Terremoto de 6,5 en México sacude Acapulco y zonas aledañas
El sismo, con epicentro frente a Acapulco, se percibe en el centro de México y pone a prueba las infraestructuras y los protocolos de protección civil en una de las zonas más sísmicas del país
Un terremoto de magnitud 6,5 en la escala de Richter estremeció este viernes el centro y sur de México, con epicentro frente a las costas de Guerrero, muy cerca de Acapulco, uno de los principales focos turísticos del país. La sacudida se sintió con claridad en varios estados, incluida la Ciudad de México, donde millones de personas recuerdan todavía el impacto de los grandes sismos de 1985 y 2017. Pese a la intensidad del movimiento, las autoridades no han confirmado por ahora víctimas mortales ni daños estructurales severos.
Los primeros informes del Servicio Sismológico Nacional apuntan a un evento fuerte pero relativamente contenido en términos de daños, gracias a la profundidad del sismo y a la distancia respecto a la costa. Aun así, el temblor ha activado de inmediato los protocolos de revisión de edificios estratégicos, hospitales, escuelas, carreteras y puentes. La población, entre la alarma inicial y la sensación de déjà vu, ha vuelto a comprobar que la normalidad en México convive cada día con el riesgo sísmico.
Un sismo fuerte pero sin catástrofe
El Servicio Sismológico Nacional situó el epicentro del sismo a unos 25-30 kilómetros mar adentro de las costas de Guerrero, muy próximo a Acapulco, a una profundidad estimada de entre 15 y 20 kilómetros. La magnitud de 6,5 lo ubica en el rango de los sismos capaces de generar movimientos importantes en estructuras, caída de objetos, cortes puntuales de energía y escenas de pánico, especialmente en zonas con edificaciones antiguas o autoconstruidas.
En esta ocasión, las primeras horas tras el temblor han dejado un balance relativamente favorable: sin víctimas mortales confirmadas, un número limitado de heridos leves por caídas o golpes y daños materiales catalogados como moderados. En Acapulco se han registrado grietas en fachadas, rotura de cristales y desprendimientos menores en hoteles y edificios residenciales, mientras que en localidades del interior de Guerrero se han reportado afectaciones en viviendas de uno o dos pisos de mampostería.
La capital del país, situada a más de 300 kilómetros del epicentro, sintió el sismo con fuerza debido a la amplificación del movimiento en el suelo lacustre del Valle de México, pero los sistemas de alerta y evacuación funcionaron con relativa fluidez. El contraste con otros episodios recientes muestra la importancia de los avances en normativas de construcción y protocolos de emergencia.
El alcance real de la sacudida en ciudades y costas
Aunque el punto de origen se localizó frente a Guerrero, el alcance del temblor fue regional. Testimonios recabados en tiempo real indican que el movimiento se percibió con nitidez en Guerrero, Oaxaca, Michoacán, Morelos, Puebla, Estado de México y Ciudad de México, con una duración estimada de entre 40 y 60 segundos en algunas zonas. En múltiples colonias de la capital se activaron las alarmas sísmicas con entre 30 y 60 segundos de anticipación, lo que permitió a miles de personas evacuar edificios de oficinas, escuelas y centros comerciales.
En la franja costera de Guerrero, la combinación de infraestructuras envejecidas y alta exposición al movimiento del terreno obligó a cerrar preventivamente algunas vías, revisar puentes y suspender momentáneamente el suministro eléctrico en barrios completos para evitar cortocircuitos. La autoridad portuaria de Acapulco ordenó también una revisión rápida de muelles y embarcaciones, aunque no se registraron daños graves ni derrames significativos.
Más allá de los daños materiales, el sismo ha tenido un impacto inmediato en la percepción de seguridad de turistas y residentes. Reservas de hotel reprogramadas, vuelos demorados y actividad comercial reducida durante varias horas ilustran cómo un solo evento de menos de un minuto puede alterar la rutina de una ciudad de más de 800.000 habitantes, como Acapulco, y de un área metropolitana de más de 20 millones, como la de Ciudad de México.
Evaluación preliminar: daños moderados y alerta prolongada
Las primeras inspecciones de protección civil y cuerpos de bomberos apuntan a un patrón de afectaciones concentradas en edificaciones antiguas, muchas de ellas construidas antes de las actualizaciones más estrictas de los códigos de construcción posteriores a los sismos de 1985 y 2017. Se han identificado fisuras en estructuras no portantes, desprendimientos de recubrimientos y caída de cornisas, especialmente en zonas costeras y barrios con viviendas de autoconstrucción.
En infraestructuras clave —hospitales, escuelas, hoteles de gran altura, puentes y viaductos—, los reportes iniciales hablan de daños superficiales, sin compromiso estructural. No obstante, las autoridades insisten en que las próximas 24-48 horas son críticas para detectar problemas que no son visibles de inmediato: columnas fisuradas, desplazamientos milimétricos en apoyos de puentes o afectaciones en tanques de agua y redes de gas.
Equipos especializados, apoyados por drones, sensores y herramientas de medición láser, continúan revisando puntos sensibles, mientras se hace un inventario más preciso de daños en pequeños comercios y viviendas. El nerviosismo sigue presente, pero el balance preliminar dista de los escenarios catastróficos que puede provocar un sismo de magnitud similar cuando impacta en zonas densamente pobladas y con alta vulnerabilidad.
Guerrero, un laboratorio permanente del riesgo sísmico
El estado de Guerrero se asienta sobre una de las zonas sísmicas más activas de México, donde la placa de Cocos se subduce bajo la placa de Norteamérica a razón de unos 5-6 centímetros por año. Este choque constante explica la recurrencia de sismos de magnitud intermedia y alta frente a la costa del Pacífico. En los últimos 30 años, la región ha registrado decenas de eventos por encima de magnitud 6, algunos de ellos con impacto notable en infraestructuras y economía local.
En este contexto, la pregunta no es si habrá nuevos sismos, sino cada cuánto y con qué intensidad. La comunidad científica lleva años advirtiendo de la necesidad de considerar a Guerrero como un “segmento sísmico crítico” dentro del país, por la combinación de amenaza geológica, densidad de población y peso económico del turismo y de las actividades portuarias.
Este último terremoto se suma a una cadena de episodios que presionan infraestructuras ya sometidas a un desgaste acelerado por el clima, la falta de mantenimiento y la expansión urbana desordenada. Mantener protocolos actualizados, invertir en reforzamiento estructural y mejorar la educación sísmica de la población aparece como la única forma realista de convivir con un riesgo que no va a desaparecer.
Acapulco, turismo e infraestructuras a prueba
Acapulco, con más de 20.000 habitaciones hoteleras y una economía fuertemente dependiente del turismo nacional e internacional, se convierte cada vez que tiembla en un termómetro del impacto económico de los sismos en México. La combinación de grandes hoteles en la zona costera, viviendas informales en laderas y una red vial sometida a presión constante hace que cada evento sísmico sea un ensayo general de resiliencia urbana.
En esta ocasión, el sector hotelero reporta daños menores en un número limitado de establecimientos: rotura de cristales, caída de mobiliario, afectaciones en falsos techos o instalaciones eléctricas. Una parte de los visitantes fue evacuada temporalmente a zonas seguras, lo que provocó escenas de tensión, pero no se han notificado pérdidas humanas ni daños que obliguen a cerrar masivamente hoteles o restaurantes.
Aun así, el sismo llega en un momento delicado, con algunos complejos aún en proceso de reconstrucción y mejora tras anteriores episodios de fenómenos extremos, como huracanes y tormentas tropicales. El episodio refuerza la idea de que el corredor turístico de Guerrero afronta riesgos múltiples y simultáneos —climáticos y sísmicos— que obligan a repensar la planificación urbana, las inversiones en infraestructuras y los mecanismos de aseguramiento.
Protección civil, alertas tempranas y la memoria de otros sismos
La reacción institucional ha sido rápida. En cuestión de minutos, las autoridades federales y estatales activaron los protocolos de protección civil, con la suspensión preventiva del servicio en algunas líneas de metro y tren ligero en la capital, revisión de hospitales y activación de centros de mando. El sistema de alerta sísmica, cuya señal se difunde por altavoces y medios electrónicos, volvió a demostrar su capacidad para ofrecer segundos valiosos de anticipación, especialmente en la Ciudad de México.
La población, en buena medida entrenada a fuerza de simulacros y experiencias previas, respondió con evacuaciones ordenadas en muchos edificios de oficinas y escuelas. Sin embargo, también se observaron escenas de pánico, carreras y uso inadecuado de ascensores, recordando que la educación sísmica requiere un esfuerzo constante.
La memoria colectiva de los sismos de 1985 y 2017, que dejaron miles de víctimas y daños millonarios, sigue condicionando la respuesta social. Cada nuevo evento reactiva temores, pero también refuerza la percepción de que las inversiones en normativas de construcción, sistemas de alerta y planes de emergencia han marcado una diferencia tangible en la reducción de víctimas y daños graves.