Araghchi y Grossi rearman la negociación nuclear con EEUU al límite
La llamada entre el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, y el director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, llega en el momento más delicado del pulso nuclear entre Irán y Estados Unidos desde 2015. En la mesa hay unos 300 kilos de uranio enriquecido al 60%, cerca de grado militar, una amenaza de ataque militar por parte de Washington y un Estrecho de Ormuz por donde pasa alrededor del 20% del petróleo mundial.
Según el propio Araghchi, Irán mantiene su compromiso con “soluciones constructivas y diplomáticas”, pero no renuncia a sus “derechos legítimos” en materia nuclear bajo el Tratado de No Proliferación. Al otro lado, Grossi advierte públicamente de que “no queda mucho tiempo” para cerrar un acuerdo que garantice controles reales sobre un programa que ya ha demostrado ser resiliente a sanciones y bombardeos.
Un teléfono que busca frenar la escalada
El contacto telefónico del fin de semana entre Araghchi y Grossi se produce apenas días después de la segunda ronda de conversaciones nucleares indirectas entre Irán y EEUU en Ginebra, mediadas por Omán y descritas como “constructivas”, con un principio de acuerdo sobre “guías generales” para un futuro pacto. En ese contexto, la llamada tiene un objetivo inmediato: asegurar que cualquier oferta iraní quede anclada en un marco verificable por el OIEA, y no solo en promesas políticas.
Teherán insiste en que busca una solución diplomática y que actuará dentro del TNP, pero al mismo tiempo eleva el precio de la negociación. Araghchi ha reiterado que Irán no aceptará una política de “cero enriquecimiento”, frente a la línea dura de Washington, que exige que el país no pueda acercarse nunca a la capacidad de fabricar un arma nuclear.
Grossi, por su parte, se mueve en una posición incómoda: el OIEA debe preservar su rol técnico, pero está siendo arrastrado a una negociación en la que los tiempos los marcan el despliegue de portaaviones estadounidenses y las amenazas cruzadas entre Donald Trump y el liderazgo iraní. El diagnóstico es inequívoco: sin un sistema robusto de inspecciones, cualquier compromiso sobre papel será percibido por los mercados y por los aliados de EEUU como papel mojado.
El papel del OIEA en el nuevo pulso nuclear
Lo que está realmente en juego en la conversación Araghchi-Grossi es quién controla el relato y, sobre todo, la verificación. Tras años de restricciones, retirada de cámaras y acceso parcial a instalaciones clave, el OIEA reconoce que ha perdido la “continuidad de conocimiento” sobre una parte del programa iraní: no sabe con exactitud cuántas centrifugadoras avanzadas se han producido ni dónde podrían estar.
Esa brecha de información convierte cualquier acuerdo en potencialmente frágil. Por eso Grossi presiona: necesita que el próximo documento entre Teherán y Washington incluya no solo límites a la cantidad y pureza del uranio enriquecido, sino también un paquete de accesos diarios, cámaras re-instaladas y protocolos sorpresa en Natanz, Fordow y otras plantas sensibles.
En privado, diplomáticos europeos admiten que sin un “mandato reforzado” para el OIEA, el acuerdo nacerá con una sospecha estructural: Irán podría estar a semanas de la bomba sin que nadie lo sepa con certeza. Esa percepción, más que los detalles técnicos, es la que alimenta las apuestas a favor o en contra de un ataque preventivo y la que determina parte de la prima de riesgo que hoy se incorpora al precio del crudo.
Uranio al 60% y un calendario que se agota
La llamada llega cuando Irán ha multiplicado su capacidad de presión nuclear. Los últimos informes confidenciales y filtraciones del OIEA señalan que Teherán ha llegado a acumular más de 400 kilos de uranio enriquecido al 60% en 2025, lo que supone casi un 50% más que a comienzos de año y suficiente material para varias cabezas nucleares si se eleva la pureza al 90%.
En paralelo, fuentes iraníes confirman que el país dispone ahora de un stock de unos 300 kilos de ese uranio al 60% cuya “oferta” central a EEUU consistiría en diluirlo a niveles del 20% o inferiores, pero sin sacar ni un solo gramo del país. Para Washington, esa propuesta es insuficiente: el riesgo no desaparece, solo se pospone y queda siempre la opción de volver a enriquecerlo si cambia el contexto político.
Lo más grave es la variable tiempo. Grossi ha advertido de que, con el material y la infraestructura actual, Irán tardaría semanas, no años, en llevar parte de ese uranio del 60% al 90% necesario para un arma nuclear operativa si decidiera romper todos los acuerdos. Sobre esa realidad se construye la presión de Trump, que habla abiertamente de “días” para cerrar un acuerdo antes de considerar un ataque limitado.
La otra negociación: sanciones, petróleo y el Estrecho de Ormuz
La dimensión económica del pulso es igual de determinante. Irán no negocia solo centrifugadoras, sino la posibilidad de recuperar parte de los decenas de miles de millones de dólares perdidos por las sanciones y volver a exportar crudo a gran escala. La contrapartida implícita para Occidente es evitar un shock energético en un mercado que aún recuerda la crisis de precios de 2022 y que sigue expuesto a cualquier turbulencia en el Golfo.
El cierre temporal del Estrecho de Ormuz para maniobras militares el 17 de febrero, coincidiendo con las conversaciones de Ginebra, fue un aviso calculado: por ese embudo marítimo circulan unos 20 millones de barriles diarios, aproximadamente una quinta parte del consumo global de petróleo y cerca de un quinto del comercio mundial de gas natural licuado.
Sin embargo, los mercados reaccionaron de forma paradójica: el mismo día de las maniobras, el Brent llegó a caer en torno a un 1,5%, hasta los 67,6 dólares por barril, y el WTI retrocedió un 0,2%, al descontar que la continuidad de las negociaciones reducía el riesgo de bloqueo prolongado. Este hecho revela una lectura clara de los inversores: hoy, el principal seguro contra un shock de oferta no es la presencia de portaaviones, sino la credibilidad de la diplomacia nuclear.
Europa, de rehén energético a actor de reparto
Para la Unión Europea, el tablero iraní es un recordatorio incómodo de su fragilidad estratégica. Aunque el bloque importa poco crudo directamente de Irán, sí depende de la estabilidad del Golfo para mantener bajo control los precios globales del petróleo y del gas que llegan, directa o indirectamente, a sus refinerías y terminales.
Bruselas apoya la vía negociadora y recuerda la arquitectura del JCPOA de 2015, en la que fue uno de los garantes del acuerdo, pero hoy su papel es mucho más limitado. La UE ha perdido influencia directa tanto sobre Teherán como sobre Washington y observa cómo la iniciativa ha pasado a manos de Omán, Suiza y un OIEA que intenta no verse politizado.
El contraste con otras crisis energéticas recientes resulta demoledor: mientras la respuesta al gas ruso pasó por compras conjuntas, límites al precio y una carrera acelerada por diversificar proveedores, en el caso iraní la UE actúa más como observador preocupado que como arquitecto de soluciones. Si la negociación fracasa y el crudo supera de nuevo los 90-100 dólares, las economías europeas volverán a enfrentarse a un dilema conocido: inflación importada o frenazo de la actividad.