Un terremoto de 5,5 sacude el corazón de China
Un terremoto de magnitud 5,5 ha sacudido la provincia china de Gansu a las 06:56 UTC de este lunes, a una profundidad de unos 10 kilómetros y sin que, por ahora, se hayan registrado víctimas ni daños materiales significativos, según los primeros datos del Centro Sismológico Euro-Mediterráneo (EMSC). La sacudida se produjo unos 175 kilómetros al sur-sureste de Linxia Chengguanzhen, una ciudad de alrededor de 274.000 habitantes, en una zona rural donde los temblores son habituales pero la vulnerabilidad de las viviendas sigue siendo alta. Los organismos chinos sitúan la magnitud en torno a 5,2 y localizan el epicentro cerca del condado de Tewo, también en Gansu, lo que ilustra las diferencias técnicas habituales en las primeras horas de un seísmo.
El temblor que ha despertado viejos fantasmas
Aunque un seísmo de 5,5 grados se considera “moderado” en la escala de magnitud de momento, su impacto potencial depende casi por completo de tres factores: profundidad, calidad de la edificación y densidad de población. En este caso, el hipocentro se ha situado a unos 10 kilómetros, una profundidad somera que, en otras circunstancias, habría podido causar daños serios en estructuras vulnerables.
Las primeras informaciones de las autoridades chinas y de los servicios de emergencia apuntan a ausencia de víctimas y a un balance de daños muy limitado, reducido, en todo caso, a desprendimientos menores y cortes puntuales en comunicaciones. Ese dato es relevante por una razón: la zona combina pueblos agrícolas con edificaciones antiguas, de adobe o ladrillo sin refuerzo, extremadamente sensibles a las sacudidas.
Sin embargo, lo más significativo no es lo que ha pasado sino lo que podría haber ocurrido. La misma región ha sufrido, en apenas una década, varios seísmos por encima de magnitud 5 que han dejado centenares de muertos cuando el epicentro se ha aproximado a núcleos rurales densos y con mala calidad constructiva. El nuevo temblor funciona así como un test de estrés para un territorio donde el margen de error es mínimo.
Una provincia acostumbrada a vivir sobre fallas activas
Gansu, en el noroeste chino, se asienta en la franja donde la colisión entre las placas india y euroasiática empuja hacia el este la meseta tibetana. Esa presión se libera a través de una red de fallas activas que hace de la provincia uno de los territorios más sísmicos de China. Los registros históricos hablan de decenas de terremotos superiores a magnitud 5 en un radio de 200 kilómetros en los últimos siglos.
No se trata solo de una cuestión geológica. Gansu es también una de las provincias más pobres del país: su PIB per cápita ronda los 52.000 yuanes anuales (unos 7.400 dólares), alrededor de la mitad de la media nacional y el nivel más bajo entre las regiones de la China continental. Esa brecha económica se traduce en menor inversión en refuerzo estructural, infraestructuras más frágiles y menores recursos para prevención y respuesta.
El contraste resulta evidente si se compara con centros urbanos ricos como Pekín o Shanghái, donde los códigos de construcción antisísmica son estrictos y la capacidad de respuesta, casi inmediata. En Gansu, por el contrario, un mismo nivel de sacudida puede multiplicar por diez el daño potencial. Este hecho revela una paradoja incómoda para Pekín: parte de la expansión económica china se apoya sobre territorios cuya fragilidad estructural sigue siendo muy alta.
El recuerdo inmediato: el terremoto mortal de 2023
La sacudida de este lunes llega poco más de un año después del terremoto de Jishishan de diciembre de 2023, que alcanzó magnitudes de entre 5,9 y 6,2 y se convirtió en el seísmo más mortífero en China desde 2014. Aquel temblor, también a 10 kilómetros de profundidad, dejó 151 muertos y 982 heridos en las provincias de Gansu y Qinghai, con más de 140.000 personas afectadas y miles de viviendas dañadas o destruidas.
La comparación es inevitable. En 2023, el epicentro se situó bajo zonas rurales densamente pobladas, con muchas casas de adobe y estructuras sin refuerzo. Las sacudidas nocturnas, la escasa preparación de la población y la debilidad de los materiales multiplicaron el impacto. Hoy, con un seísmo algo menor y un epicentro algo más alejado, el saldo —al menos por ahora— es radicalmente distinto.
Las autoridades chinas insistieron entonces en que reforzarían decenas de miles de viviendas rurales en Gansu y acelerarían los programas de reconstrucción antisísmica. El temblor de este lunes será el primer examen real de esas promesas. Si la ausencia de daños relevantes se confirma, será una señal de que parte de las lecciones de 2023 han empezado a aplicarse. Si, por el contrario, aparecen grietas estructurales en las próximas horas, el debate sobre la velocidad y la calidad de esas obras se reabrirá con fuerza.
Riesgos para infraestructuras, energía y transporte
Aunque no se hayan registrado daños graves, el seísmo vuelve a poner bajo los focos la infraestructura crítica de Gansu. La provincia está atravesada por oleoductos, líneas de transmisión eléctrica de alta tensión y corredores ferroviarios que conectan el interior del país con Asia Central como parte de la Nueva Ruta de la Seda. Un corte prolongado en cualquiera de estos activos tendría un efecto inmediato sobre las cadenas logísticas chinas.
Por ahora, ni el Gobierno central ni las empresas estatales han informado de interrupciones significativas. Pero un temblor similar, con un epicentro unos kilómetros más al norte, podría afectar a tramos estratégicos de ferrocarril o a subestaciones que abastecen a industrias clave. La experiencia de otros episodios en la provincia —como los terremotos de Dingxi de 2013, que dañaron más de 20.000 edificios y desplazaron a alrededor de 30.000 personas— demuestra que el coste de reparar infraestructuras básicas puede superar fácilmente los cientos de millones de euros.
La consecuencia es clara: incluso los seísmos que no llenan titulares por sus víctimas generan costes ocultos en forma de inspecciones, refuerzos de emergencia y desvíos de tráfico que tensionan los presupuestos locales. En una provincia con un PIB cercano a 1,1 billones de yuanes y una capacidad fiscal limitada, esos gastos extraordinarios pueden obligar a recortar inversión en otras áreas críticas.
Cómo responde China: protocolos y recursos desplegados
China ha desarrollado en las últimas décadas un aparato de respuesta ante terremotos que combina tecnología, ejército y movilización civil. Tras el temblor de Gansu, el Centro de Redes Sismológicas activó sus protocolos de evaluación inmediata y las autoridades provinciales enviaron equipos a las zonas cercanas al epicentro para verificar daños en viviendas, escuelas y hospitales.
En seísmos recientes de magnitud similar o ligeramente superior en la misma provincia —como el de Longxi en 2025, de 5,6 grados, que destruyó 17 viviendas y dañó más de 3.500 edificios— la reacción fue relativamente rápida: evacuaciones de miles de personas, despliegue de equipos médicos y envío de tiendas y mantas a los damnificados. Esa experiencia acumulada reduce el riesgo de improvisación, pero no elimina el problema de fondo: la fragilidad del parque de viviendas rurales.
En esta ocasión, la activación ha sido preventiva, con inspecciones selectivas y monitorización de posibles réplicas. El diagnóstico es inequívoco: la respuesta de emergencia funciona mejor que hace una década, pero sigue estando condicionada por el nivel de desarrollo local. Las grandes ciudades cuentan con sensores, simulacros regulares y comunicaciones redundantes; los pueblos de montaña, no.