Sin daños graves por ahora

Un terremoto de 5,7 sacude Cachemira y reabre viejas heridas

Pakistan

La mañana del lunes, un terremoto de magnitud 5,7 sacudió la región de Cachemira, en el norte de Pakistán, y se sintió también en áreas fronterizas de la India. El temblor, registrado en torno a las 06.21 GMT, tuvo su epicentro a unos 50 kilómetros al noroeste de Barishal, en una zona montañosa próxima a Gilgit, según los primeros datos de los organismos sismológicos internacionales.

Las autoridades paquistaníes y los servicios geológicos coinciden en que, de momento, no hay constancia de víctimas ni daños materiales de consideración. El seísmo ha sido clasificado como moderado, con estimaciones de profundidad que oscilan entre los 10 y los 35 kilómetros, un rango habitual en esta franja del Himalaya donde convergen las placas india y euroasiática.

Sin embargo, el episodio ha bastado para sacar de nuevo a la población a la calle, colapsar las líneas telefónicas durante unos minutos y activar los protocolos de protección civil. Y, sobre todo, para reabrir una pregunta incómoda: ¿está Pakistán mejor preparado hoy que en 2005 para afrontar un gran terremoto en Cachemira?

Un seísmo moderado en una zona de máximo riesgo

Los datos técnicos del terremoto dibujan, a primera vista, un evento contenido. El Centro Alemán de Investigación Geocientífica (GEOFON) y la red sismológica india sitúan la magnitud en 5,7, mientras que el Departamento Meteorológico de Pakistán eleva la cifra a 5,8 y fija el hipocentro a unos 10 kilómetros de profundidad, un valor relativamente somero que explica la intensidad de los temblores percibidos en superficie.

La ubicación del epicentro —50 kilómetros al noroeste de Barishal y unos 80 kilómetros de Gilgit— vuelve a apuntar al mismo arco sísmico que ha producido algunos de los peores terremotos de Asia en las últimas décadas. Esta franja, atravesada por fallas de empuje asociadas al choque de placas, concentra buena parte de la energía tectónica del subcontinente.

Tras el temblor, las autoridades locales emitieron avisos de precaución, recomendaron evitar edificios dañados o con grietas previas y ordenaron inspecciones rápidas en escuelas, hospitales y carreteras de montaña. Por ahora, los equipos de emergencia solo reportan pequeños desprendimientos y cortes puntuales en caminos secundarios.

El carácter “moderado” del seísmo no debe engañar. En regiones con viviendas autoconstruidas, pendientes inestables y servicios básicos frágiles, un temblor de esta magnitud puede convertirse en una emergencia si coincide con infraestructuras mal mantenidas o episodios de lluvia intensa. Esta vez, el azar ha jugado a favor de Pakistán. Pero el mapa de riesgo sigue intacto.

Una población acostumbrada a temblar

En el norte de Pakistán, los temblores forman parte de la rutina. Catálogos sísmicos y estudios del USGS sitúan al país entre las zonas de actividad sísmica más elevada del mundo, con decenas de terremotos significativos cada década a lo largo del arco Hindu Kush–Himalaya.

En los últimos años, la región de Cachemira ha sufrido una sucesión de sismos de intensidad media que, sin alcanzar las cifras de 2005, han dejado una huella psicológica profunda. En 2019, un terremoto de magnitud 5,4–6,0 provocó al menos 40 muertos y 850 heridos en el distrito de Mirpur, en la parte paquistaní de Cachemira, pese a registrar una magnitud similar a la de este lunes.

Esta repetición de eventos ha generado una población más alerta, pero también más cansada. Muchos habitantes de pequeñas localidades, acostumbrados a salir corriendo de casa en cuestión de segundos, dudan ya de la eficacia de unos protocolos que se han quedado a medio camino entre la teoría y la realidad. “Sabemos que tenemos que salir a la calle, pero nadie nos ha explicado qué hacer después, ni dónde están las zonas seguras”, resume un ingeniero local.

La consecuencia es clara: cuando la gestión institucional no acompaña, la resiliencia se convierte en un esfuerzo exclusivamente comunitario. Barrios enteros dependen de redes informales de ayuda, sin simulacros regulares ni planes de evacuación claros. El seísmo de este lunes ha vuelto a poner a prueba esa red invisible.

La herida abierta del terremoto de 2005

El recuerdo del 8 de octubre de 2005 sigue marcando cualquier conversación sobre riesgo sísmico en Pakistán. Aquel día, un terremoto de magnitud 7,6 arrasó Azad Jammu y Cachemira y el noroeste del país, dejando entre 74.000 y 88.000 muertos, 138.000 heridos y unos 2,8 millones de desplazados.

Más allá del impacto humano, las cifras económicas fueron demoledoras. Los informes conjuntos del Banco Mundial y el Banco Asiático de Desarrollo estimaron el coste total —daños directos y reconstrucción— en torno a 5.000 millones de dólares, el equivalente aproximado a un 3% del PIB paquistaní de entonces.

La reconstrucción se prolongó durante años, entre acusaciones de retrasos, sobrecostes y proyectos inconclusos. Miles de familias siguieron viviendo en alojamientos provisionales mucho más allá de los plazos anunciados. Y, lo más grave, buena parte del parque de viviendas que se levantó después no incorporó de forma sistemática criterios modernos de construcción antisísmica.

Aquel seísmo actuó como un multiplicador de desigualdades: golpeó con más fuerza a las zonas rurales aisladas, a las familias con menos recursos y a quienes ya vivían en viviendas precarias. La lección de 2005 era inequívoca: en un país sísmico, la pobreza se paga dos veces, en vidas y en años perdidos de desarrollo. Hoy, cuando la tierra vuelve a temblar, esa lección sigue parcialmente pendiente.

El coste económico oculto de los temblores “menores”

Un terremoto sin víctimas suele desaparecer rápido de los titulares. Pero para una economía como la paquistaní, estos episodios recurrentes tienen un coste acumulado que rara vez se mide. Estudios de riesgo del propio Gobierno estiman que los desastres naturales han supuesto, entre 2000 y 2013, pérdidas directas equivalentes a más del 1% del PIB anual, una cifra en la que pesan de manera decisiva tanto el seísmo de 2005 como las grandes inundaciones de 2010.

Los temblores moderados como el de este lunes no derriban ciudades, pero sí erosionan infraestructuras envejecidas: carreteras de montaña que acumulan microgrietas, sistemas de agua ya debilitados, escuelas rurales levantadas con materiales baratos. La factura aparece después, en forma de mayores costes de mantenimiento y menor productividad.

Además, la percepción de riesgo tiene un efecto directo sobre la inversión privada y el precio del seguro (cuando lo hay). En zonas como Gilgit-Baltistán, proyectos turísticos y logísticos vinculados al corredor económico con China se ven obligados a incorporar primas de riesgo y planes de contingencia adicionales, encareciendo cada kilómetro de carretera y cada nuevo hotel.

La consecuencia es clara: aunque este seísmo no obligue a grandes partidas de reconstrucción, sí mantiene elevado el “impuesto sísmico” que arrastra la economía paquistaní, especialmente en sus provincias montañosas más pobres.

El desafío de reforzar edificios críticos

La gran asignatura pendiente de Pakistán no es tanto la respuesta de emergencia —cada vez más rápida— como la prevención estructural. Los estudios sobre la arquitectura de Cachemira, tanto en el lado paquistaní como en el indio, coinciden en señalar una brecha entre la normativa antisísmica sobre el papel y lo que realmente se construye sobre el terreno.

Hospitales, escuelas y edificios administrativos levantados antes de 2005 siguen sin auditorías completas de riesgo sísmico. Muchos refuerzos se han hecho de forma puntual, añadiendo pilares o muros sin un diseño integral, con el riesgo de generar “puntos duros” que concentren tensiones en lugar de disiparlas. En las zonas rurales, el problema es aún más evidente: las viviendas autoconstruidas, sin supervisión técnica, se levantan con ladrillo pobre y hormigón de baja calidad.

Paradójicamente, técnicas tradicionales como la arquitectura de entramado de madera —más flexible y, por tanto, más resistente a los temblores— han ido desapareciendo en favor de construcciones de cemento más baratas pero menos seguras si no se calculan adecuadamente. “Sabemos cómo construir mejor, pero no siempre es lo que se permite o se financia”, admiten arquitectos locales.

El contraste con países como Chile o Japón, donde un edificio público que no cumple la norma simplemente se cierra, resulta demoledor. En Pakistán, la presión demográfica y la falta de recursos convierten esa decisión técnica en un lujo político.

Dependencia de la ayuda internacional

Cada vez que tiembla la tierra en Pakistán, reaparece otro patrón conocido: la expectativa de que la comunidad internacional vuelva a acudir al rescate si el desastre escala. Tras el terremoto de 2005, el país recibió más de 6.000 millones de dólares en ayuda, según datos compilados por organismos multilaterales, para financiar proyectos de reconstrucción, vivienda y refuerzo de infraestructuras.

Esa inyección fue imprescindible para evitar un colapso aún mayor, pero consolidó una dinámica peligrosa: la de aplazar inversiones estructurales a la espera de que futuros desastres vuelvan a abrir la puerta a nuevas rondas de financiación concesional. Cuando el presupuesto es limitado, gastar en prevención compite con prioridades inmediatas y políticamente más visibles.

El seísmo de este lunes no activará, en principio, grandes paquetes de ayuda exterior. Pero sí recuerda que un solo evento de gran magnitud podría obligar de nuevo a destinar varios puntos del PIB a reconstruir carreteras, puentes y edificios esenciales en una economía que ya arrastra un elevado endeudamiento y fuertes presiones inflacionistas.