Claves del día: Europa al borde del desastre, Trump no baja la presión y la tragedia en España
La jornada arranca con dos sacudidas que se retroalimentan: una crisis geopolítica sin precedentes entre Estados Unidos y Europa y una tragedia ferroviaria que ha dejado al menos 39 fallecidos en Adamuz (Córdoba). El presidente estadounidense, Donald Trump, ha amenazado con imponer aranceles del 10% desde el 1 de febrero y del 25% a partir del 1 de junio a ocho aliados europeos —Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia— si no se cierra un acuerdo para la “compra completa” de Groenlandia. Los mercados han reaccionado al instante: desplome en los futuros de Wall Street, corrección brusca en las bolsas europeas y oro y plata en máximos históricos.
Un ultimátum sin precedentes desde Washington
El movimiento de la Casa Blanca rompe todos los moldes conocidos de presión comercial sobre aliados. Trump ha condicionado explícitamente la retirada de unos aranceles del 10% desde el 1 de febrero, que escalarían al 25% el 1 de junio, a que se cierre un acuerdo para la “compra completa y total” de Groenlandia por parte de Estados Unidos. No se trata de una disputa clásica sobre déficits comerciales o subsidios, sino de poner precio a la soberanía de un territorio estratégico perteneciente a un socio de la OTAN.
El ultimátum afecta a ocho de las economías más avanzadas de Europa, con Alemania, Francia y los Países Bajos entre los más expuestos por su volumen de exportaciones industriales y automovilísticas hacia Estados Unidos. Lo que inquieta a los mercados no es solo el impacto directo de los aranceles, sino el precedente: el uso de la política comercial como palanca para forzar decisiones territoriales y de seguridad.
Líderes como Emmanuel Macron y Keir Starmer han calificado el movimiento de “coercitivo” e “inaceptable”, mientras la Comisión Europea apela a la “solidaridad política y económica” evitando, por ahora, respuestas militares o de seguridad explícitas. Este hecho revela una asimetría incómoda: Washington actúa con un mando único y reflejos rápidos, mientras Bruselas se ve obligada a articular una respuesta a 27 bandas, lenta por diseño.
Mercados en shock: del Nasdaq a las bolsas europeas
La reacción de los mercados ha sido inmediata y contundente. Los futuros del Nasdaq 100 llegaron a caer cerca de un 2%, los del S&P 500 en torno al 1,5% y los del Dow Jones más de un 1,3%, anticipando una apertura de Wall Street claramente bajista pese a tratarse de una jornada festiva en Estados Unidos. El mensaje que leen los inversores es nítido: la guerra arancelaria vuelve al centro del tablero precisamente cuando las bolsas trataban de digerir un ciclo de tipos altos y un crecimiento global más débil.
En Europa, el Stoxx 600 cede alrededor de un 1,2%, con el DAX alemán y el CAC 40 francés registrando descensos de hasta el 1,8% en algunos momentos de la sesión, arrastrados por el castigo a automovilísticas, lujo y compañías industriales con fuerte exposición a Estados Unidos. El contraste con la aparente resiliencia de semanas anteriores resulta demoledor: bastan unas líneas en una red social presidencial para borrar en horas los avances acumulados desde principios de año.
La consecuencia es clara: los mercados descuentan no solo el impacto directo de los aranceles sino un escenario de incertidumbre prolongada, en el que empresas y hogares europeos se enfrentan a nuevas presiones sobre precios, márgenes y confianza. El recuerdo del colapso bursátil de 2025 por el shock arancelario con China planea sobre las pantallas de trading.
Oro y plata en máximos: el refugio ante la tormenta
Mientras la renta variable se tiñe de rojo, el movimiento en los activos refugio dibuja la otra cara del pánico. El oro ha marcado nuevos máximos históricos, superando los 4.700 dólares por onza, tras ganar más de un 2% en pocas sesiones, y la plata ha llegado a rozar los 95 dólares, coronando una subida acumulada de tres dígitos en el último año.
En un contexto de tensiones geopolíticas crecientes, expectativas de recortes de tipos a partir de mediados de 2026 y un dólar debilitado por la incertidumbre política, la lógica del mercado es casi automática: se deshace riesgo en acciones y crédito, se reduce exposición a deuda norteamericana de largo plazo y se refuerzan posiciones en metales preciosos.
Lo más grave, sin embargo, es el mensaje de fondo: el oro vuelve a convertirse en votación silenciosa contra la estabilidad institucional. Cada nuevo máximo señala la desconfianza de los inversores en la capacidad de las grandes potencias para gestionar sus diferencias dentro de marcos previsibles. Y en esta ocasión la chispa no es una crisis energética o una pandemia, sino la idea de comprar —o presionar— un territorio ártico clave para las rutas marítimas y los recursos futuros.
El arsenal europeo: de la disuasión al riesgo de dispararse al pie
Bruselas se mueve sobre una línea finísima entre demostrar firmeza y evitar un choque de consecuencias catastróficas. Sobre la mesa están dos instrumentos de gran calibre: el instrumento anti-coerción (ACI, por sus siglas en inglés), aprobado en 2023 pero nunca utilizado, y un paquete de represalias arancelarias sobre 93.000 millones de euros en importaciones estadounidenses que ya fue diseñado en crisis anteriores y quedó congelado.
El ACI permite a la Unión restringir acceso al mercado único, limitar licencias comerciales, vetar participación en concursos públicos o restringir inversión directa de países que recurran al “chantaje económico” contra un Estado miembro. En la práctica, se trata de la “bazuca comercial” europea, pensada como arma de último recurso frente a potencias como Estados Unidos o China.
El problema es doble. Primero, requiere unanimidad política en un contexto en el que varios socios temen más el daño colateral que el propio ultimátum de Trump. Segundo, un choque frontal con Washington llegaría cuando la economía europea apenas ha empezado a recuperar tracción tras la recesión industrial de 2023-2024. El diagnóstico es inequívoco: Europa dispone por fin de herramientas para responder, pero no está claro que tenga voluntad política para apretar el gatillo.
Davos en el ojo del huracán: la alianza transatlántica en su peor momento
El Foro de Davos, tradicional termómetro del clima económico global, se ha convertido este año en escaparate de una fractura que va mucho más allá de los aranceles. Mientras responsables europeos hablan de “unidad” y “defensa del orden multilateral”, la delegación estadounidense —con Trump ausente pero con su equipo económico muy presente— transmite el mensaje contrario: America First 2.0, también frente a sus aliados históricos.
Lo más grave para los inversores no es la retórica, sino la convergencia de tres factores: la disputa por Groenlandia, el aumento de la presencia militar europea en la isla a través de maniobras como Operation Arctic Endurance y la amenaza explícita de vincular defensa y comercio dentro de la OTAN. El contraste con la década anterior resulta demoledor: de hablar de cooperación en la transición verde y la digitalización se ha pasado a discutir quién controla el Ártico y con qué arancel penaliza a quién.
En este contexto, la ausencia de Pedro Sánchez en Davos —tras cancelar su viaje por la tragedia de Adamuz— deja a España sin voz directa en una de las mesas donde se juega su futuro industrial y exportador. El riesgo evidente es que Europa negocie una salida a la crisis en la que los países más dependientes del turismo, la automoción y la agroalimentación queden en la parte más vulnerable del acuerdo.
Adamuz: el accidente que paraliza a España
Mientras la geopolítica se discute en los Alpes suizos, el drama humano se concentra en un tramo de vía en la provincia de Córdoba. A las 19:40 horas del domingo, un tren de la compañía Iryo que cubría el trayecto Málaga–Madrid descarriló en los desvíos de entrada a la estación de Adamuz con 317 personas a bordo, invadiendo la vía contigua por la que circulaba un Alvia de Renfe con unos 184 pasajeros rumbo a Huelva. El impacto fue brutal: varios vagones quedaron volcados, otros encaramados sobre el talud y decenas de personas atrapadas entre planchas retorcidas de metal.
El balance provisional habla de al menos 39 fallecidos, entre ellos el maquinista de uno de los trenes, más de 170 heridos leves y 73 hospitalizados, con 24 en estado grave, incluidos varios menores. Las cifras, advierten las autoridades, podrían aumentar a medida que avance la identificación de las víctimas.
El ministro de Transportes, Óscar Puente, se desplazó de inmediato al centro de emergencias de Renfe en Atocha y ha calificado el siniestro como “tremendamente extraño”, al haberse producido en una recta, con un tren relativamente nuevo y una vía renovada recientemente. La Unidad Militar de Emergencias, efectivos de la Guardia Civil, sanitarios y bomberos trabajan desde entonces en un operativo que se prolonga hora a hora, mientras España entra en días de luto oficial.
El origen de la tragedia: hipótesis técnicas y viejas advertencias
Por ahora, todas las hipótesis siguen abiertas. Los primeros indicios apuntan a una posible rotura del carril en el punto de inicio del descarrilamiento o a un fallo en uno de los ejes del Iryo, lo que habría provocado la salida de vía de los últimos vagones y su invasión del carril contiguo justo cuando se aproximaba el Alvia.
La Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios analizará en laboratorio tanto los tramos de vía afectados como la rodadura del tren, además de las cajas negras de ambos convoyes. El proceso se prolongará meses, pero la presión social y política para obtener respuestas será inmediata. Lo más inquietante es que colectivos ferroviarios y asociaciones de trabajadores llevaban tiempo advirtiendo de la necesidad de reforzar el mantenimiento y la inversión en seguridad en ciertos tramos de la red, en especial en desvíos y puntos de confluencia de tráfico mixto.
La tragedia de Adamuz se inscribe así en una línea que recuerda, inevitablemente, al accidente de Angrois en 2013: un siniestro con múltiples víctimas, una combinación de factores humanos, técnicos y de diseño y un largo debate posterior sobre la responsabilidad política. El diagnóstico preliminar que se dibuja es incómodo: España ha modernizado su red de alta velocidad, pero no siempre al mismo ritmo sus sistemas de gestión del riesgo.
Tráfico ferroviario colapsado: el coste económico inmediato
La suspensión total de la alta velocidad entre Madrid y Andalucía durante al menos 24 horas —con riesgo de prolongarse varios días según avancen las labores de reparación— supone la cancelación o desvío de más de 200 trenes y afecta a decenas de miles de viajeros entre AVE, Alvia y servicios de operadores privados.
El impacto económico inmediato se mide en noches de hotel perdidas, reuniones canceladas, mercancías retrasadas y un golpe en plena temporada de congresos y turismo urbano. A medio plazo, el coste más difícil de cuantificar será el reputacional: España había convertido su red ferroviaria de alta velocidad en uno de sus activos de marca país, tanto para el turismo como para la exportación de servicios de ingeniería y tecnología ferroviaria.
Este hecho revela una vulnerabilidad poco discutida en el debate público: la dependencia creciente de corredores muy concentrados, donde un único punto de fallo —una avería grave, un siniestro, un sabotaje— puede colapsar durante días la movilidad de medio país. En un entorno en el que Europa discute su autonomía estratégica frente a Estados Unidos y China, la resiliencia de sus propias infraestructuras internas se convierte en un factor económico y geopolítico de primer orden.
Un país atrapado entre la guerra comercial y el duelo
La coincidencia temporal no podría ser más simbólica: mientras los ministros europeos preparan en Bruselas su respuesta a la ofensiva arancelaria de Washington, el Gobierno español gestiona una de las peores tragedias ferroviarias de su historia reciente. Por un lado, España se sienta en la mesa europea como uno de los países que más tendría que ganar de un comercio transatlántico fluido —por turismo, exportaciones agroalimentarias y automoción— y uno de los que más perdería en una guerra de aranceles cruzados. Por otro, afronta un debate interno sobre la calidad de su gasto en infraestructuras y la prioridad real otorgada al mantenimiento y la seguridad frente a nuevas inauguraciones.
Qué puede pasar ahora. En el frente externo, el escenario más probable a corto plazo es una escalada controlada: amenazas y contramedidas anunciadas, negociaciones discretas en Davos y Bruselas y algún tipo de compromiso que permita a Trump vender una victoria simbólica sobre Groenlandia sin llevar los aranceles al máximo anunciado. En el interno, la investigación sobre Adamuz marcará la agenda política en los próximos meses, con la presión de la oposición y de las víctimas para depurar responsabilidades si se confirman fallos de diseño, mantenimiento o supervisión.
La consecuencia es clara: Europa encara uno de esos momentos en que la percepción de fortaleza o fragilidad se decide en cuestión de semanas. De cómo gestione la crisis de Groenlandia y de cómo España responda a la tragedia de Adamuz dependerá no solo el ánimo de los mercados, sino la confianza de los ciudadanos en unas instituciones que hoy se ven, de nuevo, puestas a prueba.