Meta agita la IA con acuerdo de 100.000 millones con AMD
La guerra del hardware para inteligencia artificial acaba de cambiar de escala. Meta Platforms ha sellado con Advanced Micro Devices (AMD) un acuerdo de varios años que prevé desplegar hasta 6 gigavatios de GPUs Instinct y que, según fuentes financieras, podría alcanzar los 100.000 millones de dólares en valor total. El pacto no es solo una compra masiva de chips: incluye un warrant que permitiría a Meta hacerse con hasta 160 millones de acciones de AMD, alrededor de un 10% del capital, si se cumplen determinados hitos de despliegue y de precio. La reacción del mercado ha sido inmediata: las acciones de AMD han llegado a dispararse casi un 12% en el premarket, hasta rozar los 220 dólares por título. Lo más relevante, sin embargo, es el mensaje estratégico: Meta rompe la dependencia exclusiva de Nvidia, eleva la apuesta de gasto en infraestructura de IA y se asegura un asiento preferente en la hoja de ruta de uno de los pocos rivales creíbles del líder del sector.
Un acuerdo de 6 gigavatios que reordena la carrera del chip
El elemento más llamativo del pacto es la cifra técnica: 6 gigavatios de capacidad de cómputo basada en GPUs Instinct personalizadas para Meta. Traducido a castellano económico, hablamos de una potencia equivalente al consumo eléctrico de varios millones de hogares destinada en exclusiva a modelos de IA generativa, recomendación y visión artificial.
El despliegue no será inmediato. Los primeros 1 GW comenzarían a llegar en la segunda mitad de 2026, sobre la nueva generación Instinct MI450, y el resto se iría escalando a lo largo de varios años, ligado a objetivos de rendimiento y de volumen.
Según ha explicado la propia Lisa Su, consejera delegada de AMD, cada gigavatio de cómputo se traduce en “decenas de miles de millones de dólares” de valor de contrato a lo largo de su vida útil. Si se completa el despliegue de 6 GW, el acuerdo podría situarse cómodamente en la franja alta de los 60.000 a 100.000 millones, acercándose al tamaño de algunos PERTE o de los grandes programas de infraestructuras públicas europeos, pero concentrado en un solo cliente y en una única familia de productos.
Este hecho revela hasta qué punto la IA ha dejado de ser un experimento tecnológico para convertirse en una industria intensiva en capital comparable a la energía o las telecomunicaciones.
Un modelo inspirado en OpenAI: capital a cambio de cómputo
La estructura financiera del acuerdo replica, casi punto por punto, el marco que AMD ya firmó meses atrás con OpenAI: un compromiso de despliegue de 6 GW de GPUs a cambio de un warrant sobre hasta 160 millones de acciones, que equivalen aproximadamente al 10% del capital del fabricante de chips.
En el caso de Meta, el mecanismo vuelve a ser estrictamente condicional. El paquete de acciones solo se iría consolidando por tramos a medida que se alcancen hitos de compra —1 GW inicial, después 3 GW, finalmente los 6 GW— y se cumplan determinados objetivos de cotización, que en el precedente de OpenAI situaban el último peldaño en torno a los 600 dólares por acción, más del doble de los niveles actuales.
El diagnóstico es inequívoco: AMD está utilizando su capacidad de cómputo como palanca para atraer inversores-estratégicos que son, al mismo tiempo, sus mayores clientes. Y esos clientes —OpenAI, Meta y, previsiblemente, otros grandes actores— se aseguran no solo suministro, sino influencia directa en la hoja de ruta tecnológica y en la gobernanza de uno de los pocos proveedores capaces de plantar cara a Nvidia.
En la práctica, se difumina la frontera entre proveedor y socio industrial. Lo que antes era una relación puramente comercial pasa a convertirse en una alianza de riesgo compartido, muy alejada del esquema tradicional de compra de servidores.
Qué significa realmente un despliegue de 6 GW de IA
Las cifras del acuerdo corren el riesgo de parecer abstractas. Un gigavatio, sin embargo, no es un número cualquiera: equivale aproximadamente a la potencia de una gran central de ciclo combinado o a la capacidad instalada de varios parques eólicos de tamaño medio. Seis gigavatios dedicados en exclusiva a IA suponen una concentración de recursos energéticos sin precedentes en manos de una sola empresa de servicios digitales.
En términos de inversión, distintos analistas estiman que cada gigavatio de infraestructura de IA de última generación —incluyendo chips, redes ópticas, racks, refrigeración y centros de datos— puede requerir entre 10.000 y 15.000 millones de dólares a lo largo de su ciclo. Bajo esa horquilla, el despliegue completo de Meta con AMD podría implicar entre 60.000 y 90.000 millones en gasto total, sin contar los acuerdos paralelos con Nvidia u otros proveedores.
Lo más grave, desde el punto de vista de política industrial, es que este volumen se concentra casi íntegramente en Estados Unidos y Asia. Mientras Meta encadena acuerdos de decenas de miles de millones con Nvidia y AMD, la Unión Europea discute todavía cómo articular los 43.000 millones de euros del EU Chips Act en un calendario creíble. El contraste con otras regiones resulta demoledor.
Meta diversifica más allá de Nvidia en plena fiebre de la IA
Este pacto llega pocos meses después de que Meta anunciara una ampliación de su acuerdo “multigeneracional” con Nvidia para asegurarse millones de unidades de sus GPUs H100 y sucesoras.
Lejos de ser contradictorios, ambos movimientos señalan una estrategia nítida: no depender de un solo proveedor en un mercado caracterizado por cuellos de botella, plazos de entrega largos y una demanda que crece a doble dígito trimestral.
Con AMD, Meta gana capacidad de negociar precios, definir arquitecturas optimizadas a sus cargas de trabajo —recomendación, feeds personalizados, generación de contenido, moderación— y reducir el riesgo de interrupciones de suministro. Para AMD, la alianza es el espaldarazo definitivo: se consolida como segundo actor sistémico en aceleradores de IA tras Nvidia, con contratos de 6 GW tanto con OpenAI como con Meta y subidas en bolsa superiores al 70% en el último año impulsadas por estas noticias.
Mark Zuckerberg ha definido el objetivo último como la construcción de una “superinteligencia personal” integrada en los servicios de Meta. Más allá de la retórica, el mensaje al mercado es claro: el grupo está dispuesto a destinar decenas de miles de millones anuales en capex solo para no quedarse atrás en la carrera por los modelos más potentes.
El salto bursátil de AMD y el mensaje al mercado
La reacción de los inversores a este tipo de acuerdos se parece cada vez más a la que provocan los grandes descubrimientos petrolíferos. Tras conocerse los detalles básicos del pacto con Meta, AMD llegó a subir cerca de un 12% en la preapertura, y algunos bancos de inversión han revisado al alza sus valoraciones, proyectando escenarios en los que el grupo podría superar los 400.000 millones de dólares de capitalización si los 6 GW se materializan en los plazos previstos.
La consecuencia es clara: el mercado está empezando a descontar flujos de caja cuasi-regulados —contratos a muchos años, con visibilidad y clientes de máxima solvencia— en compañías que, hasta hace poco, vivían fundamentalmente de ciclos de PC y consolas. En paralelo, se refuerza la narrativa de que puede haber más de un ganador en la carrera del hardware de IA: Nvidia sigue en cabeza, pero AMD ya no es un actor marginal, sino un proveedor crítico para dos de los mayores consumidores de cómputo del planeta.
Este cambio de percepción también tendrá efectos colaterales en la financiación de proyectos rivales —desde nuevos fabs en Estados Unidos a futuras alianzas con gigantes del cloud— y, previsiblemente, en el coste del capital para empresas europeas que intenten competir en el mismo terreno.
Capex descomunal: la factura de la “superinteligencia personal”
Si se suma este acuerdo con AMD a los compromisos ya conocidos con Nvidia, los planes de Meta apuntan a un nivel de inversión en infraestructura de IA entre 115.000 y 135.000 millones de dólares solo en 2026, según cifras aproximadas que la compañía maneja para su capex total.
Es una cifra que supera ampliamente el presupuesto anual de muchos Estados miembros de la UE en políticas de innovación y digitalización. Y, a diferencia de los programas públicos, se concentra en un puñado de hyperscalers con un control casi absoluto sobre los datos, los modelos y las capas de distribución.
El origen de esta dinámica es doble. Por un lado, la necesidad de entrenar y servir modelos de cada vez mayor tamaño, que requieren más memoria, más ancho de banda y más energía. Por otro, la carrera por capturar las rentas de plataforma que se derivarán de la IA integrada en publicidad, comercio electrónico, entretenimiento y herramientas de productividad. Meta no está gastando decenas de miles de millones por altruismo tecnológico, sino para asegurarse una parte sustancial de un pastel que algunos bancos ya valoran en entre 2 y 4 billones de dólares en la próxima década.
Riesgos regulatorios y de concentración de poder tecnológico
Un acuerdo que potencialmente concede a Meta hasta el 10% de una empresa estratégica como AMD no pasará desapercibido para reguladores y autoridades de competencia. Aunque, formalmente, se articula como un warrant condicionado y no como una participación inmediata, la posibilidad de que un gran cliente pase a ser también un accionista relevante abre interrogantes sobre conflictos de interés, acceso preferente y cierre de mercado para otros competidores.
En Estados Unidos, la discusión se cruzará previsiblemente con el debate sobre el control de exportaciones de tecnología avanzada y el papel de los gigantes de la IA en la seguridad nacional. En Europa, encaja de lleno en el radar de la Ley de Mercados Digitales (DMA) y de la futura regulación sobre modelos fundacionales: pocas compañías estarán en condiciones de invertir más de 100.000 millones en cómputo y, al mismo tiempo, influir en la gobernanza de sus proveedores críticos.
El diagnóstico es incómodo: mientras se multiplica la vigilancia sobre ayudas públicas a la industria de chips europea, el sector privado estadounidense está articulando, sin grandes obstáculos, estructuras de integración vertical de facto entre proveedores de hardware, desarrolladores de modelos y plataformas de servicios.