Araghchi expone la doble vara europea ante la guerra

Araghchi

El ministro iraní acusa a las capitales europeas de haber llegado tarde a la condena del conflicto y de haber debilitado su autoridad moral justo cuando Bruselas intenta contener el impacto energético y diplomático de la escalada.

Europa empieza a reconocer su error, pero demasiado tarde. Ese es, en esencia, el mensaje que lanzó este miércoles el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, al reprochar a los gobiernos europeos no haber condenado la guerra desde el primer momento. La acusación no llega en el vacío: en apenas unas semanas, la Unión Europea ha pasado de pedir contención genérica a admitir el alcance económico y estratégico de la crisis, mientras evita implicarse militarmente y trata de proteger sus intereses en el golfo. Lo más grave no es solo la crítica de Teherán, sino lo que revela: la incapacidad europea para sostener un discurso coherente sobre legalidad internacional cuando el conflicto amenaza su energía, su seguridad y su influencia diplomática.

Una acusación con destinatario claro

Araghchi no se limitó a una protesta retórica. Su mensaje fue una impugnación directa del papel que Europa ha reivindicado durante años como garante del derecho internacional y actor moderador en Oriente Próximo. Según el jefe de la diplomacia iraní, los europeos “deberían haber condenado y haberse opuesto a esta guerra desde el primer día”. La frase tiene un objetivo nítido: señalar a París, Berlín, Londres y Bruselas por su tibieza inicial y por haber reaccionado con más preocupación por la estabilidad regional y los mercados que por la legitimidad del uso de la fuerza. Ese reproche gana fuerza porque, mientras Teherán endurece el tono, las instituciones europeas han ido corrigiendo parcialmente su lenguaje conforme avanzaba la escalada.

La respuesta europea llegó tarde

El contraste entre las primeras reacciones y las más recientes es el núcleo político del problema. El 1 de marzo de 2026, la UE pidió evitar una escalada con “consecuencias imprevisibles”, incluida la esfera económica, y subrayó la necesidad de impedir una disrupción en vías críticas como el estrecho de Ormuz. Sin embargo, en las conclusiones del Consejo Europeo del 19 de marzo, el tono había cambiado: los Veintisiete reclamaron desescalada, protección de civiles, respeto pleno del derecho internacional y hasta una moratoria sobre ataques contra instalaciones energéticas y de agua. El diagnóstico es inequívoco: Europa no condenó con claridad el estallido del conflicto en su arranque y solo endureció su formulación cuando el deterioro ya afectaba a su propia estabilidad. Esa evolución es precisamente la grieta que Teherán intenta explotar.

Credibilidad bajo sospecha

La crítica iraní va más allá del episodio militar. Lo que Araghchi pone en cuestión es la credibilidad estratégica de una Europa que insiste en presentarse como defensora de normas universales, pero que aparece dividida cuando esas normas chocan con sus alianzas o con su dependencia de Washington. Un análisis del Council on Foreign Relations describe la reacción europea como “descoordinada”, improvisada y con escaso margen de influencia real. La consecuencia es clara: cuanto más vacila Bruselas entre la condena jurídica, la prudencia transatlántica y el cálculo económico, más fácil resulta para Teherán retratarla como un actor selectivo, severo con unos conflictos y ambivalente con otros. Ese coste reputacional no se mide en titulares de un día, sino en capacidad futura de mediación.

El mensaje a Washington pasa por intermediarios

Araghchi también quiso cerrar la puerta a la idea de una negociación abierta con Estados Unidos. Según su versión, no existe diálogo formal, sino “un intercambio de mensajes a través de amigos”, un matiz que no es menor. La diplomacia iraní intenta así transmitir dos ideas al mismo tiempo: que mantiene canales para evitar una espiral incontrolable y que no está dispuesta a legitimar un marco negociador bajo presión militar. El dato se vuelve más relevante porque Axios informó de una reactivación de contactos directos entre Araghchi y el enviado estadounidense Steve Witkoff, una versión que el propio ministro desmintió después. El contraste revela una guerra paralela de relatos: Washington sugiere ventana diplomática; Teherán insiste en que solo hay advertencias y reafirmación de “posiciones de principios”.

El factor energético cambia todas las prioridades

Europa no solo mira a Oriente Próximo con prismáticos diplomáticos; lo hace con la calculadora en la mano. Los 27 líderes de la UE se reunieron en Bruselas para abordar el encarecimiento del petróleo y del gas provocado por la guerra y por el riesgo sobre las rutas marítimas del golfo. La propia Comisión Europea ha estudiado instrumentos financieros para amortiguar el golpe, mientras el BCE ha mantenido los tipos en el 2% en un entorno de fuerte incertidumbre y con la inflación de febrero situada en el 1,9%. En paralelo, la escalada llegó a llevar el Brent por encima de los 119 dólares por barril en los momentos de mayor tensión. Este hecho revela por qué Bruselas ha sido tan cauta: una condena frontal del conflicto sin capacidad real de intervención no le garantiza influencia, pero sí puede exponerla a una crisis energética de primer orden.

Un papel europeo cada vez más reducido

El deterioro no nace solo de esta guerra. Europa llegaba ya debilitada tras años de erosión de su papel en el expediente nuclear iraní. El JCPOA de 2015 situó a la UE y al grupo E3 —Francia, Alemania y Reino Unido— en el centro del mecanismo de supervisión y coordinación con Teherán. Pero ese capital político se ha ido diluyendo. De hecho, el 28 de agosto de 2025 el E3 activó en la ONU el proceso de “snapback” que desembocó después en la reimposición de sanciones. Desde la óptica iraní, esa secuencia confirmó que Europa ya no actúa como contrapeso de Washington, sino como un acompañante tardío de su estrategia. El contraste con otras etapas resulta demoledor: de mediador imperfecto, Bruselas ha pasado a ser observador con poca capacidad para fijar los términos del tablero.