Washington sopesa incluir al gigante chino en la lista del Departamento de Defensa por supuestos vínculos militares

Alibaba se hunde un 5% por el fantasma del Pentágono

EPA/WU HONG

La tensión entre Washington y Pekín ha vuelto a cotizarse en tiempo real. Las acciones estadounidenses de Alibaba se dejaron hasta un 5% en el ‘premarket’ después de que se filtrara que la administración de Donald Trump estudia incluir al gigante chino en la lista del Pentágono que señala a empresas supuestamente vinculadas al Ejército chino. Minutos después del primer titular, los ADR del grupo caían un 4,45%, hasta 151,50 dólares, frente a los 158,6 dólares del cierre previo. El golpe, aunque todavía limitado a los cruces previos a la apertura oficial, ha borrado en cuestión de minutos más de 15.000 millones de dólares de capitalización y ha reabierto el debate sobre la seguridad jurídica de invertir en grandes tecnológicas chinas.

Un desplome inmediato en el ‘premarket’

La reacción del mercado ha sido instantánea. A partir de las 8.22 horas en Nueva York, cuando se conocieron los primeros detalles de la posible inclusión de Alibaba en la lista militar del Departamento de Defensa de Estados Unidos, los ADR empezaron a negociarse con fuertes descuentos. En pocos minutos, el título llegó a marcar una caída intradía del 5%, situándose en los 151,50 dólares. Un movimiento de esta magnitud en el ‘premarket’, donde la liquidez es menor pero los inversores institucionales ya mueven sus fichas, es todo menos anecdótico.

Este desplome no responde a un dato de negocio ni a un profit warning, sino a un riesgo puramente político y regulatorio. Los operadores descuentan que la mera amenaza de una vinculación formal con el aparato militar chino incrementa la probabilidad de restricciones futuras: desde trabas a los contratos con administraciones estadounidenses hasta potenciales órdenes de desinversión para ciertos fondos. Lo más relevante es el mensaje: el riesgo geopolítico ya no es un escenario teórico, sino un factor de precio diario en las grandes tecnológicas chinas cotizadas en Wall Street.

La consecuencia inmediata es un aumento de la volatilidad y de la prima de riesgo exigida por los inversores para mantener exposición a activos chinos, incluso cuando los fundamentales del negocio no cambian de un día para otro. El episodio confirma que, en este tipo de valores, cada titular político puede borrar en segundos lo que el crecimiento operativo tarda años en construir.

La lista 1260H: una etiqueta explosiva

El epicentro del terremoto bursátil es la llamada lista 1260H, un registro creado por ley en Estados Unidos para identificar a las “compañías militares chinas” que, a juicio del Pentágono, colaboran o facilitan las capacidades del Ejército Popular de Liberación. Este listado, que en sus últimas actualizaciones ya incluía más de 130 empresas, va desde grandes tecnológicas como Tencent Holdings hasta el fabricante de baterías CATL, pasando por grupos industriales y logísticos de primer nivel.

Formalmente, estar en la lista no supone todavía sanciones financieras directas, pero su efecto práctico es mucho más corrosivo. Un nuevo marco legal impedirá en los próximos años que el propio Departamento de Defensa contrate o compre bienes y servicios a las empresas señaladas, y el registro funciona ya como una lista negra de facto para los proveedores del complejo militar-industrial estadounidense.

En los mercados se interpreta como una enorme señal de alarma. “Lo que la lista realmente dice a los inversores es: esta compañía se ha convertido en un riesgo estratégico, no solo financiero”. Aunque no haya prohibiciones inmediatas, la etiqueta desencadena revisiones de cumplimiento normativo, posibles cambios en los índices de referencia y, en muchos casos, decisiones preventivas de venta por parte de fondos institucionales. Este hecho revela hasta qué punto la frontera entre seguridad nacional y mercado de capitales se ha difuminado en la rivalidad entre China y Estados Unidos.

Washington endurece el escrutinio sobre la tecnología china

El posible movimiento contra Alibaba no es un episodio aislado, sino un nuevo capítulo en la guerra tecnológica que libra Washington contra las grandes corporaciones chinas. En los últimos años, el foco ha ido desplazándose desde las telecos y fabricantes de equipos —como Huawei— hacia las plataformas digitales, los proveedores de componentes para inteligencia artificial y las empresas de baterías y vehículos eléctricos. El diagnóstico es inequívoco: la Casa Blanca considera que la supremacía tecnológica es ya un asunto de seguridad nacional, y eso eleva el listón de riesgo para cualquier grupo chino con presencia global.

Según informaciones recientes, el Pentágono ha recomendado también la inclusión de compañías como Baidu y BYD, además de otros fabricantes de componentes, en la misma lista 1260H que ahora amenaza a Alibaba. El contraste con anteriores etapas de la globalización resulta demoledor: donde antes se hablaba de “apertura de mercados” y “cadenas globales de valor”, hoy el vocabulario dominante es el de “contención”, “desacople” y “controles a la exportación”.

En paralelo, un grupo de congresistas republicanos ha presionado para que se añadan también firmas emergentes de inteligencia artificial y electrónica de consumo, como DeepSeek o Xiaomi, a este elenco de compañías bajo sospecha. La consecuencia es clara: cualquier tecnológica china de tamaño medio o grande debe asumir que puede pasar de un día para otro de ser un activo “core” en las carteras globales a convertirse en un riesgo regulatorio de alto voltaje.

Alibaba Group Holdings Ltd.

Alibaba, entre el ‘e-commerce’ y la geopolítica

En medio de este tablero se encuentra Alibaba, un grupo que genera la mayor parte de sus ingresos con actividades alejadas, en apariencia, de la órbita militar: comercio electrónico, logística, servicios en la nube y pagos digitales. Solo sus plataformas de ‘e-commerce’ concentran a más de 900 millones de consumidores activos en China y otros mercados asiáticos, mientras que su división de ‘cloud’ se disputa el liderazgo regional con los grandes proveedores estadounidenses. A priori, un negocio típicamente civil, con un peso creciente en el consumo y la digitalización de la economía asiática.

Sin embargo, la percepción en Washington es que las fronteras entre uso civil y militar se diluyen cuando se trata de datos, inteligencia artificial e infraestructuras críticas. De ahí que el mero acceso a información sensible, capacidades de procesamiento o soluciones de logística inteligente basadas en algoritmos pueda bastar para situar a una empresa en el radar de defensa. Alibaba ha negado en el pasado mantener vínculos con el Ejército Popular de Liberación cuando su nombre ha aparecido en documentos internos o propuestas de inclusión en listas similares.

Lo más grave para los inversores es que estas sospechas no siempre se traducen en acusaciones concretas o pruebas públicas. La etiqueta se mueve en un terreno gris, donde el coste reputacional es inmediato, pero los criterios de evaluación rara vez son transparentes. El resultado es un deterioro silencioso de la confianza que afecta tanto a la compañía como, por extensión, a todo el universo de valores chinos.

El impacto para los inversores internacionales

Para miles de ahorradores en Europa y América Latina, el episodio de este viernes puede haber pasado desapercibido, pero no así para los gestores de fondos que construyen sus carteras con grandes índices globales. Alibaba figura entre las principales posiciones de los índices de renta variable de mercados emergentes y de China, de modo que cada punto porcentual de caída borra cientos de millones en valor para los partícipes de planes de pensiones, fondos indexados y ETF.

Se estima que alrededor de un 20%–25% del capital de la compañía está en manos de inversores institucionales occidentales, muchos de ellos sujetos a estrictas normas de cumplimiento respecto a listas de sanciones y riesgos de seguridad nacional. Aunque la lista 1260H no implique hoy una prohibición automática de invertir, los departamentos de ‘compliance’ tienden a aplicar criterios más conservadores que la letra de la norma. Eso significa que algunos inversores pueden optar por reducir exposición simplemente para no verse en el futuro atrapados en un régimen regulatorio más duro.

El contraste con otras regiones resulta elocuente: mientras las grandes plataformas estadounidenses afrontan multas y regulaciones por motivos de competencia o privacidad, las tecnológicas chinas cotizadas en Nueva York soportan, además, un riesgo geopolítico que puede cambiar de signo con cada ciclo electoral en Washington. Esa diferencia se traduce en múltiplos de valoración más bajos y en un descuento estructural que el mercado empieza a considerar permanente.