Ryanair responde al impuesto aéreo con un recorte histórico en Bélgica

Ryanair Foto de Gabor Koszegi en Unsplash

La aerolínea retirará cinco aviones de Charleroi y reducirá su oferta durante el invierno de 2026 y el verano de 2027 por el aumento del impuesto aéreo hasta los siete euros por pasajero.

Ryanair reducirá dos millones de asientos en Bélgica y retirará cinco aviones de su base en Charleroi. La compañía responde así a la decisión del Gobierno belga de elevar hasta siete euros por pasajero el impuesto aplicado a la aviación desde enero de 2027. El ajuste afectará tanto al aeropuerto de Charleroi como al de Zaventem y amenaza con trasladar tráfico, empleo y turismo hacia mercados europeos con una fiscalidad más favorable.

Cinco aviones menos en Charleroi

Ryanair ha anunciado una reducción significativa de su capacidad en Bélgica durante la temporada de invierno de 2026 y el verano de 2027. La decisión incluye la retirada de cinco aeronaves de su base en Charleroi y la eliminación de alrededor de dos millones de plazas de su programación en Bruselas.

El recorte afectará a los dos principales aeropuertos utilizados por la compañía en el país: Charleroi, especializado en tráfico de bajo coste, y Zaventem, el principal aeropuerto internacional belga. Aunque la aerolínea no ha detallado todas las rutas que desaparecerán, la magnitud del ajuste anticipa una reducción relevante de frecuencias y destinos.

La consecuencia es clara: menos conectividad y una presión añadida sobre el sector turístico belga. Para Ryanair, el incremento fiscal altera la rentabilidad de las rutas, especialmente aquellas con tarifas reducidas, donde un recargo de varios euros representa una proporción elevada del precio final.

Un impuesto un 250% más alto

El origen del conflicto está en la decisión del Gobierno federal de aumentar el impuesto aéreo hasta siete euros por pasajero a partir de enero de 2027. Según los cálculos de Ryanair, la subida supone un incremento del 250% respecto al nivel anterior.

La compañía considera que la medida penaliza directamente a las aerolíneas que operan con grandes volúmenes y billetes baratos. En una ruta con una tarifa de 20 o 30 euros, un impuesto de siete euros puede representar entre el 23% y el 35% del precio antes de otros cargos.

Lo más grave, desde la perspectiva empresarial, es que la tasa se aplica en un mercado europeo altamente competitivo. Las aerolíneas pueden trasladar aviones y capacidad con relativa rapidez hacia aeropuertos donde los costes operativos, laborales y fiscales sean más bajos.

La advertencia ignorada

El consejero delegado de Ryanair DAC, Eddie Wilson, aseguró que la compañía había advertido previamente al primer ministro belga, Bart De Wever, de que una subida impositiva provocaría recortes de tráfico.

«Advertimos al primer ministro De Wever de que aumentar el impuesto aéreo de Bélgica se traduciría en reducciones de capacidad, pero no escuchó», afirmó el directivo.

La declaración refleja una estrategia habitual de la aerolínea: anticipar públicamente las consecuencias de un cambio regulatorio y ejecutar después recortes visibles cuando los gobiernos mantienen sus planes. El objetivo no es únicamente proteger márgenes. También busca elevar el coste político de las decisiones fiscales.

Ryanair maneja una flota flexible y una amplia red europea. Esa capacidad le permite reasignar aviones hacia otros mercados sin abandonar por completo un país.

Europa compite por cada pasajero

Wilson contrapuso la subida belga con las políticas adoptadas por países como Suecia, Hungría, Eslovaquia, Albania y algunas regiones italianas, donde se han eliminado o reducido impuestos relacionados con la aviación para atraer tráfico.

El contraste resulta demoledor. Mientras Bélgica incrementa el coste por pasajero, otros territorios ofrecen incentivos a las compañías para ampliar rutas, abrir bases y generar actividad alrededor de los aeropuertos.

Cada avión basado puede sostener decenas de empleos directos y cientos de puestos indirectos vinculados al mantenimiento, la asistencia en tierra, la hostelería o el transporte. La retirada de cinco aeronaves implica, por tanto, un impacto que va más allá de la programación comercial.

La fiscalidad aérea se convierte así en una herramienta de competencia territorial. El pasajero paga el impuesto, pero el aeropuerto y la economía local pueden asumir la pérdida de actividad.

El golpe para turismo y aeropuertos

La eliminación de dos millones de plazas no significa necesariamente que Bélgica pierda dos millones de viajeros, pero sí reduce su capacidad potencial de atraer visitantes. Incluso con una ocupación media del 90%, el ajuste podría equivaler a cerca de 1,8 millones de desplazamientos menos.

Charleroi será previsiblemente el aeropuerto más afectado. Su modelo depende en gran medida de las compañías de bajo coste y de pasajeros sensibles al precio. Una reducción de frecuencias puede debilitar además las conexiones terrestres, el comercio aeroportuario y los ingresos derivados de aparcamientos y servicios.

Zaventem dispone de una oferta más diversificada, aunque tampoco quedará al margen. Ryanair ha confirmado que los recortes alcanzarán a ambos aeropuertos, lo que demuestra que la respuesta no se limita a una base concreta, sino al conjunto del mercado belga.

Una batalla que todavía puede escalar

El anuncio abre una negociación indirecta entre la aerolínea y el Gobierno. La tasa no entrará en vigor hasta enero de 2027, por lo que todavía existe margen político para modificar su diseño, introducir excepciones o revisar su cuantía.

Sin embargo, Ryanair ya ha situado el conflicto en términos de empleo, turismo y competitividad. La compañía sostiene que gravar más la aviación reducirá la actividad en lugar de aumentar de forma estable la recaudación.

El diagnóstico es inequívoco: Bélgica pretende obtener más ingresos por pasajero, pero corre el riesgo de recibir menos pasajeros. Si otras aerolíneas replican la estrategia de Ryanair, el impacto podría extenderse más allá de los dos millones de asientos inicialmente anunciados.