Albares exige una Europa soberana para frenar guerras ajenas

EPA/OLIVIER MATTHYS

El ministro español reclama en Bruselas una voz europea propia frente a la guerra en Irán, la devastación en Líbano y las fracturas internas de una UE que sigue siendo un gigante económico con reflejos diplomáticos de potencia menor.

Casi una quinta parte del petróleo mundial depende de que el estrecho de Ormuz siga abierto, España ha evacuado ya a más de 6.000 ciudadanos de la región y en el sur de Líbano permanecen desplegados casi 700 militares españoles bajo bandera de la ONU. Con ese telón de fondo, José Manuel Albares llegó este lunes al Consejo de Asuntos Exteriores en Bruselas con un mensaje incómodo para sus socios: Europa no puede seguir limitándose a gestionar consecuencias económicas y humanitarias de guerras que otros deciden. “Europa debe dar un salto en su soberanía para no verse arrastrada a escenarios y guerras en los que no se nos ha consultado ni informado”, advirtió, al tiempo que pedía una voz “independiente y soberana” frente a la lógica de la confrontación. La frase resume una frustración cada vez más extendida en varias capitales: la UE sigue pagando la factura energética, migratoria y de seguridad de conflictos sobre los que influye poco y divide mucho.

La protesta contra la irrelevancia

La intervención de Albares no fue una excentricidad táctica, sino la verbalización de un malestar acumulado. El propio Consejo de Exteriores de este 16 de marzo estaba convocado para abordar dos asuntos que retratan la vulnerabilidad europea: la guerra de agresión rusa contra Ucrania y la crisis en Oriente Próximo tras el estallido de la guerra entre EEUU, Israel e Irán. Es decir, dos conflictos con impacto directo sobre la seguridad, la energía, el comercio y la cohesión política del continente.

Lo más grave, para Madrid, es que Europa ha vuelto a llegar tarde al núcleo de la decisión. Albares lleva días repitiendo que esta guerra “afecta mucho más a Europa que a su promotor, que no informó ni preguntó”. Esa frase no apunta solo a Washington. También es una enmienda a la incapacidad de la UE para transformar su enorme poder económico en influencia política real. La consecuencia es clara: cuando la diplomacia europea no previene, termina administrando evacuaciones, picos de precios del gas, ayuda humanitaria y tensiones dentro de sus propias fronteras.

Soberanía sin músculo

Cuando Albares habla de “soberanía europea” no está invocando un eslogan vacío. Está retomando una idea que el propio ministro viene defendiendo desde hace meses: Europa necesita más capacidad de disuasión, de defensa y de decisión propia si no quiere quedar a merced de estrategias ajenas. A finales de enero ya sostenía que el continente debía convertir definitivamente su poder económico en poder político, y semanas antes había llegado a vincular esa soberanía con una mayor integración de defensa y con capacidades europeas en manos europeas.

El problema es que esa ambición sigue chocando con una arquitectura institucional incompleta. La política exterior común continúa dependiendo de unanimidades frágiles, liderazgos superpuestos y capitales que leen el mundo con prioridades opuestas. El resultado es un bloque que puede sancionar, financiar, regular o comerciar como una superpotencia, pero que a menudo habla como una coalición improvisada. Este hecho revela el verdadero fondo del discurso de Albares: no se trata solo de condenar una guerra concreta, sino de denunciar que sin instrumentos propios la UE está condenada a reaccionar, no a marcar el terreno.

El choque con Von der Leyen

La posición española cobra todavía más relieve por el contexto interno europeo. En los últimos días, Ursula von der Leyen ha defendido una política exterior “más realista y guiada por intereses”, y llegó a sugerir que Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden internacional. Sus palabras provocaron una fuerte sacudida en Bruselas, París y Madrid, donde se interpretaron como una forma de asumir que el orden internacional basado en reglas ha dejado de ser el marco prioritario de la acción europea.

Albares ha respondido justamente en el sentido contrario. “Europa tiene que defender el orden internacional porque la alternativa es el desorden”, dijo la semana pasada, alineándose con António Costa y desmarcándose del tono de la presidenta de la Comisión. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Washington puede hablar el lenguaje del poder militar y Moscú el de la intimidación estratégica, la UE corre el riesgo de renunciar también a su principal activo diferencial, que es precisamente la defensa del derecho internacional y del multilateralismo. Si Europa abandona esa posición sin haber construido antes una auténtica capacidad geopolítica, lo que no gana es realismo, sino orfandad.

Líbano como aviso de lo que viene

Albares calificó la situación en Líbano de “vergüenza” y no exagera. UNIFIL ha denunciado ataques contra cascos azules, violaciones reiteradas de la resolución 1701 y centenares de incidentes de fuego a ambos lados de la Línea Azul. La UE, por su parte, ha reiterado su apoyo “inquebrantable” a la misión y ha condenado los ataques contra el contingente internacional como una grave violación del derecho internacional. Sobre el terreno, España tiene casi 700 soldados en el sur libanés, un dato que da a la advertencia de Albares una densidad política muy distinta a la simple retórica.

Además, el deterioro libanés ya no es un frente secundario. Von der Leyen ha anunciado ayuda humanitaria europea para 130.000 personas en el país, mientras distintas fuentes sitúan en torno a medio millón los desplazados recientes por la escalada. A eso se suma la advertencia española de que una invasión terrestre israelí sería “un tremendo error” y el compromiso de Madrid de aportar 9 millones de euros en ayuda humanitaria. El diagnóstico es inequívoco: Líbano se ha convertido en el ejemplo más claro de cómo los conflictos regionales se encadenan y desbordan cualquier intento de compartimentarlos.

Gaza, Cisjordania y la coherencia perdida

La otra dimensión del discurso de Albares es la coherencia. El ministro pidió que la defensa del derecho internacional humanitario sea igual de firme para Ucrania, Gaza y Líbano, y denunció las violaciones sistemáticas del derecho internacional en Gaza y Cisjordania. No es una frase menor. En el fondo cuestiona una deriva europea cada vez más visible: la de aplicar principios universales con una intensidad distinta según el actor implicado o el equilibrio político interno del momento.

Esa incoherencia erosiona la credibilidad exterior de la UE y debilita su capacidad para mediar. Si Bruselas exige respeto al derecho internacional en Ucrania, pero titubea cuando se trata de Oriente Próximo, pierde legitimidad tanto frente al sur global como ante sus propios ciudadanos. La consecuencia política ya se nota: crece la fractura entre Estados miembros, se enrarece la relación entre instituciones y aumenta la sensación de que la diplomacia europea habla alto solo cuando no hay costes estratégicos reales. El discurso de Albares intenta precisamente cerrar esa grieta: la ley no puede depender del aliado, del adversario o del precio del barril.

Una guerra con factura europea

El ministro español insiste en que Europa será la región más afectada por esta crisis, y los datos respaldan esa alarma. La propia UE advirtió el 1 de marzo de que la interrupción de vías críticas como el estrecho de Ormuz tendría consecuencias imprevisibles también “en la esfera económica”. El cierre parcial del paso y la tensión regional ya han elevado con fuerza el precio del petróleo y del gas, justo cuando Europa apenas había empezado a digerir la resaca inflacionista de 2022 y 2023.

España lo sabe bien. No solo por su exposición energética, sino porque el Gobierno prepara un plan de respuesta integral con medidas coyunturales y estructurales para proteger a hogares, trabajadores y empresas del impacto de la guerra. El Ejecutivo da por hecho que el shock no será solo geopolítico: puede contaminar crecimiento, inflación, logística, turismo y migraciones. La consecuencia es clara: cuando Albares reclama una voz europea fuerte, no está pensando solo en principios, sino en el coste material de la impotencia. Y ese coste puede medirse en facturas, en primas de riesgo y en estabilidad social.