3I/ATLAS rozará Júpiter y huirá del Sistema Solar
3I/ATLAS pasará por la esfera de influencia del gigante gaseoso el 16 de marzo de 2026 y abre una ventana irrepetible para estudiar material de otro sistema estelar
En el vasto océano cósmico, no hay muchas segundas oportunidades. El cometa interestelar 3I/ATLAS, un visitante que no nació alrededor del Sol, se dirige hacia un encuentro milimetrado con Júpiter el 16 de marzo de 2026. Ese día atravesará la llamada esfera de Hill del gigante gaseoso, acercándose hasta unos 53 millones de kilómetros de su centro. No habrá colisión, pero sí una interacción gravitatoria de alto valor científico: Júpiter actuará como una gigantesca “honda cósmica”, modificando la trayectoria del cometa y empujándolo a una órbita hiperbólica de escape, rumbo al espacio interestelar del que procede.
La probabilidad de impacto directo es, según todos los modelos, prácticamente nula. Sin embargo, el encuentro concentra la atención de NASA, observatorios de todo el mundo y teóricos de la dinámica orbital. La razón es sencilla: lo que no se consiga medir en los próximos meses se perderá para siempre. 3I/ATLAS no volverá jamás.
Un visitante de fuera del vecindario solar
3I/ATLAS es solo el tercer objeto interestelar detectado cruzando nuestro Sistema Solar, tras 1I/ʻOumuamua en 2017 y 2I/Borisov en 2019. A diferencia de millones de cometas “domésticos”, su órbita no está ligada al Sol: llega con velocidad de escape sobrante, lo que indica que fue expulsado de otro sistema estelar hace millones o miles de millones de años.
Esa procedencia externa convierte a 3I/ATLAS en algo más que una curiosidad orbital. Su núcleo conserva material pristino del disco protoplanetario de otra estrella, hielo y polvo que nunca pasaron por el horno térmico del sistema solar interno. Para la comunidad científica es, literalmente, una muestra gratis del exterior: un trozo del “afuera” que entra en nuestro “adentro” durante un breve intervalo, antes de perderse en la oscuridad.
La simple existencia de tres objetos de este tipo en menos de una década sugiere además que la galaxia está llena de escombros expulsados de sistemas planetarios, cruzando el vacío entre estrellas. Cada uno que detectamos es, en realidad, la punta de un iceberg estadístico que apenas empezamos a intuir.
La esfera de Hill de Júpiter: un examen de física en vivo
La clave del encuentro del 16 de marzo está en ese concepto que rara vez salta a titulares: la esfera de Hill. Es, simplificando, la región del espacio en la que la gravedad de un planeta domina sobre la del Sol. Para un gigante como Júpiter, esa esfera se extiende decenas de millones de kilómetros; que un cometa interestelar la cruce es un experimento natural de mecánica celeste en tiempo real.
Los modelos actuales apuntan a un máximo acercamiento de unos 53 millones de kilómetros, una distancia astronómicamente grande pero dinámicamente relevante. A esa escala, Júpiter puede desviar ligeramente la trayectoria del cometa, modificando su velocidad relativa y “reajustando” el ángulo con el que abandonará nuestro sistema. La órbita ya es hiperbólica, pero la honda gravitatoria definirá hacia dónde se pierde 3I/ATLAS en el espacio profundo.
Para validar los modelos, los astrónomos necesitan observaciones de alta precisión antes, durante y después del encuentro: cambios sutiles en la posición, variaciones en la coma, pequeñas alteraciones en la cola de polvo. Cada dato servirá para poner a prueba los códigos numéricos que usamos para entender tanto la defensa planetaria frente a asteroides como la evolución a largo plazo de cometas y escombros.
La dinámica invisible: perturbaciones, órbitas y estabilidad
Detrás de este evento hay una coreografía matemática mucho más compleja que un simple “pasa cerca y se desvía”. Para predecir la trayectoria de 3I/ATLAS, los equipos combinan:
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ecuaciones de mecánica gravitacional de n cuerpos,
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términos de perturbación debidos a otros planetas,
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e incluso posibles efectos de desgasificación asimétrica, cuando el cometa expulsa chorros de gas que actúan como micropropulsores.
Este último factor no es menor. A medida que se acerca al Sol, la radiación calienta el núcleo, sublima hielos y genera una coma brillante y una cola orientada en dirección opuesta a la estrella. Si los chorros no son simétricos, pueden introducir pequeñas variaciones en la órbita, especialmente perceptibles en objetos ligeros o con mucho hielo volátil.
Modelar esa dinámica permite algo más que seguir la pista de un cometa: ayuda a entender cómo “respira” el Sistema Solar frente a los impactos externos. La llegada de cuerpos interestelares, aunque estadísticamente rara a escala humana, es parte normal de la vida galáctica. Saber cómo se comportan, y cómo reaccionan los gigantes como Júpiter, es clave para evaluar riesgos y oportunidades científicas.
Juno: una oportunidad de oro si la política acompaña
Mientras los astrónomos afinan sus modelos desde la Tierra, una pieza clave orbita ya en el lugar adecuado: la sonda Juno de la NASA, que lleva años estudiando Júpiter. Para muchos científicos, la misión se ha convertido en la candidata natural a aprovechar la coyuntura y acercarse lo máximo posible a 3I/ATLAS.
Sobre la mesa hay ideas ambiciosas: desde reajustar la órbita de Juno para sincronizar alguna de sus pasadas cercanas a Júpiter con el máximo acercamiento del cometa, hasta planificar campañas de observación específicas de su cola y su coma con los instrumentos de la sonda. Incluso sin un encuentro directo, la simple posibilidad de que Juno observe al cometa desde el entorno joviano ofrece una perspectiva única, imposible de replicar desde la órbita terrestre.
El problema, como siempre, es menos técnico que burocrático. La vida útil de Juno, su presupuesto y las prioridades oficiales condicionan hasta qué punto la NASA puede reprogramar maniobras, consumir combustible extra y dedicar tiempo de instrumentación a un visitante fugaz. La ventana científica está clara; falta comprobar si la ventana política se abre a tiempo.
Avi Loeb y la nueva frontera de los objetos interestelares
El seguimiento de 3I/ATLAS no solo moviliza a equipos de dinámica orbital. Figuras conocidas como Avi Loeb han impulsado una agenda más amplia: estudiar cada objeto interestelar también como posible portador de tecnofirmas o anomalías físicas que no encajen fácilmente en la astrofísica estándar.
Más allá de las polémicas, el enfoque tiene un efecto colateral positivo: fuerza a la comunidad a organizar respuestas rápidas, coordinadas y de alto nivel instrumental ante la detección de visitantes interestelares. Telescopios ópticos, infrarrojos, radiotelescopios y sondas espaciales pasan a trabajar como un solo sistema, exprimiendo al máximo el breve tiempo de visibilidad.
En el caso de 3I/ATLAS, el consenso actual es que se comporta como un cometa natural: muestra coma, cola y actividad coherentes con un núcleo helado que se calienta al acercarse al Sol. Pero esa misma normalidad es, en sí misma, una información crucial: indica que los procesos de formación de cometas podrían ser similares en distintos sistemas estelares, reforzando la idea de que ciertos ingredientes —hielo, polvo, moléculas orgánicas simples— son comunes en toda la galaxia.
Lo que 3I/ATLAS puede revelar del medio interestelar
Cada fotón reflejado por 3I/ATLAS lleva codificada información sobre su composición química y la historia térmica que ha vivido. Analizar su luz en distintos rangos —visible, infrarrojo, ultravioleta— permite identificar:
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proporciones de agua, dióxido de carbono, monóxido de carbono y otros volátiles,
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presencia de moléculas orgánicas complejas,
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y características de los granos de polvo, como su tamaño y estructura.
Comparar esos datos con los de cometas clásicos del Sistema Solar permite trazar un mapa de similitudes y diferencias: ¿son los cometas “exóticos” realmente distintos a los nuestros o comparten un patrón químico universal? Si los resultados apuntan a lo segundo, se refuerza la hipótesis de que los ladrillos básicos de la vida —agua y moléculas orgánicas— se forman y se esparcen con facilidad en entornos muy variados.
Además, el paso de un cuerpo interestelar a través del viento solar y de la magnetosfera de Júpiter ofrece un laboratorio incomparable para estudiar cómo interactúa el medio interestelar con los campos magnéticos y plasmas de un sistema planetario. Es un choque entre dos “atmósferas” invisibles que normalmente solo podemos simular en ordenadores.
Después del 16 de marzo: rumbo al vacío
Una vez que 3I/ATLAS cruce la esfera de Hill de Júpiter y complete su giro gravitatorio, el desenlace está escrito: seguirá una trayectoria hiperbólica de escape, alejándose cada vez más del Sol hasta fundirse de nuevo con la oscuridad interestelar. No habrá órbita cerrada, ni retorno en millones de años. En términos humanos, es un adiós definitivo.
Pero su huella quedará en otro sitio: en las bases de datos de observatorios, en los modelos refinados de dinámica orbital, en los espectros guardados en servidores y, quizá, en una colección de artículos que, dentro de décadas, se leerán como los primeros capítulos de la era de la astronomía interestelar de objetos pequeños.
La gran incógnita no es qué hará el cometa —la física es bastante clara—, sino qué haremos nosotros. ¿Seremos capaces de coordinar telescopios, sondas y recursos para exprimir hasta la última gota de información de este mensajero único? ¿O veremos pasar a 3I/ATLAS como un espectáculo lejano, cómodo de seguir en animaciones, pero pobremente aprovechado en términos científicos?
Por ahora, la cuenta atrás ya corre. En un rincón del Sistema Solar, un trozo de otro mundo se prepara para rozar el dominio de Júpiter y desaparecer. Lo que la humanidad sea capaz de aprender de esa breve visita dirá mucho de hasta qué punto estamos listos para vivir en una galaxia repleta de viajeros fugaces.