El virus Nipah resurge en Asia: una amenaza silenciosa con alta letalidad
La era pospandémica no ha traído la calma que muchos esperaban. Mientras el ruido político se concentra en otras crisis, un virus conocido pero poco entendido vuelve a colocar a Asia en el centro del mapa epidemiológico. Se llama Nipah, se transmite desde murciélagos frugívoros y tiene una tasa de mortalidad estimada entre el 40% y el 75% en los brotes documentados.
Los últimos casos confirmados en India han provocado una reacción en cadena: controles reforzados en aeropuertos de Pakistán, Indonesia, Tailandia, Singapur, Hong Kong o Malasia, y nuevas guías para viajeros en la región. La Organización Mundial de la Salud (OMS) insiste en que el riesgo global sigue siendo bajo, pero mantiene al Nipah en su lista de patógenos prioritarios, precisamente por esa combinación de letalidad extrema y capacidad, limitada pero real, de transmisión entre personas.
El virus Nipah: características y origen zoonótico
El virus Nipah (NiV) es un patógeno zoonótico: vive en animales y, de forma ocasional, salta a humanos. Su reservorio natural son los murciélagos frugívoros de la familia Pteropodidae, ampliamente distribuidos por Asia y Oceanía. A diferencia de otros virus respiratorios, el Nipah no circula de forma silenciosa y masiva en la población; aparece en forma de brotes localizados, ligados casi siempre a contextos muy concretos de contacto entre humanos, murciélagos y, en ocasiones, animales domésticos como los cerdos.
El patógeno se identificó por primera vez a finales de los años noventa en Malasia y Singapur, asociado a grandes granjas porcinas. Desde entonces, se han documentado episodios recurrentes en Bangladés, India, Filipinas y otros países del sudeste asiático, casi siempre con un patrón similar: un caso índice vinculado a exposición ambiental o alimentaria, seguido de una cadena limitada de contagios en el entorno cercano o en el ámbito hospitalario.
Lo que inquieta a los epidemiólogos no es solo la letalidad, sino la amplitud del “menú” de huéspedes que acepta el virus: murciélagos, cerdos, cabras, caballos, incluso animales domésticos, lo que multiplica las posibles rutas de entrada al ser humano.
En un escenario de deforestación acelerada, urbanización desordenada y presión sobre los ecosistemas, el contacto entre personas y fauna silvestre se intensifica. Y cada acercamiento crea una nueva oportunidad de salto.
Una letalidad extrema con pocos casos, de momento
Las cifras globales explican por qué el Nipah genera titulares pese a su baja incidencia. Desde 1998 se han registrado alrededor de 750 casos confirmados y 415 muertes, es decir, una mortalidad cercana al 55%, con picos que han llegado al 100% en algunos brotes de Bangladés. Son números pequeños en comparación con la COVID-19, pero el diagnóstico es inequívoco: es uno de los virus más letales que hoy circulan en humanos.
La gran diferencia con el coronavirus está en la transmisibilidad. El Nipah no es un virus de transmisión aérea eficiente: suele requerir contacto estrecho con secreciones o fluidos, cuidados prolongados a un enfermo o exposición intensa a animales o alimentos contaminados. Esto reduce drásticamente su capacidad de generar una pandemia global, pero también crea un espejismo de seguridad: los países tienden a relajarse entre brote y brote.
Lo más grave es que, a día de hoy, no existe ningún tratamiento antiviral específico ni vacuna autorizada. La única respuesta disponible es la medicina intensiva de soporte y el aislamiento rápido de casos y contactos. Un hospital comarcal con pocas camas de UCI puede verse al límite con apenas una decena de pacientes graves, como ya se ha observado en episodios recientes en Kerala o Bangladés.
Síntomas, diagnóstico y el desafío del falso resfriado
Clínicamente, el Nipah tiene un problema añadido: se disfraza de gripe en sus primeros días. La mayoría de los pacientes comienzan con fiebre alta, dolor de cabeza, mialgias intensas y una sensación de cansancio extremo, un cuadro indistinguible de otras infecciones respiratorias comunes. En este punto, sin pruebas de laboratorio, resulta prácticamente imposible distinguirlo de un resfriado complicado.
A partir de ahí, el curso puede bifurcarse. En algunos pacientes predominan los síntomas respiratorios severos: dificultad para respirar, neumonía aguda, síndrome de distrés respiratorio. En otros, el virus se manifiesta como una encefalitis fulminante: confusión, somnolencia, convulsiones y coma en menos de 48 horas. Es esta combinación de daño neurológico y fallo respiratorio la que dispara la mortalidad y deja secuelas en una parte de los supervivientes, desde crisis epilépticas crónicas hasta cambios de personalidad.
El diagnóstico preciso depende de técnicas de laboratorio avanzadas —PCR específica para Nipah, serología, aislamiento viral— que no siempre están disponibles fuera de los grandes centros urbanos. El resultado es un círculo vicioso: cuanto más rural y periférico es el brote, más tarde se identifica el patógeno y más posibilidades hay de que el virus circule sin nombre durante días críticos.
Cómo se contagia: de los murciélagos a los hospitales
El “puente” habitual del Nipah hacia las personas pasa por la cadena alimentaria. En países como Bangladés, el consumo de savia cruda de palma datilera —un producto muy apreciado— se ha identificado como uno de los principales vectores: los murciélagos se alimentan del líquido, dejan saliva u orina en los recipientes y el virus llega al consumidor final. Frutas parcialmente comidas por murciélagos, recogidas del suelo y vendidas sin controles, completan el mapa de riesgos.
A ello se suman los contagios a través de animales domésticos, especialmente cerdos, que actúan como amplificadores: pueden infectarse a gran escala y convertirse en fuentes masivas de exposición para trabajadores rurales y familias enteras. Cuando el virus entra en un hospital, el patrón se repite: profesionales sanitarios y cuidadores familiares sin protección adecuada concentran los casos secundarios.
La prevención, por tanto, pasa mucho menos por mascarillas en masa y mucho más por seguridad alimentaria, bioseguridad rural y protocolos estrictos en hospitales. Evitar frutas sospechosas, hervir o pasteurizar la savia de palma, reducir el acceso de murciélagos a cultivos y aplicar equipos de protección individual en la atención a pacientes sospechosos son medidas de bajo coste con impacto enorme. En un contexto de recursos limitados, invertir en educación comunitaria y vigilancia sindrómica puede ser tan decisivo como comprar respiradores.
India, Bangladés y la nueva geografía del riesgo
India vuelve a estar en el foco, pero no es un caso aislado. El país ha registrado brotes repetidos, con episodios conocidos en Bengala Occidental en 2001 y 2007, así como brotes recurrentes en el estado de Kerala desde 2018, algunos de ellos con más de una decena de fallecidos en pocas semanas. Los casos recientes en esta temporada —dos infecciones confirmadas en la región de Bengala, con cerca de 200 contactos identificados y vigilados— han disparado de nuevo la alarma, aunque las autoridades insisten en que el foco está contenido.
Bangladés representa el otro gran epicentro. Desde 2001, el país notifica casos prácticamente cada año, con brotes pequeños pero devastadores: en 2024 se confirmaron cinco casos, todos fatales, con tasas de mortalidad que en algunos años han variado entre el 25% y el 100%. En regiones rurales, la conjunción de pobreza, dependencia de productos agrícolas contaminables y acceso limitado a cuidados intensivos convierte a Nipah en una sentencia casi automática.
El contraste con otros países de renta media resulta demoledor. Kerala, por ejemplo, ha conseguido cortar varias cadenas de transmisión gracias a rastreos agresivos, cuarentenas rápidas y refuerzo de la atención primaria, limitando la propagación pese a la presencia recurrente del virus. La lección es clara: frente a un patógeno poco transmisible pero muy letal, la diferencia entre una tragedia local y un incidente controlado está en la velocidad de respuesta, no en la tecnología punta.
Controles en aeropuertos y la respuesta regional
La reaparición de casos en India ha activado una especie de “modo recuerdo” en Asia. Varios países han reintroducido controles sanitarios en aeropuertos y fronteras, con cámaras térmicas, cuestionarios de salud y revisión del historial de viajes. Pakistán ha desplegado cribados en aeropuertos, puertos y pasos terrestres; Indonesia ha instalado escáneres adicionales en Bali, uno de los grandes hubs turísticos de la región; Tailandia, Singapur, Hong Kong, Malasia o Vietnam han seguido caminos similares, reactivando protocolos aparcados tras la COVID-19.
Paradójicamente, India —donde se han detectado los últimos casos— no contempla por ahora implantar controles en aeropuertos, amparándose en que la transmisión está contenida y en la evaluación de la OMS, que considera bajo el riesgo de propagación internacional y no recomienda restricciones a viajes o comercio. La consecuencia es una geografía de la prevención desigual, con países vecinos aplicando filtros para protegerse de una amenaza que, en la práctica, sigue siendo muy localizada.
Más allá del impacto sanitario, la reactivación de controles tiene un coste económico difícil de ignorar: retrasos, aumento de gastos de operación y, sobre todo, el recuerdo inmediato de las restricciones de 2020-2021. Aunque los flujos de turismo y negocio no se han visto todavía alterados de forma significativa, la sola mención de un virus con letalidad de hasta tres de cada cuatro infectados funciona como un freno reputacional para una región que lleva años intentando proyectar normalidad.
Qué hace la OMS y qué falta por hacer
La OMS ha ubicado al Nipah en su lista de patógenos prioritarios, junto a amenazas como el ébola o el MERS, lo que implica más recursos para vigilancia, diagnóstico y desarrollo de vacunas y tratamientos. Desde diciembre de 2025, una colaboración entre la Universidad de Oxford y la Coalición para las Innovaciones en Preparación frente a Epidemias (CEPI) ha puesto en marcha el primer ensayo de fase II de una vacuna experimental contra el Nipah, un hito que, en el mejor de los casos, tardará años en traducirse en una herramienta utilizable a gran escala.
Mientras tanto, el arsenal real se limita a la detección precoz, el aislamiento de casos y el soporte vital avanzado. Organismos como el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades (ECDC) insisten en que la prioridad es fortalecer los laboratorios de referencia y los sistemas de alerta temprana en los países donde habitan los murciélagos reservorio, mucho antes de que el virus llegue a otras latitudes.
Este hecho revela una brecha persistente: los países donde más probable es el origen de nuevos brotes son, a menudo, los que disponen de menos recursos para detectarlos y contenerlos. Sin financiación estable para vigilancia, las alertas seguirán siendo reactivas, no preventivas. Y cada nuevo brote obligará a improvisar controles en aeropuertos y hospitales, con el consiguiente coste social y económico.