Meta dispara un 24% sus ingresos y se asoma a la ‘superinteligencia’
La apuesta radical de Meta por la inteligencia artificial ha empezado a traducirse en cifras. La compañía ha cerrado el cuarto trimestre de 2025 con ingresos de 59.900 millones de dólares, un 24% más que un año antes, y un beneficio por acción trimestral de 8,88 dólares, un 11% superior al de 2024. En el conjunto del año, la facturación asciende a 200.900 millones, un 22% de crecimiento, pero el beneficio por acción anual cae un 2%, hasta 23,49 dólares, reflejando el coste de la carrera por la IA.
Un trimestre de récord: la publicidad vuelve a tirar del carro
El cierre de 2025 devuelve a Meta al territorio de los grandes crecimientos. Los 59.900 millones de dólares de ingresos trimestrales superan las previsiones del mercado y se apoyan, sobre todo, en el negocio tradicional de la casa: la publicidad digital. Solo la pata publicitaria roza los 58.000 millones, con un aumento del 24% interanual, impulsado por un crecimiento del 18% en impresiones y un 6% en el precio medio por anuncio.
La cifra es relevante por dos motivos. Primero, porque confirma que la base de 3.600 millones de usuarios activos diarios sigue siendo uno de los activos más valiosos del planeta, pese al desgaste reputacional y a la irrupción de nuevos competidores en nichos específicos. Segundo, porque el grueso de los ingresos de Meta —en torno al 97%, según los últimos datos disponibles— sigue procediendo de la publicidad, lo que refuerza la idea de que la IA se está utilizando, ante todo, para hacer más eficiente y más caro cada impacto publicitario.
Este hecho revela que, pese al giro discursivo hacia la “superinteligencia” y los grandes modelos, la empresa continúa siendo esencialmente una máquina de anuncios hiperoptimizada. El verdadero cambio, por ahora, no está en el modelo de negocio, sino en la sofisticación algorítmica con la que exprime esa base masiva de usuarios.
Un beneficio que no crece al ritmo de las ventas
Detrás de los fuegos artificiales del crecimiento de ingresos se esconde un dato menos confortable para los inversores: el beneficio no acompaña al mismo ritmo. El beneficio neto trimestral se situó en 22.800 millones de dólares, apenas un 9% más que un año antes, y el beneficio por acción anual retrocede un 2%, hasta 23,49 dólares, a pesar del salto del 22% en facturación.
La razón es simple y preocupante: los gastos totales de Meta han aumentado cerca de un 40% en el año, empujados por la inversión en infraestructura de IA, fichajes de talento ultraespecializado y el coste de mantener divisiones deficitarias como Reality Labs. El margen operativo se resiente: pasa del entorno del 48% al 41%, según las cifras comunicadas al mercado, lo que supone una erosión de siete puntos en un solo ejercicio.
Lo más grave es que el propio guidance de la compañía reconoce que esta presión sobre los márgenes no es coyuntural. En 2026, Meta espera gastar entre 162.000 y 169.000 millones de dólares, frente a unos ingresos que, incluso en un escenario optimista, apenas superarán los 220.000 millones. El contraste con los años de crecimiento “ligero” en inversión y márgenes casi intactos resulta demoledor: la era de la IA exige, literalmente, decenas de miles de millones al año solo para mantenerse en la carrera.
La factura de la carrera por la IA: centros de datos y chips
El corazón del problema —y de la apuesta— está en la infraestructura. Meta ha comunicado que sus inversiones de capital (capex) alcanzarán en 2026 una horquilla de 115.000 a 135.000 millones de dólares, frente a unos 72.000 millones en 2025. Se trata de un salto de más del 60% en un solo año, destinado a construir y equipar centros de datos hiperintensivos en computación para entrenamiento y despliegue de modelos de IA.
Entre esos proyectos destaca el macrocentro Hyperion, en Luisiana, diseñado para aportar hasta 5 gigavatios de potencia computacional y con una inversión anunciada de 10.000 millones de dólares solo en su primera fase. A esto se suma la compra de casi la mitad de Scale AI, por unos 14.800 millones, para asegurarse el acceso privilegiado a datos etiquetados y talento en modelos avanzados.
El diagnóstico es inequívoco: Meta se comporta ya como un utility de cómputo, no solo como una empresa de redes sociales. La consecuencia es una estructura de costes fijos colosal, muy difícil de recortar a corto plazo. Si el ciclo de ingresos de la publicidad o de los nuevos servicios de IA se desacelera, la palanca de ajuste será mucho más rígida que en el pasado.
De la fiebre del metaverso a la ‘superinteligencia personal’
La narrativa oficial ha cambiado de forma radical en apenas tres años. El “metaverso” ha pasado a segundo plano y, en su lugar, Zuckerberg habla ahora de “superinteligencia personal” integrada en todas las aplicaciones de la compañía.
La creación de Meta Superintelligence Labs, la reorganización de equipos y la llegada del fundador de Scale AI, Alexandr Wang, a un puesto clave en la compañía reflejan este giro estratégico. El objetivo declarado es construir modelos propios capaces de competir con los de OpenAI, Google o Anthropic y desplegarlos en productos masivos: desde asistentes conversacionales en WhatsApp hasta recomendaciones hiperpersonalizadas en Instagram o gafas inteligentes con IA embebida.
Este hecho revela una doble ambición. Por un lado, reducir la dependencia de proveedores externos de modelos y chips, integrando verticalmente la cadena de valor de la IA. Por otro, capturar nuevas fuentes de ingresos en forma de suscripciones premium, herramientas para empresas y comisiones por comercio electrónico impulsado por IA. El éxito de esta ecuación no está garantizado: el mercado de modelos está cada vez más concentrado y la diferenciación real de producto, más difícil de explicar al usuario medio.
Europa y los reguladores: el frente menos controlable
Mientras Meta acelera en inversión, el frente regulatorio se complica. En la Unión Europea, la compañía ha tenido que acordar con la Comisión cambios en su oferta de “anuncios menos personalizados”, un ajuste que reconoce la tensión entre su modelo publicitario y las nuevas reglas de privacidad y competencia digitales.
A ello se suma un entorno global de creciente escrutinio sobre los efectos de las redes sociales en la salud mental, especialmente de los menores. En Estados Unidos, Meta afronta una macrocausa sobre adicción a las plataformas, que podría desembocar en multas millonarias adicionales, restricciones de diseño algorítmico o exigencias de controles de edad más estrictos.
El contraste con la narrativa de “superinteligencia personal” resulta incómodo: mientras la compañía promete asistentes más poderosos y omnipresentes, los reguladores debatirán hasta qué punto esos mismos sistemas amplifican la capacidad de enganche y de segmentación extrema. Cualquier limitación dura en estos ámbitos impactaría directamente en la capacidad de monetización de los 3.600 millones de usuarios diarios que sostienen el modelo.
Wall Street entre el entusiasmo y el vértigo
La reacción inicial del mercado ha sido de entusiasmo medido. Tras la publicación de resultados, las acciones de Meta llegaron a subir cerca de un 9-10% en el after hours, impulsadas por la combinación de crecimiento de doble dígito en ingresos y una guía de ventas para el primer trimestre por encima de las expectativas.
Sin embargo, varios analistas han empezado a rebajar recomendación o a introducir matices en sus valoraciones. El motivo es recurrente: el perfil de riesgo se ha disparado. Meta no solo está gastando como nunca; lo hace, además, en un terreno —la infraestructura de IA a gran escala— donde el retorno económico es mucho más incierto que en el clásico negocio de la publicidad en redes sociales.
En términos de mercado, la compañía ha quedado por detrás del S&P 500 en 2025, con una subida aproximada del 12-13% frente a avances superiores en otras grandes tecnológicas. La apuesta actual funciona como una especie de “doble o nada”: si la superinteligencia personal se traduce en nuevos ingresos recurrentes y defensables, el múltiplo de Meta podría expandirse; si no, el mercado castigará sin piedad una estructura de costes sobredimensionada.
Comparación con otras ‘big tech’: el más agresivo en gasto
El contraste con otros gigantes tecnológicos es ilustrativo. Microsoft y Alphabet también están elevando su capex para IA, pero sus planes públicos se mueven en horquillas claramente inferiores a las que Meta ha puesto sobre la mesa para 2026. Mientras los competidores combinan inversión con alianzas (OpenAI, Anthropic, etc.), Meta ha optado por una estrategia particularmente agresiva: construir sus propios centros de datos masivos, invertir más de 14.000 millones en Scale AI y desarrollar modelos propios a toda velocidad.
Este enfoque tiene una ventaja: si la jugada sale bien, Meta contará con un moat de infraestructura y datos muy difícil de replicar, apoyado en la integración directa con Facebook, Instagram y WhatsApp. Pero también un inconveniente evidente: la flexibilidad estratégica es menor. Una vez comprometidas decenas de miles de millones en ladrillo, chips y acuerdos a largo plazo, retroceder será políticamente y financieramente costoso.
El diagnóstico de los analistas es, en el mejor de los casos, ambiguo. Meta se sitúa probablemente como el actor más agresivo en gasto de IA entre las grandes tecnológicas. El mercado tendrá que decidir en los próximos trimestres si lo recompensa como visionario o lo penaliza como temerario.