Ocho muertos y 82 desaparecidos en el último alud de Java
Al menos ocho personas han muerto y 82 siguen desaparecidas después de que una avalancha de barro arrasara de madrugada dos aldeas en el distrito de West Bandung, en la provincia indonesia de West Java. El alud, desencadenado tras varios días de lluvias torrenciales y desbordamientos de ríos, sepultó unas 30 viviendas mientras sus habitantes dormían. Los equipos de rescate luchan contra el tiempo y contra un terreno inestable, con la búsqueda interrumpida una y otra vez por nuevos chubascos y riesgo de más deslizamientos. Indonesia, que registra miles de inundaciones y corrimientos de tierras cada década, vuelve así a revivir un patrón ya conocido: lluvias cada vez más extremas sobre un territorio deforestado y urbanizado sin freno. La incógnita ahora es si esta tragedia servirá para cambiar un modelo de desarrollo que, en la práctica, sigue empujando a millones de personas a vivir en la ladera del riesgo.
Un pueblo sepultado de madrugada
El corrimiento de tierras golpeó Pasir Langu, en el subdistrito de Cisarua (West Bandung), entre las dos y las tres de la mañana del sábado, cuando la mayoría de los vecinos dormía. El agua y el barro bajaron con tal fuerza desde las laderas del monte Burangrang que arrastraron árboles, rocas y tejados enteros. En cuestión de minutos, una franja de casas quedó literalmente borrada del mapa.
Los primeros datos oficiales hablan de ocho fallecidos confirmados, más de 80 desaparecidos y al menos treinta viviendas destruidas o gravemente dañadas. Veintenas de personas lograron escapar a tiempo o fueron rescatadas entre el lodo por equipos de emergencia y vecinos. “No es solo un deslizamiento: es como si la montaña hubiera caído entera sobre el pueblo”, describen los testimonios recogidos por medios locales.
Las autoridades han ordenado evacuar un perímetro de 100 metros alrededor de la zona del alud ante el riesgo de nuevos derrumbes, mientras maquinaria pesada y perros de rescate trabajan en turnos continuos. Sin embargo, la combinación de lluvia persistente, niebla y cortes de energía ha obligado a interrumpir varias veces las tareas de búsqueda. Cada hora perdida reduce drásticamente las probabilidades de encontrar supervivientes.
Lluvias extremas y una geografía al límite
Indonesia vive estos meses su temporada de lluvias, que se extiende aproximadamente de octubre a abril. En Java, la isla más poblada del país, los episodios de precipitaciones intensas se han vuelto más frecuentes y concentrados en menos días, lo que dispara el riesgo de inundaciones repentinas y corrimientos de tierras.
Los datos oficiales de desastres (DIBI) recogen que, solo entre 2013 y 2022, Java y Bali registraron más de 4.000 inundaciones y cerca de 6.000 deslizamientos de tierra, una media de casi tres episodios graves al día a escala regional. Este hecho revela que lo ocurrido en West Bandung no es una anomalía, sino la expresión más dramática de una tendencia estructural.
La geografía tampoco ayuda. Con una orografía montañosa, suelos volcánicos inestables y una densidad de población que supera en algunas zonas los 1.500 habitantes por kilómetro cuadrado, Java combina todos los ingredientes del riesgo. En muchas regiones, la línea entre la ladera cultivada, la casa y el cauce del río se mide en metros. Cuando una tormenta descarga en pocas horas lo que antes caía en una semana, esa franja mínima se convierte en zona cero.
La consecuencia es clara: sin cambios profundos en la planificación del territorio y en la gestión de cuencas, cada temporada de lluvias seguirá escribiendo su propia lista de muertos.
Deforestación y obras en ladera: el cóctel perfecto
El factor humano multiplica el impacto de la lluvia. En la propia regencia de West Bandung, la Agencia Nacional de Gestión de Desastres (BNPB) ya advirtió en 2024 de que la conversión de bosques en tierras agrícolas en la cima de varias colinas había agravado otro gran deslizamiento que dañó cientos de viviendas. Las imágenes por satélite mostraban cómo el bosque denso había sido sustituido por cultivos y terrazas en pendientes muy pronunciadas.
En términos técnicos, la pérdida de vegetación reduce la capacidad del suelo para absorber agua y elimina las raíces que actúan como “costuras” del terreno. Estudios recientes sobre Indonesia demuestran que los cambios de uso del suelo —deforestación, expansión de cultivos comerciales, urbanización rápida— incrementan el escorrentía superficial y el riesgo de deslizamientos incluso con lluvias similares a las de hace una década.
El diagnóstico es inequívoco: mientras el país ha avanzado en carreteras, presas y proyectos mineros, la ingeniería básica de protección —reforestación en cabeceras de cuenca, muros de contención, drenajes adecuados— sigue infradotada. En muchas aldeas, el único “sistema de defensa” es un talud de tierra y unos sacos de arena levantados por los propios vecinos.
Lo más grave es que estas decisiones no son abstractas: cada permiso para talar una ladera o levantar una urbanización sin estudio geotécnico se traduce, años después, en un barrio entero bajo el barro.
Un patrón que se repite en todo el archipiélago
El desastre de West Bandung llega apenas dos meses después de las inundaciones y deslizamientos masivos en Sumatra que dejaron alrededor de 1.000 muertos, más de un millón de desplazados y daños estimados en más de 4.000 millones de dólares. En esa ocasión, la combinación de lluvias extremas y deforestación a gran escala en cuencas críticas llevó a la evacuación forzosa de pueblos enteros.
El contraste con otras regiones resulta demoledor. Países con niveles de renta similares han logrado reducir de forma notable la mortalidad por desastres hidrometeorológicos mediante una mezcla de reforestación, reubicación de poblaciones en zonas seguras y sistemas de alerta y evacuación mucho más agresivos. Indonesia ha avanzado en algunos de estos frentes, pero la magnitud de la exposición —más de 270 millones de habitantes dispersos en miles de islas— hace que cada retraso regulatorio se traduzca en una vulnerabilidad masiva.
Además, los eventos se encadenan: mientras aún se reparan carreteras, puentes y redes eléctricas dañadas por un temporal, llega la siguiente tormenta. Para muchas familias rurales, esto implica perder la casa, la cosecha y las herramientas de trabajo en cuestión de meses. Cada deslizamiento no solo derriba paredes: también destruye balance familiares enteros y aumenta el endeudamiento informal.
La factura económica invisible del desastre
En los primeros comunicados oficiales, el foco está en la búsqueda de víctimas y en la provisión de refugio de emergencia. Pero el coste real del alud de West Bandung va mucho más allá de las cifras de fallecidos. La destrucción de decenas de viviendas, caminos rurales, redes de agua y pequeñas explotaciones agrícolas supone un shock económico severo para una comunidad donde la mayoría de los hogares vive con ingresos muy ajustados.
En Indonesia, la penetración del seguro frente a catástrofes naturales es mínima fuera de las grandes ciudades, y menos aún en el ámbito rural. La consecuencia es que la reconstrucción depende casi por completo de fondos públicos y de remesas familiares. En un país que ya arrastra una larga lista de emergencias —desde terremotos hasta erupciones volcánicas—, cada nuevo desastre compite por unos recursos presupuestarios que no crecen al mismo ritmo que la frecuencia de los eventos extremos.
La experiencia de Sumatra, donde las inundaciones de 2025 obligaron a movilizar al menos 68,6 billones de rupias en ayudas, infraestructuras de emergencia y compensaciones parciales, muestra la dimensión de la factura. Invertir a tiempo en gestión de cuencas, mapas de riesgo y reubicación controlada resulta, a medio plazo, mucho más barato que reconstruir una y otra vez los mismos pueblos. Sin embargo, esas partidas de prevención siguen siendo las más fáciles de recortar.
Un sistema de alerta que llega tarde
Tras cada tragedia, el Gobierno central promete reforzar los sistemas de alerta temprana. Indonesia dispone de una red de estaciones meteorológicas, sirenas y aplicaciones móviles para avisar de inundaciones y deslizamientos, pero su despliegue es desigual y su efectividad, limitada cuando se trata de aldeas remotas como Pasir Langu.
En muchos casos, el aviso llega en forma de mensajes de texto genéricos o de comunicados por redes sociales que apenas alcanzan a una parte de la población. “Sabíamos que llovía mucho, pero nadie vino a decirnos que dejáramos nuestras casas”, repiten vecinos tras episodios similares. El resultado es que la primera “señal de alarma” real suele ser un estruendo en mitad de la noche.
Los expertos insisten en que los sistemas de alerta solo funcionan si van acompañados de protocolos claros y repetidos: rutas de evacuación señalizadas, simulacros periódicos y, sobre todo, alternativas reales para reubicar a las familias en zonas más seguras. Sin esa infraestructura social —no solo tecnológica—, la alarma llega tarde o, directamente, no llega.