Helen McCaw, exanalista senior del Banco de Inglaterra

Dow Jones y Atlas 3i ante: ¿Una crisis financiera global por la llegada de extraterrestres? la alerta de un ex-analista del Banco de Inglaterra

Dow Jones y Atlas 3i ante un shock extraterrestre

Una exanalista del Banco de Inglaterra alerta de que la confirmación oficial de vida alienígena podría desencadenar corridas bancarias, colapso de activos y un “reset” financiero global

La escena parece sacada de una película, pero la advertencia que pone un ex-analista en la mesa. Helen McCaw, exanalista senior del Banco de Inglaterra, plantea uno de los escenarios más extremos que puede imaginar la economía moderna: ¿qué ocurriría si los gobiernos confirmaran oficialmente la existencia de vida extraterrestre tecnológicamente avanzada? Su respuesta es tajante: el sistema financiero mundial no está preparado para un shock ontológico de ese calibre. La simple pérdida de certezas podría traducirse en desplomes súbitos de los mercados, corridas bancarias y disrupciones masivas en los sistemas de pago. En un momento en el que la estabilidad ya está erosionada por la deuda, la geopolítica y la desconfianza social, McCaw reclama algo incómodo para las autoridades: planes de contingencia para lo aparentemente imposible. Porque, como advierte:

 “la confianza es el activo más frágil del sistema”, y nadie ha testado qué ocurre cuando se tambalea la propia idea de humanidad.

Una hipótesis límite con efectos muy reales

McCaw no plantea un guion de ciencia ficción por capricho. Lo que propone es incorporar a los manuales de gestión de riesgos un escenario que, aunque remoto, no puede descartarse al 100%: un anuncio coordinado de gobiernos y agencias espaciales confirmando vida inteligente y tecnológicamente superior fuera de la Tierra. Su tesis es que, en las primeras 48-72 horas, el efecto psicológico sería demoledor para cualquier sistema basado en expectativas, desde la Bolsa hasta los bonos soberanos.

En sus simulaciones, un anuncio de este tipo podría provocar caídas iniciales superiores al 20% en los principales índices bursátiles, con picos de volatilidad superiores a los de 2008 o la pandemia. El problema no sería solo el tamaño del desplome, sino su origen: no respondería a datos económicos, sino a un shock de percepción sobre el futuro de la especie. Eso lo hace mucho más difícil de gestionar para bancos centrales acostumbrados a calibrar tipos, liquidez o forward guidance, pero no miedos existenciales.

«Un sistema construido sobre la premisa de que el ser humano es el único agente racional relevante se queda sin ancla si de repente hay otro mucho más avanzado», resume la exanalista. La consecuencia inmediata es una: la confianza se convierte en un bien escasísimo.

El pilar invisible: la confianza como activo sistémico

Lo que distingue el escenario de McCaw de otras crisis es la naturaleza del daño. En una recesión clásica, el problema son los flujos de ingresos, el empleo o la solvencia. En un shock extraterrestre, la herida se abre en el nivel más profundo: la confianza básica en la continuidad del marco conocido. Y sin confianza, recuerda la economista, ningún balance aguanta.

Los últimos cien años ofrecen ejemplos concluyentes: cuando el miedo supera cierto umbral, ninguna cifra tranquilizadora detiene una corrida bancaria. En la Gran Depresión, bastó el temor al cierre de entidades para que millones de depositantes exigieran su dinero en efectivo. En 2008, la quiebra de Lehman desencadenó un congelamiento del mercado interbancario, aunque la mayoría de bancos seguían siendo solventes sobre el papel. En ambos casos, el detonante fue humano, predecible y, en cierta medida, acotable.

Ahora, McCaw pide dar un paso más: ¿qué ocurre cuando el miedo no se dirige a una entidad concreta, sino a la propia idea de que las reglas del juego puedan cambiar de manos? En ese contexto, el argumento de “normalidad” pierde poder. Los comunicados de los bancos centrales, los compromisos de liquidez ilimitada o las garantías de los gobiernos pierden efectividad si una parte de la población interpreta que las estructuras humanas dejan de ser el marco último de referencia.

Liquidez y riesgo de “reset” financiero

Uno de los puntos más delicados del análisis de McCaw es el referido al sistema bancario. En un escenario extremo, estima que entre un 5% y un 10% de los depósitos minoristas podrían intentar convertirse en efectivo o activos físicos en cuestión de días. No es una cifra aleatoria: basta con que uno de cada diez clientes intente retirar todo su dinero para que las reservas de liquidez de la mayoría de bancos queden bajo presión inmediata.

La exanalista advierte de que ni siquiera los esquemas de garantía de depósitos están diseñados para un shock de esta naturaleza. «Los fondos de garantía están calculados para cubrir quiebras puntuales, no una desconfianza simultánea en todo el sistema», señala. El resultado podría ser una carrera por la liquidez en la que los bancos centrales se vean obligados a inyectar cantidades sin precedentes de dinero de emergencia, superando ampliamente los programas activados en 2008 o durante la pandemia.

Ese torrente de liquidez, sin embargo, no garantizaría la estabilidad. Si los agentes interpretan que el sistema solo se sostiene mediante una expansión monetaria ilimitada, el siguiente eslabón en caer sería la confianza en las divisas fiduciarias, con riesgos de inflación desbocada o huida hacia activos no emitidos por Estados, desde metales preciosos hasta criptomonedas. Es, en palabras de McCaw, el riesgo último de un “reset financiero desordenado”.

Helen McCaw en Linkedin

Del pánico social al fallo de los sistemas de pago

Más allá de los balances, la exanalista pone el foco en la operatividad diaria. Un pánico de esta naturaleza no se parece a una tormenta financiera clásica. Puede haber disturbios civiles, interrupciones en el transporte, ciberataques oportunistas y fallos en infraestructuras críticas. En ese contexto, la continuidad de los sistemas de pago —tarjetas, transferencias, compensación entre bancos— pasa a ser una preocupación central.

McCaw plantea escenarios en los que el uso de efectivo aumenta un 50%-70% en cuestión de días, saturando cajeros y redes de distribución. Al mismo tiempo, cualquier incidencia técnica en plataformas de pago puede interpretarse como prueba de un colapso mayor, alimentando el círculo vicioso.

«Imaginemos un lunes en el que millones de personas intentan sacar efectivo a la vez y, además, las redes de tarjetas sufren retrasos por sobrecarga. El salto del miedo razonable al pánico colectivo se da en horas», advierte.

El impacto económico de un bloqueo parcial de pagos sería inmediato: comercio minorista paralizado, cadenas de suministro rotas, salarios que no llegan, empresas incapaces de pagar a proveedores. Por eso, la economista insiste en que la resiliencia de la infraestructura de pagos debe ser tan prioritaria como la solvencia bancaria en cualquier plan de contingencia.

Cómo debería prepararse un banco central

La propuesta más controvertida de McCaw es su llamamiento explícito al gobernador del Banco de Inglaterra, Andrew Bailey, para que incorpore este tipo de escenarios a los ejercicios de planificación. No se trata, dice, de organizar ruedas de prensa sobre alienígenas, sino de diseñar protocolos internos para el caso de un anuncio extraordinario por parte de gobiernos o agencias científicas.

Entre las medidas que sugiere figuran simulacros de liquidez extrema, pruebas de resistencia de los sistemas de pago a picos de demanda inusuales y protocolos de comunicación coordinados con el Tesoro, el Gobierno y otros bancos centrales. La clave, insiste, es que las primeras 24 horas de respuesta pueden marcar la diferencia entre un susto manejable y una crisis sistémica.

«Si esperamos a improvisar cuando llegue un anuncio de esa magnitud, habremos perdido desde el primer minuto», resume. La idea es incómoda para instituciones que ya lidian con inflación, deuda, digitalización y transición energética. Pero el argumento de fondo es sencillo: los bancos centrales existen para gestionar riesgos de cola, no solo los que ya están en el discurso público.

La advertencia no se dirige solo a las autoridades. McCaw sugiere que las entidades financieras revisen hasta qué punto sus planes de continuidad de negocio contemplan escenarios de pánico social generalizado, no solo de fallos técnicos o desastres naturales. Desde la capacidad de operar con plantillas reducidas hasta la posibilidad de activar redes alternativas de atención al cliente, muchas piezas podrían ponerse a prueba en un contexto asimétrico.

Para los inversores. Por un lado, recordar que no todo riesgo relevante es económico en sentido estrecho: la estabilidad política, social y hasta filosófica influye en el valor de los activos. Por otro, asumir que una cartera verdaderamente diversificada debe contemplar activos con correlación baja frente a shocks existenciales, desde ciertos tipos de deuda soberana de máxima calidad hasta oro físico o estrategias descorrelacionadas.

La economista no anima a construir carteras basadas en "invasiones alienígenas", pero sí a aceptar que el mundo real puede sorprender más que cualquier modelo. Y que, cuando eso ocurra, los inversores que solo han preparado sus posiciones para crisis “convencionales” estarán peor situados.

Aunque no existan precedentes de un anuncio oficial de vida extraterrestre, la historia económica ofrece analogías útiles. La reacción a los atentados del 11-S, a la quiebra de Lehman Brothers o al inicio de la pandemia de COVID-19 demuestra que los mercados pueden sobrerreaccionar a eventos inesperados, para luego reequilibrarse a medida que llega información y se articulan respuestas políticas.

La diferencia, insiste McCaw, es que en esos casos el marco de referencia humano no se veía cuestionado. El enemigo era identificable: un grupo terrorista, un banco concreto, un virus. «Un anuncio de vida inteligente superior no es solo un shock de riesgo, es un shock de sentido», apunta. Eso no significa que el capitalismo desapareciera de la noche a la mañana, pero sí que la prima de riesgo estructural de muchas inversiones podría revalorizarse durante años.