Se reabre la guerra comercial y crece la tensión en los mercados

El Dow Jones suma 180 puntos pese a los nuevos aranceles de Trump

Dow Jones - Nasdaq

El Dow Jones cerró con una subida del 0,47% —unos 180 puntos— este viernes, en una sesión marcada por un movimiento de alto voltaje político y económico. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva para imponer un arancel adicional del 10% a nivel global sobre las importaciones, al margen de los gravámenes ya existentes. La decisión llega como respuesta directa a la reciente sentencia del Tribunal Supremo, que había tumbado parcialmente su anterior esquema de tarifas. A pesar del choque institucional, los índices reaccionaron al alza: el Nasdaq 100 avanzó un 0,87% y el S&P 500 un 0,69%. Todo ello en un contexto en el que el PIB crece apenas un 1,4% anual en el cuarto trimestre de 2025 y el índice PCE, la referencia favorita de la Reserva Federal, sube un 0,4% mensual en diciembre, evidenciando que la inflación sigue pegajosa. 

Un cierre en verde bajo la sombra de los aranceles

El verde dominó las pantallas al cierre, pero el mercado cotizó algo más que un simple dato macro o un resultado empresarial. La subida del 0,47% del Dow Jones, equivalente a unos 180 puntos, y empujada por valores industriales y de consumo, convivió con un repunte más intenso del Nasdaq 100 (+0,87%), reflejo de que el dinero sigue refugiándose en los gigantes tecnológicos. El S&P 500, barómetro más amplio de la renta variable estadounidense, sumó un 0,69%, suficiente para encadenar una semana positiva pese a la volatilidad.

Índice Dow Jones Industrial Average

Los movimientos sectoriales muestran una lectura ambivalente del nuevo paquete arancelario. Por un lado, los valores domésticos, menos expuestos al comercio internacional, aprovecharon la expectativa de que el Ejecutivo podría acompañar las tarifas con estímulos fiscales selectivos. Por otro, las compañías más globalizadas ya descuentan posibles represalias. “El mercado ha decidido mirar hoy el vaso medio lleno, pero el verdadero test llegará cuando tengamos cifras de comercio y resultados del segundo trimestre”, resumía un gestor neoyorquino. La reacción positiva recuerda a episodios anteriores de la era Trump: subidas iniciales impulsadas por la retórica pro-industria, seguidas de correcciones cuando los efectos reales sobre costes y márgenes se hacen visibles.

Índice Nasdaq 100

Un nuevo 10% global: vuelta a la guerra comercial

El anuncio de un arancel adicional del 10% sobre prácticamente todas las importaciones marca un punto de inflexión. No se trata de ajustes quirúrgicos por sectores, sino de una capa extra de protección generalizada que se suma a los gravámenes ya vigentes sobre acero, aluminio, productos chinos y bienes europeos. De facto, muchas cadenas de suministro clave podrían enfrentarse a incrementos acumulados de costes superiores al 20% o 25% si se suman las distintas rondas de tarifas.

La Casa Blanca presenta la medida como un paso obligado tras la sentencia del Supremo, que limitaba el uso de determinadas provisiones legales para imponer aranceles por motivos de seguridad nacional. Sin embargo, el nuevo diseño se apoya en otros fundamentos legales y busca, sobre todo, enviar el mensaje de que la estrategia de presión comercial sigue intacta. “No dejaremos que jueces no electos desarmen nuestra defensa económica”, habría señalado el entorno presidencial, en una frase que ilustra la dimensión política del pulso.

La consecuencia inmediata es un repunte de la incertidumbre regulatoria para multinacionales, exportadores y socios comerciales. Cada punto adicional de arancel equivale, en la práctica, a un impuesto encubierto sobre empresas y consumidores. Y esta vez el impacto puede ser más amplio, porque el objetivo ya no son solo China o la UE, sino el conjunto de los socios comerciales de Estados Unidos.

El pulso con el Supremo y la seguridad jurídica

El choque con el Tribunal Supremo introduce un elemento especialmente sensible: la percepción de seguridad jurídica en la primera economía del mundo. La sentencia que tumbó parte del esquema arancelario anterior no cuestionaba la potestad general del Ejecutivo, pero sí el uso expansivo de determinadas cláusulas para justificar tarifas permanentes bajo el paraguas de la seguridad nacional. La respuesta de la Casa Blanca, lejos de optar por la negociación o la reconducción técnica, ha sido buscar nuevas bases legales y redoblar la apuesta.

Este hecho revela un patrón: una utilización intensiva del instrumento arancelario como herramienta de política interior, más que como palanca de negociación multilateral. Para las compañías, el mensaje es inquietante. “La previsibilidad de la política comercial se ha deteriorado de forma estructural en los últimos cinco años”, advierte un analista. Si los marcos regulatorios pueden cambiar por orden ejecutiva cada semestre, los proyectos de inversión a diez o quince años encajan cada vez peor en Estados Unidos.

Lo más grave es que esta dinámica puede erosionar la posición del dólar y de los activos estadounidenses como refugio de última instancia. Aunque aún no se observan salidas masivas, el hecho de que el euro se revalorizara un 0,16% hasta los 1,1787 dólares tras el anuncio sugiere que parte del mercado empieza a cuestionar la estabilidad relativa de la política económica estadounidense.

Wall Street celebra… de momento

La reacción positiva de valores como Amazon (+2,61%) o Alphabet (+4,08%) refleja una lectura inmediata: las grandes tecnológicas siguen siendo las principales ganadoras de un mundo fragmentado. Su negocio se apoya más en activos intangibles, servicios digitales y posiciones de dominio global que en cadenas físicas de suministro. Además, suelen disponer de márgenes suficientes para absorber costes adicionales o trasladarlos al consumidor.

Sin embargo, el contraste con otros episodios históricos invita a la prudencia. En las primeras rondas de guerra comercial de 2018-2019, el mercado también celebró inicialmente la narrativa de “reindustrialización patriótica”. Solo cuando los PMIs manufactureros se hundieron y el comercio global cayó cerca de un 5% interanual en algunos trimestres, las bolsas ajustaron de forma abrupta. La historia sugiere que los aranceles pueden ofrecer un impulso de corto plazo a determinados sectores, pero a costa de menor crecimiento potencial y mayor inflación.

Hoy, el telón de fondo es más delicado: el PIB crece a un modesto 1,4% anual, muy lejos de los ritmos superiores al 3% que la Administración había prometido, y la deuda pública roza ya el 130% del PIB. En ese contexto, cualquier golpe a la confianza empresarial y al comercio internacional puede ser el detonante de una desaceleración más brusca.

Ganadores y perdedores sectoriales

La sesión del viernes dibujó un mapa sectorial claro. Por un lado, Corning, fabricante de componentes tecnológicos y materiales avanzados, se disparó un 7,32%, capturando la expectativa de que ciertas producciones críticas podrían relocalizarse en suelo estadounidense con apoyo público. El discurso de “soberanía industrial” sigue canalizando flujos hacia nichos muy concretos: semiconductores, baterías, equipamiento 5G o defensa.

Por otro lado, los sectores más expuestos al comercio —automoción, maquinaria pesada, bienes de consumo duradero— reaccionaron con más cautela. Un arancel global del 10% obliga a rehacer números: desde los proveedores de piezas en México y Asia hasta los distribuidores europeos. Cada tramo adicional de protección puede suponer recortes de margen de entre 1 y 2 puntos porcentuales si no se repercute completamente al precio final.

El diagnóstico es inequívoco: no todos los ganadores de bolsa de hoy serán ganadores económicos mañana. Las compañías con balances sólidos, capacidad de fijación de precios y acceso a financiación barata resistirán mejor. Las pymes exportadoras, en cambio, afrontan una tormenta perfecta de costes al alza, demanda incierta y mayor dificultad para financiar capital circulante si las condiciones de crédito se endurecen.

Inflación, PCE y la ecuación de la Fed

El otro dato clave del día, el PCE subyacente con una subida del 0,4% mensual en diciembre, complica la ecuación de la Reserva Federal. En términos anualizados, ese ritmo se traduce en una inflación cercana al 5%, muy por encima del objetivo del 2%. Aunque parte de la presión proviene de servicios y vivienda, los aranceles actúan como un combustible adicional. Cada punto de tarifa se convierte en un recargo potencial en la cesta de la compra, especialmente en bienes de consumo básico importados.

La Fed se encuentra así atrapada entre dos fuegos. Si mantiene una política monetaria restrictiva para contener la inflación derivada, corre el riesgo de enfriar aún más un crecimiento ya débil del 1,4%. Si baja tipos para suavizar el golpe a la actividad, puede alimentar nuevas presiones de precios. “Los aranceles son, en esencia, política fiscal inflacionista aplicada a través del comercio”, sintetiza un economista. El resultado puede ser una prolongación del escenario de estanflación suave que muchos creían ya superado.

Para los mercados, el mensaje es claro: la volatilidad volverá a depender tanto de los comunicados de la Fed como de los tuits y órdenes ejecutivas de la Casa Blanca. Y eso es, por definición, un entorno menos predecible y más difícil de gestionar.

El impacto para Europa y el euro

El movimiento del euro, que avanzó un 0,16% hasta los 1,17869 dólares, es más que un simple ajuste técnico. Europa, tradicionalmente blanco de los impulsos proteccionistas estadounidenses en sectores como el automóvil, el vino o los productos agroalimentarios, se ve ahora atrapada en un tablero más complejo. Un arancel global del 10% afecta tanto a Alemania como a Corea del Sur o México, y puede obligar a la UE a revisar su propio arsenal de medidas.

El contraste con otras regiones resulta demoledor. Mientras Bruselas insiste en la defensa del comercio multilateral y la reforma de la OMC, Washington profundiza en la estrategia de bilateralismo duro y tarifas como moneda de cambio. A medio plazo, esto puede acelerar la búsqueda de acuerdos regionales alternativos —desde el Indo-Pacífico hasta Latinoamérica— que reduzcan la dependencia del mercado estadounidense.

Para España, la ecuación no es neutra. Sectores como automoción, componentes, agroalimentario o textil, con una exposición relevante al mercado norteamericano, pueden ver cómo la rentabilidad de algunos contratos se estrecha hasta el límite. La consecuencia es clara: más incentivos para diversificar destinos, pero también mayor presión para ganar escala y productividad en un momento de márgenes ya ajustados.