Ankara aplaude y Ormuz arde: la OTAN presume mientras Irán vuelve a imponer el miedo

OTAN

Dos epicentros ordenan la jornada, y ambos —no por casualidad— se solapan en el tiempo y se iluminan mutuamente: Ankara, donde la Alianza Atlántica celebraba la cumbre llamada a demostrar que el compromiso de La Haya —el 5 % del PIB en defensa para 2035— no era un brindis al sol sino una hoja de ruta fiscalizable; y el estrecho de Ormuz, que vuelve a arder mientras los jefes de Estado y de Gobierno posan para la fotografía de familia. La coincidencia es cruel y, a la vez, extraordinariamente reveladora: la cumbre que debía proyectar firmeza quedó eclipsada por los vaivenes del presidente Trump —Groenlandia, los nuevos ataques contra Irán anunciados en pleno cónclave, la amenaza de romper el comercio con España— y por unas capacidades que, examinadas con frialdad y sin la anestesia de la propaganda aliada, resultan, en el mejor de los casos, mediocres. Y mientras en Ankara se aplaudía la entrega de un avión cisterna más, en Ormuz un misil del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) incendiaba un gasero catarí, el buque del país que ha sido el arquitecto mismo de la paz. Vengo describiendo desde hace semanas una «orfandad de mando» que recorre las dos orillas: la de Teherán, donde el general Ahmed Vahidi domina por la fuerza pero no arbitra, y la de una Europa que sigue sin tomarse en serio su propia defensa, su propia seguridad y su propio destino. Hoy dedico el informe, en profundidad y sin resumir, a estas dos noticias.

 

II. NOTICIAS MÁS IMPORTANTES DE LAS ÚLTIMAS 24 HORAS

1. La cumbre de Ankara: capacidades mediocres, vaivenes presidenciales y la humillación española

Hechos

La cumbre de la OTAN se celebró los días 7 y 8 de julio en Ankara, con los treinta y dos jefes de Estado y de Gobierno reunidos en la primera prueba de credibilidad del marco fijado en La Haya el pasado año: el 5 % del PIB en 2035, desglosado en un mínimo del 3,5 % para defensa nuclear del gasto (personal, equipamiento, operaciones, mantenimiento e I+D militar) y hasta un 1,5 % adicional para seguridad en sentido amplio (ciberdefensa, infraestructuras críticas, resiliencia y movilidad militar), con una revisión intermedia en 2029 y planes nacionales anuales «claros, creíbles y concretos».

En el Foro de la Industria de Defensa —la llamada «gran revelación» (big reveal, que debería haberse llamado el “gran cuento de hadas”)—, el secretario general Mark Rutte presentó tres decisiones capitales en materia aérea. 

Primera: la entrega del décimo Airbus A330 MRTT (avión multifunción de reabastecimiento y transporte) a la flota multinacional, que cuenta con nueve aparatos en servicio y un objetivo declarado de doce, con la incorporación de Finlandia como noveno país participante. Para poner en perspectiva el lamentable auto-bombo solo Israel (no los 30 estados  europeos de la OTAN) tiene 8. OTAN 30 (menos USA-Canadá) 10 – Israel 8. 

Segunda: el lanzamiento de un proyecto multinacional de alta visibilidad en torno al Airbus A400M —Bélgica, Croacia, Francia, Polonia, España, Turquía y el Reino Unido— bajo la lógica de «puesta en común y reparto» (pooling and sharing). 

Y tercera: la adquisición de hasta diez aviones Saab GlobalEye de alerta temprana y control aerotransportado (AEW&C), por un valor aproximado de 4.500 millones de dólares —entre 400 y 450 millones por unidad—, en sustitución de los catorce venerables E-3A Sentry (AWACS) que se retirarán hacia 2035; la elección recayó sobre el sistema sueco frente al Boeing E-7. A ello se sumó la compra de hasta cinco drones MQ-4C Triton para vigilancia marítima e inteligencia (ISR), y contratos por unos 50.000 millones de dólares.

Estruendoso ruido para muy pocas nueces.

En el plano agregado, Rutte celebró lo que denominó «el billón de Trump» (the Trump trillion): 1,2 billones de dólares adicionales de gasto acumulado entre 2016 y 2026 por los aliados europeos y Canadá. Respecto a Ucrania, los aliados se comprometieron a 70.000 millones de euros en ayuda militar para 2026 y un nivel «al menos equivalente» en 2027. Pero la cumbre quedó atravesada por los exabruptos del presidente estadounidense: la controversia de Groenlandia, el anuncio en plena cumbre de nuevos ataques contra Irán tras dar por «acabado» el alto el fuego y, sobre todo, la ofensiva verbal contra España, a la que Trump calificó de «causa perdida» y «aliado terrible en la OTAN» porque «ni participan ni pagan», llegando a amenazar con «cortar completamente» el comercio bilateral. España acude con un 2,1 % de gasto —único aliado que rechaza expresamente el 5 %—, y Rutte, en un ejercicio de diplomacia defensiva, salió a proteger a Madrid recordando que «ha dado un gran paso» al superar el umbral del 2 %.

Implicaciones

Examinemos las tres «grandes revelaciones» sin la fanfarria del comunicado triunfal, porque presentarlas como un éxito rotundo es un acto de optimismo indigno de un dirigente político serio. El décimo MRTT es, sencillamente, un avión cisterna más en una flota que ni siquiera alcanza su propio y modesto objetivo de doce: hablamos de tapar un agujero, no de saltar a otra liga. El A400M es una máquina extraordinaria — la mejor de su clase—, pero constituir una flota compartida a partir de aparatos ya en servicio no resuelve, ni de lejos, el déficit estructural de proyección de fuerza de los europeos; sostener que ahí reside la solución es, cuando menos, un espejismo. Y el GlobalEye, montado sobre un fuselaje de avión de negocios Bombardier Global 6500 con el radar Erieye de Saab, es un sistema moderno y sensato —desde luego preferible a fingir que el E-3 podía seguir volando eternamente—, pero un AEW&C de reactor ejecutivo a 400 millones la unidad, por encima del Boeing E-7, no está en la liga de campeones de las plataformas hoy disponibles. Bien, no está mal; pero no confundamos lo razonable con lo sobresaliente.

Bajo la cifra agregada y triunfal se esconde una Alianza a tres velocidades. El flanco oriental avanza a paso firme —Polonia por encima del 4,2 %, y llegará al 5,5% en dos años, los bálticos en cabeza—; el noroeste y el norte aceleran; y el sur, con España como caso extremo, utiliza la contabilidad creativa de capacidades como coartada para no pagar la factura. 

Conviene aquí una precisión de honestidad intelectual: las críticas a Rutte por su exceso de deferencia hacia Trump —que las merece— deben ponderarse con un dato incómodo. Cuando Estados Unidos aporta cerca de 900.000 millones de dólares en gasto de defensa frente a unos 550.000 millones del conjunto del resto de aliados, y cuando su porcentaje sobre el PIB —en torno al 3,2 %— pesa en términos absolutos más que el de todos los demás sumados, es sencillamente muy difícil ejercer de secretario general de la OTAN contra la voluntad del presidente de la potencia que paga. Reconocerlo no es justificar el servilismo; es entender la aritmética del poder. Y mientras tanto, Polonia, los bálticos, los nórdicos y Grecia ya contemplan cotas del 5 %, e incluso del 5,5 %, antes de la revisión de 2029: la brecha, por tanto, no es solo entre Estados Unidos y Europa, sino entre los europeos que se toman en serio la disuasión y los que no.

En cuanto a España, permítaseme hablar en calidad de diplomático de carrera además de analista. La amenaza de Trump de romper el comercio bilateral es, en su literalidad, muy difícil de ejecutar: nuestro comercio está blindado por los acuerdos suscritos por la Comisión Europea, que ostenta la competencia exclusiva sobre la política comercial común, de modo que un presidente estadounidense no puede castigar a España al margen de Bruselas. Ahora bien —y aquí reside el verdadero peligro—, las barreras no arancelarias pueden llegar a ser extraordinariamente eficaces, y no conviene olvidar la merma en la cooperación de inteligencia y policial que ya se ha deslizado como advertencia. España transita así, como vengo sosteniendo, «de la irrelevancia a la sospecha»: una herida autoinfligida por el menor gasto de defensa de toda la Alianza.

Perspectivas y escenarios

Escenario base: la credibilidad del marco de La Haya sobrevive a Ankara, las capitales presentan sus planes nacionales y la revisión de 2029 confirma —con retraso y desigualdad— la trayectoria ascendente. Escenario B, que fijo en el 40 %: la fatiga política y la fricción entre Washington y Europa —Groenlandia, los ataques a Irán, la guerra comercial— erosionan la cohesión, el sur se rezaga y la distancia entre la retórica y la capacidad real se ensancha peligrosamente. Para España, el horizonte es de aislamiento creciente y de represalias bilaterales por la vía no arancelaria y de la inteligencia, precisamente los flancos donde Bruselas menos puede protegernos.

 

2. Ormuz vuelve a arder: el gasero catarí, el chantaje del CGRI y la paradoja del descabezamiento

Hechos

En la madrugada del 7 de julio, el gasero catarí Al Rekayyat —propiedad de la naviera estatal Nakilat y cargado de gas natural licuado (GNL)— fue alcanzado por un proyectil a la entrada del estrecho de Ormuz, mientras navegaba por la ruta próxima a la costa omaní; el impacto provocó un incendio en la sala de máquinas, obligó a evacuar la tripulación —a salvo— y dejó al buque en riesgo de explosión. Es el primer metanero catarí atacado desde el inicio de la guerra. Casi simultáneamente resultó dañado el superpetrolero saudí Wedyan, y en menos de veinticuatro horas el CGRI golpeó un tercer mercante; algunos recuentos elevan a cuatro los buques alcanzados en cuarenta y ocho horas. Qatar condenó el ataque en los términos más duros, lo calificó de «agresión inaceptable» contra la navegación internacional y responsabilizó «plena y jurídicamente» a Irán de cualquier consecuencia.

El patrón es inequívoco: el régimen iraní exige que los buques transiten por la ruta septentrional, pegada a su propia costa, y castiga a quienes emplean el corredor meridional, junto a Omán, gestionado con apoyo estadounidense; la radio marítima del CGRI llegó a advertir a los mercantes de que «nuestros misiles y drones están listos para disparar». La respuesta de Washington fue inmediata: revocó la licencia que había concedido a Teherán para vender petróleo, reimpuso las sanciones sobre sus exportaciones de crudo y el Mando Central (CENTCOM) lanzó una oleada de ataques contra instalaciones militares iraníes en las inmediaciones del estrecho, con la advertencia presidencial de nuevas acciones. El Brent se encareció hacia los 73 dólares, el gas europeo subió hasta un 6 %, las autoridades marítimas elevaron el riesgo a «severo» y el Reino Unido y Francia anunciaron el despliegue inminente de una misión para asegurar Ormuz. Todo ello tras concluir la semana pasada, sin avance alguno, la última ronda de negociaciones indirectas, y en el marco de un frágil alto el fuego de sesenta días.

Implicaciones

Estos ataques no son un accidente ni un exceso de celo de un comandante local: son la expresión material de lo que vengo denominando la paradoja del descabezamiento. La paradoja no consiste en que hayan sido eliminados los moderados —no lo fue ninguno—, sino en algo más inquietante: el general Ahmed Vahidi, comandante en jefe del CGRI y sobre quien pesa una notificación roja de Interpol por el atentado de la AMIA en Buenos Aires en 1994 —ochenta y cinco muertos—, se ha impuesto ya, de facto, como primus inter pares del triunvirato de la Guardia. Pero un primus inter pares no es un árbitro absoluto al modo de Jamenei: su primacía descansa en la fuerza, el miedo y el fanatismo —es, de lejos, la peor de las opciones, tan fanático como los demás pero infinitamente más despiadado y brutal—, no en la autoridad ideológica, institucional y religiosa que permitía al anterior líder imponer disciplina interna y arrancar concesiones al aparato. La paradoja, por tanto, se intensifica en lugar de resolverse: el régimen tiene ya una figura dominante, pero carece de un garante fiable del cumplimiento de sus propios compromisos. De ahí la intermitencia caótica de Ormuz: quien manda puede pilotar y dominar la negociación, pero no puede —ni quiere— garantizar la obediencia.

El ataque a un buque catarí es, además, un mensaje deliberado y calculado. Qatar ha sido el arquitecto mismo de la paz, el mediador indispensable entre Washington y Teherán; golpear su gasero es una provocación de primer orden. Y por inferencia —el reverso lógico del castigo— confirma la existencia de un mecanismo encubierto de peaje: los armadores que «pasan por caja» y pagan al régimen transitan sin riesgo; los que no lo hacen arden. La hipótesis no es especulativa: durante la guerra se documentaron pagos de hasta dos millones de dólares por buque para cruzar el estrecho. Este analista estima que la extorsión sistematizada podría reportar al régimen entre 100.000 y 200.000 millones de dólares en ingresos extraordinarios, lo que significaría, sin matices, más armas, más poder y más financiación para Hamás, para Hizbulá —en el Líbano y en Siria—, para las milicias terroristas proiraníes de Irak y para los huthíes del Yemen, así como una capacidad renovada de desestabilización en Kuwait, Baréin, los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí e incluso el propio Qatar. Insisto en la terminología, porque las palabras importan: hablamos de una oligarquía yihadista, dictatorial y mafiosa, y de organizaciones terroristas —no de «milicias» ni de «grupos armados».

Y aquí regresa, con toda su crudeza, el fracaso estratégico estadounidense. Los tres problemas que originaron la guerra siguen sin resolverse. Estados Unidos ganó militarmente una contienda que no remató, perdió el relato, perdió la comunicación y perdió, desde el punto de vista geopolítico, la cara. La calificación que vengo aplicando no admite hoy revisión: planificación y ejecución militar, un diez; planificación geoestratégica, un cero. Ganar una guerra sin diseñar el día después es sembrar la semilla de la siguiente.

Perspectivas y escenarios

Estamos ante una de esas «guerras de temperatura variable» —conflictos de baja resolución pero de alta destrucción que nadie puede ganar ni permitirse perder—, y ante lo que califico de «fractura sistémica contenida»: contenida, pero no cerrada. Fijo el escenario B en el 40 %: la intermitencia de Ormuz se prolonga, el peaje encubierto se normaliza, el régimen monetiza el estrecho y el riesgo de una nueva escalada regional —posiblemente una nueva guerra en muy poco tiempo— se eleva de manera preocupante. La misión franco-británica para asegurar el estrecho, amparada en el derecho internacional del mar, es una saludable excepción a la pasividad europea —legítima, necesaria y largamente debida—, pero será, por sí sola, insuficiente si no se acompaña de una arquitectura política que ataque la raíz: el chantaje, la financiación del terrorismo y la ausencia de un garante creíble al otro lado.

 

III. RACK DE MEDIOS

The Wall Street Journal reveló haber obtenido la grabación radiofónica en la que el CGRI amenazaba de muerte a los mercantes, y confirmó el disparo de misiles contra buques en tránsito. Bloomberg lo describió como la mayor jornada de ataques desde el acuerdo entre Washington y Teherán, con un mercado del crudo inicialmente contenido y un Brent que después repuntó. Al Jazeera y The National recogieron la condena de Qatar y su responsabilización «plena y jurídica» de Irán, y el primero documentó los pagos de hasta dos millones de dólares por buque durante la guerra. Reuters aportó la identificación del gasero Al Rekayyat y del superpetrolero Wedyan, así como el anuncio de la misión franco-británica. En el frente de Ankara, Breaking Defense, Daily Sabah y Aerotime detallaron la elección del GlobalEye —unos 4.500 millones de dólares— por encima del Boeing E-7, el proyecto compartido del A400M y la entrega del décimo MRTT; El Español y The Objective narraron el choque entre Trump y España y la defensa que de Madrid hizo Rutte. En el «rack» conviene, como siempre, distinguir el síntoma de la fuente: Russia Today, TASS y Vesti presentarán los ataques de CENTCOM como agresión y exculparán al régimen iraní; los cito, por tanto, como termómetro de la propaganda, nunca como testimonio fiable.

 

IV. SEMÁFORO DE RIESGOS

●  Ormuz y riesgo de nueva guerra regional: intermitencia de ataques, peaje encubierto y escalada — riesgo muy alto.

●  Consolidación de Vahidi y del CGRI como poder dominante sin garante de cumplimiento — riesgo muy alto.

●  Cohesión de la OTAN y fricción Estados Unidos–Europa (Groenlandia, Irán, comercio) — riesgo elevado.

●  España: aislamiento en la Alianza y represalias bilaterales por vía no arancelaria y de inteligencia — riesgo elevado.

●  Sostenibilidad del apoyo militar a Ucrania más allá de 2026 — riesgo moderado.

●  Mercado energético: Brent hacia 73 dólares y gas europeo al alza por la prima de riesgo de Ormuz — riesgo moderado.

●  Misión franco-británica en Ormuz: reacción europea tardía pero legítima y necesaria — evolución favorable, a confirmar.

 

V. COMENTARIO EDITORIAL

Occidente ganó una guerra que no supo terminar y está perdiendo la paz que no supo diseñar. Esa es, comprimida en una frase, la lección de esta jornada doble. En Ankara se vistió de triunfo la mediocridad: un avión cisterna más, una flota compartida de aparatos ya existentes y un AEW&C razonable, pero de segunda fila se presentaron como la respuesta a un déficit de proyección de fuerza que es, en realidad, estructural y político antes que industrial. Europa sigue sin tomarse en serio su propio destino, y España encabeza esa abdicación con una obstinación que ya no cabe atribuir a la prudencia presupuestaria, sino a una miopía estratégica que nos ha llevado de la irrelevancia a la sospecha. Que Rutte module su discurso ante quien aporta 900.000 millones de dólares es comprensible; que los europeos le den la razón a Trump por omisión, por no gastar ni planificar, es sencillamente indefendible.

Y mientras la fotografía de familia se tomaba en Ankara, en Ormuz un misil iraní recordaba quién dicta las reglas del tránsito marítimo en una de las arterias energéticas del planeta. El general Vahidi —el más despiadado y brutal de un triunvirato de ultraconservadores— monetiza el estrecho, financia a sus proxies terroristas y siembra el chantaje, precisamente porque domina por la fuerza sin la autoridad ni la voluntad de cumplir compromiso alguno. La paradoja del descabezamiento no se ha resuelto: se ha agravado. Contra la política exterior errática y transaccional, guiada por la intuición y el exabrupto, solo cabe confiar en que el sistema y la sensatez de quienes rodean al presidente —el secretario de Estado Marco Rubio a la cabeza— acaben imponiéndose sobre el impulso. En planificación y ejecución militar, un diez; en planificación geoestratégica, un cero. Orfandad de mando en las dos orillas: esa es, hoy, la más honesta y la más incómoda de las conclusiones.