El aviso "alienígena" que ya estresa a la City y a Bitcoin, pero que llega un día de vacaciones en wall street
En menos de 24 horas, una carta enviada por Helen McCaw, exanalista sénior de seguridad financiera del Banco de Inglaterra, ha saltado de los despachos de la City a los titulares globales y a los hilos más virales de X. La economista, que trabajó diez años en el banco central hasta 2012, advierte de que una confirmación oficial de inteligencia extraterrestre podría desencadenar no solo pánico social, sino un auténtico shock sistémico en los mercados.
Su tesis es incómoda: el problema no serían los aliens, sino los humanos. Más concretamente, la reacción psicológica y financiera a un anuncio que dinamitaría creencias arraigadas y modelos de valoración. McCaw habla de “shock ontológico” y lo traduce en términos muy concretos: carreras bancarias, desplome de activos tradicionales y un giro abrupto hacia refugios alternativos, desde el oro hasta Bitcoin.
Mientras el Banco de Inglaterra se limita a un elocuente “sin comentarios”, el aviso ha sido amplificado por medios financieros, portales cripto y plataformas de predicción, que ya asignan hasta un 13 % de probabilidad a una confirmación de vida inteligente antes de 2027. La consecuencia es clara: el debate sobre aliens ha salido de los foros conspirativos y ha entrado en los comités de riesgo.
Del informe discreto al fenómeno viral
Lo que arranca como una carta técnica dirigida a Andrew Bailey, gobernador del Banco de Inglaterra, se ha convertido en un fenómeno mediático de escala global. En su misiva, McCaw insta a la institución a elaborar planes de contingencia específicos ante un anuncio de la Casa Blanca o de una agencia internacional que confirme la existencia de una “inteligencia no humana tecnológicamente avanzada”.
El contenido ha sido filtrado y reinterpretado por medios generalistas, revistas de negocios y portales cripto, generando un efecto dominó. En cuestión de horas, la idea de que un banco central serio esté discutiendo un escenario “alienígena” ha desatado una mezcla de ironía, inquietud y curiosidad. Algunos usuarios se burlan del supuesto “pánico extraterrestre”. Otros señalan que, si se modelizan pandemias, ciberataques o guerras nucleares, no resulta tan descabellado incluir un evento de baja probabilidad pero impacto extremo.
El silencio del propio Banco de Inglaterra añade una capa de ambigüedad. Al no desmentir ni matizar el contenido de la carta, la institución permite que el debate se desarrolle fuera de su control, en un terreno donde las redes sociales imponen su lógica de simplificación y dramatización. El resultado es un fenómeno híbrido: un riesgo tratado a la vez como meme y como hipótesis seria de estrés financiero.
Qué teme exactamente Helen McCaw
Más allá de los titulares fáciles, el diagnóstico de McCaw es sorprendentemente preciso. En su análisis, distingue entre el evento físico (la existencia de inteligencia extraterrestre) y el evento informativo (la confirmación oficial y creíble de ese hecho). Para los mercados, lo relevante no es que haya vida ahí fuera, sino que los gobiernos, los científicos y los medios lo certifiquen de manera coordinada.
Según la exanalista, un anuncio de este tipo podría desencadenar:
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extrema volatilidad de precios por euforia o catastrofismo,
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colapso de confianza en la capacidad de los gobiernos para proteger a la población,
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corridas de depósitos si los ahorradores temen cambios radicales en el orden económico,
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y un bloqueo temporal de mercados si los agentes no saben cómo valorar activos bajo el nuevo paradigma.
McCaw subraya un matiz clave: “no es necesario que exista una amenaza directa para que se produzca el shock”. Basta con que los inversores perciban que sus modelos mentales han quedado obsoletos de un día para otro. En ese vacío de referencias, cualquier rumor puede amplificarse y cualquier activo percibido como refugio puede sufrir movimientos extremos, al alza o a la baja.
El “shock ontológico” como riesgo financiero extremo
El concepto de “shock ontológico” —un golpe a la manera en que entendemos la realidad— ha saltado de la filosofía y la psicología a la jerga de la gestión de riesgos. McCaw lo introduce para describir una situación en la que la confianza básica en instituciones, reglas y futuros previsibles se resquebraja.
La premisa es sencilla: los mercados financieros descansan sobre una ficción compartida de continuidad. Se asume que mañana seguirá existiendo un sistema similar al de hoy, con Estados soberanos, bancos centrales, marcos legales reconocibles y una lógica de incentivos más o menos estable. Un anuncio que implique reconocer la existencia de una inteligencia no humana más avanzada que cualquier gobierno cuestionaría esa continuidad.
Las consecuencias que describe la exanalista son escalonadas:
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Fase de pánico: ventas masivas, huida a liquidez, estrés en el sistema bancario, repunte de la volatilidad a niveles inéditos.
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Fase de recomposición: búsqueda de nuevos “anclajes” de valor, reordenación de carteras, revisión de modelos macro y de riesgo.
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Fase de nuevo equilibrio: emergencia de criterios distintos para valorar activos, donde el control sobre tecnologías avanzadas, la resiliencia y la autonomía energética podrían valer más que el PIB tradicional.
En otras palabras, McCaw sugiere que no hace falta un platillo volante sobre Londres para que tiemblen los mercados. Basta con un comunicado creíble que obligue a recalibrar qué es seguro, qué es escaso y qué es realmente valioso.
Oro, bonos… y Bitcoin: la carrera hacia los refugios
Una de las novedades de esta actualización del debate es la rápida apropiación del relato por parte del ecosistema cripto. Artículos, análisis y hilos de X han extrapolado las tesis de McCaw para dibujar un escenario en el que Bitcoin emerge como “tabla de salvación” frente a la erosión de confianza en monedas soberanas y bancos.
El esquema que plantean muchos analistas sigue una lógica en dos tiempos:
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En el corto plazo, un anuncio de este tipo sería un shock de incertidumbre pura. Los activos de riesgo, incluidas las criptomonedas, podrían desplomarse junto con la renta variable.
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En un horizonte de meses o años, si la confianza en gobiernos y bancos centrales se deteriora, los activos percibidos como descentralizados y escasos —Bitcoin con su límite de 21 millones de unidades, por ejemplo— podrían ganar peso como reserva de valor alternativa.
McCaw no hace apología de ningún activo concreto, pero sí apunta a un patrón: una primera rotación hacia oro, bonos soberanos de máxima calidad y liquidez, seguida de un cuestionamiento incluso del estatus del oro si se generalizan escenarios como la minería espacial. En ese contexto, los criptoactivos se presentan como candidatos a ocupar parte del espacio de refugio, con todos sus riesgos y volatilidad.
Que plataformas de predicción como Polymarket asignen ya un 13 % de probabilidad a una confirmación de vida inteligente antes de 2027 no significa que el evento sea inminente, pero sí que un segmento del mercado está dispuesto a poner dinero sobre la mesa para cubrir ese riesgo extremo.
Un sistema preparado para crisis conocidas, no para shocks de realidad
La advertencia de McCaw deja en evidencia una limitación estructural de los marcos actuales de supervisión: se modelizan bien las crisis que se parecen a las del pasado —quiebras bancarias, burbujas inmobiliarias, crisis de deuda, pandemias—, pero se ignoran en gran medida los eventos que cuestionan la arquitectura básica del sistema.
Los test de estrés del Banco de Inglaterra, del BCE o de la Reserva Federal exploran escenarios de recesión, subidas de tipos, caídas bursátiles o shocks de crédito. Muy pocos contemplan cambios abruptos en la percepción de legitimidad de las instituciones o en la jerarquía de los Estados. Un evento de “divulgación alienígena” sería el ejemplo extremo, pero no el único: determinadas innovaciones tecnológicas radicales o descubrimientos científicos podrían tener efectos similares.
Lo más grave es que prepararse no exige creer al 100 % en la inminencia del evento, sino aceptar que el coste de no hacerlo, si finalmente ocurre, sería inasumible. Se trata de la lógica clásica de los riesgos de cola: baja probabilidad, impacto enorme. En teoría económica se acepta para terremotos financieros o colapsos de divisas; McCaw propone extenderla a un “shock ontológico”.
Qué debería hacer un banco central… si se toma esto "en serio"
La carta de McCaw no se limita a sembrar alarma: sugiere medidas concretas. Entre ellas, destacan varias líneas de actuación que podrían generalizarse a otros bancos centrales:
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Escenarios específicos de estrés: incorporar al menos un supuesto de “shock informativo extremo” en los ejercicios internos, donde se modelice una pérdida súbita de confianza en instituciones y monedas.
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Planes de liquidez de emergencia ampliados: prever mecanismos para sostener el sistema de pagos y evitar corridas bancarias coordinando a bancos comerciales, bancos centrales y gobiernos.
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Protocolos de comunicación conjunta: diseñar, junto a autoridades científicas y políticas, una hoja de ruta sobre qué se dice, cómo y cuándo, en las primeras 24–72 horas tras un anuncio de este tipo.
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Monitorización del ecosistema cripto y de activos alternativos: no para prohibirlos, sino para anticipar movimientos bruscos de flujos que puedan amplificar la inestabilidad.
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Formación y sensibilización interna: que los propios equipos de riesgo y de política monetaria entiendan el concepto de shock ontológico y sus posibles canales de transmisión a la economía real.
En resumen, la exanalista está diciendo a la élite financiera global algo incómodo: “No hace falta que crean en aliens; basta con que se preparen para la reacción del mundo si un día los confirman”.