La AIE recorta la previsión de crecimiento de la demanda de petróleo para 2026 a 850.000 barriles diarios.

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La Agencia Internacional de la Energía reduce su previsión de crecimiento de la demanda mundial de crudo para 2026 hasta 850.000 barriles diarios, frente a los 930.000 estimados hace apenas un mes. Aunque la oferta se ha visto afectada a corto plazo por disrupciones climáticas y geopolíticas, el organismo anticipa un fuerte aumento de producción el próximo año. El mensaje para el mercado es claro: el petróleo entra en una fase de crecimiento estructural más lento, con episodios de tensión que seguirán alimentando la volatilidad de precios y la incertidumbre macroeconómica.

La AIE rebaja la demanda mundial de petróleo para 2026 y enfría el ciclo energético

La Agencia Internacional de la Energía ha enviado una señal inequívoca al mercado: el ciclo de expansión acelerada del consumo de petróleo ha quedado atrás. En su último informe mensual, el organismo rebaja el crecimiento previsto de la demanda mundial para 2026 hasta 850.000 barriles diarios, una corrección relevante frente a los 930.000 barriles que anticipaba apenas semanas atrás.

El ajuste no es menor. Supone reconocer que el impulso pospandemia se ha diluido y que la economía global avanza ahora a un ritmo más contenido, con un consumo energético que crece, sí, pero cada vez más cerca de tasas propias de una economía madura.

Al mismo tiempo, el mercado afronta una paradoja: la oferta se ha reducido en el corto plazo por factores climáticos y geopolíticos, mientras que para 2026 se prevé un fuerte aumento de producción. La consecuencia es un entorno de precios potencialmente volátil, donde la tensión puntual puede convivir con un horizonte estructural más holgado.


Demanda más débil: el fin del rebote pospandemia

La cifra central del informe es clara. En 2025, la demanda global crecerá en torno a 775.000 barriles diarios. En 2026 lo hará en 850.000. Muy lejos de los más de 2 millones de barriles anuales que se registraron en los años inmediatamente posteriores a la pandemia.

El diagnóstico es inequívoco. La desaceleración del comercio mundial, el menor dinamismo industrial en Europa y China, y el avance sostenido del vehículo eléctrico están erosionando la demanda estructural de combustibles fósiles, especialmente gasolina y diésel.

Para los productores, el mensaje es incómodo. El margen para sostener precios elevados sin destruir consumo es cada vez menor. En un entorno de crecimiento global moderado y tipos de interés todavía restrictivos, un crudo persistentemente por encima de 90 dólares podría actuar como freno macroeconómico más que como catalizador de ingresos extraordinarios.

La revisión de la AIE no es solo estadística. Es un ajuste de narrativa. El petróleo sigue creciendo, pero ya no lidera el ciclo económico.


Rebaja en solo un mes: señal de enfriamiento económico

La corrección desde 930.000 a 850.000 barriles diarios en cuestión de semanas refleja un cambio de percepción sobre la fortaleza de la economía mundial.

En términos relativos, supone una rebaja cercana al 9% en la previsión de crecimiento para 2026. Detrás de esa cifra se intuye una lectura más prudente sobre el comercio internacional, la industria pesada y la capacidad de absorción de costes energéticos por parte de empresas y consumidores.

Para los países exportadores, el ajuste llega en un momento delicado. Muchos presupuestos públicos siguen apoyándose en hipótesis de precios elevados. Si el crecimiento de la demanda se modera mientras la oferta aumenta, el equilibrio fiscal de varios productores podría tensionarse.

El contraste con el superciclo de materias primas de los años 2000 es evidente. Entonces el crecimiento era estructural y acelerado. Hoy es gradual y condicionado.


Choque de oferta a corto plazo: clima y geopolítica

Mientras el horizonte de demanda se enfría, el presente inmediato está marcado por tensiones de oferta.

La AIE señala que el suministro mundial ha caído en 1,2 millones de barriles diarios hasta los 106,6 millones, afectado por el invierno extremo en Norteamérica y problemas de exportación en Kazajistán, Rusia y Venezuela.

En términos absolutos, el ajuste es limitado. En términos de mercado, es suficiente para generar volatilidad. El sistema petrolero global sigue siendo extremadamente sensible a disrupciones puntuales.

La experiencia reciente lo confirma. Episodios climáticos o tensiones geopolíticas pueden mover el Brent más de un 10% en cuestión de días. Esa vulnerabilidad estructural es la que mantiene el riesgo latente en los precios, incluso cuando el crecimiento de la demanda se desacelera.


2026: más producción que consumo

Paradójicamente, el mismo informe anticipa un fuerte aumento de la oferta en 2026. La producción mundial crecería en 2,4 millones de barriles diarios, hasta los 108,6 millones.

El crecimiento estaría repartido de forma equilibrada entre productores fuera de la OPEP+ y los miembros del propio grupo. Estados Unidos, Brasil y Canadá seguirían ganando peso, consolidando el papel del bloque no OPEP como amortiguador del mercado.

Si la demanda crece menos de un millón de barriles diarios y la oferta aumenta más del doble, el resultado lógico sería un mercado más holgado.

Pero el equilibrio depende de la disciplina de la OPEP+ y de la estabilidad geopolítica. En un mercado donde un millón de barriles marca la diferencia, cualquier desviación puede alterar la trayectoria de precios.


Impacto macro: inflación y política monetaria

La lectura del informe va más allá del sector energético. Para bancos centrales como la Reserva Federal o el BCE, el petróleo sigue siendo un factor crítico en la ecuación inflacionaria.

Un repunte sostenido del Brent por encima de 85-90 dólares complicaría la senda de recortes de tipos. Por el contrario, un entorno de mayor oferta y precios contenidos aliviaría presiones inflacionistas.

El problema es que el mercado actual combina crecimiento moderado con alta sensibilidad a shocks. Eso convierte al petróleo en un vector de riesgo constante para las decisiones de política monetaria.

Para Europa, especialmente dependiente de importaciones energéticas, esta volatilidad tiene implicaciones directas sobre balanza comercial, inflación y competitividad industrial.


Escenarios para el mercado energético

El escenario base apunta a un crecimiento moderado de la demanda y a una expansión significativa de la oferta en 2026. En ese contexto, el crudo podría estabilizarse en un rango de 75-85 dólares por barril.

En un escenario de tensiones adicionales —conflictos geopolíticos, incumplimiento de cuotas o retrasos en nuevos proyectos— el Brent podría volver a acercarse a los 90 dólares.

En un escenario más adverso para los productores, con oferta abundante y desaceleración económica más intensa, no sería descartable una presión bajista hacia niveles inferiores a 75 dólares.

El mercado entra en una fase menos explosiva, pero no menos compleja.


La nueva fase del petróleo

El informe de la AIE marca un punto de inflexión conceptual. El petróleo deja de ser la locomotora del crecimiento global y pasa a desempeñar un papel más defensivo y volátil.

La transición energética avanza de forma desigual, pero suficiente para limitar el crecimiento estructural del consumo. Al mismo tiempo, la infraestructura de producción sigue siendo vulnerable a shocks climáticos y políticos.

Para inversores, gobiernos y bancos centrales, el mensaje es claro: el mercado petrolero entra en una etapa de menor expansión estructural, pero con episodios recurrentes de tensión que seguirán generando oportunidades y riesgos.

La era del rebote pospandemia ha terminado. Comienza la fase de ajuste estratégico.