15.000 golpes sobre Irán y un mercado en vilo

Tehran, Tehran Province, Iran Foto de Sajad Nori en Unsplash

El Pentágono presume de una campaña devastadora junto a Israel, pero el verdadero test sigue estando en el petróleo, el gas y la duración de la guerra.

La guerra sobre Irán ya no se mide sólo en declaraciones grandilocuentes, sino en una cifra de vértigo: más de 15.000 objetivos atacados desde el arranque de la ofensiva. Pete Hegseth elevó este viernes el tono al asegurar que Washington y Jerusalén están destruyendo la capacidad militar iraní a una velocidad inédita. El mensaje busca proyectar control total, superioridad tecnológica y una victoria irreversible. Sin embargo, lo más grave no está únicamente en el campo de batalla, sino en el hecho de que cada nueva andanada acerca más al mercado energético mundial a una fase de disrupción prolongada.

Una cifra de demolición

La cifra de 15.000 objetivos no aparece en el vacío. Según documentos oficiales del Pentágono, la operación estadounidense arrancó a la 1:15 del 28 de febrero y en sus primeras 24 horas ya había superado los 1.000 blancos; en las primeras 48 horas, la cuenta oficial se elevó por encima de 1.250. Entre los objetivos citados por Washington figuraban centros de mando, cuarteles del IRGC, sistemas integrados de defensa aérea, emplazamientos de misiles balísticos, buques y submarinos iraníes. Que Hegseth haya elevado ahora el balance por encima de 15.000 indica una campaña sostenida de saturación, con un ritmo medio superior a 1.000 ataques diarios, algo que el secretario de Defensa presentó como prueba de una capacidad operativa sin equivalente. El diagnóstico que traslada el Pentágono es inequívoco: no habla de contención, sino de desmantelamiento acelerado.

Superioridad sin paraguas

El núcleo del mensaje de Hegseth es que Irán ha perdido prácticamente todo su paraguas militar convencional. En su comparecencia sostuvo que el país “no tiene defensas aéreas”, que su fuerza aérea y su marina han quedado neutralizadas y que el volumen de misiles iraníes ha caído un 90%, mientras que los drones de ataque de un solo uso retrocedieron un 95% en la última jornada. La afirmación, de confirmarse en esos términos, dibuja una asimetría demoledora: un Estado sometido a una campaña combinada de inteligencia, aviación furtiva, defensa antimisil y guerra electrónica frente a una estructura militar degradada en apenas dos semanas. Este hecho revela también hasta qué punto la doctrina occidental ha evolucionado hacia la destrucción simultánea de sensores, comunicaciones y nodos logísticos. La superioridad ya no consiste sólo en bombardear más, sino en dejar al adversario sin capacidad de ver, coordinar y responder.

La réplica iraní no se ha evaporado

Ahora bien, el contraste con el relato triunfalista resulta incómodo. Aunque Washington insiste en que la respuesta iraní se está desplomando, el Financial Times señalaba este viernes que la contraofensiva de Teherán sorprendió a parte de la planificación estadounidense, con más de 3.000 drones y misiles lanzados sobre Israel y países del Golfo desde el inicio del conflicto. La guerra, por tanto, no ha sido ni limpia ni gratuita. Associated Press informó esta semana de 140 militares estadounidenses heridos y siete muertos, además de un deterioro regional que se extiende desde Irak hasta Líbano y las monarquías del Golfo. Lo relevante es que, incluso con una ventaja aérea abrumadora, Irán sigue conservando capacidad de castigo asimétrico: ataques a bases, presión sobre la navegación comercial, riesgo sobre infraestructuras energéticas y desestabilización regional. La victoria táctica puede ser rápida; la estabilización estratégica, no tanto.

El estrecho que decide el precio

Ahí entra la variable que más preocupa a los mercados: el estrecho de Ormuz. La Administración de Información Energética de EEUU recuerda que por ese paso circularon en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos. Es, sencillamente, el cuello de botella más importante del planeta. AP añade que la guerra ha dejado ese corredor “efectivamente cerrado” en distintos momentos, mientras Irán amenaza con impedir la salida de crudo regional y Arabia Saudí desvía cargamentos para esquivar el riesgo. Washington aseguró haber destruido 16 buques minadores iraníes, pero eso no borra el problema de fondo: abrir una vía marítima bajo amenaza de minas, drones, misiles antibuque y lanchas rápidas no es una operación administrativa, sino una campaña militar en sí misma. La guerra puede ganar altitud en el aire y seguir bloqueada a ras de agua.

Gas, refinerías y cadena logística

El efecto dominó ya se deja sentir mucho más allá del crudo. AP detalla que ataques y cierres han afectado o amenazado infraestructuras críticas en Qatar, Arabia Saudí, Emiratos, Irak, Bahréin y Omán. Ras Laffan, la gran joya gasista qatarí, sufrió un golpe especialmente sensible: Qatar produce cerca del 20% del GNL mundial, y la interrupción de sus exportaciones introdujo una tensión adicional sobre Europa y Asia. Al mismo tiempo, puertos, refinerías, terminales y oleoductos alternativos están operando bajo presión, con una capacidad insuficiente para sustituir plenamente a Ormuz. El mercado lo ha leído con rapidez: AP sitúa el salto del Brent desde 72,97 dólares hasta casi 99 dólares en cuestión de días. Lo más grave no es el pico puntual, sino la posibilidad de que parte de la producción tarde semanas o meses en volver a niveles normales una vez cese el fuego.

La batalla del relato

Hegseth no sólo habló como jefe militar; habló como arquitecto de una narrativa. El mensaje oficial necesita transmitir tres ideas a la vez: que la campaña funciona, que la capacidad iraní está colapsando y que Washington conserva el control del tablero. Por eso el Pentágono enfatiza métricas de volumen —objetivos golpeados, misiles reducidos, drones abatidos— y minimiza el riesgo de que el conflicto derive en una guerra de desgaste. Sin embargo, la historia reciente demuestra que destruir plataformas no equivale necesariamente a cerrar una crisis. Afganistán, Irak o incluso Libia enseñaron que el vacío posterior puede resultar más costoso que la fase inicial de superioridad militar. En esta ocasión, además, hay una diferencia decisiva: el frente económico se mide en tiempo real, con el barril, el gas y las primas de seguros marítimos actuando como referéndum instantáneo sobre la credibilidad del relato oficial. Los mercados no compran épica; compran certidumbre.