La posible llegada del bloque de Le Pen al Elíseo acelera maniobras discretas para blindar el Banco de Francia

Alerta en Europa por la posible victoria de Le Pen y su impacto en el BCE

Alerta en Europa por la posible victoria de Le Pen y su impacto en el BCE

La posibilidad de que el bloque de Marine Le Pen y Jordan Bardella acabe controlando el Elíseo ya no es un ejercicio de ciencia ficción política, sino un escenario que Bruselas y Fráncfort empiezan a descontar con creciente inquietud. Francia aporta cerca del 15% del PIB de la eurozona y es pilar político, militar y financiero del proyecto europeo. Un vuelco en París no solo redefiniría la política fiscal o migratoria francesa: podría alterar la arquitectura de poder en el Banco Central Europeo (BCE), donde Francia ocupa uno de los asientos más influyentes.
En este contexto se interpreta el anuncio de salida anticipada de François Villeroy de Galhau, gobernador del Banco de Francia y miembro del Consejo de Gobierno del BCE, que dejará el cargo en junio de 2026, entre 16 y 18 meses antes del final previsto de su mandato, fijado inicialmente en 2027. El movimiento ha sido leído por la extrema derecha francesa como parte de una estrategia de Emmanuel Macron para “hacer a Francia a prueba de Le Pen”, llenando puestos clave con perfiles alineados con el actual rumbo europeo.

Un escenario que inquieta a Bruselas

En Bruselas se asume que el ciclo político francés ha entrado en una zona de turbulencias. El Rassemblement National (RN), la marca de Marine Le Pen, lleva años consolidando un suelo electoral por encima del 30% y ya capitalizó en las europeas y legislativas el desgaste de Macron y la fragmentación del centroizquierda.

Lo que altera ahora la ecuación es la combinación de tres vectores:

  • una extrema derecha explícitamente euroescéptica, que cuestiona el funcionamiento actual de la UE;

  • una crisis de confianza interna en Francia, con deuda pública cercana al 110% del PIB y tensión social recurrente;

  • y un calendario institucional que coloca los grandes relevos europeos —incluido el BCE— muy cerca de las presidenciales de 2027.

En ese tablero, la hipótesis de una presidencia Le Pen —o de un presidente “de su órbita”, como el propio Bardella— no solo genera problemas de coordinación política. Abre la puerta a que Francia, segunda economía del euro, llegue a las mesas de negociación europea con una agenda frontalmente crítica con la política monetaria, las reglas fiscales o las sanciones geopolíticas.

El tablero francés y el riesgo institucional

Le Pen lleva años construyendo un discurso de “recuperación de soberanía” frente a Bruselas. En una entrevista reciente, llegó a definirse como “profundamente euroescéptica” y denunció a la UE como “antidemocrática y antinacional”. Esta narrativa, combinada con el juicio por malversación de fondos europeos que puede acarrearle una inhabilitación de cinco años —y hasta cuatro de prisión entre efectiva y suspendida—, ha radicalizado el pulso con el establishment europeo.

Paradójicamente, incluso si los tribunales confirman la prohibición de que Le Pen sea candidata en 2027, el riesgo político no desaparece. El RN ya ha colocado a Jordan Bardella, de 30 años, como relevo natural, capaz de encabezar una candidatura presidencial con el mismo programa económico y europeo.

En este contexto, Francia se convierte en un laboratorio de riesgo institucional:

  • un poder ejecutivo aún en manos de Macron que intenta cerrar nombramientos de largo plazo;

  • una oposición euroescéptica que denuncia un “golpe administrativo”;

  • y unas instituciones europeas que, sin intervenir abiertamente, dan por hecho que la próxima década se jugará con una Francia mucho menos previsible.

Este hecho revela que el conflicto ya no es tanto izquierda vs derecha, sino soberanismo nacional vs integración europea, con el BCE como uno de los grandes botines simbólicos.

El eslabón francés en la cadena del BCE

El BCE es la piedra angular de la arquitectura del euro. Su Consejo de Gobierno —seis miembros del Comité Ejecutivo más los gobernadores de los bancos centrales nacionales de la zona euro, 21 en la actualidad— define los tipos de interés, la orientación de las compras de activos y las grandes directrices de estabilidad financiera.

Francia ocupa un asiento especialmente relevante por tres razones:

  1. Su peso económico y financiero, con un mercado de deuda pública que roza los 3 billones de euros.

  2. El perfil de Villeroy de Galhau, considerado una de las voces moderadas que ha abogado por un equilibrio entre la lucha contra la inflación y la protección del crecimiento.

  3. Su capacidad de influencia en los debates sobre la futura unión de mercados de capitales y el diseño del euro digital, dos dossieres que Villeroy ha lamentado ver avanzar “demasiado despacio” en la UE.

En este contexto, el relevo en el Banco de Francia no es un simple cambio de nombre. Afecta directamente a la correlación de fuerzas dentro del BCE, donde se dirimen debates tan sensibles como la velocidad a la que deben bajar los tipos —en torno al 2% en su tasa de depósito en la última decisión— o el grado de tolerancia con déficits elevados en países muy endeudados.

“La prioridad es que la política monetaria no quede rehén de un vuelco electoral en un solo país”, admiten fuentes del entorno del BCE.

La maniobra del relevo anticipado en París

Villeroy anunció que dejará su cargo en junio de 2026 para ponerse al frente de una fundación de carácter social, la Fondation Apprentis d’Auteuil, lo que implica renunciar alrededor de año y medio antes del final natural de su mandato. La salida, perfectamente legítima en términos formales, ha desatado una tormenta política.

El RN acusa a Macron de orquestar una estrategia de “blindaje” institucional:

  • promoción de aliados en la Corte de Cuentas y el Alto Mando militar;

  • reordenación de órganos regulatorios clave;

  • y ahora un relevo anticipado en el Banco de Francia que permitiría nombrar a un sucesor alineado con la actual línea europea antes de que el bloque de Le Pen tenga opciones reales de conquistar el Elíseo.

Desde el Gobierno francés se niega cualquier maniobra partidista y se subraya la trayectoria independiente de Villeroy. Sin embargo, lo más grave para Bruselas no es el ruido político, sino la señal: París reconoce de facto que las próximas presidenciales pueden cambiar el encaje de Francia en el proyecto europeo, y actúa en consecuencia.

El diagnóstico es inequívoco: si el relevo en el Banco de Francia se hace ahora, la próxima presidencia francesa —sea del RN o no— se encontrará con un gobernador y un consejero del BCE ya nombrados hasta 2032, mucho más allá del ciclo político actual.

Lo que dicen los mercados de deuda

Los mercados ya han traducido estas tensiones políticas en precios. En los últimos episodios de incertidumbre francesa, el diferencial entre el bono francés a 10 años (OAT) y el alemán (Bund) ha llegado a dispararse hasta los 80-90 puntos básicos, muy por encima de los niveles habituales de una gran economía núcleo de la eurozona.

Tras las sorpresas electorales y el anuncio de disolución de la Asamblea Nacional, las rentabilidades de las OAT repuntaron desde niveles por debajo del 3% hasta alrededor del 3,2%-3,3%, con caídas simultáneas del 1,4% en el CAC 40. La consecuencia es clara: Francia, tradicionalmente percibida como un activo casi tan seguro como Alemania, empieza a cargar una prima de riesgo política estructural.

“La cuestión ya no es si Francia pagará su deuda, sino a qué precio político”, señalan analistas de renta fija consultados por Negocios. Si los inversores empiezan a descontar un Gobierno abiertamente confrontado con Bruselas, el coste de financiación francesa podría situarse de forma duradera 30 o 40 puntos básicos por encima de lo que sería justificable solo por fundamentales económicos.

Para el BCE, este escenario multiplica las presiones: cualquier intervención selectiva para contener la fragmentación financiera —como ocurrió en su día con Italia— podría ser leída como una injerencia directa en la política francesa.

Qué temen realmente Fráncfort y Bruselas

En público, tanto el BCE como la Comisión Europea insisten en su neutralidad política. En privado, las preocupaciones son más terrenales:

  • que un Ejecutivo del RN dificulte los acuerdos para completar la unión bancaria y de capitales;

  • que Francia bloquee reformas recomendadas en informes como el de Mario Draghi sobre competitividad europea;

  • y que la narrativa anti-Bruselas y anti-euro se traduzca en vetos cruzados y parálisis de facto en el Consejo Europeo.

“Un miembro fundador que cuestiona las reglas desde dentro tiene mucho más poder de bloqueo que un socio que se va, como Reino Unido”, admite un diplomático europeo. El contraste con el Brexit resulta demoledor: Londres se fue, pero no estaba en el euro; París, en cambio, es columna vertebral de la moneda única.

Por eso el foco no está sólo en quién ocupa el Elíseo, sino en quién sigue sentado en la mesa del Consejo de Gobierno del BCE cuando haya que decidir la próxima bajada de tipos, la gestión del balance o la respuesta a una eventual nueva crisis de deuda.

El contraste con otros ciclos de crisis europeas

Europa ha vivido crisis graves —la deuda soberana de 2010-2012, el pulso griego, el Brexit—, pero el patrón actual tiene una novedad inquietante. Entonces, el problema se concentraba en países periféricos o en un socio fuera del euro. Ahora, el epicentro potencial está en una de las dos grandes economías nucleares del proyecto.

En la crisis de la deuda italiana, el BCE pudo actuar con instrumentos como el TPI o las compras selectivas, respaldado por un consenso político básico sobre la pertenencia al euro. En Grecia, el dilema era entre rescate con condiciones duras o salida del euro de un país pequeño. En el caso francés, la ecuación cambia: nadie contempla en serio una salida de Francia del euro, pero sí un proceso prolongado de confrontación política que erosione la confianza sin romper el sistema.

“Lo que está en juego no es el euro mañana, sino la capacidad del BCE para seguir tomando decisiones técnicas en un entorno crecientemente politizado”, apuntan fuentes conocedoras de los debates internos. La consecuencia puede ser una Europa que funciona, pero cada vez peor.