Europa en alerta por maniobras sospechosas de satélites rusos cerca de sus activos espaciales
En las últimas semanas, la Unión Europea ha confirmado la presencia de satélites rusos que han ejecutado maniobras de aproximación extrema respecto a activos espaciales europeos, hasta el punto de que los servicios de inteligencia comunitarios sospechan que han llegado a interceptar comunicaciones de al menos una docena de satélites estratégicos. Los vehículos conocidos como inspectores —entre ellos Luch-1 y Luch-2— habrían llegado a situarse durante semanas en órbitas muy próximas a satélites comerciales, gubernamentales e incluso vinculados a la OTAN, con capacidad potencial para captar datos no cifrados e incluso señales de mando y control de plataformas más antiguas. Desde su lanzamiento en 2023, Luch-2 se habría aproximado a al menos 17 satélites europeos, según el seguimiento independiente de trayectorias. Bruselas ve en estas maniobras algo más que una exhibición técnica: un ensayo general de guerra híbrida en el espacio. El mensaje que se lee en las capitales europeas es incómodo pero inequívoco: la autonomía tecnológica y la seguridad económica del continente dependen ya de lo que ocurra a 36.000 kilómetros de altura. Y el margen de reacción es corto.
Maniobras de proximidad que ya no son un juego
En la jerga militar se habla de operaciones de proximidad en órbita. Sobre el papel, se trata de maniobras destinadas a inspeccionar otros satélites o a probar tecnologías de servicio en órbita. En la práctica, cuando quien se acerca es un aparato ruso sobre un satélite europeo de comunicaciones, la lectura cambia por completo.
Según informes manejados por agencias europeas, los satélites de la serie Luch han repetido el mismo patrón: acercamiento gradual, estabilización a pocos kilómetros de distancia orbital y permanencia durante semanas en esa posición, lo que permite una observación sostenida de la plataforma objetivo. Algunos de estos satélites dan servicio a gobiernos, operadores de televisión y redes de datos críticas en Europa, África y Oriente Medio.
El riesgo no se limita a la escucha pasiva. Al operar tan cerca, un satélite inspector puede tratar de captar telemetrías y comandos no cifrados de sistemas antiguos, información que después podría reutilizarse para enviar órdenes falsas, alterar la orientación de un satélite o, en el peor escenario, provocar una colisión controlada. Lo que hasta hace poco se consideraba ciencia ficción forma hoy parte del catálogo real de capacidades.
Vulnerabilidad de las comunicaciones y de la economía europea
La UE no solo se juega información militar. La infraestructura orbital sostiene buena parte de la vida económica del continente. Más del 90% del tráfico financiero internacional depende de la sincronización precisa que proporcionan los sistemas de navegación por satélite; la gestión del tráfico aéreo, la logística portuaria, las redes eléctricas inteligentes o los servicios de emergencia descansan sobre un entramado de plataformas de telecomunicaciones y observación terrestre.
Los informes filtrados apuntan a que al menos una docena de satélites europeos de alto valor habrían sido objeto de estas maniobras de proximidad, con riesgo de que se hayan captado comunicaciones sensibles, incluidos enlaces de mando de vehículos más antiguos y señales utilizadas para coordinar operaciones militares y de inteligencia.
La consecuencia es clara: cualquier interferencia deliberada podría traducirse, en cuestión de minutos, en problemas de conectividad, fallos de posicionamiento o interrupciones en servicios esenciales. Un ataque quirúrgico contra un puñado de nodos críticos bastaría para generar daños económicos de miles de millones de euros y un impacto político inmediato.
En Bruselas comienza a calar la idea de que la resiliencia ya no consiste solo en diversificar proveedores en tierra, sino en proteger las órbitas desde las que se irradian los servicios que sostienen el mercado único. El espacio ha pasado de ser un “nice to have” tecnológico a un pilar de la soberanía europea.
La voz de Kubilius y el giro hacia la defensa del espacio
El comisario europeo de Defensa y Espacio, Andrius Kubilius, ha convertido estas amenazas en uno de los ejes de su mandato. En sus últimas intervenciones públicas, el lituano ha insistido en que Europa necesita tanto “Space for Defence como “Defence of Space”: usar el espacio para reforzar su seguridad, pero también proteger sus activos orbitales frente a agresiones externas.
Kubilius ha subrayado que la UE opera ya en un entorno geopolítico “profundamente cambiado”, en el que el espacio se ha consolidado como dominio estratégico al mismo nivel que el ciberespacio o el mar. De ahí su defensa de un enfoque de “big bang” para la política espacial europea, con más inversión, más integración industrial y reglas comunes que permitan reaccionar con rapidez.
En paralelo, varios eurodiputados han registrado preguntas escritas a la Comisión sobre las maniobras de proximidad rusas, reclamando explicaciones sobre posibles interceptaciones de comunicaciones y planes concretos para reforzar el cifrado, la monitorización de órbitas y los protocolos de respuesta coordinada entre Estados miembros.
El diagnóstico es inequívoco: sin una política espacial de seguridad y defensa, los satélites europeos seguirán siendo objetivos fáciles en un escenario de confrontación con Moscú.
Fragmentación industrial: el talón de Aquiles de la autonomía espacial
Lo más grave, a juicio de Bruselas, es que esta vulnerabilidad se asienta sobre una debilidad estructural: la fragmentación de la industria espacial europea. El propio Kubilius ha advertido de que, mientras Estados Unidos o China actúan con grandes campeones integrados, la UE reparte sus capacidades entre múltiples actores nacionales, con solapamientos, costes elevados y decisiones de inversión lentas.
Esta dispersión se traduce en lagunas críticas. La UE ha dependido durante años de lanzadores de terceros países —incluida Rusia, vía Soyuz— para poner en órbita parte de sus satélites. A ello se suman los retrasos en el despliegue de nuevas generaciones de cohetes europeos y la ausencia, hasta ahora, de una Ley Espacial europea que unifique criterios de seguridad, tráfico espacial y protección de infraestructuras.
El contraste con otras potencias resulta demoledor: mientras Washington dispone de un marco legal consolidado y un ecosistema de empresas privadas con contratos masivos de defensa, Europa se debate aún entre licitaciones fragmentadas, presupuestos limitados y programas que tardan años en madurar.
Este hecho revela una paradoja incómoda: el continente que presume de su liderazgo en regulación digital llega tarde a fijar las reglas de juego en el dominio orbital, justo cuando sus rivales están dispuestos a utilizarlo como campo de presión estratégica.
Nuevos satélites militares y constelaciones seguras: el siguiente paso
La respuesta empieza a tomar forma. La Comisión Europea estudia la creación de una nueva constelación de satélites de inteligencia militar para reducir la dependencia de Estados Unidos, reforzar la detección de amenazas y coordinar operaciones sobre el terreno. El sistema, en órbita baja, complementaría a programas ya consolidados como Galileo y Copernicus, y se apoyaría en capacidades de observación casi en tiempo real.
En paralelo, el proyecto IRIS², la futura constelación europea de comunicaciones seguras, se ha convertido en otra pieza central de la estrategia. Su objetivo es ofrecer enlaces cifrados de alta capacidad para gobiernos, fuerzas armadas y servicios críticos, reduciendo la exposición a interferencias o escuchas desde plataformas enemigas.
Bruselas ha puesto sobre la mesa instrumentos financieros de gran tamaño: el último plan de defensa contempla hasta 150.000 millones de euros en préstamos y recursos adicionales bajo reglas fiscales más flexibles, con la condición de que se utilicen para reforzar la base industrial europea y reducir la dependencia de proveedores externos.
El reto, una vez más, será la ejecución. Sin plazos claros, gobernanza robusta y contratos a largo plazo, el riesgo es que estas iniciativas queden como declaraciones de intenciones mientras otros actores avanzan más deprisa.
De socio de lanzamientos a adversario orbital
La tensión actual con Rusia tiene un componente simbólico: durante años, Moscú fue un socio clave en el acceso europeo al espacio. Lanzadores Soyuz despegaron desde la Guayana Francesa para colocar en órbita satélites de Galileo, hasta que en 2014 un fallo de trayectoria dejó inutilizadas dos de estas plataformas y encendió las primeras alarmas.
La invasión de Ucrania en 2022 y la ruptura política posterior cerraron definitivamente esa etapa. Desde entonces, el Kremlin ha acelerado el desarrollo de capacidades espaciales militares, desde satélites de reconocimiento hasta sistemas antisatélite, en paralelo a pruebas de ciberataques e interferencias de señal contra infraestructuras occidentales.
Hoy, los mismos cohetes y tecnologías que antes servían para lanzar misiones conjuntas con Europa se ponen al servicio de una estrategia de presión. El espacio se ha convertido en un espejo de la relación política: de la cooperación pragmática a la confrontación abierta.
Para la UE, la lección es clara: la autonomía estratégica no puede construirse sobre activos críticos controlados por un actor que ya se comporta como adversario. El giro hacia lanzadores propios y constelaciones seguras es tanto una necesidad técnica como una decisión geopolítica.