Trump promete el Mundial más seguro en plena tormenta geopolítica

Mundial de fútbol Foto de My Profit Tutor en Unsplash

El presidente de Estados Unidos eleva la apuesta política sobre el Mundial de 2026 mientras FIFA, la Casa Blanca y las sedes anfitrionas tratan de blindar el mayor evento de la historia del fútbol.

Con 6,5 millones de aficionados previstos, 48 selecciones, 104 partidos y 16 ciudades repartidas entre Estados Unidos, Canadá y México, el Mundial de 2026 ya no es solo un torneo: es una prueba de Estado. Donald Trump ha asegurado que será el evento deportivo “más grande y seguro” de la historia estadounidense, apoyándose además en una demanda de entradas que ya rompe registros. Pero la grandilocuencia choca con una realidad más áspera: tensiones geopolíticas, presión sobre visados y fronteras, costes locales de seguridad y dudas crecientes en algunas plazas. Lo que está en juego no es únicamente el fútbol. También la imagen de control de Washington, la coordinación de tres países y una factura económica que se mide en decenas de miles de millones. La promesa, por tanto, es total. Y precisamente por eso, el riesgo político también lo es.

Un torneo de escala inédita

Nunca antes un Mundial había tenido esta dimensión. La edición de 2026 arrancará el 11 de junio y concluirá el 19 de julio, con una expansión que convierte el calendario, la movilidad y la seguridad en un rompecabezas continental. La FIFA ha confirmado que será la primera edición con 48 equipos y 104 encuentros, distribuidos en tres países y 16 sedes, de las cuales 11 estarán en territorio estadounidense. El volumen, por sí solo, explica por qué la seguridad ha pasado del plano técnico al plano estratégico.

Trump no parte de la nada cuando presume de fiebre por el torneo. FIFA informó de más de 150 millones de solicitudes de entradas en pleno proceso de selección aleatoria y de casi dos millones de billetes vendidos en las dos primeras fases. Es decir, el interés comercial sí respalda parte del entusiasmo oficial. Lo más relevante, sin embargo, no es el récord de demanda, sino lo que revela: cuanto más masivo es el evento, mayor es la exposición a cuellos de botella logísticos, fraude, saturación hotelera, congestión aeroportuaria y amenazas híbridas que van mucho más allá del perímetro del estadio.

La promesa de seguridad total

La Casa Blanca lleva más de un año tratando el Mundial como un asunto federal. El 7 de marzo de 2025, Trump firmó la orden ejecutiva que creó la White House Task Force on the FIFA World Cup 2026, con el propio presidente como presidente del órgano y el vicepresidente como número dos. El texto oficial ya definía el torneo como “el mayor evento deportivo de la historia” y lo vinculaba explícitamente con crecimiento, turismo y proyección nacional. No era un gesto protocolario: era el reconocimiento de que la organización exigiría una arquitectura política propia.

Desde entonces, la Casa Blanca ha defendido que existe un marco interagencial para coordinar transporte, turismo, seguridad y gestión de visados. La narrativa oficial es nítida: si el torneo es el mayor, también debe ser el más seguro. “Ticket sales are ‘through the roof!’”, escribió Trump al presumir del ambiente pre-Mundial. El problema es que la seguridad absoluta no se proclama; se prueba. Y esa prueba no dependerá de una sola ciudad ni de un solo gobierno, sino de la sincronización de agencias federales, autoridades locales, operadores de fronteras, policías estatales y organizadores privados a ambos lados de América del Norte. El diagnóstico es inequívoco: la ambición política del mensaje obliga ahora a una ejecución impecable.

La contradicción iraní

La primera grieta ya ha aparecido. Apenas unos días después de que Gianni Infantino afirmara que Trump le había garantizado que Irán sería bienvenido en el torneo, el propio presidente estadounidense cambió el tono y sugirió que no era “apropiado” que la selección iraní acudiese “por su propia vida y seguridad”. La contradicción no es menor. Irán tiene programados sus partidos de fase de grupos en Los Ángeles y Seattle, y la crisis ha puesto sobre la mesa algo que FIFA nunca quiere admitir en voz alta: un Mundial no solo gestiona selecciones, también gestiona conflictos internacionales activos.

Lo más grave es el precedente que deja. AP recordó que, aunque Irán está sometido a restricciones migratorias estadounidenses, jugadores y técnicos quedarían exentos, y que FIFA sigue considerando de “bajo riesgo” el dispositivo general presentado por los tres anfitriones. Pero la consecuencia política es clara: si Washington envía señales ambiguas sobre qué delegaciones son bienvenidas, la promesa de neutralidad del torneo se erosiona. “The Iran National Soccer Team is welcome to The World Cup”, escribió Trump antes de matizar su posición. En un evento que aspira a reunir al mundo, esa oscilación entre hospitalidad y advertencia no fortalece la seguridad; la vuelve más incierta.

El negocio que explica la presión

Detrás del discurso patriótico hay un incentivo económico monumental. Un estudio conjunto difundido por FIFA y la OMC estima que el Mundial de 2026 podría generar hasta 40.900 millones de dólares de PIB, 8.280 millones en beneficios sociales y sostener la creación de casi 824.000 empleos equivalentes a tiempo completo en todo el mundo. Son cifras de una dimensión excepcional, lo bastante grandes como para justificar que la seguridad se trate como una inversión y no solo como un coste.

Las estimaciones territoriales refuerzan esa lógica. El comité anfitrión de Nueva York-Nueva Jersey proyecta 3.300 millones de dólares de impacto económico, más de 26.000 empleos y 1,2 millones de visitantes para la región. En Canadá, FIFA y Deloitte calculan 3.800 millones de dólares canadienses de producción económica positiva y 24.100 empleos asociados al torneo. Este contraste con otros grandes eventos resulta demoledor: pocas citas concentran tanta atención global y tanta promesa de retorno en tan pocas semanas. Precisamente por eso, cualquier fallo de seguridad, transporte o admisión migratoria tendría un coste económico inmediato y una resaca reputacional de largo plazo.

Fronteras, visados y ciudades bajo presión

La seguridad del Mundial no se decidirá únicamente en torno al césped. Se jugará también en aeropuertos, consulados, estaciones ferroviarias y controles fronterizos. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos ha pedido a los viajeros que tramiten con antelación ESTA y programas de viajero confiable, y ha recordado que el país espera recibir al menos 10 millones de visitantes internacionales y aficionados al fútbol en los próximos dos años entre el Club World Cup y el Mundial. El mensaje oficial combina dos verbos que rara vez conviven con facilidad: facilitar y controlar.

A esa tensión se añade la factura local. En Foxborough, sede de siete partidos en el área de Boston, las autoridades reclamaron garantías para cubrir 7,8 millones de dólares en costes de seguridad antes de autorizar la licencia del evento. El episodio revela algo que pocas veces se explica al aficionado: el Mundial puede ser un negocio gigantesco para la marca país y, al mismo tiempo, una carga delicada para los presupuestos municipales si la financiación no llega a tiempo. La consecuencia es clara. Cuanto más alto eleva Washington la promesa de blindaje total, más visibles se vuelven las costuras financieras y operativas en el terreno.

Lo que ha cambiado desde 1994

Estados Unidos ya organizó un Mundial exitoso en 1994, pero la comparación histórica tiene límites evidentes. Entonces compitieron 24 equipos, se disputaron 52 partidos y el torneo se jugó en nueve sedes. En 2026, la escala prácticamente se duplica, y además se reparte entre tres Estados soberanos con marcos regulatorios, policiales y fronterizos distintos. El recuerdo de 1994 sirve como argumento de confianza; no como garantía automática.

Lo que ha cambiado desde entonces no es solo el tamaño. También el tipo de amenaza. Hoy el Mundial debe convivir con ciberriesgo, campañas de desinformación, tensiones diplomáticas en tiempo real y una exposición permanente en redes sociales que amplifica cualquier incidente en segundos. Y en México, una de las tres patas del torneo, las alarmas se han disparado tras la violencia en Jalisco: más de 70 muertos, entre ellos 25 miembros de la Guardia Nacional, llevaron al Gobierno mexicano a activar un plan con más de 20 agencias federales para reforzar las sedes. Este hecho revela el fondo del problema: la seguridad de 2026 no dependerá de una sola decisión presidencial, sino de miles de microdecisiones coordinadas durante semanas.

Qué puede pasar ahora

El mejor escenario para Trump es evidente. Si el torneo arranca a tiempo, mueve millones de personas sin incidentes graves y deja una estela de consumo, turismo e imagen internacional, la Casa Blanca podrá presentar el Mundial como una demostración de capacidad estatal y de liderazgo continental. En un año además cargado de simbolismo por el 250 aniversario de Estados Unidos, el rédito político sería enorme. La frase sobre “el evento más seguro” pasaría de hipérbole a marca de gobierno.

Pero existe el escenario inverso. Basta con una cadena de retrasos en visados, un conflicto diplomático mal gestionado, disturbios en una sede sensible o una fractura visible entre anfitriones para que la narrativa se dé la vuelta. El Mundial 2026 será, sin duda, el mayor escaparate futbolístico jamás montado en Norteamérica. La incógnita es otra: si será también el escaparate que confirme la promesa de orden de Trump o el que exponga que, en política, vender seguridad total suele ser mucho más fácil que administrarla. Ese será el verdadero partido antes del pitido inicial.