El Pentágono ya reconoce 365 militares estadounidenses heridos desde el arranque de la ofensiva contra Irán.
La cifra llega cuando Washington sostiene que la campaña está cerca de cumplir sus objetivos militares.
Pero el balance incluye también 13 muertos, la pérdida de al menos un F-15E, otro aparato caído y un estrecho de Ormuz que sigue funcionando como palanca económica global.
El contraste entre el relato de control y el coste acumulado empieza a ser demasiado visible incluso dentro de Estados Unidos.
Un balance que ya no cabe en la retórica
La nueva cifra marca un punto de inflexión político y militar. 365 heridos en apenas cinco semanas desde el inicio de la operación, el 28 de febrero, ya no pueden presentarse como daño colateral de una campaña quirúrgica. El desglose por ramas es aún más revelador: 247 soldados del Ejército, 63 efectivos de la Armada, 19 marines y 36 miembros de la Fuerza Aérea. Traducido a términos operativos, casi dos de cada tres heridos pertenecen al Ejército, el componente que sostiene la defensa de bases, logística, protección antimisiles y buena parte del despliegue en retaguardia.
El dato central no es sólo el volumen, sino la velocidad. Frente a los 13 fallecidos reconocidos, la ratio supera ya los 28 heridos por cada muerto, una proporción típica de conflictos de alta intensidad con fuerte presión médica y evacuación rápida. Lo más grave es que la curva sigue subiendo mientras la Casa Blanca habla de fase terminal de la operación.
El peso recae sobre el Ejército
La distribución de las bajas desmonta una idea simplista: esta guerra no la están pagando únicamente los pilotos o las tripulaciones expuestas sobre el espacio aéreo iraní. El grueso del golpe recae sobre el Ejército porque la vulnerabilidad real está en la red de bases, centros logísticos y posiciones avanzadas repartidas por el Golfo. Ya el 1 de marzo, el mando estadounidense hablaba de cinco heridos graves y de otros militares con metralla y conmociones cerebrales tras los primeros ataques iraníes.
Semanas después, un nuevo ataque con misiles y drones sobre la base aérea Prince Sultan, en Arabia Saudí, dejó 12 estadounidenses heridos, dos de ellos de gravedad. Este hecho revela que la exposición no ha disminuido pese al discurso de superioridad aérea. La consecuencia es clara: incluso si Washington logra castigar con intensidad la infraestructura militar iraní, sigue sin blindar por completo sus nodos de apoyo. Y sin nodos seguros, la promesa de una campaña corta empieza a perder credibilidad.
El relato oficial se erosiona
Sobre el papel, la operación impresiona. El parte oficial del 1 de abril hablaba de 12.300 objetivos alcanzados, 13.000 vuelos de combate y 155 buques iraníes dañados o destruidos. Además, el propio Departamento de Defensa aseguró a mediados de marzo que más de 50.000 militares respaldaban el esfuerzo bélico. Desde Washington, el mensaje ha sido insistente. “La misión está centrada en destruir los misiles ofensivos iraníes”, resumió Pete Hegseth al defender el plan.
Sin embargo, la guerra real está introduciendo una corrección incómoda. En los últimos días se ha confirmado el derribo de un F-15E sobre Irán, la pérdida de un A-10 en el Golfo y una operación de rescate con personal herido y un tripulante todavía en paradero incierto. El contraste con otras campañas es demoledor: entre el 24 de marzo, cuando se hablaba de 290 heridos, y el 3 de abril, el total subió a 365, un salto de casi 26% en apenas diez días. El diagnóstico es inequívoco: la capacidad de infligir daño a Estados Unidos sigue activa.
Ormuz convierte la victoria táctica en un problema económico
La guerra ha dejado de medirse sólo en blancos destruidos y ha pasado a medirse también en barriles, primas de seguro e inflación importada. El cuello de botella es conocido: el estrecho de Ormuz, por donde pasa aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial. Mientras siga alterado, cualquier éxito táctico tendrá un valor estratégico limitado. Marzo cerró con una sacudida histórica en energía: el Brent subió un 51% en el mes y llegó a 119,50 dólares, mientras el crudo estadounidense rondó los 111 dólares tras nuevas tensiones y la ausencia de una hoja de salida convincente.
Washington puede presentar la operación como una demostración de fuerza, pero los mercados están leyendo otra cosa: una guerra que no ha resuelto el principal canal de contagio económico. Sin embargo, el problema no termina en la gasolina estadounidense. El encarecimiento del transporte, de la petroquímica y de los seguros marítimos amenaza con trasladarse a cadenas industriales enteras, desde fertilizantes hasta aviación. En términos de negocio global, la factura empieza donde terminan los comunicados militares.
El golpe ya se siente en la región
La mejor prueba de que no se trata de un sobresalto pasajero está en Irak. La guerra ha reducido la producción del sur del país desde 3,1 millones de barriles diarios hasta unos 900.000, y las exportaciones han quedado prácticamente paralizadas. Para Bagdad, la situación es crítica: cerca del 90% de los ingresos públicos depende del petróleo. Cuando una guerra desordena de ese modo el principal productor vecino y bloquea el corredor marítimo natural de salida, ya no estamos ante una crisis localizada, sino ante una perturbación sistémica.
Lo mismo explica el nerviosismo de empresas, navieras y gobiernos consumidores: el riesgo no es sólo que suba el crudo, sino que se estreche la oferta física y se multipliquen los costes de cobertura. Este hecho revela otro problema para Washington: cada día adicional de conflicto deteriora economías aliadas y complica la coalición diplomática que necesitaría para vender la operación como un éxito. La consecuencia es clara: una campaña militar sin normalización comercial rápida se convierte en una victoria difícil de monetizar políticamente.
La política doméstica entra en la ecuación
En Estados Unidos, el desgaste ya no es sólo militar. También es electoral. Diversas encuestas y análisis describen a un presidente sometido a presión por el encarecimiento energético, la falta de una estrategia de salida nítida y un rechazo social creciente: casi el 60% de los estadounidenses considera que la guerra ha ido demasiado lejos. Esa percepción cambia el marco completo. Mientras las bajas eran limitadas y el mensaje oficial prometía una campaña breve, el coste podía venderse como excepcional.
Pero 13 muertos, 365 heridos y combustible más caro ya componen un lenguaje políticamente más corrosivo. Con las elecciones de mitad de mandato en el horizonte, los republicanos empiezan a medir el riesgo de que el conflicto rompa la promesa trumpista de seguridad barata y rápida. Lo más grave para la Casa Blanca es que ambos frentes —el militar y el económico— se alimentan entre sí: cada incidente bélico castiga el precio de la energía, y cada repunte del combustible reduce la tolerancia pública a nuevas bajas.
Lecciones que Washington no puede ignorar
Las guerras limitadas suelen empezar con objetivos nítidos y terminan expandiéndose por obligación táctica. Esa es la advertencia que empieza a asomar en Epic Fury. Primero se bombardean capacidades ofensivas; después hay que proteger bases; luego rescatar tripulaciones; más tarde escoltar tráfico marítimo; finalmente, sostener una presencia prolongada para evitar que el adversario convierta cada retirada en una victoria narrativa. El propio Pete Hegseth ha tratado de marcar distancias con Irak y Afganistán, insistiendo en que este conflicto es distinto.
Pero el patrón operativo empieza a recordar el mecanismo clásico de la extensión de misión. El derribo del F-15E y el rescate posterior bajo fuego revelan precisamente eso: una operación concebida para degradar a Irán ha terminado consumiendo recursos en tareas de recuperación y contención. Al mismo tiempo, distintos analistas advierten de que una reapertura militar de Ormuz resulta poco realista y que decenas de países exploran respuestas no militares. El diagnóstico es incómodo: destruir objetivos no equivale a controlar el tablero.