3I/ATLAS: el cometa interestelar de níquel y carbono que desconcierta al Sistema Solar

El objeto interestelar 3I/ATLAS desconcierta con tres mini-jets simétricos. Avi Loeb
Su extraña química de níquel y carbono abre un nuevo frente en la astrofísica… y desata una oleada de fascinación cultural

El tercer objeto interestelar detectado en la historia reciente, 3I/ATLAS, se ha convertido en un pequeño laboratorio cósmico que desafía lo que creíamos saber sobre cometas. Tras su paso más cercano al Sol el 29 de octubre de 2025, nuevas observaciones han revelado una composición química y una estructura de chorros difícil de encajar en los modelos estándar.
A 1,509 unidades astronómicas (UA) del Sol y 2,089 UA de la Tierra, el espectro post-perihelio tomado con el Keck II en Hawái muestra una evolución del cociente níquel/hierro (Ni/Fe) que no se parece a nada visto antes.
A grandes distancias, 3I/ATLAS estaba extraordinariamente enriquecido en níquel; tras el perihelio, se ha vuelto sorprendentemente parecido a un cometa “normal” del Sistema Solar.
Al mismo tiempo, los chorros de gas y polvo presentan una geometría anómala, con ciertas moléculas saliéndose del guion.
Y, como telón de fondo, el objeto ha inspirado incluso poesía: una prueba más de cómo la ciencia punta y la necesidad humana de significado siguen orbitando en torno a la misma pregunta: qué hacemos aquí mirando al cielo.

Un visitante interestelar bajo el ojo del Keck

Tras su perihelio, 3I/ATLAS fue observado el 16 de noviembre de 2025 con el Keck Cosmic Web Imager del telescopio Keck II, en Mauna Kea (Hawái). Para entonces, el objeto ya se alejaba del Sol a más de 1,5 UA y avanzaba hacia el exterior del Sistema Solar, con velocidades del orden de 30–35 km/s, camino de la oscuridad interestelar.

El instrumento permitió separar, con una resolución extraordinaria, las emisiones de distintos átomos y moléculas en la coma del cometa: níquel (Ni), hierro (Fe), cianuro (CN), tri-carbono (C₃) y di-carbono (C₂). Restando el brillo circularmente simétrico alrededor del núcleo, los astrónomos pudieron aislar estructuras de jets y colas, distinguiendo en qué dirección se expulsa el material.

Lo que encontraron no fue una postal de manual, sino un mosaico de asimetrías: excesos de flujo en ciertas direcciones, déficits en la anti-cola orientada hacia el Sol, y patrones que hablan de una superficie heterogénea y de mecanismos de desgasificación más complejos de lo esperado. Para un objeto que viene de otra estrella, el mensaje es claro: no se limita a repetir la química ni la dinámica de nuestros cometas domésticos.

Un cóctel químico que no encaja en los manuales

Las observaciones previas al perihelio ya habían encendido las alarmas: el entorno de 3I/ATLAS mostraba un cociente Ni/Fe inusualmente alto a grandes distancias del Sol, muy por encima de lo medido en cometas del Sistema Solar o en el anterior visitante interestelar, 2I/Borisov.

El nuevo análisis post-perihelio va más allá y cuantifica esa evolución: el cociente Ni/Fe decrece aproximadamente con la distancia al Sol elevada a la potencia 1,15 ± 0,05. En términos sencillos: a medida que 3I/ATLAS se acerca al Sol, la proporción de níquel respecto al hierro se va “normalizando”. A distancias heliocéntricas mayores de 2,5 UA, el enriquecimiento en níquel era extremo; tras el paso cercano, su firma química se parece a la del cometa 9P/Tempel 1, un clásico del catálogo del Sistema Solar.

Este hecho revela algo profundo. O bien 3I/ATLAS tiene capas o reservorios de material químicamente distintos, que se activan a diferentes niveles de insolación, o bien la física de sublimación y transporte de metales volátiles en cometas interestelares es más rica –y más desconocida– de lo que asumíamos. En cualquier caso, la comparación con familias de cometas “de casa” (Jupiter-family, Halley-family, nuevos y procedentes directamente de la nube de Oort) sitúa a 3I/ATLAS como un auténtico outlier.

Jets, colas y un carbono que decide ir por libre

El mapa de emisiones ofrece otra sorpresa igual de llamativa. Una vez sustraído el brillo circularmente simétrico, aparecen jets alineados aproximadamente con la dirección anti-solar en níquel, hierro, cianuro y di-carbono. Es decir, lo esperable: el Sol calienta, el material se volatiliza y sale expulsado preferentemente en la dirección opuesta.

Pero el tri-carbono (C₃) se niega a obedecer. Su jet principal emerge a un ángulo distinto, desalineado tanto de la anti-cola solar como de los chorros trazados por las otras especies. En un mismo objeto, con una misma geometría de iluminación, diferentes moléculas parecen responder a distintas “ventanas” de actividad en la superficie o subsuperficie del cometa.

La consecuencia científica es clara: tenemos indicios de regiones activas con composiciones o estructuras internas muy diferentes, quizá controladas por fracturas, porosidad o por inclusiones ricas en ciertas moléculas de carbono. La imagen de un cometa como “bola de nieve sucia” homogénea hace tiempo que quedó atrás; 3I/ATLAS confirma que, al menos en el caso de algunos visitantes interestelares, hablamos más bien de puzzles geológicos y químicos en rotación.

Por qué importa el níquel: claves de otros sistemas planetarios

Más allá de la curiosidad espectroscópica, la anomalía del níquel tiene implicaciones de fondo. El cociente Ni/Fe es una pista directa sobre las condiciones de formación y la historia térmica del material. En nuestro Sistema Solar, la relación entre ambos metales está bien acotada en meteoritos, cometas y objetos del cinturón de asteroides, y se conecta con la condensación de granos en la nebulosa primigenia.

Que 3I/ATLAS muestre un Ni/Fe extremadamente elevado a >2,5 UA y luego converja hacia valores “terrestres” sugiere que el objeto podría haber preservado reservas de metales volátiles en regiones frías y profundas, expuestas por primera vez al calentamiento intenso de una estrella como el Sol. En la práctica, es como recibir muestras directas de la química de otro disco protoplanetario, sin tener que enviar una sonda.

Para la astrofísica de exoplanetas, este tipo de datos son oro puro: permiten contrastar modelos que até ahora solo podían calibrarse con nuestro sistema. Si resulta que 3I/ATLAS es típico de su población, podríamos estar ante un patrón químico común en los sistemas donde se forman cometas ricos en metales. Si, por el contrario, se confirma que es una rareza estadística, el interés no disminuye: estaríamos ante un ejemplar exótico que obliga a revisar los límites de lo posible.

Rubin y la llegada de una generación de visitantes interestelares

La rareza de 3I/ATLAS podría relativizarse pronto. El artículo apunta al papel decisivo del NSF–DOE Rubin Observatory, cuya puesta en marcha promete descubrir muchos más objetos interestelares antes de su perihelio. La clave no es solo encontrar más, sino hacerlo con suficiente antelación como para seguir su evolución química y dinámica desde grandes distancias hasta el máximo acercamiento.

Con cada nuevo visitante –otro “1I/’Oumuamua”, otro “2I/Borisov”, otros futuros 4I, 5I…– la estadística mejorará. ¿Es el enriquecimiento extremo en níquel de 3I/ATLAS una regla, una excepción o algo intermedio? ¿Son habituales las geometrías de jets “desobedientes” como la de C₃? ¿Comparten estos objetos patrones de actividad o cada uno responde a la historia específica de su sistema de origen?

Lo más grave sería que la comunidad científica desaprovechara esta oportunidad por falta de recursos, coordinación o flexibilidad institucional. Estamos, literalmente, recibiendo mensajeros de otros sistemas planetarios a un coste marginal frente al que supondría enviar misiones interestelares. El contraste entre la magnitud de la oportunidad y el relativo silencio presupuestario en torno a este campo empieza a ser difícil de justificar.

Ciencia, poesía y la nueva cultura de los objetos interestelares

El texto de Avi Loeb introduce, además, un giro poco habitual en artículos de alto contenido técnico: incluye dos poemas inspirados por 3I/ATLAS. En el primero, el cometa toma la palabra como si de una inteligencia artificial autoconsciente se tratase; en el segundo, una observadora humana responde, entre soledad cósmica y búsqueda de sentido.

“¿Soy el cometa o el relato que contáis sobre él?”, se pregunta la voz de 3I/ATLAS en uno de los versos. La réplica humana devuelve la pregunta: “¿Quién soy yo, ahora que se me ha respondido?”. Más allá de la licencia literaria, el intercambio revela algo relevante: estos objetos no solo son datos; se han convertido en símbolos culturales de nuestra propia incertidumbre.

La comunidad científica lleva décadas debatiendo cómo comunicar la frontera del conocimiento. En un entorno saturado de información y de desconfianza, combinar rigor observacional con narrativas que conecten con la experiencia humana puede ser una herramienta poderosa. Siempre que se mantenga una frontera clara entre lo medido y lo imaginado, el diálogo entre ciencia y poesía no debilita el mensaje: lo amplifica.

Lo que 3I/ATLAS nos devuelve cuando lo miramos

Al final, 3I/ATLAS es mucho más que un espectro exótico. Es un espejo incómodo. Desde un trozo de hielo y roca que cruza fugazmente nuestro cielo, emergen tres lecciones. La primera, científica: nuestros modelos de cometas y discos protoplanetarios son todavía incompletos, y cada visitante interestelar es una oportunidad de corregirlos. La segunda, institucional: el ritmo de descubrimiento va por delante del ritmo de inversión, y corremos el riesgo de mirar hacia otro lado mientras pasan ante nosotros bases de datos irrepetibles.

La tercera es, quizá, la más humana. La reacción de quienes han seguido la trayectoria de 3I/ATLAS –astrónomos, aficionados, poetas– muestra hasta qué punto seguimos proyectando en el cielo nuestras preguntas sobre identidad, soledad y propósito. Cuando alguien escribe que el cometa fue “hermoso no porque lo miramos, sino porque miró de vuelta”, está verbalizando algo que la ciencia no tiene por qué resolver, pero sí puede acompañar: la intuición de que somos, a la vez, observadores y parte del relato.

Mientras 3I/ATLAS se aleja hacia la oscuridad, sus datos espectrales, sus anomalías químicas y sus imágenes de jets torcidos quedarán archivados en servidores y revistas. Su impacto, sin embargo, seguirá orbitando entre laboratorios, presupuestos y almas. Quizá esa sea la verdadera producción de un cometa interestelar: no solo colas y líneas de emisión, sino una nueva forma de mirarnos al espejo del universo.