Reino Unido arriesga 25 millones para atar a Kraken
El Gobierno británico ha decidido dejar de lamentarse por las OPV que se le escapan y pasar directamente a la chequera. A través de una inversión de 25 millones de libras en Kraken, la plataforma tecnológica de Octopus Energy, el Ejecutivo busca algo muy concreto: convencer a la compañía de que cotice en la Bolsa de Londres en lugar de estrenarse en Nueva York.
El movimiento es tan simbólico como arriesgado. Kraken está valorada en varios miles de millones y se ha convertido en uno de los activos más codiciados del ‘software’ energético global. Perderla sería otro golpe al prestigio de la City como centro financiero capaz de atraer y retener a sus propios “unicornios”.
El consejero delegado de Octopus, Greg Jackson, admite que, en lo personal, prefiere Londres, pero recuerda que la decisión final está en manos de un grupo de inversores internacionales que la tomarán en los próximos dieciocho meses. El mensaje del Gobierno es igual de transparente: si Kraken se queda, el Estado estará dentro del capital. Si se va, lo hará llevándose consigo una parte del dinero de los contribuyentes. El secretario de Negocios y Comercio, Peter Kyle, lo ha resumido sin rodeos: la Bolsa de Londres sigue siendo, a su juicio, “el mejor lugar para escalar una compañía”, y esta apuesta sirve para demostrarlo… o para poner en evidencia sus límites.
Una apuesta inédita para retener a Kraken
La entrada de 25 millones de libras en el capital de Kraken marca un antes y un después en la forma en que Reino Unido se relaciona con sus empresas tecnológicas de alto crecimiento. No se trata de una subvención clásica ni de un préstamo blando: es equity puro, con el Estado sentado en la misma mesa que grandes fondos internacionales y aseguradoras.
Detrás del gesto hay una preocupación muy concreta. En los últimos años, la City ha visto cómo las salidas a bolsa de referencia se iban a Nueva York, mientras Londres se quedaba con un mercado dominado por valores maduros, bancos, energéticas y compañías defensivas. Las pocas historias de crecimiento tecnológico han preferido el Nasdaq, fusiones con gigantes extranjeros o directamente la venta a fondos de capital riesgo.
El Gobierno quiere que el caso Kraken sea el contraejemplo: una empresa de software avanzado, conectada a la transición energética, que elija el parqué londinense y demuestre que todavía es posible levantar grandes rondas y valoraciones ambiciosas sin cruzar el Atlántico. Por eso esta operación se ha presentado como la mayor apuesta individual realizada hasta ahora por el brazo inversor público en una sola compañía tecnológica.
La lectura política es evidente: Downing Street intenta pasar de la retórica sobre “la economía de alto valor añadido” a los hechos, aun a riesgo de ser acusado de seleccionar ganadores con dinero público.
Qué es Kraken y por qué importa tanto
Kraken es el cerebro digital que Octopus Energy desarrolló para gestionar millones de clientes de electricidad y gas en un entorno cada vez más complejo: contadores inteligentes, paneles solares domésticos, baterías, vehículos eléctricos y redes cada vez más descentralizadas. Con el tiempo, esa plataforma dejó de ser una herramienta interna para convertirse en producto comercial global.
Hoy, la tecnología de Kraken opera como un sistema operativo para utilities, capaz de manejar decenas de millones de puntos de suministro en distintos países, automatizar facturación, optimizar el uso de la red y ajustar en tiempo real la demanda y la oferta energética. Su ventaja competitiva se basa en una combinación de inteligencia artificial, datos masivos y automatización que promete recortar costes y mejorar el servicio frente a los sistemas heredados que todavía utiliza buena parte del sector.
Esa capacidad ha disparado el interés de inversores institucionales, fondos de pensiones y aseguradoras, que ven en Kraken una apuesta directa por la digitalización de la transición energética. Las últimas rondas de financiación han colocado su valoración en el entorno de los miles de millones de dólares, y su crecimiento internacional ha convertido a la firma en una de las pocas candidatas serias a liderar un oligopolio global de software para utilities.
Para el Gobierno británico, perder la salida a bolsa de un activo así no sería solo una cuestión de orgullo: significaría renunciar a una de las pocas historias tecnológicas de escala mundial con sello británico.
Londres frente a Nueva York por la gran OPV verde
La batalla real se libra entre dos plazas: Londres y Nueva York. Greg Jackson ha dejado claro que su preferencia emocional y estratégica es ver a Kraken cotizando en la Bolsa de Londres. Pero también ha repetido que la decisión será colegiada y se tomará en clave fría: dónde hay más liquidez, mejor valoración y más apetito por historias de crecimiento.
Y ahí Londres parte con desventaja. El mercado británico arrastra varios años de salidas a bolsa mediocres, deslistados sonados y una percepción extendida de que los inversores locales penalizan los modelos intensivos en inversión y crecimiento frente a los dividendos estables. Al otro lado, el Nasdaq sigue siendo el destino natural para empresas de software y plataformas de datos que buscan múltiplos altos y acceso a un océano de capital global.
El Gobierno intenta compensar esa asimetría con reformas: flexibilizar normas de cotización, ajustar requisitos de free float, revisar el régimen de competencia y multiplicar los gestos de apoyo a las tecnológicas domésticas. Pero la prueba de fuego será esta: si, tras la inyección pública, Kraken decide debutar en Nueva York, el mensaje para el resto del ecosistema será demoledor.
Por el contrario, una OPV de varios miles de millones en Londres, con alta sobredemanda y buena evolución posterior, serviría como caso de éxito en un momento en que la City necesita desesperadamente historias positivas.
El riesgo político y financiero del cheque público
Poner dinero público en una empresa privada siempre genera sospechas. En este caso, el debate se agudiza por tres factores: el tamaño del cheque, el perfil de la compañía y el objetivo explícito de influir en la elección de mercado bursátil.
Los defensores de la operación argumentan que 25 millones de libras son una cantidad relativamente pequeña frente al potencial de revalorización de Kraken si consolida su posición global. Recuerdan también que el Estado ha perdido históricamente grandes oportunidades al salir demasiado pronto de empresas que luego multiplicaron su valor.
Los críticos, en cambio, alertan del riesgo de que el Gobierno se convierta en seleccionador de “campeones nacionales”, favoreciendo a unas compañías frente a otras y distorsionando la asignación de capital. Señalan que el sector tecnológico es volátil por definición y que, si Kraken sufre una fuerte corrección en el futuro, los titulares se centrarán en una idea sencilla: el contribuyente pagó caro por un activo que luego se hundió.
A ello se suma un componente de transparencia: será crucial que los criterios de inversión, la valoración aceptada y las condiciones de salida futura estén claros desde el principio para evitar la percepción de trato de favor. En suma, el riesgo reputacional para el Gobierno es tan real como el financiero.
Greg Jackson, entre el Gobierno y los grandes fondos
El papel de Greg Jackson añade una capa adicional de complejidad. Como fundador de Octopus Energy y arquitecto del crecimiento de Kraken, se ha convertido en una de las caras visibles de la nueva hornada de empresarios británicos ligados a la transición energética. Su discurso combina defensa del consumidor, energía verde y eficiencia tecnológica, lo que le ha abierto puertas en despachos políticos y foros internacionales.
Al mismo tiempo, Jackson es el encargado de cuadrar el círculo entre las expectativas del Gobierno, las exigencias de los grandes fondos globales y la propia estrategia de su empresa. Si elige Londres, deberá convencer a inversores internacionales de que renuncien a la profundidad del mercado americano a cambio de una narrativa de “arraigo nacional” y apoyo institucional. Si elige Nueva York, tendrá que explicar por qué se ha inclinado por la opción financiera más atractiva, aun a costa de desafiar la presión política.
Su mensaje por ahora es prudente: agradece el apoyo estatal, insiste en que la prioridad es asegurar el mejor futuro para Kraken y sus clientes y recuerda que la decisión final todavía está lejos. En el fondo, sabe que, elija lo que elija, será leído como un indicador del estado de salud del ecosistema tecnológico británico.
Lo que se juega la City si pierde esta batalla
La posible salida a bolsa de Kraken se ha cargado de un simbolismo que va más allá de la propia empresa. Para la City, es un test de estrés de su capacidad para seguir siendo relevante en un mundo en el que el capital tecnológico fluye con facilidad hacia Estados Unidos y Asia.
Si Londres pierde esta batalla, se consolidará la percepción de que el mercado británico es ideal para valores defensivos, bancos y grandes grupos maduros, pero no para historias de crecimiento acelerado. Otros fundadores tomarán nota, y la pregunta de “¿por qué no Nueva York?” se convertirá en punto de partida, no de llegada.
Además, se resentirá la narrativa política de un Reino Unido que aspira a liderar la revolución verde y digital. Es difícil presumir de “superpotencia en tecnología limpia” si incluso las empresas emblemáticas de ese sector buscan cobijo en otros parqués. En cambio, si Kraken se queda y su OPV funciona, la City ganará un caso de éxito tangible que sirva para atraer nuevo talento, capital y proyectos.