Andrew Smith“: China se la está jugando a EEUU porque está viendo la debilidad de Trump en Irán”

Pekín y Moscú refuerzan su posición en Oriente Medio mientras Washington afronta un desgaste militar, económico y electoral que limita su capacidad de presión.

Estados Unidos habría destinado ya 40.000 millones de dólares a una campaña militar que ha reducido de forma significativa sus reservas de misiles y munición. Al mismo tiempo, China estudia reforzar las defensas antiaéreas de Irán y Rusia mantiene su apoyo de inteligencia al régimen de Teherán.

El movimiento revela una transformación profunda: Washington conserva una capacidad militar incomparable, pero empieza a perder el monopolio político sobre Oriente Medio. Pekín ha detectado esa vulnerabilidad y pretende convertirla en influencia diplomática, contratos estratégicos y acceso privilegiado a una de las regiones energéticas más importantes del mundo.

Una ventana para Pekín

China contempla el conflicto como una ventana de oportunidad. Su prioridad no sería promover una victoria absoluta de Irán, sino impedir que Estados Unidos pueda imponer unilateralmente el futuro de la región.

La posible venta de sistemas antiaéreos permitiría a Teherán elevar el coste de nuevos ataques sin entregar a Pekín una implicación directa. Es una estrategia calculada: apoyo suficiente para mantener el equilibrio, pero limitado para evitar una escalada que dispare el petróleo o paralice las rutas comerciales.

El objetivo chino es doble. Por un lado, proteger su suministro energético. Por otro, presentarse como una potencia estabilizadora capaz de mediar allí donde Washington aparece como parte del conflicto. China necesita estabilidad, pero también necesita que esa estabilidad dependa cada vez menos de Estados Unidos.

El negocio nuclear perdido

La maniobra también tiene una dimensión económica. Rusia y China aspiraban a participar en el desarrollo del programa nuclear civil de Arabia Saudí, un proyecto que podría movilizar decenas de miles de millones de dólares durante las próximas décadas.

Sin embargo, el acercamiento entre Riad y Washington habría reducido las opciones de ambos países. Moscú tenía encaminada la construcción de dos reactores, mientras Pekín pretendía ampliar su presencia tecnológica y financiera en el Golfo.

El contraste resulta revelador. Excluida del gran negocio saudí, China refuerza ahora su relación con Irán. La geopolítica energética vuelve a mezclarse con la industria militar, convirtiendo cada contrato perdido en un incentivo para consolidar alianzas alternativas.

Rusia no puede perder Irán

Para Moscú, el régimen iraní representa mucho más que un socio comercial. Tras el debilitamiento de su posición en Siria, Teherán se ha convertido en uno de sus últimos grandes puntos de apoyo en Oriente Medio.

Rusia puede aportar inteligencia, tecnología militar y experiencia operativa sin asumir públicamente el mando de la confrontación. Según los analistas participantes, la precisión de algunos ataques iraníes contra instalaciones estadounidenses habría alimentado las sospechas sobre una asistencia rusa.

La consecuencia es clara: ni Moscú ni Pekín aceptarían fácilmente una caída del régimen iraní. No por afinidad ideológica, sino porque alteraría el equilibrio regional a favor de Washington y reduciría la capacidad de ambos para condicionar las rutas energéticas, los mercados de armas y las futuras negociaciones.

El desgaste estadounidense

El coste de la campaña empieza a condicionar las opciones de la Casa Blanca. Los expertos citan un gasto acumulado de 40.000 millones de dólares y una reducción de entre el 50% y el 70% en determinadas reservas militares, especialmente misiles de crucero.

Algunas estimaciones sostienen que Estados Unidos podría tardar hasta 2031 en reponer completamente los sistemas utilizados por sus portaaviones y aeronaves desplegados en la región. Son cifras planteadas durante el debate y no verificadas de forma independiente, pero reflejan una preocupación real: las guerras modernas consumen armamento más rápido de lo que la industria puede fabricarlo.

La superioridad militar ya no garantiza una campaña barata, rápida ni políticamente sostenible. Cada semana adicional eleva el coste presupuestario y reduce la capacidad estadounidense para responder en otros escenarios.

El petróleo marca el límite

El mercado energético actúa como freno a una escalada sin control. Con el barril moviéndose en una horquilla aproximada de 85 a 100 dólares, los principales actores conservan margen para continuar la presión sin provocar todavía una crisis global de abastecimiento.

China no desea un colapso regional que encarezca sus importaciones. Estados Unidos tampoco puede permitirse un shock petrolero antes de una cita electoral decisiva. Irán, por su parte, necesita demostrar capacidad de resistencia sin cerrar completamente las rutas marítimas de las que también depende su economía.

Las amenazas de imponer peajes o dificultar el tráfico en Bab el-Mandeb muestran hasta qué punto los estrechos se han convertido en armas políticas. Una interrupción prolongada dispararía los seguros, los fletes y la inflación internacional.

Trump mira a noviembre

El calendario electoral estadounidense condiciona toda la estrategia. La guerra amenaza con convertirse en uno de los grandes asuntos de las elecciones de medio término de noviembre, especialmente si aumentan las bajas, el gasto o el precio de la gasolina.

Donald Trump difícilmente admitiría un retroceso. Su salida más probable sería presentar cualquier acuerdo como una victoria: contención de Irán, reducción de amenazas o apertura de una nueva negociación.

Sin embargo, el margen se estrecha. Una ofensiva terrestre sería enormemente costosa por la extensión, la orografía y la polarización interna iraní. Irán no es Afganistán ni Irak, pero reúne varios de los factores que convirtieron aquellas intervenciones en conflictos largos y difíciles de cerrar.

Israel juega su propia partida

La agenda israelí tampoco coincide plenamente con la estadounidense. Benjamin Netanyahu afrontaría un escenario electoral complicado y podría necesitar mantener la presión militar para reforzar su posición interna.

Una escalada en Líbano, Siria o Irak podría dinamitar cualquier negociación impulsada por Washington. Israel conserva, de facto, capacidad para alterar el ritmo diplomático mediante ataques contra Hizbulá o infraestructuras vinculadas a Irán.

Este hecho revela el problema central de la Casa Blanca: debe contener a Teherán sin romper con Israel, proteger el petróleo y evitar que China aparezca como mediador indispensable. Pekín se la juega porque percibe que Washington ya no puede controlar simultáneamente todos los frentes.