Terremoto en Tonga de 7,6

Tonga

El terremoto, profundo y sin amenaza general de tsunami, reabre el debate sobre el riesgo estructural de una economía insular diminuta y extremadamente expuesta.

Un terremoto de magnitud 7,6 sacudió este martes el mar al oeste de Tonga y obligó a activar evacuaciones preventivas en zonas costeras, pese a que el Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico descartó una amenaza destructiva para la región. El epicentro se situó 153 kilómetros al oeste de Neiafu, la segunda ciudad del país, y a una profundidad de unos 237 kilómetros, un factor decisivo para reducir el impacto en superficie. Lo más relevante es la fragilidad de un Estado archipelágico de poco más de 100.000 habitantes, disperso en 171 islas y condicionado por una geografía que convierte cada alerta en una prueba de resistencia nacional.

El golpe bajo el mar

La sacudida se produjo a última hora de la tarde local y fue lo bastante intensa como para disparar los protocolos de emergencia en un país donde la memoria del desastre sigue demasiado cerca. La Oficina Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres de Tonga pidió a la población de las áreas bajas que se desplazara inmediatamente hacia terreno elevado o al interior, con la instrucción adicional de alejarse de playas y franjas costeras hasta nuevo aviso. No hubo una alerta amplia de tsunami, pero sí una evacuación preventiva: una diferencia crucial que revela hasta qué punto el margen de error, en un archipiélago así, es mínimo. La consecuencia es clara. En Tonga, incluso un seísmo profundo y sin daños confirmados activa un reflejo defensivo inmediato, porque esperar demasiado puede resultar letal.

Profundidad decisiva

El dato que cambia la lectura del episodio es la profundidad. El seísmo ocurrió a unos 237 kilómetros bajo la superficie, y esa cota reduce de forma sensible la capacidad del temblor para deformar el fondo marino y generar un gran tren de olas. El propio Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico sostuvo que no existía amenaza porque el terremoto estaba “demasiado profundo dentro de la Tierra”. Este hecho revela una paradoja habitual en el Pacífico: magnitudes muy altas no siempre se traducen en daños catastróficos si la ruptura se produce a gran profundidad; por el contrario, terremotos menos energéticos pero más someros pueden desencadenar efectos mucho más destructivos. Aun así, la prudencia sigue siendo obligatoria. El sistema de avisos de la NOAA recuerda que los mensajes informativos pueden escalar o cancelarse conforme entra nueva información, de modo que la primera hora tras el seísmo sigue siendo decisiva para la gestión pública del riesgo.

Un país pequeño con exposición masiva

Tonga tiene un tamaño económico reducido, pero una exposición física gigantesca. El país cuenta con 104.175 habitantes y un PIB de 508,7 millones de dólares en 2023, según los últimos datos del Banco Mundial. Se trata de una economía donde las remesas equivalen a cerca del 50% del PIB, una proporción extraordinaria incluso para estándares del Pacífico. Eso significa que cualquier interrupción prolongada en puertos, telecomunicaciones, aeródromos o suministro interno no solo afecta a la actividad local: tensiona la red de supervivencia de miles de hogares. Además, la dispersión territorial multiplica el coste logístico de cada contingencia. No es lo mismo evacuar un litoral continuo que una constelación de islas con infraestructuras desiguales y dependencia marítima. El diagnóstico es inequívoco: la vulnerabilidad de Tonga no se mide solo por el tamaño del temblor, sino por la suma de aislamiento geográfico, fragmentación territorial y dependencia exterior.

La economía que no puede permitirse otro shock

En los últimos dos años, Tonga había empezado a reconstruir cierta normalidad. El FMI constató en 2024 que la actividad se fortalecía gracias a la construcción, las remesas y la recuperación del turismo, con una previsión de crecimiento del 2,4% en el ejercicio 2025. Pero el propio Fondo lanzó la advertencia más importante: la elevada frecuencia de desastres naturales, las limitaciones de oferta y la lejanía geográfica moderan las perspectivas a medio plazo. Esa frase resume el verdadero problema. El turismo aportó en 2023 TOP 88,7 millones, el 6,8% del PIB si se mide su contribución total, y sostuvo 5.643 empleos, equivalentes al 15,4% del empleo. En una economía tan estrecha, un episodio severo no solo destruye activos; también corta reservas, encarece seguros, retrasa inversiones y deteriora confianza. Lo más grave es que el crecimiento puede evaporarse con una sola noche de mar alterado.

El precedente que condiciona cada alerta

Tonga no interpreta los avisos como un ejercicio teórico. En enero de 2022, la erupción del volcán Hunga Tonga-Hunga Ha’apai y el posterior tsunami causaron 90,4 millones de dólares en daños directos, el equivalente al 18,5% del PIB del país, según el Banco Mundial. Y esa cifra ni siquiera incluía todas las pérdidas indirectas sobre agricultura y turismo. Antes, en 2009, un gran terremoto en el área de Samoa-Tonga generó un tsunami que causó al menos 180 muertos, según la información tectónica de USGS para la región. El contraste con otras economías resulta demoledor: en grandes países, un desastre de esta escala puede ser regional; en Tonga, tiene dimensión nacional inmediata. Por eso la orden de subir a zonas altas no es alarmismo, sino política de supervivencia. Cada seísmo reactiva una memoria colectiva reciente y una contabilidad pública que sabe, con precisión brutal, cuánto cuesta reconstruir cuando el territorio entero está en primera línea.

El origen de la amenaza permanente

La base del problema es geológica y no va a desaparecer. La fosa Tonga-Kermadec forma parte de una de las zonas sísmicas más activas del planeta. USGS explica que este tramo de la frontera entre las placas de Australia y del Pacífico se extiende durante 2.200 kilómetros y registra velocidades de subducción que, en el sector de Tonga, aumentan hasta 150-240 milímetros por año. Desde 1900 se han documentado 40 terremotos de magnitud 7,5 o superior en esta área, en su mayoría al norte de los 30 grados de latitud sur. Dicho de otro modo: no estamos ante una anomalía, sino ante una normalidad tectónica extrema. El seísmo de este martes encaja en ese patrón. Y precisamente por eso la discusión de fondo no debería limitarse al balance de daños inmediatos, sino a la velocidad de adaptación de las infraestructuras, la resiliencia de las comunicaciones y la capacidad real de respuesta de un Estado insular pequeño ante eventos que se repetirán.