Exxon y Chevron multiplican beneficios
El bloqueo del estrecho de Ormuz dispara los márgenes del refino, encarece el transporte y reabre el debate sobre un impuesto extraordinario a las grandes petroleras.
Los beneficios de las grandes petroleras se han disparado mientras hogares y empresas afrontan una nueva crisis energética. Exxon Mobil duplicó sus ganancias hasta 14.530 millones de dólares, mientras Chevron casi las cuadruplicó, hasta 12.070 millones, durante el segundo trimestre de 2026.
Detrás de estas cifras está la guerra entre Estados Unidos e Irán, que ha reducido drásticamente el tráfico marítimo por el estrecho de Ormuz. Por esta vía circulaba antes del conflicto cerca de una quinta parte del petróleo y el gas natural mundial. La interrupción ha elevado el Brent desde los 70 dólares hasta máximos de 126 dólares por barril.
La consecuencia es clara: las compañías integradas, capaces de producir crudo y transformarlo en gasolina, diésel o combustible para aviones, están capturando márgenes extraordinarios mientras el coste se traslada al consumidor.
Beneficios que se multiplican
Exxon Mobil cerró el trimestre con unos ingresos de 116.020 millones de dólares, un 42% más que un año antes. La compañía atribuyó buena parte del resultado a una producción récord de diésel, uno de los combustibles más tensionados por la escasez global.
Chevron presentó una evolución todavía más contundente. Sus ingresos aumentaron un 56%, hasta 70.060 millones de dólares, mientras el beneficio se acercó a los 12.100 millones. El contraste con el trimestre anterior resulta significativo: la escalada del crudo comenzó a reflejarse plenamente en sus cuentas a partir de abril.
También las petroleras europeas han aprovechado el nuevo escenario. Seis de las mayores compañías del continente obtuvieron conjuntamente 22.000 millones de dólares, más de un 40% por encima del ejercicio anterior.
Ormuz cambia el mercado
El estrecho de Ormuz se ha convertido en el principal cuello de botella energético del planeta. La guerra, que entra en su sexto mes, ha frenado buena parte del transporte de hidrocarburos desde el golfo Pérsico y ha obligado a compradores y operadores a competir por un volumen más reducido.
El precio del petróleo estadounidense osciló durante el trimestre entre 68 y 115 dólares por barril, una volatilidad que revela la fragilidad del suministro. Las petroleras no fijan directamente estas cotizaciones, determinadas por la oferta, la demanda y las operaciones en los mercados internacionales.
Sin embargo, las empresas con producción fuera del Golfo y acceso seguro a infraestructuras logísticas venden ahora su crudo a precios mucho más altos sin sufrir las mismas interrupciones.
El gran negocio del refino
Lo más rentable no está siendo únicamente extraer petróleo. El verdadero salto se ha producido en las refinerías, encargadas de convertir el crudo en productos utilizables por la economía.
El beneficio trimestral del negocio de refino de Chevron se multiplicó por seis, pese a que la compañía procesó menos petróleo y vendió menos productos. La aparente contradicción se explica por el fuerte aumento de los márgenes.
«Las refinerías están ganando dinero a espuertas», resumió Tom Seng, profesor de finanzas energéticas de la Texas Christian University.
Las instalaciones estadounidenses funcionan casi a plena capacidad y ocupan el espacio dejado por plantas dañadas en Oriente Medio y Rusia. Al mismo tiempo, China y Rusia han reducido sus exportaciones, agravando la falta de gasolina, diésel y queroseno.
La factura llega al consumidor
El diésel y el combustible para aviones cuestan en Estados Unidos alrededor de un 41% más que antes del bloqueo de Ormuz. El impacto no se limita a llenar el depósito: también alcanza a los billetes de avión, el transporte de mercancías, la agricultura y prácticamente cualquier producto que incorpore costes energéticos.
En Australia se han registrado episodios de racionamiento. Nepal y Sri Lanka han llegado a cerrar oficinas gubernamentales para reducir el consumo. El efecto dominó amenaza ahora con trasladarse a los alimentos y los fertilizantes.
Cada subida del combustible termina filtrándose a toda la cadena de precios, especialmente en economías dependientes de las importaciones energéticas.
Vuelve el impuesto extraordinario
El aumento de los beneficios ha reactivado en Estados Unidos el debate sobre la fiscalidad de las grandes petroleras. Legisladores demócratas han propuesto aplicar un impuesto por barril a las compañías que produzcan o importen al menos 300.000 barriles diarios.
La recaudación se destinaría a compensar a los consumidores por la subida de la gasolina, que ha vuelto a superar los cuatro dólares por galón en numerosas estaciones.
Exxon rechaza la medida. Su consejero delegado, Darren Woods, sostiene que gravar los beneficios extraordinarios reducirá la inversión. La compañía asegura que ya canceló proyectos en Europa después de que varios países aprobasen impuestos similares en 2022.
Ganadores y perdedores
No todas las compañías petroleras se benefician por igual. Los productores estadounidenses con activos alejados del Golfo venden más caro y mantienen abiertas sus rutas comerciales. En cambio, empresas de Oriente Medio afrontan daños en instalaciones, mayores costes de seguridad y dificultades para exportar.
El diagnóstico es inequívoco: la crisis está redistribuyendo miles de millones desde consumidores y países importadores hacia las empresas con acceso estable al crudo y capacidad de refino.
Mientras el estrecho de Ormuz permanezca bloqueado y el mercado mundial siga sin capacidad suficiente, los márgenes continuarán elevados. La presión política también crecerá, porque la prosperidad de las petroleras coincide con restricciones, inflación y una factura energética cada vez más difícil de asumir.