3I/ATLAS, el ‘caballo de Troya’ interestelar que intriga a los científicos

El sistema en chorro se tambalea periódicamente con un período de 7,2 horas alrededor del eje de rotación, según dos exposiciones del Hubble separadas por 23 minutos el 30 de noviembre de 2025. (Crédito de las imágenes: T. Scarmato y A. Loeb, como se analiza en un nuevo artículo aquí basado en datos publicados por NASA/ESA/STScI)
El analista Avi Loeb plantea que los grandes cometas interestelares podrían ser vehículos camuflados para viajar por la galaxia y hasta albergar inteligencia artificial

El astrofísico y analista Avi Loeb vuelve a desafiar los límites de la astronomía clásica. En su último trabajo, sostiene que objetos como 3I/ATLAS, de más de un kilómetro de tamaño y velocidades superiores a 60 kilómetros por segundo, podrían ser utilizados por civilizaciones avanzadas como vehículos de autostop interestelar. No solo eso: algunos de los rasgos observados en 3I/ATLAS encajarían mejor con un diseño tecnológico que con un cometa convencional.

Loeb recuerda que, en solo una década, hemos pasado de no conocer ningún visitante interestelar a registrar varios, siendo 3I/ATLAS el más masivo y rápido detectado hasta ahora. En su entorno, el observatorio SOHO ha medido la liberación de 13,5 millones de toneladas de agua en apenas un mes, una cifra que abre la puerta a algo más que simple desgasificación natural.

La idea central es tan simple como perturbadora: si una civilización quiere cruzar el disco de la Vía Láctea —unos 50.000 años luz—, el modo más eficiente podría ser “subirse” a estos proyectiles naturales y equiparlos con tecnología. El resultado sería un “caballo de Troya” cósmico: por fuera, cometa; por dentro, nave.

Un objeto que no encaja en los manuales

3I/ATLAS se ha ganado un lugar propio en los despachos de Loeb. No solo es el tercer visitante interestelar catalogado, tras ‘Oumuamua (1I) y Borisov (2I); también es el que reúne más anomalías geométricas y físicas. Su trayectoria está alineada a unos 5 grados con el plano orbital de los planetas, un alineamiento demasiado preciso para ser casual según el analista.

A grandes distancias, el eje de rotación de 3I/ATLAS apunta casi directamente al Sol, otro guiño estadísticamente improbable. Y, una vez dentro del sistema solar, el objeto despliega un comportamiento que no se parece al de los cometas de “manual”: jets extraordinariamente colimados, una anti-cola prolongadísima y una dinámica de giro que delata algo más complejo que hielo y polvo sublimando.

Loeb no afirma que 3I/ATLAS sea una nave; insiste, más bien, en que acumula demasiado “ruido raro” como para ignorarlo. En su opinión, la ciencia institucional tiende a descartar cualquier hipótesis de origen tecnológico por miedo al ridículo, cuando precisamente las bajas probabilidades hacen imprescindible contemplar escenarios poco convencionales.

Autopistas galácticas y vehículos naturales a 60 km por segundo

La propuesta del analista se apoya en un cálculo sencillo: una población abundante de objetos como 3I/ATLAS —de más de un kilómetro y velocidades por encima de 60 km/s— tardaría menos de mil millones de años en cruzar anillos completos de estrellas alrededor del centro de la galaxia. Para una civilización que piensa en escalas de miles de millones de años, esa cifra es razonable.

En lugar de construir gigantescas naves desde cero, la opción racional sería “hitchhiking”: aprovechar cometas y asteroides interestelares como etapas naturales de un viaje larguísimo, modificándolos lo justo. Algo similar a subir a un tren de alta velocidad ya en marcha y limitarse a instalar el sistema de frenos, la dirección y la cabina.

El modelo de Loeb no exige flotas espectaculares ni megastructuras visibles desde cualquier telescopio. Bastaría con insertar cargas tecnológicas relativamente pequeñas en algunos de esos proyectiles naturales y dejar que la gravedad haga el trabajo pesado. Desde fuera, la escena seguiría pareciendo la de un cometa cualquiera que atraviesa el sistema solar… salvo por pequeños detalles.

El objeto interestelar 3I/ATLAS desconcierta con tres mini-jets simétricos. Avi Loeb

Los 13,5 millones de toneladas de agua que lo cambian todo

Uno de esos detalles es el agua. Nueve días después de su paso por el perihelio, el 29 de octubre de 2025, 3I/ATLAS fue observado durante 32 días por la cámara de hidrógeno Lyman-alfa del observatorio SOHO. El resultado: una enorme nube de hidrógeno alrededor del objeto, compatible con la liberación de unas 13,5 millones de toneladas de agua en apenas un mes.

Para Loeb, un cometa rico en agua es un regalo para cualquier ingeniero interestelar. El motivo es la electrólisis: con suficiente energía, cada molécula de H₂O puede dividirse en hidrógeno y oxígeno, una pareja de combustibles de alto rendimiento utilizada desde hace décadas en cohetes químicos.

Si una civilización incrusta en el interior de 3I/ATLAS un sistema capaz de convertir esa agua en propelente, de pronto el cometa deja de ser un pasajero pasivo y se transforma en vehículo maniobrable. De ahí la hipótesis: parte del hidrógeno detectado por SOHO podría no ser solo producto de una sublimación “natural”, sino rastro de combustible procesado y expulsado.

La clave, insiste el analista, no es probarlo de inmediato, sino reconocer que las cifras encajan demasiado bien con un escenario de ingeniería avanzada como para descartarlo sin mirar más de cerca.

Jets simétricos, anti-cola y la sospecha de tecnología

Las imágenes del Telescopio Espacial Hubble del 14 de enero de 2026, procesadas con el filtro de gradiente rotacional de Larson-Sekanina, han dado nueva munición a Loeb. En ellas se aprecia un sistema de tres mini-jets casi equiespaciados en 120 grados alrededor del núcleo, acompañados de una anti-cola mucho más larga apuntando hacia el Sol.

El sistema de jets, según el propio Loeb, oscila con un periodo de unas 7,2 horas, coherente con la rotación del objeto. Esa configuración, casi de “faros” que giran, recuerda a un diseño de motores orientables más que a una ventosa casual en la superficie helada. En un artículo previo, el analista ya había sugerido que tres thrusters simétricos y un cuarto jet principal podrían formar un sistema mínimo de propulsión para controlar actitud y trayectoria.

A esto se suma la composición anómala de los gases expulsados, con una relación níquel/hierro que se acerca más a aleaciones industriales que a patrones cometarios conocidos. El conjunto —geometría precisa, jets colimados, periodo de oscilación estable y química extraña— nutre la sospecha de que 3I/ATLAS no es solo un bloque de hielo sucio.

Las posibles “huellas dactilares” de un artefacto interestelar

Loeb, como buen teórico, pasa del diagnóstico a la metodología: si queremos saber si 3I/ATLAS —o cualquier otro objeto similar— aloja tecnología, ¿qué deberíamos buscar?. Su lista de posibles huellas dactilares incluye varios indicadores concretos:

  • Exceso de calor localizado, detectable en el infrarrojo, que delate motores o procesos energéticos internos.

  • Maniobras no explicables por fuerzas naturales, como giros bruscos, cambios de velocidad o ajustes finos de trayectoria.

  • Configuraciones de jets “diseñadas”, como el sistema simétrico de tres mini-jets más una anti-cola principal.

  • Luces artificiales, patrones de brillo no compatibles con simples reflexiones solares.

  • Liberación de mini-sondas en puntos estratégicos, que se separarían del núcleo como pequeños fragmentos pero seguirían trayectorias “inteligentes”.

El analista insiste en que, en un primer momento, la mayoría de observadores catalogarían estos objetos como cometas raros y poco más. “Los científicos realmente curiosos”, sugiere Loeb, serían señalados como excéntricos hasta que su civilización decidiera hacer lo obvio: lanzar misiones interceptoras que se acerquen lo suficiente para ver si, bajo el cascarón de hielo y polvo, hay paneles, antenas o reactores.

159 El ángulo entre el eje Sol-Tierra y el eje Sol-3I/Atlas en grados, en función de la fecha. (Crédito: M. Barbieri y A. Loeb; artículo completo disponible aquí)

Manual para hacer autostop cósmico desde la Tierra

La otra cara del argumento de Loeb es inspiradora: si otros lo han hecho, nosotros también podríamos hacerlo. El procedimiento, en teoría, es claro. Primero, hay que descubrir con suficiente antelación un objeto interestelar que pase cerca de la órbita terrestre y cumpla ciertas condiciones: tamaño, velocidad, composición, trayectoria útil.

Después, habría que lanzar un módulo de carga con tecnología propia —fuente de energía, sistemas de control, instrumentos científicos, quizá una IA avanzada— en una órbita que intercepte al objeto a baja velocidad relativa, para no destrozar el equipo en el impacto. El objetivo sería incrustar esa carga en el cometa, aprovechar sus recursos (como el agua) para obtener combustible in situ y usarlo como “autobús” intergaláctico.

Dado que cruzar el disco de la galaxia puede llevar del orden de 50.000 años, el pasajero ideal no sería un ser humano, sino inteligencia artificial embarcada: más resistente a la radiación, al vacío y a las escalas de tiempo inhumanas. “Los cerebros biológicos son mucho más vulnerables que los cerebros tecnológicos en el espacio interestelar”, recuerda el analista, justificando que en uno de sus ensayos rebautizara 3I/ATLAS como “AI/ATLAS”.

Loeb remata su reflexión con un argumento pragmático: incluso si la probabilidad de que 3I/ATLAS sea un vehículo tecnológico es pequeña, el valor de información de comprobarlo es enorme. Saber que una civilización ha usado cometas como transporte interestelar cambiaría para siempre nuestra visión de la ingeniería, la exploración y hasta de la economía del espacio profundo.

Por eso defiende seguir monitorizando el objeto durante los próximos meses, en especial cuando se acerque al radio de Hill de Júpiter el 16 de marzo de 2026, una región donde podría, en teoría, liberar sondas hacia los puntos de Lagrange del planeta. Ignorar esa oportunidad sería, en su opinión, como rechazar un “blind date” cósmico con el que podríamos aprender más sobre la galaxia que en décadas de observaciones pasivas.

La apuesta de Loeb no es tanto por los extraterrestres como por la curiosidad estratégica: si descubrimos que otros han perfeccionado el arte del autostop interestelar, tal vez el siguiente paso sea imitarles. Y, como escribió Oscar Wilde, “la imitación es la forma más sincera de adulación”. En el tablero de la Vía Láctea, esa adulación podría traducirse, algún día, en nuestros propios vehículos camuflados cruzando entre las estrellas.