en una bolsa especial de contención.
El episodio resulta inquietante precisamente por su normalidad: la batería no estaba siendo golpeada ni manipulada cuando se produjo el incendio.
La amenaza que más crece
Los sucesos relacionados con baterías de litio se han más que duplicado en Estados Unidos desde 2019. En 2026, el ritmo se aproxima ya a dos incidentes confirmados cada semana, una frecuencia inédita para un riesgo que hace apenas una década era considerado excepcional.
El Reino Unido registró más de 100 casos de dispositivos sobrecalentados durante 2025, un incremento del 98% respecto al año anterior. La tendencia incluye teléfonos, ordenadores portátiles, cigarrillos electrónicos y, especialmente, baterías externas.
Lo más grave es que el crecimiento no responde únicamente al aumento de vuelos. Cada pasajero transporta ahora más dispositivos, más capacidad eléctrica y más puntos potenciales de fallo.
Una reacción sin aviso
El fenómeno se conoce como fuga térmica. Un defecto de fabricación, un golpe, un sobrecalentamiento o un cortocircuito interno pueden elevar rápidamente la temperatura de una celda. Esa celda calienta las contiguas y desencadena una reacción en cadena.
La batería comienza a generar más calor del que puede disipar hasta liberar gases inflamables, humo y llamas.
El proceso puede iniciarse sin una chispa exterior visible. Además, la elevada densidad energética que permite fabricar teléfonos finos y cargadores compactos es también la que concentra una cantidad considerable de energía en pocos centímetros. Los productos deteriorados, hinchados o de procedencia dudosa multiplican el riesgo.
Dos mil focos potenciales
Un viajero puede embarcar hoy con cuatro o cinco dispositivos: teléfono, portátil, tableta, reloj inteligente, auriculares o batería externa. En un avión de gran capacidad, esa suma puede superar los 2.000 objetos alimentados por litio.
La inmensa mayoría no presenta ningún peligro. Sin embargo, basta una única batería defectuosa para provocar humo, obligar a desviar el vuelo y generar costes operativos de decenas de miles de euros. El problema ya no puede tratarse como una anomalía individual. Se ha convertido en un riesgo sistémico derivado de la digitalización masiva del equipaje de los pasajeros.
Una batería visible en la cabina puede ser enfriada y aislada por la tripulación. En la bodega, en cambio, el acceso durante el vuelo resulta imposible. Por eso las baterías sueltas y los cargadores portátiles deben viajar en el equipaje de mano, nunca en una maleta facturada.
El precedente más dramático ocurrió en 2010. Un Boeing 747 de carga de UPS se estrelló cerca de Dubái después de declararse un incendio en una carga que incluía más de 81.000 baterías de litio. Los dos pilotos murieron y la investigación concluyó que las llamas dañaron sistemas esenciales del aparato.
Las aerolíneas endurecen las reglas
American Airlines, Lufthansa, Singapore Airlines y otras compañías han reforzado sus restricciones sobre el almacenamiento o utilización de baterías externas. Southwest exige desde 2025 que los cargadores permanezcan visibles mientras se utilizan, evitando que funcionen dentro de mochilas o compartimentos superiores.
Varias aerolíneas asiáticas también han prohibido cargar baterías externas durante el vuelo. La reacción se aceleró después del incendio de un Airbus A321 de Air Busan, destruido en tierra tras comenzar las llamas en un compartimento superior con 176 ocupantes a bordo.
El diagnóstico es inequívoco: mantener el dispositivo accesible permite detectar antes el calor, el olor o la deformación.
Tres gestos antes de volar
La primera regla es sencilla: nunca facture baterías externas ni baterías de repuesto. Deben viajar protegidas en la cabina y con los terminales cubiertos para evitar cortocircuitos.
Tampoco resulta recomendable cargar dispositivos durante el despegue o el aterrizaje, fases en las que la tripulación necesita una cabina despejada y preparada para cualquier incidencia.
Finalmente, cualquier batería que se caliente, se hinche, desprenda olor, emita humo o produzca ruidos debe comunicarse inmediatamente. No hay que esconderla, manipularla ni introducirla en agua por cuenta propia. En un avión, unos segundos pueden separar una incidencia controlada de una emergencia aérea.