Alemania comprará Tomahawk a EE UU y reabre la carrera armamentística
Merz anuncia el acuerdo en plena cumbre de la OTAN y promete cerrar una brecha estratégica clave para la defensa alemana.
Alemania incorporará misiles Tomahawk estadounidenses y los estacionará en su territorio, un movimiento que altera el equilibrio militar europeo y confirma el giro de Berlín hacia una política de defensa mucho más dura. El canciller Friedrich Merz lo anunció este jueves ante el Parlamento tras cerrar el acuerdo con Washington en los márgenes de la cumbre de la OTAN en Ankara. La decisión llega en paralelo al impulso industrial alemán en defensa, con el contrato canadiense de submarinos de ThyssenKrupp Marine Systems como telón de fondo. El mensaje político es inequívoco: Alemania ya no quiere limitarse a financiar la seguridad europea; quiere armarla.
Una decisión de alto voltaje
Merz confirmó que Berlín comprará misiles de crucero Tomahawk a Estados Unidos y que estos serán desplegados en Alemania. «Hemos acordado con el Gobierno estadounidense que compraremos misiles Tomahawk y los estacionaremos en Alemania», afirmó ante los diputados. La frase no es menor: supone introducir en suelo alemán un sistema de largo alcance con capacidad para golpear objetivos a gran distancia y reforzar la disuasión aliada en el flanco europeo.
El dato clave es político y militar: Alemania reconoce una brecha estratégica en su defensa y acepta cubrirla primero con tecnología estadounidense. Los Tomahawk, con alcances que pueden superar ampliamente los 1.500 kilómetros según versiones, permiten a Berlín elevar su capacidad de respuesta en un momento de tensión persistente con Rusia y de presión de Washington para que Europa asuma más carga militar.
El giro alemán
Durante décadas, Alemania fue la gran potencia económica europea con una cultura militar limitada por su historia. Ese marco se ha roto. El cambio empezó tras la invasión rusa de Ucrania en 2022, se aceleró con el fondo especial de defensa de 100.000 millones de euros y ahora entra en una fase nueva: la compra directa de misiles estratégicos estadounidenses.
Lo relevante no es solo el arma, sino el mensaje. Berlín está dejando atrás la lógica de potencia contenida y adopta una doctrina de seguridad más cercana a la de Francia, Reino Unido o Polonia. Merz lo resumió con una expresión calculada: «cerrar una brecha crítica». Ese diagnóstico implica que Alemania considera insuficiente su capacidad actual de disuasión y que Europa no puede esperar años a que maduren todos sus programas propios.
Dependencia de Washington
Sin embargo, la operación también exhibe una debilidad estructural. Alemania compra Tomahawk porque Europa todavía no dispone de una arquitectura equivalente plenamente operativa y escalable. Merz intentó equilibrar el anuncio asegurando que Berlín trabajará al mismo tiempo en sistemas europeos propios, pero el orden de los factores es revelador: primero se compra a EE UU; después se promete autonomía.
La consecuencia es clara. La defensa europea avanza, pero lo hace con una dependencia tecnológica y política de Washington que sigue siendo elevada. Esto afecta a la industria, a la soberanía estratégica y a la capacidad de decisión en una crisis. El rearme europeo existe, pero aún no es plenamente europeo.
La OTAN sale reforzada
Merz aseguró que la cumbre de Ankara superó sus expectativas y describió a la Alianza como «unida, fuerte y segura». El contexto favorece ese relato. La OTAN reclama más gasto, más producción y más rapidez industrial. Días antes de la cumbre, el secretario general Mark Rutte ya había elogiado el papel de Alemania y su esfuerzo presupuestario en defensa.
El contraste con la etapa anterior resulta demoledor. Alemania pasó de ser criticada por gastar poco en defensa a presentarse como eje de la nueva arquitectura militar europea. Esa transformación no solo responde a Rusia. También responde a la presión estadounidense, al temor a cambios políticos en Washington y a la percepción de que Europa debe poder sostener una crisis prolongada sin improvisar.
El negocio industrial
El otro frente es económico. Canadá ha elegido a ThyssenKrupp Marine Systems como proveedor preferente para una nueva flota de hasta 12 submarinos convencionales, una de las mayores compras militares de su historia reciente. El contrato final aún debe negociarse, pero el proyecto puede implicar decenas de miles de millones de dólares en inversión y mantenimiento durante décadas.
Para Alemania, esto es mucho más que una venta. Es una señal de poder industrial. Defensa vuelve a ser política económica, empleo cualificado, capacidad exportadora y músculo tecnológico. La industria militar alemana, durante años sometida a cautelas políticas, aparece ahora como una pieza central de la nueva economía de seguridad occidental.
Qué revela el anuncio
El diagnóstico es inequívoco: Europa entra en una etapa de rearme acelerado, con Alemania como actor central y Estados Unidos como proveedor imprescindible. Los Tomahawk cierran una brecha militar, pero abren otra política: la de una autonomía europea todavía incompleta.
Lo más grave para Bruselas no es que Alemania compre armamento estadounidense. Es que tenga que hacerlo porque los proyectos europeos no avanzan al ritmo que exige la amenaza. La disuasión se mide en años de desarrollo, cadenas de suministro, munición disponible y sistemas listos para operar. Ahí se juega la credibilidad real de la defensa europea.