Alemania y Japón se "rearman" ante la amenaza de Rusia y China: "Es un cóctel Molotov"

Ejército de Alemania

Baños insiste en que las palabras “rearme alemán” siempre han traído peligro. El cambio de fase es evidente: el propio Gobierno alemán ha verbalizado que quiere que la Bundeswehr sea la fuerza convencional más potente de Europa y ha planteado subir el gasto a 3,5% del PIB en 2029, según explicó el ministro de Finanzas.
Ese dato importa porque desplaza el debate desde el “2% OTAN” hacia un escalón que ya roza economía de guerra. Y cuando un país con el peso industrial de Alemania cambia de prioridad, arrastra al resto. No por nostalgia imperial, sino por inercia fiscal: cada euro que entra en defensa compite con educación, sanidad o vivienda. Ahí es donde la alarma de Baños —recortes sociales como carburante del rearme— deja de ser retórica y se convierte en aritmética.

Reservistas hasta 70 y permisos para salir: la movilización vuelve por la puerta trasera

El punto más inquietante del discurso es la normalización de reglas de movilización. En Alemania ha habido polémica por normas que obligan a hombres de 17 a 45 años a pedir autorización si van a permanecer largo tiempo en el extranjero, recuperando mecanismos de la Guerra Fría.
En paralelo, han aparecido informaciones sobre elevar la edad de reservistas hasta 70 años, en el marco de la falta de personal.
No son todavía “ley marcial”, pero sí señales de una tendencia: el Estado empieza a tratar la defensa como sistema que se alimenta de población. Eso explica por qué Baños lo liga a propaganda de reclutamiento y a la idea de servicio universal: el debate ya no es si hay tropas, sino cómo se generan.

Japón: más gasto, más autonomía… y más riesgo de arrastre

Baños mete a Japón en el mismo paquete por una razón: Tokio está incrementando su gasto y reconfigurando su doctrina, con el objetivo de alcanzar el entorno del 2% del PIB en los próximos años.
Ese salto no convierte automáticamente a Japón en el Japón de 1941, pero sí cambia el equilibrio regional. La clave, como apuntan analistas, es si el rearme japonés se formula como disuasión propia o como extensión de la estrategia estadounidense en Asia-Pacífico. En ese punto Baños exagera cuando dibuja una inevitabilidad (“van contra China”), pero acierta al señalar el riesgo de dependencia: cuando el paraguas es de otro, tu soberanía es relativa.

La presión OTAN y el negocio: el incentivo de Washington

En el debate aparece un dato político que está sobre la mesa: la presión para elevar el gasto aliado. Reuters recogió que Polonia pide que la OTAN llegue al 5% del PIB para 2030.
La cuestión no es solo cuánto se gasta, sino dónde acaba ese gasto. Bruegel ha documentado la dependencia europea de las ventas militares estadounidenses (FMS), con un salto del “portfolio” hasta 68.000 millones de dólares en 2024 para aliados europeos.
Ese es el ángulo económico que Baños intuye: rearmarse puede terminar siendo, en parte, un trasvase de demanda hacia la industria de EEUU. No hace falta conspiración; basta estructura de mercado y urgencia política.

Palantir y el “software como guerra”: el giro tecnopolítico

Baños conecta el rearme con el manifiesto de Palantir y la idea de que el poder duro se construirá sobre software. Lo relevante aquí no es el dramatismo, sino la tendencia: la defensa moderna depende de datos, IA, integración de sensores y mando y control. Cuando una doctrina se vuelve digital, la industria tecnológica entra como actor político.
La consecuencia es clara: el rearme ya no es solo metal. Es infraestructura algorítmica, compras de plataforma, dependencia de proveedores y un nuevo tipo de poder poco escrutable. Si a eso se suma una Europa con miedo y con prisa, el resultado puede ser un Estado más duro hacia fuera… y también hacia dentro, porque la lógica de seguridad tiende a colonizarlo todo.

El riesgo europeo: pagar la guerra sin decidirla

La frase que resume el miedo de Baños es ésta: Europa podría acabar como “proxy” de EEUU. Aquí conviene separar: Europa tiene amenazas reales (Rusia, inestabilidad energética), pero también tiene una fragilidad política interna: si el rearme se financia con recortes y se vende con propaganda, la contestación social crece. En Alemania ya se anuncian huelgas estudiantiles masivas contra la agenda de rearme.
Ese es el punto delicado: el rearme puede ser presentado como necesidad, pero si la población percibe que es negocio ajeno y sacrificio propio, el proyecto se rompe. Y cuando se rompe, el continente vuelve a su peor tradición: dividirse justo cuando cree que se está uniendo.