La aprobación de Trump baja al 35%
Un sondeo de CNN elaborado por SSRS y recogido por Baha News muestra un deterioro simultáneo de la aprobación general, la gestión económica y la política exterior del presidente de Estados Unidos.
El dato más tóxico para la Casa Blanca no es solo el 35% de aprobación que registra Donald Trump en marzo. Es que el castigo llega por el flanco que más decide elecciones en Estados Unidos: el bolsillo. Según ese sondeo, apenas el 31% aprueba su gestión económica, mientras el 77% define la situación del país como “mala” y el 65% culpa a sus políticas de empeorarla. Cuando esa erosión coincide, además, con suspensos en política exterior, deja de ser un bache de comunicación y pasa a convertirse en un problema estructural. Otros estudios publicados en marzo por Reuters/Ipsos, AP-NORC y Quinnipiac dibujan el mismo paisaje: una base republicana aún sólida, pero un centro político cada vez más distante y una percepción económica claramente negativa.
Un deterioro que deja de ser coyuntural
La foto que deja el sondeo es especialmente dañina porque combina caída de popularidad, desconfianza económica y debilidad exterior en el mismo momento. Trump pasa del 39% en enero al 35% en marzo, según la encuesta citada, una caída de cuatro puntos en apenas dos meses entre 1.201 adultos y con un margen de error de 3,2 puntos. Aislada, una oscilación así podría discutirse. Pero el problema es que encaja con una cadena de mediciones que van en la misma dirección. A finales de marzo, Reuters/Ipsos lo situó en el 36% de aprobación general, con el 62% en contra; AP-NORC hablaba de “alrededor de cuatro de cada diez” aprobando su desempeño; y CNN/SSRS ya lo había dejado en el 36% en febrero, con una mayoría clara convencida de que el país va en la dirección equivocada. El diagnóstico es inequívoco: no se trata de una mala semana, sino de una presidencia atrapada en una tendencia de desgaste.
La economía deja de ser refugio
Lo más grave es que el deterioro afecta al terreno donde Trump construyó buena parte de su legitimidad política: la promesa de prosperidad. Que solo el 31% respalde su gestión económica en el sondeo recogido por Baha News no es una anomalía, sino la confirmación de una tendencia. Reuters/Ipsos detectó en febrero que el 78% de los estadounidenses considera la inflación una preocupación “muy grande”, que solo el 30% cree que la economía está “en auge” y que apenas el 29% aprueba la gestión del coste de la vida; incluso su nota en economía se quedaba en el 36%. Más aún: el 53% cree que Trump sería más responsable que Joe Biden si el país entra en recesión y el 52% le atribuiría la responsabilidad si la inflación se mantiene alta. Este hecho revela un cambio de enorme calado: Trump ya no puede culpar al pasado sin asumir el presente. Y cuando la opinión pública “le adjudica” la economía, también le adjudica sus fallos.
El castigo del bolsillo
La erosión no es abstracta ni ideológica. Tiene forma de factura, de cesta de la compra y de surtidor. AP-NORC detectó a finales de marzo que el 45% de los adultos estaba “muy” o “extremadamente” preocupado por poder pagar la gasolina en los próximos meses, frente al 30% que mostraba esa inquietud poco después de la reelección. El contraste es demoledor, porque el combustible funciona en la política estadounidense como un termómetro casi instantáneo del malestar social. Cuando sube la sensación de asfixia, cae la paciencia con la Casa Blanca. Y esa presión se suma a otro dato delicado: Reuters/Ipsos recogió que el 54% cree que los aranceles encarecerán los costes para los ciudadanos. La consecuencia es clara: la narrativa proteccionista deja de sonar patriótica cuando empieza a parecer cara. Si el votante medio interpreta que las decisiones comerciales, fiscales o geopolíticas le vacían el bolsillo, el rechazo se convierte en una reacción racional y no en un simple reflejo partidista.
Política exterior: de activo a pasivo
La política exterior tampoco compensa ya el desgaste interno. El sondeo citado sitúa en el 36% la aprobación de Trump en este ámbito y eleva al 63% quienes creen que sus políticas han perjudicado la posición de Estados Unidos en el mundo. No es un dato aislado. En la encuesta nacional de Quinnipiac difundida el 25 de marzo, solo el 34% aprobaba su gestión exterior, mientras el 42% opinaba que la guerra con Irán haría el mundo menos seguro. Washington Post, al resumir varios sondeos recientes, añadió otro elemento de presión: el rechazo mayoritario a un despliegue terrestre prolongado y el deseo de una salida rápida del conflicto. “Existe una brecha abismal entre demócratas y republicanos, y los independientes se muestran claramente escépticos”, resumió el analista Tim Malloy. Ese es el punto crítico. Una presidencia puede sobrevivir a una economía fría o a una guerra impopular; a las dos cosas al mismo tiempo, mucho peor.
El independiente emite el veredicto
Toda presidencia norteamericana depende de su base. Pero las elecciones se deciden, sobre todo, en el margen. Y ahí el deterioro es más severo. CNN/SSRS ya advirtió en febrero de que la aprobación de Trump entre independientes había caído a un nuevo mínimo, al tiempo que su balance general seguía atascado en el 36% y el 61% pensaba que sus políticas llevarían al país por el camino equivocado. Reuters/Ipsos reforzó esa idea a finales de marzo: entre los independientes, su aprobación general se hundía hasta el 25%. Ahí está el corazón del problema. La base perdona, el centro compara. Compara promesas con precios, retórica con estabilidad y fuerza con resultados. Y cuando concluye que las prioridades presidenciales no coinciden con sus problemas cotidianos, la distancia política se vuelve mucho más difícil de revertir que un simple bache de imagen. El contraste con otras fases de su carrera resulta brutal: Trump conserva volumen de ruido, pero pierde capacidad de convicción.
La base resiste, pero ya no basta
Eso no significa que el trumpismo haya dejado de tener músculo. Reuters/Ipsos sigue otorgándole el 82% de aprobación entre republicanos, una cifra que garantiza cohesión interna y capacidad de movilización. Pero el problema es aritmético, no emocional. Una coalición que domina a su electorado fiel y fracasa fuera de él empieza a parecerse más a un movimiento de resistencia que a una mayoría de gobierno. En la misma encuesta de Reuters/Ipsos, solo el 20% cree que el país va en la dirección correcta, frente a el 63% que considera que va por mal camino. Ese dato resume mejor que ninguno la fragilidad del momento: la Casa Blanca conserva adhesión dentro de su perímetro, pero no logra irradiar confianza al conjunto del país. Lo más revelador es que ni siquiera la tradicional bandera republicana del orden o la firmeza exterior está sirviendo para compensar el malestar material. Cuando la percepción de desorden se instala en la economía, la batalla cultural pierde potencia electoral.