El intento de asesinato de uno de los máximos jefes del espionaje militar ruso revela fallas de seguridad internas

Rusia captura en Dubái al sospechoso de disparar al general Alekseyev

Rusia captura en Dubái al sospechoso de disparar al general Alekseyev

La detención en Dubái de Lyubomir Korba, sospechoso de disparar hasta tres veces contra el teniente general Vladimir Alekseyev, ha puesto bajo los focos uno de los capítulos más delicados de la guerra silenciosa entre Rusia y Ucrania. El hombre, un ciudadano ruso nacido en la antigua Ucrania soviética y de 65 años, fue arrestado en el emirato y ya ha sido trasladado a Moscú, según confirmó el servicio de seguridad ruso. El ataque, perpetrado el 6 de febrero en el portal de un edificio residencial a apenas 12 kilómetros del Kremlin, dejó gravemente herido al número dos del servicio de inteligencia militar ruso. Moscú atribuye la operación a los servicios ucranianos, mientras Kiev lo niega y sugiere una posible lucha de poder interna. En medio, los Emiratos Árabes Unidos aparecen como pieza clave de una cooperación policial que tiene derivadas diplomáticas y económicas de calado. El desenlace judicial y político del caso promete redefinir, al menos parcialmente, las reglas de la guerra en la sombra que se libra desde 2022.

El ataque que sacude a la cúpula del GRU

Según el relato de los investigadores, el teniente general Alekseyev, de 64 años, fue alcanzado por tres disparos de una pistola Makarov equipada con silenciador en el rellano de un bloque de viviendas en el norte de Moscú. La escena, un portal anónimo en la autopista de Volokolamsk, contrasta con la posición de la víctima: número dos del GRU, el todopoderoso servicio de inteligencia militar ruso. El general fue evacuado de urgencia a un hospital, sometido a cirugía y, según fuentes próximas, ha recuperado la consciencia y puede hablar, aunque sigue en estado delicado.

Este hecho revela una vulnerabilidad llamativa: un alto mando con participación directa en operaciones encubiertas en Siria, Ucrania y otros teatros de conflicto, sancionado por Estados Unidos y Reino Unido desde hace años, pudo ser atacado en casa pese a los protocolos de protección que rodean a figuras de este rango. Lo más grave, para los analistas de seguridad, no es sólo la proximidad física al centro del poder —apenas media hora por carretera del centro de la capital— sino el mensaje que envía al resto de la élite militar: nadie está completamente a salvo, ni siquiera en su propio portal. La consecuencia es clara: el atentado erosiona la imagen de control interno que el Kremlin intenta proyectar desde el inicio de la invasión de Ucrania en 2022.

Un sospechoso con pasado ucraniano y huida relámpago al Golfo

El principal acusado, Lyubomir Korba, es descrito por el Servicio Federal de Seguridad (FSB) como un ciudadano ruso nacido en la región de Ternópil, en la Ucrania soviética, en 1960. Esa biografía híbrida —ruso, pero originario de una zona hoy bajo bandera ucraniana— encaja con la narrativa que Moscú busca proyectar: la de una “agresión terrorista” dirigida por la inteligencia de Kiev y ejecutada por individuos con lazos personales a ambos países.

Tras el ataque del 6 de febrero, Korba habría abandonado Rusia en cuestión de horas y volado a Dubái, uno de los hubs aéreos más importantes del mundo. Para los servicios de seguridad, el detalle no es menor. El uso de un destino con conexiones directas tanto con Rusia como con Occidente, y que además mantiene un delicado equilibrio diplomático con todas las partes, sugiere planificación y conocimiento de las rutas de escape. No se trata de una huida improvisada de un agresor común, sino de un itinerario que aprovecha una plaza financiera y logística clave del Golfo, señalan fuentes consultadas por medios internacionales.

El FSB difundió imágenes del traslado de Korba desde un jet privado —un Embraer Legacy 650— hasta un furgón policial en el aeropuerto de Vnúkovo, en Moscú, cuidadosamente editadas para resaltar la eficacia del operativo. El contraste con la facilidad con la que el sospechoso abandonó Rusia apenas 48 horas antes es, sin embargo, difícil de ignorar.

Dos cómplices, una fuga a Ucrania y demasiadas incógnitas

El relato oficial incluye a otros dos nombres: Viktor Vasin y Zinaida Serebritskaya. Según las autoridades rusas, Vasin fue detenido en Moscú, mientras que Serebritskaya habría logrado escapar a Ucrania tras facilitar el acceso del tirador al edificio donde residía el general.

Lo que complica aún más el cuadro es la información, basada en fuentes abiertas, de que Vasin habría trabajado hasta 2025 como experto principal en un centro de I+D vinculado directamente al FSB y dedicado a fabricar herramientas de vigilancia, integrado en el conglomerado militar-industrial Rostec. Este dato, revelado por investigadores asociados a Bellingcat, abre la puerta a interpretaciones más incómodas para Moscú: ¿cómo es posible que un empleado de una empresa conectada al aparato de seguridad participe en un intento de asesinato de uno de los principales generales del país sin que nadie lo detecte?

El diagnóstico es inequívoco: más allá de la autoría última, el caso expone fallos profundos en los mecanismos de depuración, contrainteligencia y control interno. Que uno de los supuestos cómplices huya a Ucrania sin ser interceptado, mientras otro trabaja en un entorno tan sensible, alimenta la percepción de grietas dentro del sistema. Incluso si la responsabilidad final recae en actores externos, el atentado señala un entorno donde la lealtad ya no puede darse por descontada.

Moscú culpa a Kiev; Kiev habla de guerra interna

La versión oficial de Rusia es clara: Korba y sus presuntos cómplices actuaron bajo órdenes de los servicios de inteligencia ucranianos. El FSB sostiene que el ataque es parte de una campaña de “terrorismo” destinada a descarrilar negociaciones discretas entre Moscú, Kiev y Estados Unidos, celebradas en Abu Dabi, y a intimidar a la cúpula militar rusa.

Kiev, sin embargo, rechaza de plano esa acusación. El ministro de Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, ha declarado que Ucrania “no tuvo nada que ver” con el atentado contra Alekseyev y ha sugerido que podría tratarse de una “lucha interna rusa”. En otras palabras, un ajuste de cuentas dentro de un sistema donde los servicios de seguridad compiten por recursos, influencia y, cada vez más, por la narrativa de la guerra.

La consecuencia política inmediata es doble. Por un lado, el Kremlin obtiene un nuevo argumento para reforzar su discurso de amenaza existencial y justificar un endurecimiento de las medidas de seguridad, tanto en el frente como en la retaguardia. Por otro, Ucrania refuerza en Occidente la idea de que una parte de la inestabilidad rusa es autoinfligida, fruto de rivalidades entre agencias y clanes. Sin pruebas independientes disponibles, el episodio se convierte en otro campo de batalla de la guerra de información.

Seguridad en entredicho: un general expuesto a 12 kilómetros del Kremlin

Que un alto mando como Alekseyev fuera atacado en el rellano de un edificio residencial plantea preguntas incómodas sobre sus rutinas y sobre los protocolos que rodean a la cúpula militar. Distintas filtraciones apuntan a que el general habría reducido su escolta y se desplazaba con menos medidas de seguridad de las habituales, lo que habría facilitado el ataque en un entorno supuestamente discreto.

Que un general de inteligencia reduzca su protección, en plena guerra y en una capital bajo nivel máximo de alerta, es un síntoma de exceso de confianza o de fatiga del sistema, señalan expertos citados por medios internacionales. El contraste con otros atentados recientes contra altos mandos —como el del general Igor Kirillov, objetivo de un ataque con explosivos en 2024— resulta demoledor: la amenaza ya no se limita a los desplazamientos oficiales, sino que se extiende a espacios que hasta ahora se consideraban relativamente seguros.

Para el conjunto de la élite rusa, el mensaje es nítido. Si un hombre que estuvo en primera línea durante el motín del grupo Wagner en 2023 puede ser abatido a pocos kilómetros del centro de poder, la frontera entre “zona de guerra” y “vida privada” se borra. El efecto dominó que viene puede traducirse en una paranoia creciente, con más controles, más purgas internas y una desconfianza generalizada incluso dentro del aparato de seguridad.

El papel discreto pero clave de Emiratos Árabes Unidos

En este tablero, el rol de los Emiratos Árabes Unidos merece atención. La detención de Korba en Dubái y su rápida entrega a Moscú fueron posibles gracias a una cooperación policial que el propio presidente ruso, Vladimir Putin, se apresuró a agradecer en una llamada telefónica a su homólogo emiratí, el jeque Mohamed bin Zayed Al Nahyan.

Emiratos, que ha reforzado en los últimos años sus lazos financieros y energéticos con Rusia mientras mantiene abiertas importantes vías de diálogo con Occidente, se ve ahora situado en el centro de una operación de alto perfil. La imagen de un sospechoso de atacar a un general clave de Moscú siendo esposado en Dubái y embarcado rumbo a Rusia refleja hasta qué punto el país del Golfo se ha convertido en un punto de paso —y, a veces, de refugio— de capital y actores rusos desde el inicio de la guerra.

Sin embargo, esta colaboración tiene costes potenciales. A medida que crece la presión de las sanciones occidentales y el escrutinio sobre los flujos financieros procedentes de Rusia, episodios como este alimentan el debate sobre el papel de Emiratos como bisagra entre sistemas sancionados y mercados globales. Si el caso Korba se utiliza en Moscú como ejemplo de “cooperación ejemplar”, en Bruselas y Washington puede reforzar voces que piden mayor vigilancia sobre las relaciones de los países del Golfo con las élites rusas.

Precedentes de atentados selectivos y una guerra en la sombra

El intento de asesinato de Alekseyev no es un caso aislado. En la última década, Rusia ha vivido una serie de ataques selectivos que han afectado tanto a opositores políticos —como el asesinato de Boris Nemtsov en 2015— como a figuras vinculadas a conflictos en el extranjero, como el caso de Zelimkhan Khangoshvili en Berlín en 2019.

Más recientemente, la explosión que acabó con la vida del general Igor Kirillov y los ataques contra otros mandos implicados en la campaña en Ucrania han alimentado la percepción de que existe una guerra en la sombra, donde los atentados, los sabotajes y los ciberataques forman parte del repertorio habitual, tanto dentro como fuera de las fronteras rusas.

El caso de Alekseyev añade una capa adicional: se trata no sólo de un militar de alto rango, sino del número dos de la inteligencia militar, una figura central en la planificación de operaciones secretas. Que alguien con este perfil sea tiroteado en la puerta de su casa, con un arma corta y en plena capital, acerca peligrosamente el conflicto al corazón del aparato de seguridad ruso. La consecuencia probable es una intensificación de las medidas de contrainteligencia, tanto dentro de Rusia como en terceros países donde operan sus agentes.