3I/ATLAS se alinea con el Sol y reabre el debate alienígena

Imagen de 3I/ATLAS, tomada el 7 de enero de 2026 por el Telescopio Espacial Hubble (panel superior) y procesada mediante el filtro de gradiente rotacional Larson-Sekanina (panel inferior). El panel inferior muestra una estructura de triple chorro con un prominente chorro anticola en dirección al Sol, hacia la esquina inferior izquierda de la imagen. El chorro anticola se extiende a una escala del orden de la separación Tierra-Luna. (Crédito de la imagen: Toni Scarmato, basado en datos publicados por NASA/ESA/STScI aquí)
El tercer objeto interestelar detectado entra hoy en una fase de brillo máximo única en décadas, mientras Avi Loeb y otros científicos plantean si podría ocultar tecnología de una civilización avanzada

El objeto interestelar 3I/ATLAS vivirá hoy, 22 de enero de 2026, su momento más extraño: una especie de “Luna llena cósmica” en la que la Tierra lo verá casi exactamente desde la misma dirección que el Sol, con un desalineamiento ínfimo de 0,69 grados (0,012 radianes). Ese alineamiento, calculado por el astrofísico Avi Loeb y Mauro Barbieri, provocará un aumento súbito de brillo que permitirá estudiar con una precisión inédita el polvo y el gas que el objeto va dejando a su paso.
Pero 3I/ATLAS no es solo un cometa exótico: acumula anomalías fotométricas y de polarización que ya han llevado a algunos investigadores a plantear una hipótesis incómoda: ¿y si parte de su comportamiento fuese consecuencia de tecnología artificial, no solo de procesos naturales?
En paralelo, Loeb y el empresario científico Frank Laukien han puesto sobre la mesa un escenario aún más ambicioso: el de civilizaciones que “hacen autostop interestelar” usando grandes objetos como éste como naves-colonia, protegidas dentro de asteroides o cometas modificados, impulsados durante miles de años por fusión nuclear.
La mayor parte de la comunidad científica sigue defendiendo que 3I/ATLAS será, con toda probabilidad, un objeto natural. Pero la ventana de observación de hoy —apenas unas horas de alineamiento excepcional— se presenta como una prueba de fuego para decidir si estamos ante un cometa raro… o ante algo que obligue a reescribir el guion.

Un alineamiento milimétrico y un pico de brillo sin precedentes

Loeb y Barbieri han calculado que 3I/ATLAS alcanzará hoy una fase análoga a la de una “Luna llena”: la Tierra verá el objeto casi exactamente desde la misma dirección del Sol, con una desviación angular de solo 0,69 grados. En términos astronómicos, una alineación de 0,012 radianes es extraordinariamente precisa.

Este tipo de geometría produce lo que se conoce como “surge de oposición”: el polvo y las partículas del entorno del objeto reflejan la luz solar de forma mucho más eficiente cuando la fuente de luz está prácticamente detrás del observador. El resultado puede ser un incremento de brillo de hasta varias magnitudes en muy poco tiempo, y —lo más importante— una sensibilidad extrema a la estructura interna y la composición de ese material.

Loeb ha contactado en los últimos días con equipos que tienen acceso a grandes telescopios para que apunten a 3I/ATLAS durante esta ventana. El objetivo: medir, segundo a segundo, cómo crece y decae la luminosidad y cómo cambia la polarización de la luz reflejada. Si el comportamiento encaja con modelos de polvo cometario clásico, la hipótesis natural se reforzará. Si no, la carpeta de “explicaciones alternativas” ganará peso.

La anti-cola y los tres mini-jets que no encajan en los manuales

Una de las razones por las que 3I/ATLAS está en el centro del debate es su anti-cola: un chorro de material que, en lugar de apuntar en dirección opuesta al Sol como en los cometas habituales, parece hacerlo hacia él cuando se observa desde la Tierra. Este tipo de geometría puede explicarse, en principio, por efectos de perspectiva y por la dinámica del polvo bajo el empuje del viento solar y la radiación.

Sin embargo, en el caso de 3I/ATLAS se han detectado propiedades de polarización “sin precedentes”, según Loeb, además de un nuevo elemento desconcertante: un sistema simétrico de 3 mini-jets que aparece en 24 imágenes del Hubble tomadas en los últimos meses. Esta triple estructura, estable en el tiempo y claramente diferenciada del resto de la cola, ha abierto la puerta a interpretaciones más atrevidas.

La explicación estándar habla de regiones activas en la superficie del objeto que emiten chorros de gas y polvo al calentarse. Pero la simetría y persistencia de los mini-jets han llevado a Loeb a incluir, entre las posibilidades a considerar, la de una firma tecnológica, una suerte de sistema de propulsión o de expulsión controlada de material. Por ahora, es solo una hipótesis de trabajo. Las medidas de hoy, con la anti-cola apuntando prácticamente hacia la Tierra, podrían ayudar a discriminar entre modelos.

Cianuro en el espacio: por qué no hay riesgo para la Tierra

Otro de los elementos que ha alimentado titulares es la presencia de compuestos de cianuro en el material expulsado por 3I/ATLAS. El término evoca veneno, catástrofes y riesgos para la vida. Loeb ha insistido en desmontar ese miedo: si se combinan la alta velocidad del objeto respecto al Sol, la presión del viento solar y la radiación, el resultado es que el material de la anti-cola sigue trayectorias que no intersectan con la órbita terrestre.

Incluso en el escenario extremo de una emisión particularmente intensa, las cantidades que podrían alcanzar la vecindad de la Tierra serían infinitesimales. En términos de riesgo químico, hablamos de niveles varios órdenes de magnitud por debajo de los ya presentes en la atmósfera o en la superficie terrestre por procesos naturales e industriales.

La única excepción que Loeb contempla tiene más de ciencia ficción que de amenaza inmediata: mini-sondas tecnológicas capaces de maniobrar de forma autónoma y “saltar” desde el entorno de 3I/ATLAS hasta órbitas cercanas a la Tierra. Es una forma de recordar que el peligro no está en el cianuro disperso en el vacío, sino —si existiera— en cualquier tecnología que alguien haya decidido instalar sobre el objeto.

De cometas naturales a posibles “sondas” interestelares

El elemento que distingue a 3I/ATLAS de la mayoría de cometas no es solo su comportamiento, sino su origen interestelar. Es el tercer objeto de este tipo detectado tras ‘Oumuamua (1I) y 2I/Borisov. Viene de fuera del Sistema Solar, sigue una trayectoria hiperbólica y no volverá jamás: atraviesa nuestra vecindad, deja sus datos y desaparece para siempre.

Loeb lleva años defendiendo que esta clase de visitantes pueden ser excelentes candidatos para buscar tecnofirmas: restos, sondas o incluso dispositivos activos de civilizaciones avanzadas. Los argumentos son pragmáticos: enviar naves a todos los sistemas de la galaxia es costoso; “aprovechar” grandes rocas ya en tránsito y modificarlas para convertirlas en plataformas de viaje, no tanto.

3I/ATLAS ha añadido combustible a esa línea de trabajo: anti-cola atípica, polarización anómala, mini-jets simétricos y ahora un alineamiento que permite un escrutinio detallado. La comunidad científica, sin embargo, se mueve con cautela. La prudencia metodológica exige exprimir todas las explicaciones naturales antes de invocar tecnología extraterrestre. Pero también empieza a calar una convicción: descartar de entrada las hipótesis tecnológicas es, en sí mismo, un sesgo.

“Hitchhiking” cósmico: colonias de 10.000 personas en un objeto interestelar

El comentario de Frank Laukien, colega de Loeb, lleva la idea un paso más allá. En su mensaje, plantea que una civilización capaz de dominar la fusión nuclear —con un ciclo de combustión y reproducción de tritio cerrado— podría convertir un ISO (interstellar object) en una nave-colonia sin necesidad de alcanzar fracciones significativas de la velocidad de la luz.

Sus cálculos apuntan a poblaciones del orden de 10.000 a 100.000 seres biológicos viviendo dentro de un gran cometa o asteroide modificado, aprovechando el propio material del objeto como blindaje frente a la radiación y como estructura portante. El viaje se desarrollaría durante cientos o miles de años, impulsado por propulsores de fusión que —a baja aceleración pero de forma continua— irían elevando la velocidad hasta convertir al cuerpo en un ISO rápido.

El argumento económico también cuenta: es más barato modificar un objeto ya en el espacio que lanzar desde un planeta con gravedad fuerte las toneladas de material necesarias para construir una megaestructura. La roca interestelar actúa como casco, escudo y depósito de recursos. El resultado es una especie de arca cósmica que viaja entre estrellas, casi camuflada entre la población de cometas vagabundos.

IA, religión y monumentos espaciales: motivaciones no tan racionales

Laukien remata su reflexión con una idea incómoda: las motivaciones civilizatorias para proyectos de esta escala podrían no ser racionales en el sentido estricto. A lo largo de la historia humana, las mayores obras —pirámides, catedrales, templos, Stonehenge— no se explican por análisis coste-beneficio, sino por impulsos religiosos o míticos capaces de movilizar recursos durante generaciones.

Trasladado al cosmos, eso abre un abanico de posibilidades. Quizá algunos ISOs tecnológicos sean “monumentos” de civilizaciones extintas, diseñados para perdurar miles de millones de años como marcas de presencia. Otros podrían ser misiones misioneras o de conquista, impulsadas por creencias tan resistentes como irracionales. Si la tripulación es biológica, los retos pasan por la genética, la fisiología y la psicología. Si es IA pura, los problemas cambian: chips que no envejecen, reproducción por fabricación, consumo energético mayor, pero refrigeración radiativa muy eficiente en el vacío.

La pregunta de fondo no es solo si 3I/ATLAS es natural o tecnológico, sino qué estaríamos viendo si no lo fuera: ¿una nave activa?, ¿un monumento pasivo?, ¿un residuo arqueológico? La observación de hoy no resolverá todas estas incógnitas, pero sí puede aportar una pieza crucial: datos precisos sobre cómo se comporta un objeto interestelar en condiciones límite.

Qué puede cambiar hoy para la ciencia (y para nosotros)

En el escenario más probable, las observaciones del “pleno cósmico” de 3I/ATLAS mostrarán patrones compatibles con polvo y gas cometarios sometidos a geometrías complejas. Se reforzará la idea de que estamos ante un cometa interestelar peculiar pero natural, y la ciencia ganará un laboratorio único para entender cómo se comporta la materia expulsada por estos cuerpos.

En el escenario de riesgo —desde el punto de vista conceptual, no de seguridad— los datos podrían profundizar las anomalías: curvas de brillo incompatibles con modelos estándar, polarizaciones inexplicables, estructuras en los jets que recuerden más a ingeniería que a geología. No bastaría para declarar “hallazgo de tecnología extraterrestre”, pero sí para justificar nuevas campañas de observación, misiones dedicadas e inversiones adicionales en el estudio de ISOs.

En cualquier caso, 3I/ATLAS ya ha cumplido una función esencial: forzar a parte de la comunidad científica a dejar de descartar de entrada explicaciones tecnológicas. El objeto pasará, su anti-cola desaparecerá en la oscuridad interstelar y el polvo se disipará. Lo que quede —en papers, en modelos y en presupuestos— dirá mucho de hasta qué punto estamos dispuestos a mirar al cielo con “nuevas lentes conceptuales”, como reclama Loeb, sin renunciar al rigor, pero tampoco al atrevimiento.