Dow Jones +0,66% cuestiona el mito bursátil de enero
El primer día de negociación de 2026 en Wall Street ha traído lo de siempre: números verdes en el Dow Jones (+0,66%), dudas en el Nasdaq (-0,03%) y un torrente de explicaciones sobre lo que “significa” este comienzo para el resto del año. Las referencias clásicas vuelven al primer plano: el “Santa Claus rally” que esta vez no se ha materializado, el supuesto poder predictivo de las primeras sesiones de enero y el omnipresente “barómetro” del mes. Sin embargo, el análisis estadístico apunta en otra dirección: las probabilidades de que la bolsa suba en 2026 son prácticamente las mismas, independientemente de cómo se comporte en estos días iniciales.
El analista Mark Hulbert, veterano observador de patrones de mercado, recuerda que el Dow ha sido positivo aproximadamente dos de cada tres años desde 1896 y que esa proporción apenas varía se mire como se mire el arranque de enero. Mientras, sobre el terreno, los movimientos del índice reflejan otras tensiones más tangibles: valoraciones exigentes en las grandes tecnológicas de IA, expectativas de un presidente de la Fed más dovish y la sombra siempre presente de las tarifas comerciales de Donald Trump.
Entre las leyendas estacionales y los factores estructurales, 2026 arranca como un recordatorio de que las estadísticas pesan más que los eslóganes: el mercado no se deja dictar el guion por una semana de calendario.
El arranque de 2026: datos, no euforia
La sesión del viernes dejó un balance mixto. El Dow Jones Industrial Average sumó 319 puntos, un +0,66%, hasta los 48.382,39 puntos. El S&P 500 avanzó un 0,19% hasta los 6.858,47 puntos, mientras que el Nasdaq Composite cedió un ligero 0,03%, hasta 23.235,63 puntos.
El motor del rebote estuvo en el sector de semiconductores, con el Philadelphia SE Semiconductor Index subiendo en torno a un 4%, apoyado en nombres como Nvidia e Intel. También brillaron los industriales y utilities, con Caterpillar y Boeing disparándose un 4,5% y un 4,9%, respectivamente, y proporcionando buena parte del empuje adicional al Dow.
En el lado opuesto, varias megacaps tecnológicas actuaron como freno: Apple y Microsoft cerraron en rojo, y títulos de consumo discrecional como Amazon también retrocedieron. Tesla encadenó otro golpe en bolsa, con una caída del 2,6% tras registrar su segundo año consecutivo de descenso en ventas anuales, un dato que refuerza la sensación de que parte del relato de hipercrecimiento del coche eléctrico se está reajustando.
La amplitud de mercado fue, no obstante, razonablemente sólida: en el NYSE, los valores al alza superaron a los bajistas por un margen de 2 a 1, con 236 máximos y 95 mínimos de 52 semanas. En el Nasdaq, 2.978 valores subieron frente a 1.818 que cayeron. Sobre la mesa, un comienzo positivo para el Dow y aceptable para el conjunto del mercado, pero lejos de la euforia que a veces se asocia a los “años nuevos” bursátiles.
El mito del ‘Santa Claus rally’ y el barómetro de enero
La fascinación por el comportamiento de la bolsa en las últimas y primeras sesiones del año no es nueva. En 1972, Yale Hirsch, fundador del Stock Trader’s Almanac, popularizó la frase: “If Santa Claus should fail to call, bears may come to Broad and Wall”. Su tesis: si el mercado no subía en los últimos cinco días de diciembre y los dos primeros de enero, aumentaba el riesgo de un año bajista.
A ese patrón se le sumaron otros:
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La idea de que el primer día de enero adelantaba el signo del año.
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La versión ampliada a las dos primeras sesiones.
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La lectura de la primera semana como anticipo del comportamiento anual.
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Y, sobre todo, el llamado “barómetro de enero”, según el cual el signo del mes completo predeciría el signo del resto del año.
Estos indicadores se han citado durante décadas en informes, tertulias y notas de estrategia. Sin embargo, cuando se someten a un contraste estadístico riguroso, su poder predictivo se diluye. Lo que sobre el papel parece un patrón llamativo, en la práctica rara vez supera los criterios habituales de significancia al 95%, el umbral que suelen utilizar los estadísticos para separar las coincidencias de los fenómenos robustos.
Lo que dicen los datos desde 1896
Hulbert ha llevado esta prueba al extremo: analizar el comportamiento del Dow Jones desde su creación en 1896, agrupando los años según lo que ocurrió en esos famosos primeros días de enero. El resultado, resumido, es contundente:
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El mercado ha subido en torno a un 66% de los años en promedio.
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Esa proporción apenas cambia se mire lo que se mire: si el primer día fue alcista o bajista, si la primera semana acabó en rojo o en verde, si diciembre fue fuerte o flojo.
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Las diferencias en la rentabilidad media de los años “con buen inicio” frente a los “de mal comienzo” se mueven en el rango de 2-3 puntos porcentuales, márgenes que no alcanzan la significancia estadística al nivel estándar del 95%.
En otras palabras: el hecho de que el Dow haya subido un 0,66% en el primer día de 2026 no mejora ni empeora, de forma estadísticamente relevante, las probabilidades de que el año termine en positivo. Siguen siendo las mismas: aproximadamente dos de cada tres años son alcistas, con independencia de cómo arranque el calendario.
La conclusión es menos vistosa que las frases ingeniosas, pero más sólida: el mercado tiene sesgos estructurales —crecimiento económico, inflación moderada en el largo plazo, beneficios empresariales crecientes— que explican su tendencia alcista histórica mucho mejor que cualquier pauta de siete sesiones.
Por qué nos fascinan las primeras sesiones del año
Si los datos desmienten el poder predictivo de estas señales, ¿por qué siguen tan presentes en el discurso financiero? La respuesta tiene tanto que ver con la psicología humana como con la estadística.
El cambio de año actúa como un punto de referencia mental: inversores, gestores y medios buscan narrativas que permitan ordenar el futuro inmediato. Los primeros días de enero se convierten en una especie de “tráiler” de lo que vendrá, aunque la película casi nunca se parezca al avance.
Además, los sesgos cognitivos juegan su papel:
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El sesgo de confirmación lleva a recordar los años en que enero “acertó” y a olvidar los que no.
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La ilusión de control hace más atractivas las reglas simples (“si pasa X en diciembre-enero, hará Y en el resto del año”) que aceptar la incertidumbre radical.
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Y la necesidad de relato empuja a llenar de significado movimientos que, estadísticamente, pueden no tenerlo.
Para los medios y la industria financiera, estas historias ofrecen un marco fácil de comunicar. Para los analistas, sin embargo, el valor está en distinguir entre correlaciones frágiles y tendencias de fondo. Y en ese segundo grupo no entran, según los datos, ni Santa Claus ni el barómetro de enero.
Lo que sí importa en 2026: Fed, tipos y sucesor de Powell
Mientras se discuten patrones estacionales, los factores que realmente pueden marcar 2026 están en otra parte. La trayectoria de la Reserva Federal será, de nuevo, el eje central para los mercados. Tras los movimientos de 2025, los inversores descuentan la llegada de un nuevo presidente de la Fed más dovish que Jerome Powell, con la expectativa de que los tipos de interés bajen de forma “sustancial” en la segunda mitad del año, según señalaba Dennis Dick, estratega de Stock Trader Network.
Ese escenario —más probable, según los mercados de futuros, que un mantenimiento prolongado de los tipos— tiene implicaciones claras:
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Menor coste de financiación para empresas y hogares.
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Potencial impulso a activos de riesgo, desde renta variable hasta high yield.
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Dudas sobre la evolución de la inflación subyacente, si los recortes llegan demasiado pronto.
Powell, en su última reunión de diciembre, insistió en que no habrá más recortes sin tener “más claridad sobre el mercado laboral”. De ahí que los datos de empleo de enero sean uno de los hitos más vigilados del mes. A diferencia de las primeras sesiones de bolsa, estos indicadores sí cambian las expectativas de tipos de forma tangible.
Trump, tarifas y la lección del ‘Liberation Day’
La política comercial estadounidense sigue siendo otro factor de fondo. En abril de 2025, los llamados aranceles del “Liberation Day” provocaron una de las correcciones más rápidas del ciclo reciente: ventas masivas, huida de activos de riesgo y un repunte brusco de la volatilidad.
Un año después, el tema sigue en el radar. La Casa Blanca ha anunciado la prórroga de un año en la subida de tarifas sobre muebles tapizados, armarios de cocina y encimeras, lo que se tradujo en subidas del 6% en Wayfair, del 5% en Williams-Sonoma y de casi un 8% en RH.
Más allá de estos movimientos puntuales, el mercado sabe que cualquier giro abrupto en la política arancelaria puede alterar las cadenas de suministro, presionar los márgenes y reavivar tensiones inflacionistas. Las tarifas, a diferencia de enero, sí han demostrado capacidad de mover el mercado de forma inmediata y profunda.
IA, valoraciones exigentes y el papel de los chips
Otro de los ejes de 2026 será la capacidad del relato de la inteligencia artificial para sostener valoraciones que muchos analistas consideran ya muy exigentes. Como señalaba Joe Mazzola, de Charles Schwab, el mercado sigue instalado en la lógica de “buy the dip, sell the rip”, pero con inversores “más conscientes del precio que pagan por algunas historias de IA”.
La sesión del viernes lo reflejó:
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Nvidia e Intel subieron con fuerza, impulsando al índice de semiconductores.
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Pero pesos pesados como Apple y Microsoft cayeron, limitando el avance del S&P 500 y el Nasdaq.
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Tesla, con un -2,6%, sigue corrigiendo tras encadenar dos años de caída en ventas, lo que enfría parte del entusiasmo en torno al coche eléctrico.
El mensaje implícito es que el mercado diferencia cada vez más entre “infraestructura” de la IA (chips, centros de datos, cloud) y beneficiarios finales con narrativas más difusas. También aquí, la estadística de beneficios y márgenes tendrá más peso que cualquier señal estacional de calendario.
Amplitud de mercado y el papel de las small caps
Un dato que ha pasado más desapercibido es el comportamiento de las small caps. El Russell 2000 subió un 1,1%, rompiendo una racha de cuatro sesiones en rojo. La combinación de avances generalizados en Bolsa de Nueva York y Nasdaq, con ratios de aproximadamente 2:1 y 1,6:1 a favor de los valores alcistas, apunta a un rebote más amplio que el simple movimiento de unos pocos gigantes tecnológicos.
A nivel técnico, el equilibrio entre nuevos máximos y mínimos de 52 semanas —9 y 9 en el S&P 500; 54 y 79 en el Nasdaq— sugiere un mercado todavía en fase de rotación interna, más que en un cambio de tendencia claro. Este tipo de datos, que se acumulan sesión a sesión, aportan más información sobre la salud real del mercado que un único porcentaje en la primera jornada del año.
Con el cierre del primer día de negociación de 2026, las viejas preguntas vuelven: ¿ha “marcado” ya el mercado el signo del año? Los datos históricos invitan a una respuesta fría: no. El hecho de que el Dow haya empezado con un +0,66%, el S&P 500 con un +0,19% y el Nasdaq prácticamente plano no altera la realidad estadística: la bolsa tiende a subir en el largo plazo, y lo hace aproximadamente dos de cada tres años, con independencia de si enero arranca con buen pie o no.
Lo que sí influirá en el desenlace de 2026 será el comportamiento de la economía real, las decisiones de la Fed, la política comercial, la evolución de los beneficios empresariales y la capacidad del mercado para digerir valoraciones infladas en algunos sectores.
Entre leyendas de calendario y variables macro, el mensaje que dejan los estudios históricos es inequívoco: los primeros compases de enero crean buenos titulares, pero no dictan el futuro. El resto del año, como siempre, se decidirá en los balances de las empresas, en las decisiones de los bancos centrales y en la forma en que los inversores interpreten cada nueva pieza de información.