Terremoto de magnitud 6 sacude el golfo de Nápoles a 40 km de la ciudad

Un seísmo profundo cerca de Sant’Angelo reaviva el miedo sísmico y pone a prueba la preparación de una de las áreas metropolitanas más densamente pobladas de Europa.

USGS
USGS

La madrugada de este martes, un terremoto de magnitud 6,0 sacudió el sur de Italia a la altura del pequeño municipio de Sant’Angelo, en Campania. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), el hipocentro se situó a unos 373 kilómetros de profundidad y el epicentro a apenas 16 kilómetros al sur-sureste de la localidad y unos 40 kilómetros al noreste de Nápoles, una ciudad de más de 900.000 habitantes dentro de un área metropolitana que roza los 2,2 millones de personas.

Los primeros informes apuntan a un temblor ampliamente sentido, pero sin daños estructurales significativos, gracias precisamente a esa profundidad excepcional. Sin embargo, el susto ha sido suficiente para recordar que el sur de Italia vive sobre un entramado de fallas activas, volcanes y ciudades históricas con un parque inmobiliario frágil. Y, sobre todo, que el coste de un gran seísmo ya no se mide solo en vidas, sino en la resiliencia económica de territorios enteros.

Un seísmo profundo a las puertas de Nápoles

Lo que diferencia este terremoto de otros episodios recientes en Campania no es solo su magnitud, sino su profundidad extrema. Un hipocentro situado a más de 350 kilómetros indica un seísmo ligado a la subducción de placas en el manto superior, muy lejos de los focos someros de 5 a 10 kilómetros que suelen causar daños masivos en áreas urbanas.

Traducido a efectos prácticos, una magnitud 6 a 373 kilómetros genera un movimiento perceptible en la superficie —luces que se balancean, cristales que vibran, sensación de mareo—, pero con una aceleración del suelo mucho menor que la de un evento similar a 10 o 15 kilómetros. Esa diferencia explica por qué, a pesar de la alarma inicial, Protección Civil y los servicios de emergencia no habían registrado, a las pocas horas, derrumbes graves ni víctimas.

Nápoles, con más de 295.000 edificios en su área metropolitana y una densidad urbana que supera los 7.000 habitantes por kilómetro cuadrado en la capital, concentra un volumen de patrimonio residencial extremadamente vulnerable a la sacudida de un seísmo superficial de magnitud comparable. Esta vez, la profundidad ha sido el mejor seguro. Pero el episodio subraya una realidad incómoda: la región está sometida a un estrés sísmico casi continuo, y no siempre será un seísmo profundo el que libere energía.

La sacudida que reabre viejas heridas en Campania

En Campania, cada temblor importante activa una memoria muy concreta: la del terremoto de Irpinia de 1980, de magnitud 6,9, que devastó el interior montañoso de la región. Entonces murieron entre 2.500 y casi 3.000 personas, más de 250.000 quedaron sin hogar y municipios enteros como Sant’Angelo dei Lombardi vieron destruido hasta el 80% de su caserío.

A diferencia de aquella tragedia, el seísmo de hoy no ha derribado iglesias ni hospitales. Pero el paralelismo geográfico —otra vez el nombre de Sant’Angelo, otra vez Campania— y la proximidad a Nápoles disparan las comparaciones. Tras Irpinia, la reconstrucción fue lenta, cara y lastrada por escándalos de corrupción y desvío de fondos, que la literatura académica describe como una de las grandes oportunidades perdidas de la política italiana del siglo XX.

“Cada vez que tiembla la tierra en el sur, la pregunta no es solo si habrá víctimas, sino si el Estado ha aprendido algo de 1980”, resume un profesor de Economía de la Universidad de Nápoles consultado por este diario. La consecuencia es clara: incluso un seísmo sin daños se analiza ya como un test en tiempo real de los sistemas de alerta, los planes de evacuación y la capacidad de coordinar recursos en una región donde el margen de error es mínimo.

Una metrópolis de 3 millones sobre un tablero sísmico y volcánico

El área metropolitana de Nápoles —con casi 3 millones de habitantes y un PIB superior a los 56.000 millones de euros— es, al mismo tiempo, un nodo económico clave del sur de Europa y una de las zonas de mayor riesgo geológico del continente. La ciudad no solo está próxima a fallas activas, sino flanqueada por dos gigantes: el Vesubio y la caldera de Campi Flegrei, cuyo borde occidental se superpone con barrios densamente poblados y el puerto de Pozzuoli.

En los últimos años, Campi Flegrei ha mostrado un incremento sostenido de sismicidad y deformación del terreno, con episodios de levantamiento de hasta 2 centímetros al mes y enjambres que acumulan centenares de microseísmos en pocas semanas. En 2024 y 2025 la zona registró varios temblores de magnitud 4,4 que obligaron a evacuar edificios, suspender clases y activar planes especiales de Protección Civil.

Frente a esos focos someros, el terremoto de hoy pertenece a otra “familia” tectónica, más profunda y menos destructiva. Pero la superposición de riesgos —terremotos profundos, enjambres volcánicos y un parque inmobiliario envejecido— redefine el debate político: cualquier inversión en prevención no es un gasto, sino un seguro de continuidad para una economía regional que representa cerca del 8% del PIB italiano.

Edificios antiguos, normas recientes: el talón de Aquiles estructural

La calidad del parque edificatorio es el gran ángulo muerto de la estadística sísmica. En la provincia de Nápoles, más del 60% de las viviendas se construyeron antes de 1980, es decir, antes de las reformas más exigentes de la normativa antisísmica italiana aprobadas tras los terremotos de Friuli (1976) e Irpinia (1980). Esas cifras, habituales en los informes técnicos de Protección Civil y del Instituto Nacional de Geofísica y Vulcanología, implican millones de metros cuadrados que no fueron concebidos para soportar aceleraciones modernas de diseño.

En los últimos años, Roma ha lanzado programas de refuerzo estructural con subvenciones que pueden cubrir entre el 50% y el 80% del coste de rehabilitar edificios vulnerables en zonas sísmicas. Sin embargo, el contraste con la realidad es demoledor: los expertos calculan que, al ritmo actual, harían falta varias décadas para reducir de forma significativa el riesgo estructural en Campania.

Este hecho revela una brecha conocida: los municipios con menos recursos administrativos son precisamente los que más necesitan ejecutar proyectos complejos de refuerzo, lo que genera un círculo vicioso de retrasos, expedientes sin madurar y fondos que no llegan a ejecutarse. El seísmo de hoy no ha probado la resistencia última de esas estructuras. Pero ha recordado, con un aviso relativamente benigno, qué podría ocurrir si el próximo temblor fuese somero y no profundo.

El coste potencial de un gran terremoto en el sur de Italia

Los estudios realizados a partir del terremoto de Irpinia estiman que el coste directo e indirecto de aquel desastre superó, en valores actuales, los 70.000 millones de dólares, entre reconstrucción, infraestructuras y pérdidas productivas. Entonces, la zona afectada era principalmente rural e industrial ligera.

Hoy, un escenario similar en el área de Nápoles sería de otra escala. Un solo día de paralización total del puerto, el aeropuerto y la red logística regional podría traducirse en pérdidas superiores a 500 millones de euros, según estimaciones de economistas locales. Tres semanas de interrupciones, cierres de actividad y evacuaciones masivas situarían la factura en varios miles de millones, incluso sin destrucción generalizada de edificios.

La experiencia internacional —desde el terremoto de L’Aquila en 2009, con 308 muertos y decenas de miles de desplazados, hasta los seísmos de Turquía de 2023— demuestra que el impacto económico se prolonga durante años y castiga especialmente a las pymes del comercio y el turismo. En un territorio como Campania, marcado por tasas de desempleo estructural superiores al 15% y un peso notable de la economía sumergida, el margen para absorber un shock de ese calibre es muy limitado.

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