La ‘película’ de 28 horas que desnuda al visitante 3I/ATLAS

El satélite TESS (Satélite de Sondeo de Exoplanetas en Tránsito) de la NASA observó repetidamente el objeto interestelar 3I/ATLAS. Esto dio como resultado una secuencia de video que combina 28 horas de imágenes de fotograma completo de TESS, recopiladas entre el 15 y el 18 y 19 de enero de 2026. (Imagen: TESS/NASA/Daniel Muthukrishna)
TESS, Hubble y Juno se coordinan para seguir al tercer objeto interestelar que atraviesa el Sistema Solar en menos de una década

Un nuevo visitante interestelar atraviesa el Sistema Solar… y esta vez lo hace bajo vigilancia continua. La NASA ha compilado una “película” de 28 horas de 3I/ATLAS a partir de las imágenes del satélite TESS, captadas mientras el objeto se alejaba del Sol entre el 15 y el 22 de enero de 2026. En el vídeo, 3I/ATLAS aparece como un punto brillante con una anti-cola dirigida hacia el Sol, recortado sobre un campo abarrotado de estrellas.
El astrofísico Avi Loeb, en colaboración con el observador Toni Scarmato, planea exprimir ese material para buscar variaciones periódicas de brillo y oscilaciones en la anti-cola, ligadas a un periodo de rotación inferido de 7,1 horas a partir de imágenes del telescopio espacial Hubble.
El caso no se queda ahí: TESS captó al objeto ya en mayo de 2025, antes incluso de su descubrimiento, y la siguiente gran cita llegará el 16 de marzo de 2026, cuando 3I/ATLAS pase cerca del radio de Hill de Júpiter y pueda ser observado por la sonda Juno desde unos 53,6 millones de kilómetros.
La consecuencia es clara: por primera vez, un cuerpo interestelar es seguido como si fuese un “paciente VIP” por varios observatorios espaciales, desde su entrada hasta su salida del vecindario solar.

Un visitante interestelar bajo la lupa de TESS

3I/ATLAS es el tercer objeto interestelar identificado atravesando el Sistema Solar, tras ‘Oumuamua (1I) y el cometa Borisov (2I). A diferencia de visitas anteriores, esta vez la infraestructura observacional está mejor preparada y, sobre todo, más coordinada. El satélite TESS (Transiting Exoplanet Survey Satellite), concebido para buscar exoplanetas mediante tránsitos, se ha convertido accidentalmente en un rastreador de cometas interestelares.

TESS observa grandes segmentos del cielo durante aproximadamente un mes, tomando imágenes de campo completo de forma continua para detectar diminutas variaciones en el brillo de miles de estrellas. En ese escaneo sistemático “cayó” 3I/ATLAS: primero, de forma retroactiva —al revisar datos de mayo-junio de 2025—, y después, de forma dirigida, cuando se confirmó su naturaleza interestelar.

En el vídeo montado por el miembro del equipo TESS Daniel Muthukrishna, 3I/ATLAS se ve como un punto luminoso que cruza el encuadre con una anti-cola apuntando hacia el Sol. Esa anti-cola, una especie de rastro de polvo aparentemente invertido, es una de las claves físicas que Loeb y Scarmato quieren estudiar, porque puede delatar tanto la geometría de emisión de material como posibles efectos de rotación y del entorno solar.

De mayo de 2025 a enero de 2026: la cronología oculta

Uno de los aspectos más llamativos del caso es que TESS “vio” a 3I/ATLAS antes de que nadie supiera que existía. La detección temprana se consiguió apilando más de 9.000 imágenes de mayo y junio de 2025. Al sumar y alinear esos fotogramas, el objeto emergió por encima del ruido, revelando una curva de brillo similar a la de una fuente inactiva, sin halo extendido ni anti-cola visible.

Este contraste temporal es importante. En 2025, la firma de 3I/ATLAS se parecía más a la de un pequeño asteroide interestelar, sin signos evidentes de actividad cometaria. En cambio, en enero de 2026, la película de 28 horas muestra un comportamiento distinto, con un rastro de polvo claramente definido.

Entre ambas fechas, el objeto ha pasado por el perihelio —el punto más cercano al Sol— y ha recibido un incremento sustancial de radiación y viento solar. Lo que para el público general es “solo un cometa más” se convierte, para la comunidad científica, en un experimento natural de física de superficies heladas expuestas por primera vez a un entorno solar. El valor añadido es que todo el proceso queda documentado por una combinación de telescopios espaciales y archivos de datos públicos.

Lo que revela —y lo que no— la película de 28 horas

Loeb y Scarmato han adelantado su intención de analizar el vídeo de TESS en busca de patrones periódicos en el brillo y de un “bamboleo” de la anti-cola. Si el periodo de rotación de 3I/ATLAS es de 7,1 horas, como sugieren otros trabajos, esa cadencia debería dejar una huella sutil pero detectable en la intensidad de la luz captada por TESS.

Sin embargo, el propio Loeb reconoce que el bajo poder angular de TESS limita el nivel de detalle: el objeto ocupa apenas unos píxeles y la anti-cola se aprecia como una estructura difusa. De ahí que la película, en sus propias palabras, resulte “poco espectacular” a simple vista. Es en el análisis de series temporales —sumando estadísticamente miles de mediciones débiles— donde los astrofísicos esperan extraer información.

La importancia real del vídeo no reside tanto en la estética como en la continuidad temporal: poder seguir un objeto interestelar durante 28 horas casi seguidas, con apenas una interrupción por el modo seguro de TESS entre el 15 y el 18 de enero, es un lujo que no existía en el caso de ‘Oumuamua. Este tipo de datasets serán la norma en la próxima década, y 3I/ATLAS sirve como banco de pruebas.

Hubble aporta el detalle fino: 36 instantáneas y 0,69 grados

Si TESS ofrece la película, el telescopio espacial Hubble pone los fotogramas de alta definición. Entre el 30 de noviembre de 2025 y el 22 de enero de 2026, Hubble tomó 36 imágenes de 3I/ATLAS en momentos clave, aprovechando una configuración geométrica excepcional: el objeto llegó a alinearse con el eje Tierra-Sol con una desviación de solo 0,69 grados.

Esa alineación minimiza la confusión de fondo y mejora la capacidad de medir estructuras finas en la coma y la cola. A partir de esas instantáneas, Loeb y sus colegas han deducido el periodo de rotación de 7,1 horas, así como cambios en la actividad superficial que no se apreciaban en los datos de TESS.

La combinación de ambas fuentes —película de gran campo y zoom de alta resolución— permite hacer algo inédito con un visitante interestelar: reconstruir su comportamiento tridimensional y temporal conforme entra, se activa, rota y se aleja. Lo que antes se limitaba a unas pocas luces en una placa fotográfica se convierte ahora en un seguimiento casi “forense” desde varios observatorios.

False-color image of 3I/ATLAS (top panel), taken on December 27, 2025 by a 0.2-meter telescope in Belgium. The field of view is 14.4 by 23.3 arcminutes, corresponding to 1.1 by 1.8 million kilometers. (Image credit: Alfons Diepvens)

La cita con Júpiter: qué puede aportar la misión Juno

El siguiente hito en la agenda de 3I/ATLAS está ya marcado: 16 de marzo de 2026. Ese día, el objeto se acercará a las inmediaciones del radio de Hill de Júpiter, la región en la que la gravedad del planeta domina frente a la marea solar. Desde allí, la sonda Juno podrá observarlo a unos 53,6 millones de kilómetros utilizando un arsenal de instrumentos ópticos, infrarrojos y de partículas.

A diferencia de TESS o Hubble, que observan desde órbita terrestre, Juno ofrece un punto de vista privilegiado en las cercanías de Júpiter, con la posibilidad de estudiar cómo interactúa 3I/ATLAS con el entorno de partículas cargadas del gigante gaseoso. Sus sensores de campo magnético, plasma y ondas de radio podrían detectar efectos sutiles, desde desprendimientos de material hasta perturbaciones en la envoltura de polvo.

Para la comunidad científica, esta cita representa una oportunidad única de observar un objeto interestelar cruzando el dominio gravitatorio de un planeta gigante. Para la industria espacial y las agencias, es también un ensayo general de cómo coordinar misiones de propósito distinto para exprimir la ciencia de fenómenos puntuales e imprevisibles.

Tecnofirmas, sondas y ciencia ficción: la hipótesis más especulativa

Fiel a su estilo, Avi Loeb desliza una posibilidad que trasciende la astronomía clásica: la de que 3I/ATLAS pueda ser un vehículo tecnológico o una sonda de origen artificial. En su reflexión, plantea que si el objeto emitiese una señal o liberase sondas en órbitas ligadas a Júpiter, el final de la “película” de TESS y de Juno podría superar cualquier guion de ciencia ficción.

Este tipo de hipótesis —las llamadas “tecnofirmas”— se mueven en el límite entre la ciencia establecida y la exploración de lo posible. Loeb argumenta que, dado que estos visitantes interestelares pueden ser restos de otros sistemas planetarios, no hay razón para excluir de entrada la idea de artefactos tecnológicos entre ellos. Para otros investigadores, la prioridad sigue siendo agotar todas las explicaciones naturales antes de recurrir a escenarios extraordinarios.

Sea cual sea la interpretación final, 3I/ATLAS se ha convertido en un caso de estudio sobre cómo buscar señales anómalas de manera sistemática, utilizando instrumentos que, en principio, no se diseñaron para la caza de tecnología alienígena. El debate, más allá de las conclusiones, obliga a afinar métodos y protocolos observacionales.

Un banco de pruebas para la próxima generación de telescopios

Más allá del morbo interestelar, los datos de 3I/ATLAS sirven como entrenamiento para la próxima hornada de observatorios, tanto espaciales como terrestres. La frecuencia con la que estamos detectando objetos interestelares sugiere que no son rarezas únicas, sino la punta visible de un flujo constante de material procedente de otros sistemas.

Telescopios como el Vera C. Rubin Observatory, en Chile, o futuras misiones espaciales de barrido profundo se beneficiarán directamente de la experiencia acumulada con TESS y Hubble en este caso: algoritmos de detección temprana, técnicas de apilado de miles de imágenes, estrategias para coordinar campañas de seguimiento y, sobre todo, criterios para decidir cuándo activar recursos de alto coste ante un nuevo visitante.

En paralelo, la industria de datos astronómicos se enfrenta al reto de almacenar, procesar y hacer accesibles millones de imágenes y curvas de luz, de forma que equipos dispersos —como el binomio Loeb-Scarmato— puedan explotar los archivos en tiempo casi real. 3I/ATLAS demuestra que el futuro de la astronomía pasa tanto por los telescopios como por la infraestructura digital que los acompaña.

Imagen de 3I/ATLAS, tomada el 7 de enero de 2026 por el Telescopio Espacial Hubble (panel superior) y procesada mediante el filtro de gradiente rotacional Larson-Sekanina (panel inferior). El panel inferior muestra una estructura de triple chorro con un prominente chorro anticola en dirección al Sol, hacia la esquina inferior izquierda de la imagen. El chorro anticola se extiende a una escala del orden de la separación Tierra-Luna. (Crédito de la imagen: Toni Scarmato, basado en datos publicados por NASA/ESA/STScI aquí)

Lo que está en juego con cada visitante interestelar

Cada objeto interestelar que nos visita trae consigo información física, química y potencialmente tecnológica sobre otros sistemas solares. Desde el punto de vista científico, 3I/ATLAS permite probar teorías sobre la formación de cometas, la resistencia de materiales en entornos estelares distintos y la dinámica de expulsión de cuerpos desde discos protoplanetarios lejanos.

Desde una perspectiva más amplia, estos visitantes obligan a replantear cómo entendemos el propio Sistema Solar: no como un entorno aislado, sino como un cruce de caminos en el que circulan fragmentos de otros mundos. La vigilancia cruzada de TESS, Hubble y Juno ilustra qué tipo de respuesta coordinada será necesaria cuando el próximo 4I o 5I cruce el vecindario.

Si 3I/ATLAS no guarda ninguna sorpresa extraordinaria, su “película” de 28 horas y su paso por el reino de Júpiter consolidarán un nuevo estándar de observación. Y si resultara ser algo más que un simple cometa interestelar, el episodio marcaría el inicio de una disciplina que hoy solo podemos esbozar: la de la arqueología tecnológica a escala galáctica.