SpaceX apunta a 1,75 billones y regala el pelotazo a D1

La posible salida a bolsa de la firma de Elon Musk amenaza con reescribir el manual del capital privado: de apostar temprano a cobrar como un “mega-cap”.

Un hedge fund puede salir del “lado oscuro” con una ganancia difícil de repetir: 20.000 millones. Todo depende de una cifra: 1,75 billones de dólares. Y de una decisión: abrir por fin SpaceX al mercado. Wall Street ya está haciendo caja… sobre el papel.

Una entrada en 2020 que multiplica por 49 la apuesta

D1 Capital Partners llegó a SpaceX cuando todavía era, para el gran público, una promesa de cohetes y contratos. Era 2020 y la valoración rondaba los 36.000 millones de dólares. Seis años después, el mismo paquete accionario puede convertirse en el billete dorado del ciclo: cerca de 20.000 millones si el mercado acepta una capitalización de 1,75 billones. La aritmética es brutal: x48,6 entre punto de partida y meta, sin contar las ampliaciones posteriores ni el precio real de cada ronda.

Lo relevante no es solo la magnitud del beneficio, sino lo que revela sobre la última década: el dinero “serio” ha aprendido a llegar antes, a aguantar más y a reforzar posición cuando el resto aún discute si la historia es ciencia ficción o negocio. En el caso de D1, el incentivo es doble: reputación —ser “early” en el activo más deseado— y liquidez —convertir papel en efectivo cuando el parqué abra la puerta—.

El salto de 800.000 millones al billón y medio

La cifra de 1,75 billones no aparece de la nada. SpaceX ya había acelerado el contador en el mercado secundario: a finales de 2025, una operación interna llegó a situarla en torno a 800.000 millones, un hito que consolidó la idea de que el “IPO window” de 2026 no sería uno más, sino un acontecimiento. Ese salto explica la ansiedad: si la compañía fue capaz de duplicar referencias en meses, el siguiente escalón —el del mercado público— se vende como inevitable.

Este hecho revela una anomalía: durante años, el parqué era el destino natural; ahora es una herramienta más, casi táctica. SpaceX ha exprimido rondas privadas, ventas secundarias y recompras para sostener precios, controlar narrativa y elegir el momento. El resultado es una valoración “construida” fuera del escrutinio diario de analistas y minoristas. Y cuando el debut llega, llega grande: la expectativa, según los cálculos que circulan en la City y en Manhattan, es un estreno récord.

Starlink, el verdadero motor de la historia

El relato épico de los lanzamientos vende titulares, pero el mercado paga caja. Y ahí el nombre propio es Starlink: el negocio recurrente que convierte una empresa espacial en una máquina de ingresos de suscripción. No es casualidad que, a medida que la base de clientes crece —en el entorno de los millones de usuarios—, la valoración se comporte como la de una tecnológica: múltiplos altos, promesas de escala y narrativa de infraestructura crítica.

Lo más grave es que el listón que se le exige a un “disruptor” en bolsa es distinto: no basta con crecer, hay que crecer sin que el coste de capital lo devore. De ahí la obsesión por presentar Starlink como autopista global y, a la vez, como activo estratégico para gobiernos. Contratos, seguridad, conectividad militar y dependencia tecnológica: el cóctel perfecto para justificar una prima. En paralelo, el negocio de lanzamientos se convierte en ventaja competitiva: abarata, integra y refuerza barreras de entrada. El diagnóstico es inequívoco: si SpaceX convence de que Starlink es “utility” y no “gadget”, el precio se sostiene.

Concentración, lock-up y el riesgo dentro del pelotazo

Donde el entusiasmo sube, también lo hace el riesgo. Para D1, la operación puede ser la más rentable de su historia, pero también la más delicada por concentración: cuando un único activo domina la tesis, cualquier corrección duele el doble. A eso se suma la letra pequeña del estreno: el lock-up. En un IPO estándar, los insiders suelen quedar atados unos 180 días; aquí, el mercado asume que las reglas podrían ajustarse a medida. Y ese matiz es decisivo: si hay demasiada oferta demasiado pronto, el precio puede resentirse.

“En una salida a bolsa de este tamaño, el mayor enemigo no es la falta de demanda; es la gestión del papel. Un exceso de liquidez inicial puede romper la narrativa en cuestión de sesiones”.

Además, está el factor Musk: control, gobernanza y decisiones imprevisibles. El inversor compra crecimiento, sí, pero también compra carácter. Y el carácter, a veces, cotiza con descuento.

Un récord que mira a Aramco y a las burbujas del pasado

La comparación que recorre los terminales es inevitable: un IPO así eclipsaría el récord histórico de Saudi Aramco, que recaudó 25.600 millones en 2019. No es solo tamaño; es simbolismo. Aramco representaba petróleo, Estado y dividendos. SpaceX representa tecnología, fundador y futuro. El contraste con otras épocas resulta demoledor: el mercado ha pasado de premiar estabilidad a pagar por visión, incluso cuando el precio exige fe.

Y ahí aparece una vieja conocida: la “prima por genio”. La consecuencia es clara: cuando el activo central es una figura —y no solo un balance—, el riesgo de sobrepago aumenta. Silicon Valley ya vivió ciclos de idolatría y corrección; Wall Street, también. La diferencia ahora es que el capital privado ha estirado tanto el chicle que el ajuste, si llega, puede afectar a toda la cadena: fondos, empleados, bancos colocadores y el ecosistema de “segundas” que alimenta las valoraciones antes del debut.

El efecto dominó sobre hedge funds y capital riesgo

Si SpaceX sale con éxito, el mensaje será nítido: el dinero institucional puede quedarse años en privado, capturar gran parte del crecimiento y, aun así, obtener liquidez masiva en el final del trayecto. Eso empuja a los hedge funds a parecerse más al venture capital —plazos largos, paciencia, rondas— y al venture a competir con hedge funds —precio, acceso, estructura—. El resultado es un mercado más agresivo y, a la vez, más frágil: cuando todos quieren el mismo unicornio, las condiciones se relajan.

También cambia la psicología del minorista. Un estreno “histórico” atrae compradores que llegan por narrativa, no por valoración. Y, en paralelo, revaloriza los “próximos SpaceX”: compañías de satélites, defensa, lanzadores y software espacial, incluso aunque no tengan márgenes comparables. La presión regulatoria también sube: cuanto más grande es el caso, más preguntas habrá sobre información, riesgos y conflictos. Para D1, el premio es enorme. Para el mercado, la factura —si algo sale mal— también puede serlo.

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