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El miedo a una guerra con Irán tiñe Wall Street de rojo, Dow Jones cae 267 puntos y se dispara el precio del petróleo

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La creciente tensión en Oriente Medio y un posible ataque a Irán provocaron caída en Wall Street y alza en el precio del petróleo.

Wall Street ha despertado de su letargo optimista para enfrentarse a una tormenta perfecta de riesgos geopolíticos y financieros sistémicos. La creciente concentración militar de Estados Unidos en Oriente Medio, con la sombra de un ataque inminente contra el programa nuclear de Irán, ha disparado el barril de Brent hasta los 71,66 dólares, su nivel más alto en siete meses. Mientras el Dow Jones de Industriales se dejaba más de 260 puntos en una sola sesión, una crisis de confianza en el sector del crédito privado y el creciente escepticismo sobre la burbuja de la Inteligencia Artificial dejaban a los inversores sin refugio posible. El diagnóstico es inequívoco: el mercado ya descuenta que la tensión en el Estrecho de Ormuz no es un «cisne negro», sino una amenaza tangible para la estabilidad del crecimiento global.

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El espectro de una guerra energética inminente

El despliegue de portaaviones y escuadrones de cazas de combate en la región del Golfo ha elevado la temperatura geopolítica a un punto crítico. Los analistas de las grandes firmas de inversión ya no hablan de una posibilidad remota, sino de un riesgo cuantificable de que la administración estadounidense decida atacar los emplazamientos estratégicos de Teherán. Este hecho revela un cambio de paradigma en la política exterior que ha pillado al mercado con el pie cambiado. La consecuencia es clara: una prima de riesgo bélica que se ha instalado de forma súbita en los contratos de futuros de energía.

Lo más grave para la estabilidad de los precios no es solo el conflicto en sí, sino la capacidad de respuesta de Irán. La amenaza de un bloqueo en el Estrecho de Ormuz sobrevuela los parqués de Nueva York y Londres. Por esta angosta vía marítima transita casi una quinta parte de la demanda mundial de petróleo, aproximadamente 20 millones de barriles diarios. Un cierre, aunque fuera de naturaleza temporal o simbólica, tendría efectos devastadores sobre las cadenas de suministro globales, provocando un choque de oferta que invalidaría cualquier previsión de inflación controlada para el cierre del ejercicio.

El Estrecho de Ormuz: el yugular de la economía mundial

La importancia estratégica de Ormuz es el gran talón de Aquiles de la economía occidental. El mercado de futuros no ha esperado a que se produzca el primer intercambio de fuego; el barril de Brent ha reaccionado con una subida del 1,9%, instalándose en una zona de precios que presiona directamente los márgenes de las empresas de transporte y manufactura. El contraste con la relativa calma de los meses anteriores resulta demoledor. Si la retórica bélica se traduce en acciones de sabotaje o minado del estrecho, los analistas más pesimistas ya sitúan el crudo por encima de la barrera psicológica de los cien dólares.

«Estamos ante un escenario donde el riesgo geopolítico ha dejado de ser un ruido de fondo para convertirse en el principal motor de la aversión al riesgo», señalan fuentes del sector de las materias primas. Este hecho revela la fragilidad de un sistema que depende de un cuello de botella geográfico cuya seguridad ya no puede ser garantizada por la diplomacia tradicional. La posibilidad de un cierre del estrecho se sitúa ya en una probabilidad del 38% según los mercados de predicción, una cifra alarmantemente alta que explica por qué los inversores han iniciado una retirada desordenada de los activos de mayor riesgo.

El efecto dominó en el sector del crédito privado

A la tensión bélica se le ha sumado un frente interno que preocupa tanto o más a los reguladores: la grieta en el negocio del capital privado. La crisis desatada por Blue Owl, que se ha visto obligada a restringir las retiradas de dinero en uno de sus fondos estrella ante la falta de liquidez, ha provocado un efecto contagio en el sector financiero. Sus acciones se hundieron un 5,9%, pero el daño se extendió a gigantes de la gestión de activos como Apollo Global Management (-5,2%) y Blackstone (-5,4%), evidenciando que la era de los tipos de interés elevados está empezando a pasar factura a los modelos de negocio más apalancados.

Este hecho revela una crisis de confianza que podría ser el preludio de un endurecimiento de las condiciones crediticias para las empresas de mediana capitalización. El crédito privado, que durante años actuó como la banca en la sombra alimentando el crecimiento en un entorno de tipos bajos, se enfrenta ahora a su primer gran examen de resistencia. La opacidad de estas valoraciones y la dificultad para liquidar posiciones en momentos de pánico son los ingredientes de una receta que Wall Street ya ha probado en crisis anteriores. El diagnóstico es preocupante: el sector que debía ser el motor de la inversión productiva muestra signos de agotamiento estructural.

La resaca tecnológica y el fin de la euforia por la IA

Mientras tanto, el sector tecnológico, que ha actuado como el gran soporte del S&P 500 durante el último año, continúa sumido en una particular vía crucis. La euforia desatada por la Inteligencia Artificial se está transformando en una resaca de escepticismo ante la ausencia de retornos de inversión claros en el corto plazo. Los inversores, que hasta hace poco validaban cualquier múltiplo de valoración, ahora exigen ver resultados tangibles en las cuentas de resultados. El resultado fue otra jornada de caídas para los gigantes: Apple perdió un 1,4%, mientras que firmas como Alphabet o Palantir también cotizaron en rojo.

La rotación de capital hacia sectores de la economía real parece haber comenzado, pero el camino está siendo accidentado. La caída del 0,3% en el Nasdaq refleja que los inversores están tratando de diversificar sus carteras fuera del monocultivo tecnológico, pero la falta de alternativas seguras está provocando una contracción general de los activos. La lección del pasado es clara: cuando el mercado deja de creer en una narrativa de crecimiento infinito, la corrección suele ser profunda y dolorosa, afectando incluso a las compañías con balances más sólidos.

El veredicto de la economía real frente a la especulación

En este contexto de incertidumbre extrema, los resultados empresariales han actuado como un juez severo. Compañías vinculadas a la economía productiva y con balances saneados fueron las únicas capaces de nadar a contracorriente. Deere, el fabricante de maquinaria agrícola, se disparó un 11,6% tras elevar sus previsiones anuales, demostrando que la demanda en el sector primario sigue siendo resiliente. De igual modo, Occidental Petroleum aprovechó la subida del crudo para anotarse un 9,4%, actuando como el refugio natural ante la crisis energética.

Por el contrario, las empresas con modelos de negocio basados en el crecimiento futuro y la deuda barata fueron castigadas sin piedad por el mercado. La plataforma de vehículos de segunda mano Carvana cedió un 8% a pesar de reportar ventas récord, y la firma de pagos aplazados Klarna se desplomó un 27% tras anunciar pérdidas trimestrales. Este contraste resulta demoledor y revela que los inversores han perdido la paciencia con las narrativas de "disrupción" que no se traducen en flujos de caja positivos. En el clima actual, la caja es el rey y las promesas de futuro han dejado de tener valor de mercado.

El laberinto macroeconómico de la Reserva Federal

La avalancha de datos macroeconómicos publicados el jueves ha pintado un cuadro contradictorio que dificulta la tarea de la Reserva Federal. Por un lado, la caída de las peticiones de subsidio por desempleo sugiere un mercado laboral que se resiste a enfriarse, lo que en teoría daría margen a la Fed para mantener los tipos altos durante más tiempo. Sin embargo, el déficit comercial de diciembre superó los 70.000 millones de dólares, el más alto registrado hasta la fecha, evidenciando que los aranceles de la administración no han logrado frenar la dependencia de las importaciones.

Este hecho revela la encrucijada en la que se encuentra la política económica estadounidense. Con una inflación que podría rebotar debido a los costes energéticos y un mercado laboral robusto, las esperanzas de una bajada de tipos en el corto plazo se desvanecen. «La fortaleza del empleo le da una pausa a la Fed, que debe evaluar si la inseguridad que perciben los inversores es real o simplemente un ajuste de expectativas», señalan los analistas. La mirada del mercado se dirige ahora con ansiedad hacia el informe de Gasto en Consumo Personal (PCE) del viernes, el indicador preferido del banco central, que determinará si el escenario de estanflación es una amenaza real para 2026.

El refugio del oro y el vaticinio de los mercados de predicción

Ante el colapso de las certezas, los activos refugio han vuelto a brillar con fuerza. El oro ha superado la barrera de los 5.000 dólares la onza, un hito histórico que refleja el miedo a una devaluación monetaria y al caos geopolítico. Mientras tanto, el dólar se ha fortalecido frente a las principales divisas, actuando como el último reducto de seguridad en un sistema financiero que muestra grietas preocupantes. La búsqueda de refugio no se limita a los activos tradicionales; incluso las tasas hipotecarias han caído a mínimos de tres años y medio, en un intento desesperado del capital por encontrar estabilidad en el ladrillo.

El sentimiento de los analistas esta jornada es la de un mercado que ha despertado bruscamente de su letargo optimista. La combinación de una amenaza de guerra en Oriente Medio, una crisis de liquidez en el crédito privado y el agotamiento del ciclo tecnológico ha creado un cóctel de incertidumbre que promete mantener la volatilidad en niveles máximos. Lo más grave no es la caída puntual de los índices, sino la sensación de que los pilares que sostenían el mercado alcista —energía barata, crédito abundante y fe en la tecnología— se están desmoronando simultáneamente.