Ni raro ni pequeño: 3I/ATLAS sería un titán interestelar frente a ʻOumuamua
El objeto interestelar 3I/ATLAS vuelve a poner nervioso al consenso, pero esta vez no por su origen sino por su tamaño “real”. Un nuevo análisis calcula que su masa ronda un billón de kilos —cerca de mil millones de toneladas métricas— a partir de la aceleración no gravitatoria generada por su desgasificación.
La cifra sería, según el propio Avi Loeb, al menos cinco órdenes de magnitud por encima de la masa final atribuida a 1I/‘Oumuamua (≈ 10⁷ kg).
El problema no es la comparación, sino la consecuencia: si 3I/ATLAS es tan masivo, las probabilidades de detección y el inventario esperado de visitantes pequeños dejan de cuadrar. Y en astronomía, cuando el presupuesto estadístico no encaja, no es una anécdota: es una alarma.
La ecuación que pesa cometas sin tocarlos
El estudio firmado por Valentin Thoss, Avi Loeb y Andreas Burkert parte de una idea tan elegante como incómoda: medir la masa sin verla. Si el núcleo expulsa gas y polvo de manera asimétrica, sufre un empuje —un “cohete” microscópico— que altera ligeramente su trayectoria. Con esa desviación (aceleración no gravitatoria) y con la tasa de pérdida de masa, se puede despejar M. El método se apoya en un parámetro clave, ζ ≈ 0,5, que recoge cuán “dirigida” está la expulsión.
El resultado no es una cifra única, sino un rango robusto frente a modelos: (M/ζ) = 0,31–0,33 × 10¹² kg si domina el CO₂, y (M/ζ) = 1,68–1,75 × 10¹² kg si se incorpora un escenario conservador de agua.
Dicho en limpio: incluso con supuestos prudentes, hablamos de un objeto de escala industrial en términos humanos, impulsado por la física más simple: conservación del momento.
CO₂ contra agua: cuando la composición decide el tamaño
La batalla científica no está en si hay sublimación —la hay—, sino en qué domina el empuje. Si el motor principal es el CO₂, el trabajo sitúa el radio efectivo en R ≈ 0,42 km (diámetro 0,84 km) asumiendo densidad 0,5 g/cm³.
Si el agua contribuye de forma relevante, el tamaño sube: R ≈ 0,74 km (diámetro 1,48 km) en el modelo más conservador (B), y R ≈ 1,15 km (diámetro 2,3 km) en el modelo alto (A).
Pero aquí llega el corte quirúrgico: el estudio descarta la “solución fácil” de inflar el agua. La hipótesis de sublimación extrema —hasta 10 toneladas por segundo desde la superficie— exigiría un área activa incompatible con el empuje observado.
“La magnitud de la aceleración no gravitatoria puede estimarse con bastante robustez y hay una preferencia estadística por un modelo dominado por CO₂”.
Hubble, el dato que no encaja del todo
La tensión principal no es con un blog o una intuición, sino con el telescopio más incómodo de discutir: Hubble. Un trabajo basado en observaciones de finales de 2025 y enero de 2026 reportó una extracción del núcleo y una estimación de radio efectivo R = 1,3 ± 0,2 km bajo supuestos de albedo cometario.
El nuevo paper sugiere que esa cifra puede estar sesgada si la coma aporta más brillo del que se ha descontado o si las tasas de producción empleadas sobreestiman el papel del agua. En su resumen, los autores van al hueso: para reconciliar un núcleo pequeño (CO₂-dominante) con Hubble, habría que asumir que la producción de CO₂ estuvo subestimada casi un orden de magnitud.
La consecuencia es clara: no sabemos aún “cuánto” núcleo hay detrás del espectáculo. Y esa incertidumbre contamina la discusión más ambiciosa: cuántos objetos como este circulan por el vecindario solar sin ser vistos.
El efecto dominó: por qué la estadística se vuelve sospechosa
Loeb plantea el golpe de efecto: si 3I/ATLAS es ≥100.000 veces más masivo que ‘Oumuamua, y si la población de objetos interestelares siguiera una distribución de tamaños similar a la de cometas y asteroides del Sistema Solar, deberíamos haber detectado al menos cien mil cuerpos del tamaño de ‘Oumuamua antes de toparnos con uno como 3I/ATLAS.
Ese argumento no prueba nada por sí solo, pero sí obliga a elegir qué estamos subestimando: ¿la eficiencia de detección de objetos pequeños, el sesgo observacional (coma, brillo, geometría), o la propia distribución de masas de los visitantes interestelares?
Aquí es donde el debate se vuelve incómodo y fértil. Porque 3I/ATLAS no llega “desnudo” como ‘Oumuamua: llega con actividad, gas, modelos de producción, incertidumbres. Y, paradójicamente, ese “ruido” facilita estimar empujes… pero complica extraer tamaño real. El resultado es un choque entre dos contabilidades: la del telescopio (fotometría) y la de la dinámica (aceleración).
Una solución por eliminación
El trabajo no cierra el caso; lo ordena. Si se refina la curva de producción de H₂O y CO₂ (mejor calibración, aperturas comparables, más series temporales) se estrechará el rango de masa. Si, además, se revisa el papel de los granos helados en la coma —agua que no sale del núcleo, pero sí “cuenta” en las mediciones—, puede reducirse la necesidad de un núcleo grande.
El escenario más plausible, por ahora, es intermedio: ni un “canto rodado” sobredimensionado por la coma, ni un núcleo gigantesco disfrazado de actividad. Un cuerpo de 0,8 a 1,5 km de diámetro encaja mejor con el equilibrio entre empuje y superficie activa, aunque la cifra de Hubble siga imponiendo prudencia.
Y queda la pregunta de fondo —la que Loeb deja caer con intención—: si la estadística no cuadra, quizá no estamos viendo una rareza, sino el primer dato sólido de que la población interestelar es distinta de la que proyectábamos desde nuestro propio Sistema Solar.