Powell enfría Wall Street y hunde 768 puntos al Dow Jones

Wall Street Foto de Robb Miller en Unsplash

La Reserva Federal mantuvo los tipos sin cambios el 18 de marzo de 2026, pero el mensaje de Jerome Powell sobre una inflación más persistente, el encarecimiento del crudo y la menor probabilidad de recortes bastó para reactivar el miedo en los mercados.

Wall Street salió del 18 de marzo de 2026 con una señal incómoda: la Reserva Federal no solo no está lista para aliviar las condiciones financieras, sino que empieza a asumir que la inflación puede seguir siendo más resistente de lo previsto. El resultado fue inmediato. El Dow Jones llegó a perder unos 600 puntos durante la comparecencia de Jerome Powell y acabó cerrando con una caída de 768,11 puntos (-1,6%), mientras el S&P 500 cedió un 1,4% y el Nasdaq, un 1,5%.

Índice Dow Jones Industrial Average

Lo más grave no fue solo el retroceso bursátil. Fue el mensaje de fondo. Powell dejó claro que la inflación “no está bajando hacia el objetivo tan rápido” como esperaba la Fed y sugirió que, si no hay avances suficientes, los recortes de tipos podrían no llegar. En un mercado que llevaba meses descontando alivio monetario, ese cambio de tono pesa más que cualquier décima de un dato macro.

El mercado borra el guion optimista

La sesión dejó una lectura inequívoca: los inversores habían asumido que 2026 sería el año de la normalización monetaria, pero Powell se encargó de enfriar esa expectativa. La Fed mantuvo el rango de los fondos federales en el 3,5%-3,75%, una decisión ampliamente prevista. Sin embargo, el mercado no cotizaba la pausa, sino el mensaje posterior. Y ese mensaje fue mucho más duro de lo que Wall Street quería escuchar.

Índice Nasdaq 100

El contraste entre la calma previa y el cierre final resulta demoledor. Durante la tarde, la Bolsa pasó de interpretar la reunión como una continuidad técnica a verla como una advertencia: el banco central no puede prometer recortes mientras la inflación siga dando señales de resistencia. Por eso el castigo fue transversal. El Russell 2000, índice más sensible al ciclo y a la financiación, también cayó un 1,6%, reflejando que el ajuste no fue solo una corrección de grandes tecnológicas, sino una revisión amplia del riesgo. Este hecho revela una dinámica incómoda: cuando la Fed deja de parecer predecible, el mercado reprime valoraciones con rapidez.

La inflación que se niega a retirarse

El núcleo del problema está en los precios. Powell admitió que la inflación no converge hacia el objetivo del 2% a la velocidad esperada, y ese matiz cambia por completo la lectura del ciclo. Porque la discusión ya no es si la inflación ha bajado respecto a los máximos de 2022, sino si el último tramo hasta la meta puede enquistarse. Y ese último tramo suele ser el más difícil.

Los datos recientes avalan esa cautela. Según AP, la inflación de enero se situó en el 2,8%, mientras la subyacente alcanzó el 3,1%. A eso se añadió una lectura de inflación mayorista del 3,4%, la más alta en un año, incluso antes de que el conflicto en Oriente Medio disparara el petróleo. El diagnóstico es inequívoco: la Fed no solo lucha contra una inflación que baja despacio; ahora debe hacerlo con nuevos shocks de oferta encima de la mesa. En ese contexto, cualquier promesa precipitada de recorte pondría en cuestión la credibilidad del banco central.

Tarifas, bienes y petróleo

Powell apuntó a los precios de los bienes y al efecto de los aranceles como parte de la explicación del frenazo desinflacionista. No es un detalle menor. Durante meses, el consenso había confiado en que la presión sobre bienes importados quedaría absorbida gradualmente. Pero si esa transferencia a precios finales persiste, la Fed se enfrenta a un problema más estructural que transitorio. Y ahí es donde reaparece el fantasma de la estanflación suave: crecimiento menos dinámico con inflación incómodamente elevada.

A esta presión se suma el petróleo. El 18 de marzo, el Brent llegó a 107,38 dólares por barril y el crudo estadounidense cerró en 96,32 dólares, impulsados por el temor a interrupciones energéticas en plena escalada con Irán y otros países del Golfo. Powell reconoció incertidumbre sobre el impacto económico del conflicto en Oriente Medio. Y ese es, probablemente, el punto más sensible: si la energía vuelve a tensionarse durante semanas, la inflación estadounidense podría dejar de ser un problema estrictamente doméstico para convertirse otra vez en un shock importado. Lo más grave es que ese tipo de inflación es mucho más difícil de combatir sin dañar la actividad.

Menos recortes en el radar

Hasta hace apenas unas semanas, buena parte del mercado seguía contemplando un calendario relativamente benigno para los tipos. Ese escenario se ha deteriorado con rapidez. La propia Fed mantiene en sus proyecciones un solo recorte de 25 puntos básicos en 2026, pero la confianza del mercado en que llegue siquiera ese movimiento se ha erosionado de forma brusca.

Las cifras son reveladoras. Según el seguimiento de futuros recogido por varios medios financieros, la probabilidad de que no haya ningún recorte en todo 2026 subió hasta alrededor del 48%, frente al 4% previo al recrudecimiento del conflicto. Otras estimaciones situaban la probabilidad de un recorte este año en apenas el 54%, muy por debajo de niveles cercanos al 70% vistos el día anterior. La consecuencia es clara: el mercado ya no debate cuándo recortará la Fed, sino si podrá hacerlo sin arriesgar un nuevo repunte inflacionista. Esa diferencia semántica cambia valoraciones, bonos, crédito y apetito por riesgo.

El golpe sobre empresas y consumo

Cuando el mercado descuenta tipos más altos durante más tiempo, el impacto rebasa la pantalla bursátil. Suben los rendimientos, se encarece la financiación y se ajustan las valoraciones de sectores que dependían de un coste del dinero más bajo. El 18 de marzo, el bono a diez años repuntó hasta el 4,26%-4,27%, una señal de que el mercado de deuda también compró el mensaje de Powell.

Ese movimiento tiene derivadas concretas. Las compañías más endeudadas ven empeorar su coste de refinanciación. El consumo sensible al crédito —automóvil, vivienda, bienes duraderos— vuelve a quedar bajo presión. Y los hogares reciben el impacto por dos vías: financiación cara y energía al alza. La combinación no es menor. Si el crudo se mantiene cerca de los 100 dólares y los tipos siguen anclados en la franja actual, la economía estadounidense puede entrar en una fase de enfriamiento más visible en el segundo semestre. No sería necesariamente una recesión inmediata, pero sí un entorno mucho menos amable para beneficios empresariales y gasto privado. El mercado, en el fondo, está empezando a poner precio a ese riesgo.

Un aviso también para Europa

Aunque el foco esté en Wall Street, el mensaje trasciende Estados Unidos. Si la mayor economía del mundo se enfrenta a una inflación más pegajosa y a tipos altos durante más tiempo, el efecto dominó alcanza al dólar, a la deuda global y a las decisiones del resto de bancos centrales. Europa, con un crecimiento más débil y una exposición energética todavía sensible, no es inmune a ese giro.

El contraste con otros episodios recientes resulta ilustrativo. En 2024 y 2025, buena parte del mercado asumía que el proceso desinflacionista permitiría a la Fed actuar como red de seguridad. Ahora sucede lo contrario: la Fed vuelve a ser un factor de disciplina. Eso obliga a recalibrar expectativas en activos globales, desde la renta variable europea hasta los emergentes. Y hay un detalle adicional: si el petróleo sigue encareciéndose por la tensión en el Golfo y el estrecho de Ormuz vuelve a situarse en el centro del riesgo geopolítico, el banco central estadounidense no tendrá margen político ni técnico para precipitarse. Ese hecho condiciona también al BCE, que observa cómo los shocks externos pueden reabrir presiones inflacionistas cuando aún no se ha consolidado la estabilidad de precios.