SPHEREx destapa la anomalía: 3I/ATLAS pierde gas sin cola

Imagen de 3I/ATLAS, tomada el 7 de enero de 2026 por el Telescopio Espacial Hubble (panel superior) y procesada mediante el filtro de gradiente rotacional Larson-Sekanina (panel inferior). El panel inferior muestra una estructura de triple chorro con un prominente chorro anticola en dirección al Sol, hacia la esquina inferior izquierda de la imagen. El chorro anticola se extiende a una escala del orden de la separación Tierra-Luna. (Crédito de la imagen: Toni Scarmato, basado en datos publicados por NASA/ESA/STScI aquí)
Nuevas imágenes en infrarrojo revelan una pluma “en forma de pera” y un brillo descomunal tras el perihelio. El analista Avi Loeb advierte de un patrón difícil de encajar con un cometa convencional.

Un objeto interestelar no debería sorprender… y, sin embargo, vuelve a hacerlo. Las nuevas observaciones de SPHEREx sobre 3I/ATLAS han activado todas las alarmas científicas: el halo de polvo y orgánicos aparece con forma de pera y con una anti-cola dirigida hacia el Sol, justo lo contrario de la narrativa clásica de un cometa “empujado” por la radiación.
Entre el 8 y el 15 de diciembre de 2025, el observatorio captó imágenes en el rango 0,75–5,0 micras, cada una cubriendo 300.000 kilómetros por lado, comparable a la distancia Tierra-Luna.
El cambio más llamativo llega tras el perihelio: la señal de hielo de agua casi se desvanece en el continuo, mientras la emisión de vapor de agua se dispara hasta 20 veces. El astrofísico y analista Avi Loeb lo resume con una idea incómoda: si no hay polvo fino y no hay cola típica, ¿qué está sosteniendo un brillo tan extremo? El objeto no solo “expulsa” material; lo hace con una geometría y una física que obligan a reescribir hipótesis.

 

SPHEREx, el observatorio que ha cambiado la escala del problema

El salto de calidad de estas observaciones no está en un titular, sino en la escala. SPHEREx no mira un punto; cartografía una estructura. Las imágenes abarcan 300.000 km y permiten ver cómo se distribuye el material expulsado más allá del entorno inmediato del núcleo. En la práctica, esto convierte el fenómeno en un problema “de arquitectura”: no basta con decir que hay gas y polvo; hay que explicar cómo se ordenan y por qué.

El equipo liderado por Carey Lisse presenta un patrón nítido: en grandes escalas, el mapa de brillo de polvo y orgánicos se vuelve asimétrico, con una silueta “en pera” y una elongación hacia el Sol. Lo relevante es el contraste: seis plumas de gas aparecen casi redondas, mientras el componente de polvo rompe la simetría. Esa separación, por sí sola, ya sugiere una dinámica distinta entre fases.

Aquí entra la lectura de Loeb: cuando un objeto interestelar muestra una morfología que no encaja con el manual cometario, el valor del dato está en lo que niega. Niega que todo sea polvo fino dominado por presión de radiación. Niega una cola estándar. Y obliga a considerar alternativas: granos grandes, fragmentos, bólidos helados o una combinación que no habíamos visto con claridad en visitantes interestelares anteriores.

La “anti-cola” hacia el Sol: el detalle que rompe el guion clásico

La palabra “anti-cola” no es un adorno: es una anomalía geométrica con consecuencias físicas. En un cometa típico, el polvo fino y los gases, empujados por la presión de radiación y el viento solar, generan una cola que se orienta en dirección contraria al Sol. Aquí ocurre algo distinto: la elongación del componente de polvo apunta hacia el Sol, una firma coherente con granos grandes y con un comportamiento menos sensible a la radiación.

La lectura del equipo es prudente, pero el problema es evidente. Si el polvo es mayoritario en granos grandes, su dinámica se vuelve más “inercial”, menos moldeada por la luz, y puede producir estructuras que no se parecen a la cola cometaria estándar. Loeb insiste en el mismo punto desde hace semanas: si existiera una población relevante de partículas submicrónicas, veríamos un color más azulado por dispersión de Rayleigh y una cola bien definida alejándose del Sol. No está.

Ese vacío observacional pesa más que cualquier metáfora. Significa que el material fino —el que suele dar la estética clásica— está ausente o es minoritario. Y eso desplaza el debate hacia un escenario más tosco: fragmentos y granos grandes dominando el brillo, con la anti-cola como síntoma visible de esa “granularidad” extrema.

El espectro cambia de piel: del hielo al polvo orgánico-silicáceo

El perihelio ha actuado como una frontera. Antes, los datos de SPHEREx mostraban un continuo con firma de absorción por hielo de agua. Ahora, ese rasgo “se borra” y es reemplazado por un continuo que se interpreta como suma de luz solar dispersada y emisión térmica de granos de polvo orgánico-silicáceo. Es decir: el objeto pasa de parecer un cuerpo con superficie dominada por hielo a parecer un entorno dominado por polvo de baja reflectancia.

Lo más provocador es que este cambio no va acompañado de la señal esperable en el polvo fino. Falta el componente submicrónico que, además de teñir el espectro hacia el azul, sería el candidato natural a construir una cola típica. La ausencia se convierte, así, en un dato positivo: si no hay polvo fino, el material expulsado debe estar dominado por tamaños > milímetro.

Además, el fenómeno no solo cambia “lo que se ve”, cambia “cuánto se ve”. La emisión de vapor de agua aparece 20 veces más brillante que antes del perihelio. Ese salto sugiere acceso a material más profundo o una fuente de agua diferente a la simple sublimación superficial. Para Loeb, el punto clave es que el objeto se está comportando como si liberara contenido “fresco” en grandes cantidades, pero sin producir el subproducto visual clásico.

Expected trajectory of 3I/ATLAS, as of January 7, 2025. (Image credit: NASA/JPL Horizons)

La química completa: CN, H₂O, orgánicos, CO₂ y CO

Las observaciones identifican especies con huellas espectrales claras: CN en torno a 0,93 micras, H₂O en 2,7–2,8 micras, bandas de orgánicos (C-H) entre 3,2–3,6 micras, CO₂ en 4,2–4,3 micras y CO en 4,7–4,8 micras. El inventario importa porque describe un “paquete” de volátiles y compuestos orgánicos que, en conjunto, define el carácter del objeto.

Hay un dato especialmente persistente: la pluma de CO₂ sigue extendiéndose cientos de miles de kilómetros, lo que sugiere producción sostenida y un transporte eficiente del gas a grandes distancias. Y, al mismo tiempo, el mapa de brillo indica una separación de orígenes: CN y orgánicos parecen estar asociados al polvo, mientras H₂O, CO₂ y CO se originarían en una región más simétrica centrada en el núcleo.

Esa distinción encaja con un escenario de fases: el polvo actuaría como portador de ciertos compuestos (o como superficie de liberación), mientras los grandes volátiles se liberan en una geometría más “central”. El nuevo protagonismo del CN y de las señales orgánicas sugiere, además, que estas especies podrían estar contenidas o transportadas en fases asociadas al agua. No es una conclusión definitiva, pero sí una pista: el objeto parece mezclar química volátil con un “envoltorio” de polvo grande y oscuro.

El dato duro: 180 kg/s de agua y un CO dominante

Las cifras ponen el fenómeno en perspectiva. Tras el perihelio, la tasa de pérdida de masa de H₂O se estima en 180 kg/s, similar a la de CO₂, y ambas equivalen a dos tercios de la tasa de CO, que se sitúa como el volátil dominante del trío. En términos de producción, no hablamos de una exhalación marginal: hablamos de un sistema que está arrojando material de forma sostenida, con una jerarquía química clara.

En paralelo, la morfología “en pera” del polvo y la anti-cola apuntan a granos grandes. Loeb conecta este punto con un argumento previo: si la emisión gaseosa ya se interpretó antes del perihelio como dominada por fragmentos helados, esos fragmentos tendrían que ser gruesos, posiblemente de más de 10 metros, para preservar material interno no procesado. Y si esos fragmentos existen, explicarían parte del brillo extendido, pero abren otra pregunta: ¿cuánta masa total implica esa población?

Este es el nudo de la historia. Un objeto que produce agua, CO₂ y CO a ese ritmo debería, en el guion estándar, generar un entorno de polvo fino más evidente. Aquí, no. La consecuencia es clara: la producción de gas no está acompañada por la “firma” visual típica del polvo pequeño, lo que fuerza a reconsiderar el mecanismo de liberación.

Imagen de 3I/ATLAS a las 3:34 UTC del 30 de diciembre de 2025, obtenida con nueve exposiciones de 120 segundos, tomada con las instalaciones del Proyecto Telescopio Virtual en Manciano, Italia. Se observa claramente un prominente chorro anticola en dirección al Sol, hacia la esquina inferior izquierda. Crédito de imagen: Telescopio Virtual

La anomalía que incomoda: demasiado polvo grande para tanto brillo

Los propios autores admiten que el escenario inferido introduce una nueva anomalía: para que el halo sea tan brillante, haría falta una cantidad enorme de material dispersor. Si la población dominante son grandes cantos (más que milímetros, incluso metros), entonces se necesita un volumen de masa muy alto para ofrecer suficiente área superficial y producir una pluma de gas y un brillo que, según la interpretación, puede llegar a ser cien veces más luminoso que el núcleo en luz reflejada.

Ahí se rompe el equilibrio. Un exceso de polvo grande implica un presupuesto de masa difícil de justificar sin un mecanismo de fragmentación o expulsión masiva. Y, a la vez, la ausencia de polvo fino elimina la explicación más fácil: no hay “nube” de partículas pequeñas infladas por la radiación solar.

La consecuencia práctica es que el objeto parece operar en un régimen mixto: expulsa gas con tasas altas y mantiene una estructura de polvo dominada por tamaños grandes, con una anti-cola hacia el Sol. Loeb lo plantea como un recordatorio metodológico: la ciencia avanza cuando un dato obliga a abandonar la comodidad del modelo. Y aquí el dato no es un matiz: es un patrón repetido en espectro, morfología y dinámica.

Más datos, mejores modelos y un visitante distinto

La conclusión prudente —y a la vez más honesta— es que falta información para cerrar el caso. Se necesita seguimiento temporal: comprobar si las tasas de 180 kg/s en agua se sostienen, si la geometría de la anti-cola cambia con la distancia, y si aparece o no polvo fino cuando el objeto se aleje y el entorno térmico se estabilice. También hacen falta modelos que integren, en un mismo marco, granos grandes, fragmentos helados y producción simultánea de CO/CO₂/H₂O, sin recurrir a supuestos inconsistentes.

Lo más interesante es el mensaje de fondo: los objetos interestelares no tienen obligación de parecerse a los “hielos familiares” del Sistema Solar. Es una idea que Loeb repite con insistencia: visitantes de la “calle cósmica” pueden traer historias geológicas y químicas distintas, y por eso los manuales locales fallan. SPHEREx, en este contexto, actúa como una lupa estadística: no solo detecta, también obliga a cuantificar.

El efecto dominó ya está en marcha: mejores campañas de observación, más presión por misiones rápidas de intercepción y, sobre todo, un cambio de actitud científica. La anomalía no es un problema; es una oportunidad. Porque si 3I/ATLAS no encaja, quizá el error no esté en el objeto, sino en nuestra expectativa.