Un misil contra la base aérea Prince Sultan que alberga tropas estadounidenses

Arabia Saudí derriba seis drones contra el campo de Shaybah de Aramco

EPA/ALAA BADARNEH

Arabia Saudí ha vuelto a esquivar un golpe directo al corazón de su industria petrolera.

El Ministerio de Defensa ha confirmado la intercepción y destrucción de seis drones dirigidos contra el supercampo de Shaybah, uno de los grandes pilares de la producción de Aramco en pleno desierto del Rub al Khali. Al mismo tiempo, las defensas aéreas saudíes neutralizaron un misil balístico lanzado contra la base aérea de Prince Sultan, instalación clave de Estados Unidos en el reino. El ataque se produce en plena escalada bélica entre Estados Unidos, Israel e Irán, con un goteo de drones y misiles sobre infraestructuras energéticas y posiciones militares que mantiene en vilo a los mercados. Lo más inquietante para los inversores es que, por ahora, las intercepciones salvan la oferta física, pero el riesgo de un incidente fallido crece día a día.

Un ataque al corazón energético del reino

Shaybah no es un objetivo cualquiera. Se trata de un superyacimiento ubicado en el llamado “Cuarto Vacío”, a apenas 10 kilómetros de la frontera con Emiratos Árabes Unidos, diseñado para producir de forma estable en condiciones extremas de calor y aislamiento. Según datos de Aramco, tras su expansión más reciente el campo tiene una capacidad de en torno a un millón de barriles diarios de crudo extraligero, el equivalente a casi el 1% de la demanda mundial.

Golpear Shaybah supondría impedir la salida de crudo a través del oleoducto de alta presión de unos 645 kilómetros que lo conecta con Abqaiq y, desde allí, con las terminales exportadoras del golfo Pérsico. No es casual que los atacantes apunten a este tipo de instalaciones: cada barril que se pone en duda en Arabia Saudí eleva automáticamente la prima de riesgo del petróleo en todo el planeta. En esta ocasión, Riad insiste en que no se han producido daños materiales ni víctimas, pero el mero hecho de que seis aparatos lograran aproximarse a un núcleo estratégico vuelve a cuestionar la capacidad de defensa frente a amenazas asimétricas de bajo coste. El mensaje hacia los mercados es nítido: la infraestructura saudí vuelve a estar en el punto de mira.

Shaybah, el superyacimiento que no puede fallar

Desde su entrada en producción a finales de los noventa, Shaybah se ha convertido en una de las joyas de la corona de Aramco. El campo alberga reservas estimadas en más de 14.000 millones de barriles de crudo y volúmenes significativos de gas natural, explotados mediante una intensa campaña de perforación horizontal y tecnologías de geonavegación para maximizar la recuperación en un entorno muy complejo.

Su localización, en una zona remota del desierto, fue vista durante décadas como una ventaja defensiva: muchas horas de vuelo para cualquier atacante, meteorología extrema, escasa población civil en las inmediaciones. Sin embargo, la proliferación de drones de largo alcance y bajo coste, algunos capaces de volar centenares de kilómetros a baja cota, ha convertido esa supuesta barrera natural en una condición irrelevante. Ya en 2019, el campo fue objeto de un ataque con drones reivindicado por los rebeldes hutíes desde Yemen, que provocó un incendio limitado pero no obligó a reducir producción, según reconoció entonces la propia Aramco.

Ese precedente, unido a la nueva ofensiva, subraya una conclusión incómoda para Riad: ni la distancia, ni el desierto, ni los multimillonarios sistemas antiaéreos garantizan la invulnerabilidad de las instalaciones. Lo que está en juego no es solo la seguridad física, sino la credibilidad de Arabia Saudí como proveedor de último recurso.

Misil contra Prince Sultan: mensaje a Washington

El otro vector del ataque apunta directamente a Estados Unidos. La interceptación de un misil balístico contra la base aérea Prince Sultan, en el centro del país, tiene un significado político que va más allá del territorio saudí. La instalación alberga desde 2019 el 378th Air Expeditionary Wing de la Fuerza Aérea estadounidense, concebido precisamente para proporcionar “profundidad estratégica y apoyo defensivo” a las operaciones de Washington en Oriente Medio.

En 2025, imágenes satelitales ya revelaron el despliegue allí de decenas de cazas F-16, aviones cisterna y aeronaves de transporte, consolidando la base como uno de los principales nodos desde los que Estados Unidos puede proyectar fuerza hacia Irán, Irak o el golfo Pérsico. Apuntar un misil a esta instalación, aunque haya sido derribado a tiempo, supone un aviso directo a Washington: sus activos militares en la región son tan vulnerables como los de sus aliados.

«Las Fuerzas Armadas tomarán todas las medidas necesarias para proteger las instalaciones vitales del reino y a sus socios», ha señalado en los últimos días un portavoz del Ministerio de Defensa saudí en términos muy similares tras otras intercepciones de drones y misiles. La consecuencia es clara: cada nueva salva incrementa la presión para que Estados Unidos decida hasta dónde está dispuesto a arriesgar su presencia militar en la zona por defender el flujo de petróleo y el prestigio de su alianza con Riad.

Oleada de drones y misiles en el Golfo

El ataque a Shaybah y Prince Sultan no es un episodio aislado, sino el último eslabón de una cadena creciente de acciones contra infraestructuras energéticas y objetivos militares estadounidenses en Medio Oriente. En los últimos días, Arabia Saudí ha informado de la intercepción de al menos nueve drones y dos misiles de crucero que habían penetrado en su espacio aéreo o se dirigían hacia áreas sensibles del país.

Paralelamente, la refinería de Ras Tanura, la mayor del país, sufrió esta semana un ataque con drones atribuido al contexto de la guerra abierta con Irán, que obligó a detener temporalmente las operaciones por precaución y disparó el temor a un corte más prolongado de exportaciones de derivados. Desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán, bases con presencia estadounidense en Irak, Siria y el propio territorio saudí han recibido también impactos o intentos de ataque, en muchos casos reivindicados por milicias alineadas con Teherán.

El diagnóstico es inequívoco: la región se ha convertido en un laboratorio de guerra de drones y misiles de alcance medio, relativamente baratos, empleados para desgastar a potencias tecnológicamente superiores. Los sistemas Patriot o THAAD pueden interceptar una parte significativa de las amenazas, pero no todos los vectores ni en todos los escenarios. El margen de error —un solo aparato que logre atravesar la defensa— puede suponer millones de barriles fuera del mercado durante semanas.

Mercados en tensión: petróleo por encima de los 90 dólares

Los mercados energéticos han reaccionado con la velocidad que cabía esperar ante la combinatoria de guerra abierta con Irán, ataques a instalaciones saudíes y cortes de tráfico en el estrecho de Ormuz. El Brent ha superado en los últimos días la cota de los 92 dólares por barril, con un repunte semanal cercano al 28%, mientras que el WTI se ha disparado más de un 30%, encadenando su mayor subida semanal desde los años ochenta.

Lo más grave, desde el punto de vista macroeconómico, es que buena parte de este encarecimiento responde no a una interrupción efectiva de oferta, sino al llamado premio de riesgo geopolítico: el mercado descuenta la posibilidad creciente de que uno de estos ataques tenga éxito sobre un nodo crítico y deje fuera de juego varios millones de barriles diarios. La referencia es inmediata: en 2019, el ataque con drones y misiles contra Abqaiq y Khurais obligó a recortar de golpe 5,7 millones de barriles al día, el 5% de la producción mundial, con un salto del Brent de casi el 20% en una sola sesión.

Hoy los operadores miran a Shaybah, Ras Tanura y al estrecho de Ormuz con la misma mezcla de nerviosismo y resignación: saben que el margen de maniobra de los bancos centrales frente a un nuevo shock de oferta es mucho menor que hace una década.

El riesgo de un nuevo ‘shock’ energético global

Un conflicto prolongado que siga teniendo como objetivo infraestructuras petroleras saudíes y del Golfo devolvería al mundo a un escenario que muchos creían superado: crisis de oferta, precios de tres dígitos y repunte de la inflación energética. El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente un quinto del petróleo y el gas licuado que se comercia por vía marítima, está sometido a restricciones y amenazas que ya han ralentizado el tráfico de petroleros.

En este contexto, cada ataque contra Aramco obliga a rehacer los escenarios. Si un impacto efectivo paralizara durante semanas un campo como Shaybah —con alrededor de un millón de barriles diarios de capacidad— o una refinería como Ras Tanura, el mercado tendría dificultades para compensar ese volumen, incluso recurriendo a reservas estratégicas y a productores alternativos. La consecuencia sería un repunte inmediato de los precios de la gasolina, el diésel y el queroseno en Estados Unidos, Europa y Asia, con efectos de segunda ronda sobre la inflación general.

Además, la percepción de vulnerabilidad de Arabia Saudí podría acelerar la diversificación de compras hacia crudos rusos o latinoamericanos, pese a sanciones y cuellos de botella logísticos, reforzando bloques energéticos y financieros en un mundo ya fragmentado por la guerra de Ucrania y las tensiones con China.