Las élites, el miedo y el “diablo entre nosotros”: la tesis radical de Lorenzo Ramírez

El Gran Plan de las élites para alcanzar la sumisión voluntaria y el control total, según Lorenzo Ramírez

El analista sostiene que el verdadero poder se disfraza de protección mientras empuja a las sociedades hacia el control total, la pobreza y la desestructuración social

El periodista y analista Lorenzo Ramírez lanza en El diablo está entre nosotros una acusación global: el mundo no está gobernado por instituciones democráticas que velan por el bien común, sino por una trama de élites políticas, corporativas y tecnológicas que avanzan, paso a paso, hacia un sistema de control total. La metáfora del “diablo” sirve como hilo conductor para describir un poder que se oculta detrás de emergencias constantes —sanitarias, climáticas, bélicas, económicas— mientras desarma al ciudadano.
Según Ramírez, la gran victoria de ese “diablo” es que la mayoría crea que no existe: que siga confiando en que los gobiernos y los grandes organismos internacionales actúan por su bien, mientras se erosionan las libertades, se destruye la clase media y se vacían de contenido las instituciones.
El autor sitúa el origen de este proceso en la segunda mitad del siglo XX, con la aparición de think tanks y foros globales que habrían ido moldeando un “nuevo orden mundial” a través de crisis sucesivas, desde los años 70 hasta la gran recesión de 2008 y la pandemia de COVID-19.
En su diagnóstico, el objetivo no es cambiar de sistema, sino cambiarlo todo para que todo siga igual: las mismas élites, con nuevas herramientas de vigilancia y manipulación.

El “príncipe del mundo”: política, Biblia y poder

El punto de partida de Ramírez es explícitamente bíblico. Abre el libro con el pasaje del Evangelio de San Lucas (4, 5-7) en el que el diablo lleva a Jesús a un monte alto y le ofrece “todos los reinos del mundo” a cambio de adoración. Para el autor, esa escena simboliza algo esencial:

el poder de los gobiernos del mundo ha sido “otorgado” a una instancia que no es ni neutral ni benévola.

De ahí deriva la idea de un “príncipe del mundo”, figura que Ramírez no desarrolla desde un tratado teológico, sino como imagen para describir un entramado de poder que atraviesa gobiernos, organismos supranacionales y grandes corporaciones. No se trataría solo de decisiones erróneas o malas políticas, sino de una “guerra espiritual” superpuesta a la lucha geopolítica y económica.

En sus intervenciones, insiste en que nos han educado para buscar siempre enemigos externos —otras potencias, otros bloques, otras culturas— mientras se nos repetía que “nuestros gobernantes velan por nuestro bien”. Esa afirmación, sostiene, es “profundamente falsa” y el libro intenta demostrarlo conectando decisiones políticas, cambios legislativos, agendas corporativas y mutaciones culturales a lo largo de más de 50 años.

Un enemigo en casa: plutocracia y Leviatán corporativo

Ramírez plantea que el verdadero enemigo no está solo “fuera”, sino “dentro de casa”: en unas élites nacionales y supranacionales que ya no representan los intereses de sus pueblos. Habla de una “nueva plutocracia mundial”, donde grandes corporaciones y Estados actúan como un único Leviatán.

Las empresas, denuncia, habrían abandonado su función clásica —producir bienes y servicios al mejor precio en un entorno de competencia— para convertirse en “ministerios de facto”, dependientes del Estado y especializados en capturar recursos públicos:

  • fondos de recuperación tipo Next Generation,

  • programas pandémicos y de emergencia,

  • subsidios verdes,

  • grandes licitaciones estratégicas.

Cita la visión de economistas como Schumpeter, que pronosticó que las grandes compañías acabarían operando como burocracias, y la enlaza con la práctica moderna: consejos de administración y gobiernos moviéndose al unísono, banca actuando como bisagra que financia tanto la deuda pública como los planes corporativos.

El resultado, a su juicio, es un capitalismo de amiguetes donde la competencia real se diluye, los mercados dejan de depurar excesos y los rescates se convierten en norma: desde 2008, recuerda, “no se ha permitido una recesión profunda que limpie el sistema; se ha respondido siempre con más liquidez y más deuda”.

Emergencias permanentes y terror como herramienta de control

Uno de los conceptos centrales del libro es la idea de “emergencia permanente”. Ramírez sostiene que las élites no tienen capacidad física ni logística para someter a miles de millones de personas por la fuerza; necesitan que el propio ciudadano acepte voluntariamente el control.

¿Cómo se logra? Según su tesis, mediante una sucesión de crisis —o narrativas de crisis— que mantienen a la población en un estado de miedo crónico:

  • la emergencia pandémica,

  • la emergencia climática,

  • la emergencia rusa o bélica,

  • la emergencia económica y de deuda,

  • la crisis migratoria.

Cada una de ellas, reales o magnificadas, serviría para derribar defensas psicológicas y empujar al ciudadano a mirar “hacia arriba” en busca de salvación, renunciando a libertades a cambio de seguridad. Ramírez utiliza una imagen contundente:

“No solo quieren que pasemos por el aro; quieren que compremos el aro y nos metamos dentro voluntariamente”.

La anécdota de la gasolinera —con estanterías llenas de “kits de emergencia” para apagones, incendios o accidentes— funciona como metáfora del negocio del miedo: sales sin nada, recuerdas todo lo que “te falta”, y la sensación de vulnerabilidad se multiplica. Esa emoción, insiste, es funcional: un ciudadano asustado y agotado es más fácil de gobernar.

Del gran reseteo al “nuevo desorden”: cambiarlo todo para que nada cambie

Ramírez conecta la última década con un proyecto más largo, que sitúa en los años 70 con la creación del Foro Económico Mundial, la Comisión Trilateral o el Club de Roma. Para él, ahí se gesta el marco intelectual del llamado “nuevo orden mundial”, retomado después por Bush padre y reformulado en clave tecnológica tras la crisis de 2008.

El “gran reseteo” asociado a Davos y popularizado durante la pandemia habría sido, en su lectura, menos un plan fracasado que una etapa cumplida. Aunque figuras como Klaus Schwab parezcan hoy desacreditadas, muchas de las ideas descritas en COVID-19: The Great Reset se estarían desplegando por otras vías:

  • euro digital aprobado por fases (con hitos clave en 2025),

  • mayores capacidades de vigilancia financiera,

  • digitalización acelerada de la identidad y los servicios públicos,

  • normalización del teletrabajo y del aislamiento social.

Aquí recurre a la referencia literaria de El Gatopardo: “cambiarlo todo para que todo siga igual”. Las élites, sostiene, habrían entendido que los avances tecnológicos y sociales podían erosionar su hegemonía y han respondido blindándose con más control, aunque a costa de generar caos político, polarización y desconfianza que amenazan con hacer saltar por los aires la arquitectura institucional.

Europa como pieza sacrificable en el tablero global

Una parte central del libro se dedica a Europa. Ramírez describe al continente como “el cordero sacrificial” de la pugna entre Estados Unidos y China. Retoma ideas clásicas de geopolítica —el Heartland, el temor estadounidense a una unión euroasiática— y sostiene que Washington habría apostado por debilitar a Europa para evitar que, en el futuro, pueda elegir entre alinearse con China o con Estados Unidos.

En este marco, Ucrania, la voladura de Nord Stream o las sucesivas rondas de sanciones energéticas serían piezas de una misma estrategia:

  • romper los vínculos energéticos y económicos entre Alemania y Rusia,

  • humillar públicamente a la UE en negociaciones arancelarias y de defensa,

  • convertir a Europa en mercado cautivo para el gas, las armas y la tecnología estadounidenses.

Ramírez recuerda que las dos guerras mundiales se libraron sobre suelo europeo, no en territorio de EE.UU., y alerta de que la vieja máxima atribuida a Kissinger —“no es conveniente ser enemigo de Estados Unidos, pero es menos conveniente ser su amigo”— vuelve a resonar en la construcción de una Europa menos soberana y más dependiente.

Pobreza, deuda y desaparición de la clase media

Otro eje de su análisis es el empobrecimiento estructural de las sociedades occidentales. La combinación de deuda crónica, políticas monetarias ultraexpansivas desde 2008 y rescates continuos habría destruido, a su juicio, los incentivos a la eficiencia y al ahorro.

Ramírez sostiene que el modelo actual, basado en liquidez permanente y rescates selectivos, conduce de forma casi inevitable a:

  • pérdida de poder adquisitivo real,

  • destrucción de la competencia,

  • concentración empresarial,

  • desaparición progresiva de la clase media.

Su imagen del ciudadano es la de alguien que trabaja “de sol a sol”, llega a casa sin tiempo para su familia, lucha para llegar a fin de mes y vive en un estado continuo de shock informativo. Un entorno donde, según su cálculo, más del 60% de los hogares se siente hoy más vulnerable que hace una década encaja con la estrategia de control:

una sociedad atomizada, endeudada y agotada es mucho más manejable que una con redes comunitarias fuertes y colchón económico.

En este contexto, las grandes empresas dejan de necesitar clientes prósperos y pasan a depender del contrato público y de la regulación a medida, como ya anticipó Schumpeter.

De la IA al transhumanismo: el siguiente nivel del control

El libro también se adentra en la inteligencia artificial y el transhumanismo como próximos escalones del proyecto de control. Ramírez cita nombres como Peter Thiel, Ray Kurzweil o Yuval Noah Harari para ilustrar una visión del futuro en la que el ser humano se convierte en “chimpancé del mañana” si no se adapta a la nueva era tecnológica.

Según esta lectura, proyectos como Neuralink no buscan únicamente curar enfermedades o devolver la vista a los ciegos, sino influir sobre emociones y decisiones, convirtiendo la felicidad en un producto tecnológico dosificado desde arriba. La IA, combinada con enormes granjas de datos, permitiría anticipar qué compramos, qué votamos o qué pensamos, y corregir desviaciones en tiempo real.

Ramírez advierte de que buena parte de estas propuestas se presentan como cruzadas contra lo “woke” o contra la Agenda 2030, ganándose el apoyo de sectores conservadores y cristianos, pero esconden, en su opinión, una agenda profundamente totalitaria, donde la regulación que frena a las grandes tecnológicas pasa a ser descrita como el auténtico “Anticristo”.

¿Qué puede hacer el ciudadano? La revolución discreta desde abajo

Pese al tono sombrío del diagnóstico, Ramírez insiste en que no quiere terminar en el puro pesimismo. Rechaza la idea de una revolución violenta —“eso es justo lo que quieren para justificar un Estado policial”— y propone una estrategia lenta y discreta basada en tres pilares:

  1. Conocimiento: entender quién manda realmente, cómo se financian las instituciones y qué agenda sirven. Sin ese mapa, advierte, es imposible defenderse.

  2. Reconstrucción de los lazos sociales: reforzar familia, amistades, comunidad local, recuperar la conversación honesta en espacios cotidianos —un colegio, una comida de amigos— sin miedo a discrepar. Descubrir que la “masa crítica” escéptica es mayor de lo que parece.

  3. Recuperar soberanías: no solo nacional, sino familiar e individual. Recuperar tiempo, espacios y decisiones que no pasen por estructuras verticales.

No promete soluciones rápidas ni victorias totales. Pero sostiene que, si una parte significativa de la población toma conciencia y rehace su tejido social, las élites se verán forzadas a “doblar la cerviz”, renunciando a parte de sus planes más ambiciosos de control. El “diablo” —sea cual sea la forma que adopte— perdería entonces su principal ventaja: que nadie crea que está ahí.