Aldeas Infantiles SOS despliega en 2.300 centros un plan educativo para equilibrar tecnología, bienestar y convivencia.

Abraza tus Valores 2025-26_Aldeas Infantiles SOS
  • Los programas educativos Abraza tus Valores y Párate a Pensar cumplen 28 y 22 ediciones respectivamente y continúan un ciclo de tres años cuyo objetivo es fomentar el equilibrio en el buen uso de la tecnología. Este curso, los programas se centran en el valor de la convivencia.
  • 2.300 centros educativos de toda España participan en estos programas, que incluyen la actividad Diputados por un Día, desarrollada en los parlamentos autonómicos con los alumnos y alumnas de Educación Primaria, y una Jornada Nacional de Jóvenes celebrada con los de Secundaria. 
  • El reto Una Semana para Convivir con Menos Pantallas invita a las familias y a las comunidades escolares a reducir temporalmente el uso de los dispositivos digitales para redescubrir otras formas de interacción, aprendizaje y disfrute.

La cifra impresiona por sí sola: 230.000 alumnos y alumnas participarán este curso en los programas educativos de Aldeas Infantiles SOS, una intervención a escala nacional que entra de lleno en el debate más incómodo de los últimos años: cuánto y cómo viven niños y adolescentes conectados. No se trata de demonizar la tecnología, sino de ponerle límites y propósito cuando empieza a invadirlo todo: el aula, el hogar, el ocio y, sobre todo, la convivencia.
Este curso el foco se estrecha aún más: convivir mejor, también en lo digital. Con un objetivo claro —proteger de contenidos inapropiados y fomentar bienestar físico, mental y social—, la organización busca que el uso de pantallas vuelva a ser herramienta y no ruido constante. Y lo hace con un gancho muy directo: una semana de desconexión parcial que pretende medir hasta qué punto la vida cotidiana puede respirar sin notificaciones.

Un ciclo de tres años ante un problema que ya no es lateral

Aldeas Infantiles SOS encadena este curso el segundo tramo de un ciclo de tres años iniciado el curso pasado, con una meta tan ambiciosa como pragmática: recuperar el equilibrio en el uso de la tecnología, sin ingenuidad y sin moralina. El diagnóstico de partida es inequívoco: el impacto de las pantallas en la vida diaria de la infancia y la adolescencia crece y lo hace a una velocidad que no siempre va acompañada de criterio, supervisión o educación emocional.

La consecuencia es clara: cuando la tecnología ocupa el centro, la convivencia se resiente. No solo por el tiempo de exposición, sino por el tipo de interacciones que promueve, por la forma en que se distribuye la atención y por el riesgo de acceso a contenidos que no corresponden a la edad. Lo más grave no es el dispositivo, sino la falta de herramientas para gestionar impulsos, presión social y relaciones en entornos híbridos.

En ese contexto, el programa propone una respuesta educativa con tres capas: alumnado, profesorado y familias. Porque, si el aula trabaja valores y el hogar opera con normas opuestas o inexistentes, el mensaje se deshilacha. Coherencia y convivencia se convierten, así, en el verdadero eje pedagógico.

230.000 escolares en 2.300 centros: una intervención de escala

Los números permiten calibrar la magnitud del despliegue. Participan 230.000 escolares de 2.300 centros educativos, lo que equivale a una media aproximada de 100 alumnos por centro. La distribución por etapas también da pistas sobre dónde se percibe mayor urgencia educativa: 130.000 pertenecen a Educación Infantil y Primaria (de 4 a 12 años) y 100.000 a Secundaria (de 12 a 16 años). En términos relativos, esto supone alrededor de un 56,5% en las primeras etapas y un 43,5% en la adolescencia.

La decisión de abarcar ese tramo completo revela una idea de fondo: la convivencia digital no empieza a los 15, empieza cuando aparece el primer dispositivo y cuando se normaliza el “estar” sin estar. Por eso el diseño de contenidos se adapta por edades y se estructura en unidades didácticas diferenciadas, con materiales pensados para trabajarse también en casa.

La arquitectura del programa busca, además, que el alumnado no se limite a recibir consignas. Se le pide que analice hábitos, que identifique tensiones y que proponga soluciones realistas en su entorno. En esa lógica, la participación cívica no es un adorno: es el mecanismo para que los valores se conviertan en decisiones.

“La tecnología debe ser una herramienta y no un obstáculo”

El presidente de Aldeas Infantiles SOS, Pedro Puig, lo formula en términos de bienestar y desarrollo integral, no de prohibiciones. Y ahí está la clave: no se plantea un choque frontal contra lo digital, sino un marco de convivencia y respeto dentro y fuera de la pantalla. En un tiempo en el que la educación tiende a fragmentarse —contenidos por un lado, conducta por otro, familia como nota a pie de página—, el programa intenta coser lo que la hiperconexión descose.

“Queremos que los niños, niñas y adolescentes aprendan a relacionarse de forma saludable y respetuosa entre ellos y con su entorno, dentro y fuera del espacio digital. La tecnología debe ser una herramienta y no un obstáculo para su bienestar y desarrollo integral”.

El mensaje tiene lectura económica y social: la convivencia es capital social. Cuando se deteriora, aumentan los conflictos, baja el rendimiento, se debilita la autoridad pedagógica y se multiplican los riesgos asociados a la exposición digital. Lo relevante no es solo prevenir, sino educar para decidir: cuándo conectarse, con quién, para qué, y qué hacer cuando una interacción deriva en daño, aislamiento o violencia verbal.

En otras palabras: el programa intenta construir un hábito colectivo de autocontrol y respeto. Y eso, en el ecosistema digital, equivale a alfabetización emocional.

Una semana con menos pantallas: el experimento que pone a prueba a todos

Entre las iniciativas propuestas destaca el reto Una Semana para Convivir con Menos Pantallas, diseñado para implicar no solo a los alumnos, sino también a familias y comunidades escolares. La propuesta es sencilla en el enunciado y compleja en la práctica: reducir temporalmente el uso de dispositivos digitales para redescubrir otras formas de interacción, aprendizaje y disfrute.

El valor del reto está en su capacidad para mostrar fricciones reales. Porque desconectar no es solo apagar una pantalla; es reorganizar rutinas, gestionar el aburrimiento, sostener conversaciones, pactar límites y asumir que habrá resistencia. Por eso incluye manuales adaptados por edades con estrategias para superar dificultades y reforzar vínculos familiares. El objetivo no es “ganar” una semana, sino extraer un aprendizaje que se pueda sostener después.

Aquí la convivencia se convierte en indicador: ¿mejora el clima en casa? ¿aparecen nuevos espacios compartidos? ¿se reducen conflictos por horarios? ¿se recupera la atención en tareas básicas? Sin necesidad de convertirlo en una auditoría, el programa apunta a una conclusión tangible: cuando el uso digital se regula, la convivencia suele respirar.

Infantil y Primaria: autoestima, emociones y convivencia en dos mundos

En Educación Infantil y Primaria, el programa Abraza tus Valores estructura el trabajo del curso en tres unidades que abordan la convivencia desde perspectivas complementarias. La primera, Bien conmigo, bien con el mundo, pone el foco en autoestima, emociones y bienestar personal. Aquí el aspecto digital se traduce en algo muy concreto: aprender a gestionar tiempo y atención para equilibrar vida online y vida real. Es decir, que el niño entienda que la pantalla no puede devorar lo que sostiene su desarrollo: sueño, juego, lectura, movimiento y conversación.

La segunda unidad, Conectamos de verdad, se centra en relaciones interpersonales y convivencia saludable tanto en entornos físicos como digitales. El contraste es demoledor: en la pantalla es fácil malinterpretar, responder impulsivamente o excluir; fuera de ella, el cuerpo y el tono obligan a matizar. Aprender esa diferencia es aprender respeto.

La tercera, Convivimos en un mundo conectado, introduce un elemento esencial: cómo se recibe y comparte información. No se trata de tecnicismos, sino de una idea poderosa: lo que haces online también construye mundo. Y lo que compartes —o callas— define el tipo de convivencia que alimentas.

Secundaria: empatía, comunicación y responsabilidad digital

En Secundaria, Párate a Pensar adopta un enfoque más profundo. La adolescencia es, por definición, un periodo de identidad, pertenencia y fricción. Y en un mundo hiperconectado, esa fricción se amplifica: reputación digital, presión del grupo, exposición constante y comunicación acelerada. Por eso el programa arranca con Empezando por convivir con uno mismo, una unidad que promueve respeto y autoestima como base del bienestar. El mensaje subyacente es claro: sin autoconocimiento, el adolescente es más vulnerable a dinámicas tóxicas y a decisiones impulsivas.

La segunda unidad, Comunicarnos bien para convivir mejor, refuerza la empatía y analiza cómo la comunicación condiciona relaciones presenciales y digitales. Aquí la tecnología no es el enemigo, sino el amplificador: puede mejorar vínculos o multiplicar el daño en segundos. De ahí que se trabaje la responsabilidad del lenguaje y el impacto de los actos, incluso cuando parecen “solo” mensajes.

Por último, Convivir en un mundo hiperconectado analiza el efecto real de las acciones online y fomenta el uso de la tecnología para mejorar relaciones con el entorno. La idea final no es “menos internet”, sino mejor criterio.

Del parlamento al decálogo: participación real, no simbólica

El programa no se limita al aula. En Primaria, Diputados por un Día ofrece la posibilidad de acudir a los parlamentos autonómicos para presentar propuestas vinculadas a los valores trabajados, debatirlas y someterlas a votación. Es una pedagogía de participación: el alumno deja de ser espectador y entiende que la convivencia también se legisla en lo cotidiano, con acuerdos, turnos y escucha.

En Secundaria, el cierre del curso será la Jornada Nacional de Jóvenes en Madrid: asistirán un profesor y un alumno de cada comunidad autónoma para poner en común trabajos y colaborar en la creación de un Decálogo sobre el Uso de las Tecnologías, un documento de 10 puntos pensado “por y para jóvenes”. Este hecho revela un acierto metodológico: si se quiere responsabilidad digital, hay que dar espacio a la voz adolescente, no solo imponer normas adultas.

Aldeas Infantiles SOS insiste, además, en que la educación en valores no puede quedarse en clase. Las actividades incluyen componentes para casa y apelan a una implicación activa de familias y sociedad. Tras más de un cuarto de siglo llevando a las aulas valores como igualdad, empatía o tolerancia, la organización vincula esta línea al ODS 4, orientado a garantizar una educación inclusiva y de calidad. El reto, en el fondo, es sencillo de formular y difícil de ejecutar: que la convivencia vuelva a ser un aprendizaje cotidiano, también cuando la vida ocurre en una pantalla.